Las mujeres ajenas y el delicioso vicio de ser deseado..
Relato de comunidad Intercambiosschedule 4 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Las mujeres ajenas y el delicioso vicio de ser deseado..

El deseo por una mujer ajena no siempre habla de ella, sino del placer narcisista de saberse deseado y elegido frente a otro. Lo prohibido alimenta la fantasía, la rivalidad y la ilusión de ser excepcional, incluso cuando con...

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Hay algo muy excitante en descubrir que una mujer que duerme con otro, que comparte con alguien más las rutinas, las cuentas, los domingos y quizá hasta la contraseña de Netflix, puede mirarte como si acabara de encontrar una puerta secreta. No necesariamente quieres quitársela a nadie. A veces basta con saber que, entre todas las posibilidades de su mundo, tú apareces como una tentación, y vaya tentación...

¿Qué es lo que nos excita de una mujer ajena? ¿Su cuerpo, su inteligencia, su manera de reírse de nuestros chistes malos? Por supuesto. Pero sospecho que hay algo más, algo que tiene menos que ver con ella y más con el lugar que ocupamos en su deseo.

Porque una mujer deseada por otros ya viene acompañada de una promesa imaginaria. Alguien la eligió, alguien la busca, alguien conoce sus manías y probablemente alguien cree que la conoce por completo. Y entonces apareces tú, que no tienes sus rutinas ni sus obligaciones, que no has discutido con ella por quién dejó la cocina sucia, y descubres que también puedes despertar algo. De pronto, no eres simplemente otro hombre. Eres una posibilidad que interrumpe una historia que parecía tener todos sus personajes asignados.

Se puede reconocer aquí el peso de la fantasía, pero creo que hay una pregunta pertinente ¿qué somos nosotros en el deseo del otro? Porque el deseo no se limita a querer un cuerpo. También quiere saber qué representa uno para quien lo desea. Ser el hombre que despierta una mirada distinta, una conversación que se alarga, una sonrisa que aparece cuando no debería, puede producir una satisfacción que excede con mucho el encuentro sexual imaginado.

Hay un placer narcisista, desde luego. Saber que una mujer que ya tiene pareja te desea puede sentirse como una pequeña victoria en una competencia que nadie anunció oficialmente, pero en la que de pronto te descubres participando. El otro existe y, precisamente por eso, su presencia puede alimentar la fantasía. No compites solamente con un hombre. Compites con la imagen que ella tiene de él, con la vida que comparten y con la seguridad de ocupar un lugar establecido. Y fantaseas con que tú, sin tener que hacer todo lo que él hace, consigues despertar algo que quizá él ya no despierta.

Lo curioso es que esa victoria puede ser enteramente imaginaria. No sabes qué ocurre en esa pareja, qué desea ella realmente, ni qué significa su mirada. Pero la fantasía tiene una ventaja extraordinaria sobre la realidad: no necesita rendir cuentas. En ella, eres irresistible, ella es misteriosa y el marido, novio o compañero permanece convenientemente fuera de escena, salvo cuando su existencia sirve para aumentar la tensión.

Ahí está la trampa deliciosa. Lo prohibido no siempre nos atrae porque sea mejor. A veces nos atrae porque está prohibido, porque impone una distancia, porque mantiene el deseo suspendido en lugar de obligarlo a enfrentarse con la realidad. La mujer ajena puede convertirse en una pantalla sobre la cual proyectamos nuestras fantasías de conquista, excepcionalidad y reconocimiento. No deseamos solamente estar con ella. Deseamos ser aquel por quien ella estaría dispuesta a desear algo distinto.

Y conviene detenerse en ese detalle. Quizá lo más excitante no sea que ella nos pertenezca, sino que no nos pertenezca y, aun así, nos elija en la imaginación. Hay una diferencia entre querer a alguien y querer comprobar que uno puede ser querido por alguien que ya tiene a quién querer.

Por supuesto, una cosa es la fantasía y otra la vida de las personas. El deseo de alguien no convierte su relación en una invitación automática, ni el coqueteo autoriza a inventar consentimientos. Pero tampoco hace falta fingir que somos criaturas completamente ajenas a la vanidad, la rivalidad o el placer de gustar.

Al final, quizá la pregunta más interesante no sea por qué deseamos a las mujeres ajenas. Es qué buscamos confirmar de nosotros mismos cuando descubrimos que podemos despertar su deseo. ¿Queremos a esa mujer o queremos ser el hombre capaz de despertar algo en ella? ¿Nos atrae su singularidad o el certificado imaginario de nuestra propia deseabilidad?

Porque a veces la fantasía erótica habla menos de la mujer que tenemos enfrente que del hombre que queremos creer que somos.

Y ese es quizá el detalle más pícaro de todos: uno puede pasar la noche imaginando que desea conquistar a una mujer, cuando lo que realmente desea es acostarse con la certeza de que todavía puede ser objeto del deseo de alguien.

La mujer ajena, entretanto, sigue siendo una mujer. No una medalla, ni una prueba de masculinidad, ni un trofeo en una competencia secreta. Tiene sus propios deseos, sus contradicciones y sus razones, que no necesariamente coinciden con nuestra novela privada.

Pero la fantasía, esa magnífica fabricante de escenas, no suele pedirnos permiso para empezar. Basta una mirada, una frase ambigua, una complicidad inesperada, y ya estamos escribiendo el resto... Lo difícil como casi siempre, no es desear. Es descubrir qué estamos deseando realmente.

— Illutioner

27 de octubre de 2026

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