Actualmente se habla cada vez más de los cuck, una palabra que viene del inglés cuckold, que significa básicamente cornudo. Pero hay una diferencia importante entre el tipo al que le ponen los cachos y el que encuentra excitación sexual en que su pareja tenga relaciones con otra persona, a veces mientras observa o conoce los detalles. En este último caso es un fetiche que puede incluir humillación, celos, voyeurismo y una puesta en escena muy particular de la masculinidad.
Lo interesante no es escandalizarse ni asumir que estamos ante una rareza o patología. Las prácticas sexuales consensuadas entre adultos no constituyen por sí mismas un trastorno, puntualicemos eso. La pregunta es por qué algo que culturalmente se presenta como una de las mayores humillaciones masculinas puede convertirse, para algunas personas, en una fuente de excitación?
Creo que para entenderlo hay que mirar un poco más allá de la pornografía.
El término cuckold tiene una historia mucho más antigua que internet y sus sitios porno. Viene de una tradición cultural en la que la infidelidad femenina se representaba como una amenaza al honor del hombre, su autoridad doméstica y la certeza sobre la paternidad de sus hijos. El cornudo era objeto de burla porque se suponía que otro hombre había conseguido lo que él debía controlar o proteger. No se trataba únicamente de sexo, estaban en juego la propiedad, la herencia, el honor y el poder masculino.
En la cultura contemporánea, esa vieja figura se mezcla con la pornografía en línea, las comunidades digitales y la exploración de fantasías sexuales. El cuckolding se convierte así en una práctica que puede invertir deliberadamente los códigos tradicionales de la masculinidad. El hombre que supuestamente debería competir, dominar o impedir que otro acceda a su pareja encuentra excitación precisamente en una situación que contradice esas expectativas, ese rol.
El lio es creer que existe una sola explicación. Para algunos puede predominar el voyeurismo, para otros la transgresión, la humillación consensuada, la excitación ante los celos o la satisfacción de una fantasía compartida con su pareja. En otros casos, la fantasía tiene que ver con la renuncia al control o con la posibilidad de explorar una posición que contradice la imagen que el sujeto tiene de sí mismo. No todos los que disfrutan de estas prácticas desean lo mismo ni les atribuyen el mismo significado, es lo que me han dicho.
Yo no buscaría una causa universal del fetiche, como si todos los cuck compartieran una misma historia infantil o un mismo conflicto inconsciente. Intentaría entender qué lugar ocupa cada participante en la fantasía y qué función cumple esa escena en su economía del deseo. El deseo humano está mediado por lo externo. No deseamos en un vacío, como organismos que simplemente buscan descargar una tensión biológica (no importa que los influencers de masculinidad te lo quieran hacer creer). El lenguaje, las normas sociales, las imágenes de nosotros mismos y la mirada ajena participan en la construcción de aquello que nos resulta deseable. Por eso, en el cuckolding, la presencia de un tercero es decisiva. La pareja no aparece solamente como alguien a quien se desea, sino como alguien cuyo deseo se dirige hacia otro. El sujeto puede excitarse ante esa escena porque allí se cuestiona la satisfacción sexual, qué soy yo para el deseo de esa persona? Qué tiene el otro que yo no tengo? Qué lugar ocupo cuando dejo de ser el centro?
La fantasía permite organizar esas preguntas en una escena concreta. El sujeto puede ocupar el lugar del espectador, del excluido, del hombre humillado o incluso de quien controla las condiciones de su propia exclusión. Aunque parezca paradójico, alguien puede encontrar satisfacción en una situación que, fuera de la fantasía, viviría como dolorosa. La fantasía no reproduce necesariamente lo que uno quiere que ocurra en la realidad. Es una estructura que hace posible cierto modo de desear. La escena del cuckolding puede poner en juego la comparación entre hombres, la fantasía de insuficiencia y la posibilidad de que otro encarne aquello que el sujeto supone que le falta. Pero también puede permitirle cuestionar el mandato de tener que ser siempre el hombre más potente, el más deseado o el que mantiene el control. Lo que para unos representa una herida narcisista, para otros puede constituir precisamente la fuente de excitación.
Curioso, no? el hombre que parece renunciar a su posición de privilegio puede seguir organizando toda la escena alrededor de sí mismo. Puede ser espectador, director o participante de una experiencia cuyo sentido depende de su propia fantasía. Por eso no basta con decir que el cuck disfruta de ser sometido. En ciertos casos, la aparente renuncia al poder puede ser otra forma de relacionarse con él.
Al final, me parece que lo más interesante de los cuck no es preguntarnos si son hombres humillados, inseguros o liberados de los mandatos tradicionales. Es preguntarnos por qué una cultura que insiste tanto en que el hombre debe dominar, poseer y satisfacer convierte precisamente la pérdida de ese lugar en una fantasía excitante para algunas personas. La respuesta no será la misma para todos, obvio, pero el deseo no siempre apunta hacia aquello que creemos querer. A veces se organiza alrededor de la falta, de la mirada del otro y del lugar que imaginamos ocupar en su deseo. Y entender esa lógica puede ser mucho más interesante que limitarse a decidir quién es o no es un verdadero hombre, no les parece?








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