Hoy pensaba en ti mientras el agua recorría mi piel; cada gota se sentía como una insinuación atrevida, invitándome a explorar más allá de mis límites mientras tu imagen se apoderaba de mi mente. Provocas un caos delicioso en mí; despiertas mis sentidos y me envuelves en un calor que me rinde ante la lujuria. No puedo evitarlo: tu voz me domina, guiando mi mano por cada rincón sensible hasta encontrar mi centro de placer. Me pierdo en los recuerdos de aquellos momentos en los que me haces completamente tuya:
El aire de la habitación, cargado de una fragancia a familiar, se sentía denso, casi tangible, mientras la penumbra abrazaba los rincones del cuarto. Solo una luz se filtraba por las cortinas, caía sobre las sábanas blancas, que ahora se arrugaban bajo el peso de una urgencia compartida.
Tú no respondías con palabras; el silencio era la respuesta más elocuente. Esa lengua, experta y lenta, trazaba un camino de fuego que contrastaba con el frío residual en mi piel. Cada roce era una promesa, un juego de tensión y entrega donde el tiempo parecía haberse detenido. Hundí mis dedos en tu cabello, tirando suavemente, anclando este instante de vulnerabilidad absoluta.
El encaje negro de la lencería, que hace un momento parecía un escudo de elegancia, se convirtió en un obstáculo insoportable. Con un movimiento fluido y posesivo, deslizabas la tela hacia un lado, liberando la piel que anhelaba el contacto directo. El sonido de las respiraciones agitadas se convirtió en la única música del cuarto, un ritmo que marcaba la cuenta regresiva hacia el clímax.
-Mírame - susurró él, con una voz ronca que vibró en la base de su vientre.
Abrí los ojos, encontrando una mirada cargada de una voracidad contenida, una tormenta de deseo que me consumía por completo. Cuando finalmente ascendías para reclamar un beso, este no fue dulce; fue una colisión, un hambre que exigía ser saciada.
Nos fundimos en un solo movimiento, la piel contra la piel, el calor envolviéndonos en un capullo de sensaciones eléctricas. No hacían falta más palabras; el lenguaje de nuestros cuerpos, el arqueo de la espalda y los gemidos ahogados contra la almohada daban una rendición mutua, donde el mundo exterior dejó de existir y solo quedó la intensidad de aquel incendio compartido.
El agua cae como lluvia fría sobre mi piel sensible, sacándome a la fuerza de mi fantasía para devolverme a una realidad que preferiría ignorar. Entre el eco de un placer culpable, me limpio antes de salir. El recuerdo de tu tacto aún me estremece, pero debo ocultarme; prohibirme pensarte más allá de estas cuatro paredes que se han convertido en el refugio de mi divino secreto. Te deseo una vez más en mi cama, anhelando que tus manos y tu voz me hagan parte, nuevamente, de ese infierno que elijo cada vez.








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