Despertó con el zumbido de otro motor, el de un yate que arrancaba dos amarres más allá, y con el peso de un brazo ajeno sobre la cintura. Por un segundo no supo dónde estaba; luego la madera oscura, la lámpara todavía encendida, el olor a piel y a sal, y todo volvió de golpe. Afuera ya era de día y el sol entraba horizontal por la claraboya, blanco y sin piedad.
Y el cuerpo le dolía.
No era un dolor de golpe ni de músculo cansado: era un dolor hacia adentro, un recordatorio hondo, difuso, que se activaba con cada respiración y le subía hasta el bajo vientre. Ana María se quedó quieta un momento, midiendo el desorden. Sentía el interior inflamado, esa especie de resaca muscular que deja haber sido abierta hasta el fondo y varias veces. Sentía los muslos pesados. Sentía la humedad seca de la noche en la piel y, debajo de todo, un pulso lento y terco que todavía latía, como si el cuerpo se negara a cerrar el tema.
Marcus dormía boca abajo, con la mitad del cuerpo fuera de la sábana. La sábana caía hasta el suelo y en el suelo estaba el vestido rojo, arrugado, con una tirante reventada. Ana María lo miró y se le vino encima la noche entera, en desorden, con una nitidez obscena: el peso de él sobre ella, la mano en su nuca, la voz en el oído, y sobre todo la primera embestida y la sensación —todavía intacta, todavía en el cuerpo— de que algo la había llenado hasta un lugar al que nunca había llegado nada.
Once años viviendo en la misma casa de Coral Gables. Once años de buena conducta. Y bastaban tres horas para que se le notara en la cara y en la forma de caminar.
Se levantó despacio, con un cuidado que no había usado nunca, y en el baño diminuto de la cabina se miró al espejo: la boca hinchada, el rímel corrido, dos marcas rojizas en la espalda por la alfombra. Se rio sola, en voz baja, tapándose la cara con las dos manos. Después, sin pensarlo, deslizó la mano hacia abajo y se tocó apenas, y tuvo que apoyarse en el lavamanos: estaba inflamada, sensible, y hasta el roce más leve le arrancó un escalofrío.
—Te vas sin despedirte —dijo él desde la puerta, con la voz pastosa.
Ana María se sobresaltó. Marcus se apoyó en el marco, desnudo y sin ninguna prisa, y ella sintió que se le subía el calor otra vez, ahí mismo, con el vestido a medio poner. Lo miró de arriba abajo sin disimular, deteniéndose donde se detenía, y él sonrió al notarlo.
—Tengo que volver. Mi marido llega a almorzar hoy.
—Mentira. —Se acercó y le apartó el pelo del cuello—. Pero está bien.
La besó en la nuca, sin exigir nada, y le pasó el teléfono para que escribiera su número. Ana María lo guardó con el nombre de una flor, como si un nombre real fuera demasiado.
Manejó de vuelta por el MacArthur Causeway con las ventanas abajo y el aire pegándole en la cara. La ciudad se despertaba a su alrededor con una indiferencia hermosa: los corredores en la acera, los camiones de reparto, los letreros de los moteles de la 8va todavía encendidos. Y el cuerpo no la dejaba concentrarse. Cada bache la hacía rebotar en el asiento y cada rebote la devolvía a la misma sensación: ese hueco recién usado, esa blandura adolorida, el recuerdo de la medida exacta de él entrando despacio la primera vez porque no cabía de otra forma, y su propia voz pidiendo más.
Ahí estaba lo que no sabía cómo explicar. No había sido solo el tamaño. Había sido la conciencia del tamaño. La forma en que ella lo vio y sintió un ramalazo de pánico y de deseo al mismo tiempo. La forma en que Marcus se detuvo, la esperó, y ella tuvo que abrirse y relajarse y rendirse por partes hasta que el cuerpo cedió y lo aceptó entero. Había sido la primera vez en su vida adulta en que su cuerpo había tenido que aprender algo en la cama. Y el aprendizaje, una vez superado el umbral, se había convertido en un placer que no tenía comparación con nada: la plenitud total, la presión contra paredes que su marido nunca había tocado, la embestida que la recorría de la pelvis a la garganta.
En el semáforo de la Venetian se dio cuenta de que estaba apretando el volante y de que sonreía como una tonta.
Llegó a la casa a las ocho y cuarenta. Andrés ya estaba en la puerta, con la corbata a medio anudar y el café en la mano, mirando la hora.
—¿Y? —dijo, sin mirarla.
—¿Y qué?
—Que si la fiesta estuvo bien.
Ana María se quedó parada en el umbral de la cocina, con el vestido rojo todavía en el bolso, y sintió por primera vez el impulso de medir.
—Estuvo bien.
—Qué bueno. —Le dio un beso en la mejilla, rápido, de trámite, y agarró las llaves—. Voy a llegar tarde, tengo el cierre con los de Nueva York. Hay lasaña en el congelador.
Y se fue. Ana María se quedó oyendo el garaje abrirse y cerrarse, y sintió una cosa nueva: no tristeza, sino una especie de permiso. Casi una autorización.
Esa noche Andrés la buscó. Llegó a la cama a las once y media, oliendo a oficina, y le puso la mano en la cadera sin preámbulo, con esa rutina de quien cumple una tarea. Ana María se dejó hacer, y cuando él se acomodó encima y entró, tuvo una revelación que la dejó casi sin aire.
