La verga curva⤵️
Relato de comunidad Bisexualesschedule 4 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

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Rouge242

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La curva me volvía loca. Lo conocí por una amiga que siempre me hablaba de él con los ojos encendidos y la voz temblorosa. Textualmente decía que nunca en su vida había tenido un sexo tan delicioso.

​Yo no sé si era esa curva la que me volvía loca desde antes de probarla, o si era el recuerdo de la excitación con la que mi amiga me relataba cada detalle. Lo cierto es que, la primera vez que Julián me tomó, mientras se deslizaba dentro de mí, en lo único que podía pensar era en que esa misma carne la había sentido ella, en cómo ella había gemido bajo su peso. Saber lo mucho que ella disfrutaba con él solo multiplicaba mi morbo y encendía una hoguera en mi vientre.

​Así comenzaron nuestros encuentros, y cada uno superaba al anterior con una intensidad salvaje. Antes de entregarnos a las sábanas, siempre poníamos música y bailábamos. Nos pegábamos piel con piel, sintiendo el calor acumulándose, sus manos firmes sujetando mis caderas mientras sus labios buscaban mi cuello. Y cuando el deseo ya era insoportable, todo se transformaba en un derroche de pasión desenfrenada.

​Me estaba volviendo adicta a su curva, a su boca, a sus besos carnosos, a las lamidas lentas con las que me recorría entera. Me volvía loca su manera de buscarme; siempre lo quería tener metido, fuera en mi boca, fuera en mi culo, fuera en mi cuca, pero siempre necesitaba sentirlo profundamente dentro de mí.

​Cada vez que sus dedos me acariciaban de más o me decía una grosería al oído, la sangre se me subía al rostro al instante. Él me miraba con una sonrisa pícara, disfrutando del rubor de mi piel, y me murmuraba con esa voz gruesa que me derretía:

​—Mírate cómo te pones... tan roja, mi manzanita. Te voy a comer enterita.

​Y no mentía. El sexo oral entre nosotros era una devoción mutua. A mí me apasionaba entregarme a su entrepierna. Me encantaba chupar esa curva gruesa que tenía; al estar curvada hacia abajo, sentía que encajaba de una forma perfecta, abriéndose paso con facilidad por mi garganta. Adoraba sentir la tensión de su cuerpo cuando me hundía en él. Lo miraba desde abajo, con los ojos empañados, y le pedía sin vergüenza:

​—Coge mi cabeza... ayúdame a meterla toda. Fóllame la boca, mi amor, fóllame así.

​Él sujetaba mi cabello con fuerza, marcando un ritmo firme y dominante que me hacía estremecer. Pero el placer era de doble vía: a él le fascinaba enterrar su rostro entre mis piernas, abrirme con gentileza y usar su lengua con una paciencia experta, saboreándome hasta hacerme temblar e implorar por más.

​Una madrugada ocurrió algo especial. Yo sabía que a Julián le llamaban la atención los hombres, pero esa noche me desperté en penumbras y lo vi: estaba sentado en el borde de la cama, sujetando uno de mis dildos, llevándoselo a la boca con ritmo mientras veía porno gay en el teléfono y se acariciaba. En lugar de espantarme, una chispa de ternura y deseo me recorrió. Sonreí en la oscuridad, me acerqué suavemente y le dije:

​—Sigue en lo tuyo, mi amor... disfrútalo. Me encanta verte disfrutar de tu cuerpo y de tu sexualidad.

​Él me miró sorprendido, pero al ver mi sonrisa relajada, sus ojos brillaron. Como no aguanté la tentación de quedarme por fuera de ese momento tan íntimo, me deslicé entre sus piernas y le pregunté:

​—¿Puedo estar aquí contigo?

​No hizo falta más. Comencé a chupárselo despacio, envolviendo esa firmeza curvada con mis labios húmedos mientras él soltaba un gemido profundo y me acariciaba la cabeza.

​Lo que más me fascinaba de él era su maestría para el placer. Sabía separar perfectamente sus orgasmos de su eyaculación, lo que nos permitía sumergirnos en maratones interminables. Podíamos pasar horas y horas teniendo el sexo más salvaje, pausado y sudoroso. A veces el cansancio nos vencía, dormíamos unos minutos abrazados, pegados por el sudor, y al despertar, bastaba un roce de su carne contra la mía o que me dijera al oído «despierta, mi manzanita» para volver a empezar. En esos días no nos importaba la hora, el mundo exterior ni comer; nuestro único alimento era la boca y el cuerpo del otro.

— Rouge242

21 de octubre de 2026

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