Isabella y Daniel – Cabaña en el Lago Calima
Isabella, 26 años, modelo freelance. Daniel, 28, fotógrafo. Me escribieron por Guía Cereza pidiendo específicamente que viajara hasta el Lago Calima. Tenían una cabaña rentada frente al agua. No pidieron exámenes de ETS. Quisieron dominio fuerte, claro y con condón.
Llegué un sábado por la tarde. El camino de acceso olía a tierra húmeda, a vegetación y a sol caliente. Cuando aparqué frente a la cabaña de madera, el aire cambió: olor limpio a agua dulce del lago, a madera tibia y a brisa que venía del embalse. Isabella abrió la puerta. Es alta, de piel morena clara y luminosa, tetas firmes y redondas de buen tamaño, pezones oscuros ya duros bajo la blusa ligera, cintura marcada, culo redondo, tenso y perfectamente formado, piernas largas y suaves, y una cuca rosada, completamente afeitada, de labios finos que ya se veían hinchados y brillantes. Daniel estaba detrás, con la cámara todavía colgada al cuello, callado y visiblemente tenso.
Entré, dejé la maleta junto a la puerta y me quedé de pie unos segundos mirando primero a Daniel. Mi voz salió baja, calmada y sin ningún espacio a discusión:
“Desde el momento en que crucé esa puerta mando yo. No tocas a tu esposa. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. ¿Quedó claro?”
“Claro”, contestó en un susurro casi inaudible.
Me acerqué a Isabella. La tomé del cuello con firmeza y la besé con fuerza, chupándole la lengua y mordiéndole el labio inferior. Ella respondió con un gemido bajo. Le metí la mano por debajo del vestido corto. La cuca estaba caliente, hinchada y completamente empapada. El olor subió inmediato, dulce y ácido. Le separé los labios con dos dedos y le metí el del medio y el anular de golpe hasta el fondo. Se contrajo con fuerza alrededor de mis dedos. Un temblor le recorrió las piernas. La empujé de rodillas sobre el piso de madera.
“Ábrela. Trágatela toda.”
Me saqué la verga ya semi dura y se la metí hasta la garganta. Empecé a usarla sin piedad, sujetándole el pelo con las dos manos, embistiéndole la boca profundo y rítmico. Babeaba abundantemente. La saliva le caía por el mentón, le manchaba el pecho y le goteaba sobre las tetas firmes. Se escuchaban los sonidos húmedos, los ahogos y, de fondo, el leve chapoteo del lago. Daniel miraba desde la silla de madera que le indiqué, sin moverse, la respiración agitada y las manos apretadas sobre las rodillas.
Cuando ya estaba completamente dura, gruesa y brillante de saliva, la levanté del suelo. La llevé hasta la cama grande que daba directamente al lago a través de un ventanal amplio. La tiré de espaldas. Me puse el condón despacio, frente a los dos, para que no hubiera duda. Le abrí las piernas al máximo. La cuca estaba hinchada, rosada y chorreando. Le pasé la cabeza de la verga por los labios varias veces, presionando el clítoris, y empujé. Se la enterré de un solo golpe hasta el fondo. Isabella gritó fuerte. Empecé a cogerla con embestidas fuertes, profundas y constantes. El ruido de mis caderas contra su culo se mezclaba con el del agua del lago. Le sujeté las muñecas contra el colchón.
“Dile a tu marido cómo se siente que te estén abriendo la cuca frente al lago.”
Con voz rota y entrecortada contestó:
“Me está abriendo toda… se siente muy gruesa… me está usando duro… me llega tan profundo…”
La volteé en cuatro. Le agarré el pelo como rienda y se la empecé a meter sin piedad. Nalgadas fuertes y secas que le marcaron el culo de rojo inmediato. El sonido de la palmada y de la verga entrando y saliendo era obsceno y rítmico. La hice venirse temblando, la cuca apretándome en convulsiones fuertes. Seguí embistiéndola a través del orgasmo. Después la puse a caballo y la obligué a subir y bajar mientras el sol se metía detrás del lago. Me vine dentro del condón, profundo, sujetándola contra mi cuerpo.
La dejé tendida de lado, sudada, mirando el agua que ya se oscurecía. Le dije a Daniel sin casi mirarlo:
“No la toques.”
Me la cogí una segunda vez, más lento pero igual de dominante, con la vista al lago y ella mirándome a los ojos mientras se la metía completa. Daniel permaneció en silencio y obediente toda la noche. Salí cuando ya estaba completamente oscuro. El lago quedaba en silencio detrás de mí.







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