El vecino que llevaba años mirándome
Hay deseos que no nacen de un beso, sino de años imaginándolo. El mío tenía nombre, vivía al lado de mi casa y llevaba tanto tiempo mirándome que, algunas veces, sentía que podía adivinar sus pensamientos sin necesidad de que abriera la boca.
Juancho era veinte años mayor que yo. Lo había visto durante buena parte de mi vida, pero, con el paso de los años, nuestras miradas empezaron a tener un significado distinto. Ya no eran simples saludos entre vecinos. Había algo en la manera en que me observaba que me hacía preguntarme si también pasaba las noches recordando esos encuentros fugaces.
Él sabía entrar a mi casa por el patio cuando no podía pasar por la puerta. Conocía el muro que separaba nuestras propiedades y, de vez en cuando, bromeaba con que todavía conservaba la agilidad de cuando era joven.
Nunca imaginé que un día aquel muro sería el comienzo de una historia que ninguno de los dos podría olvidar.
Aquella tarde estaba sola. Llevaba una falda corta, camiseta, botas y medias hasta las rodillas. Era una moda que me encantaba, aunque esa vez me descubrí pensando en cómo me vería él.
—Se me quedaron las llaves —dijo, señalando el muro—. Hace años que no paso por aquí. Espero no haber perdido la práctica.
Sonreí y me apoyé en el marco de la puerta.
—Pasa. No te quedes afuera. Ven rápido, que estoy sola.
Lo dije con naturalidad, pero sus ojos se quedaron fijos en los míos. Durante unos segundos no respondió. Parecía estar tratando de averiguar si había escuchado bien.
Entró y cerré la puerta.
—Cómo has crecido, Rouge —murmuró.
—He crecido lo normal —contesté, intentando ocultar mis nervios.
—No me refiero solamente a eso.
Sentí que me sonrojaba.
—¿Entonces a qué?
Se acercó un poco, sin dejar de mirarme.
—A la mujer en la que te has convertido. Y a esa manera que tienes de mirarme cuando crees que no me doy cuenta.
Me quedé sin palabras. Era la primera vez que se atrevía a decir algo semejante, aunque los dos sabíamos que aquella conversación llevaba años esperando.
—¿Te gusto, Rouge? —preguntó finalmente.
Bajé la mirada y sonreí, avergonzada.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque llevo mucho tiempo queriendo saberlo.
—Tal vez deberías haber preguntado antes.
—Tal vez tenía miedo de escuchar la respuesta.
Aquella confesión me sorprendió. Siempre lo había imaginado seguro de sí mismo, convencido de que podía ocultar cualquier emoción detrás de una sonrisa. Descubrir que también había sentido dudas me hizo verlo de otra manera.
—¿Tienes novio? —preguntó—. Nunca te veo con nadie. Si yo fuera más joven, te invitaría a salir.
Lo miré directamente.
—¿Y si no me importara la edad?
Su sonrisa desapareció por un instante. Después respiró hondo, como si acabara de escuchar algo que llevaba años deseando.
—Rouge, no juegues conmigo.
—¿Y quién te dijo que estoy jugando?
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Yo podía escuchar mi propio corazón. Él estaba tan cerca que percibía su perfume, y cada segundo que pasaba parecía hacer más difícil continuar fingiendo que aquella conversación no significaba nada.
—No sabes cuántas veces imaginé estar aquí contigo —confesó.
—Entonces quizá deberías dejar de imaginar.
Fue él quien se acercó primero. Me tomó suavemente por la cintura, esperando mi reacción. Yo no me aparté. Al contrario, levanté el rostro y fui yo quien terminó de acortar la distancia.
El primer beso fue breve, casi una pregunta.
El segundo ya no lo fue.
Lo había imaginado tantas veces que, cuando finalmente sucedió, me sorprendió la intensidad de mis propias emociones. Sus manos se mantuvieron en mi cintura mientras yo me aferraba a sus hombros, tratando de asimilar que aquel hombre al que había observado durante años estaba besándome de verdad.
Se apartó apenas lo suficiente para mirarme.
—¿Estás segura de esto?
—Sí, Juancho.
Pronuncié su nombre en voz baja. Él sonrió y volvió a besarme.
Nos acostó sobre el comedor de madera, sin dejar de buscarnos con la mirada. Fue bajando hasta que corrió mi osnty y comenzó a la er mi cuca, con tal fervor que mis gemidos eran notables. Recuerdo la luz de la tarde, el sonido lejano de la calle y la extraña sensación de que el mundo entero había quedado al otro lado de la puerta.
Su voz junto a mi oído me hizo estremecer.
—No tienes idea de cuánto he esperado este momento.
—¿Tantos años?
—Demasiados.
Sacó un condon de su billetera y se lo puso, me volteó boca abajo y penetró mi vagina mientras metía un dedo en mi culo... Recordó que no me había follado la boca y lo hizo, era como si fuer ala primera y última vez... El placer nos desbordaba... Volvió a lmñamer mi cuca y mi culo, me penetraba a vos huecos son sus dedos, comencé a sentir como penetraba mi culo, mientras sus dedos seguian en mi cuca, hasta que ambos estallamos.
Lo abracé y apoyé la frente contra su pecho. Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Después levanté la cara y lo besé otra vez, esta vez sin la timidez del principio.
No quería seguir siendo la muchacha que se preguntaba qué significaban sus miradas. Quería descubrir qué había detrás de ellas, conocer al hombre que se escondía detrás de sus bromas y dejar de convertir cada encuentro casual en una despedida apresurada.
Nos quedamos juntos durante horas, entregados a una intimidad que habíamos construido lentamente, a fuerza de silencios, sonrisas y palabras que nunca nos habíamos atrevido a pronunciar. Hubo besos, caricias y confesiones que hicieron que aquella tarde significara mucho más que una aventura inesperada.
Cuando finalmente nos separamos, él me acarició el rostro.
—¿Y ahora qué va a pasar con nosotros?
Me reí suavemente.
—No lo sé. ¿Tú qué quieres que pase?
Me miró con esa misma expresión que yo había conocido durante años, aunque ahora ya no necesitaba adivinar lo que significaba.
—Quiero volver a verte.
—Entonces tendrás que encontrar una excusa mejor que unas llaves olvidadas.
Soltó una carcajada y me besó en la frente antes de marcharse.
Lo vi desaparecer por el patio. Después me quedé sola, apoyada contra la puerta, repasando cada instante de aquella tarde. Había pasado años preguntándome si alguna vez se atrevería a decirme lo que sentía. Ahora tenía una pregunta mucho más difícil: ¿qué haríamos con todo aquello que acabábamos de descubrir?
La respuesta llegó al día siguiente.
Y al otro.
Durante un año, Juancho y yo encontramos motivos para vernos. A veces conversábamos como si nada hubiera cambiado; otras, una sola mirada bastaba para recordarnos lo que compartíamos. Nuestro secreto se convirtió en una historia que crecía con cada encuentro.
Nunca olvidé aquella primera tarde, ni la manera en que pronunció mi nombre antes de besarme.
Porque hay personas que pasan por tu vida sin dejar huella, y otras que permanecen durante años al otro lado de un muro, esperando el momento de acercarse.
Juancho había sido ambas cosas: mi vecino de toda la vida y el hombre que convirtió aquellas miradas en algo imposible de ignorar.
Y cada vez que volvía a escuchar sus pasos en el patio, sabía que nuestra historia todavía no había terminado.







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