No la llenaba.
No es que estuviera mal. Es que entraba y no tocaba nada, no empujaba nada, no llegaba. Su cuerpo, que llevaba un día entero abierto y adolorido por otra medida, se cerró alrededor de Andrés como un guante flojo. Él empezó con su ritmo de siempre, rápido, parejo, con los ojos cerrados, como si estuviera resolviendo una ecuación, y Ana María se descubrió calculando: dos minutos, tres, ya casi.
Y entonces cerró los ojos y se fue.
Pensó en la boca de Marcus en su oído, en el peso de su mano aplastándole la nuca contra la almohada, en la voz diciéndole eres perfecta sin que sonara a cortesía. Se acordó de la embestida honda, de la sensación de estar ocupada hasta el fondo, de esa plenitud que ahora le parecía el centro del mundo. Se le escapó un gemido que Andrés no esperaba, uno de verdad, y él lo tomó como un estímulo, aceleró, y ella siguió, siguió hasta que se fue sin que él se diera cuenta, con la frente contra el hombro de su marido y otro hombre en la cabeza.
Andrés se quedó dormido enseguida. Ana María quedó boca arriba, con la respiración agitada y la insatisfacción ahí, física, obstinada. Metió la mano bajo la sábana y se tocó pensando en Marcus, y se vino otra vez, en silencio, mordiéndose el labio para no despertar a su marido.
El sábado por la tarde sacó el consolador negro del cajón.
Lo hizo con una expectativa nueva, casi con hambre, y con la vaga esperanza de que sirviera de algo. Se encerró en el baño, lo lubricó, se apoyó en el lavamanos y se lo metió despacio, y lo primero que sintió fue una decepción rabiosa: era grande, sí, era negro, sí, pero era de plástico. No tenía el calor. No tenía el peso que se hunde. No tenía la manera en que un cuerpo encima de otro la empuja contra el colchón y le quita el aire. No tenía voz.
Se vino igual, con la frente contra el espejo y las piernas temblando, pero salió del baño con una idea fija: el consolador era el ensayo y ya había pasado el examen. Lo que quería era el original.
El lunes Marcus le escribió: "Toco el sábado en un club de la 2da avenida. Después, si quieres, subes a mi apartamento en South Beach."
Ana María leyó el mensaje cuatro veces. Después le dijo a Andrés que el sábado salía con Marcela. Él estaba viendo el béisbol y ni volteó.
—Bueno —dijo.
Los cinco días siguientes fueron una tortura de anticipación. Se compró ropa interior nueva en el Dadeland —un conjunto negro, de encaje, que no le enseñó a nadie— y lo guardó al fondo del cajón, debajo de los buzos. Cada vez que abría ese cajón sentía un pinchazo. El viernes se depiló con más cuidado del necesario. El sábado se bañó, se puso el conjunto, se miró al espejo y se dio cuenta de que estaba mojada antes de salir de la casa.
El edificio de Marcus tenía palmeras enanas en la entrada y un lobby con olor a limpio. Ella subió en el ascensor con el corazón en la garganta y notó que tenía las manos heladas y el resto del cuerpo ardiendo. Cuando se abrió la puerta, ahí estaba él, con camiseta y jeans, todavía con el sudor del set en el cuello, y Ana María tuvo por un instante la tentación de echarse atrás. Todo era demasiado real: el apartamento, la vista de la bahía, el equipaje de la gira en el sillón.
—Estás temblando —dijo él, y le quitó el bolso del hombro.
—Es que acá es distinto. En el yate era una fiesta. Acá es mi ciudad.
—Ya sé. —Le tomó la cara con las dos manos—. Por eso.
La besó contra la puerta y ella se dejó, y la boca de él le bajó al cuello y a la clavícula y le desabrochó el vestido con una paciencia que la desesperaba. Cuando la mano le llegó al encaje y lo encontró empapado, Marcus soltó un ruido bajo, casi de aprobación, y Ana María se avergonzó y se excitó en la misma medida: nunca nadie le había hecho notar así lo evidente de su deseo.
—¿Estabas así desde tu casa? —murmuró contra su oído.
—Desde el lunes.
Él se rio, le bajó el vestido y la llevó a la cama. Y esta vez no hubo ternura lenta: fue ella la que le bajó la camiseta, ella la que lo empujó, ella la que se subió encima sin que nadie se lo pidiera. Se movió con una seguridad que no reconocía, con las manos de Marcus abiertas en sus caderas, mirándolo a los ojos sin pudor, diciéndole cosas al oído que en su casa nunca decía.
—Más duro —pidió.
—¿Así? —Le dio la vuelta y la puso en cuatro, y Ana María se agarró del cabecero y gimió sin cuidarse la voz. Por la ventana abierta entraba el ruido de la calle, la música de un bar cercano, alguien riéndose abajo.
Y cuando él la tomó por la cadera y la embistió, el mundo se le achicó a una sola cosa. No hubo pánico esta vez, no hubo umbral que cruzar: su cuerpo ya sabía. Ya estaba abierto, ya estaba blando, ya estaba preparado para esa medida, y la entrada fue directa, profunda, sin negociación, y Ana María sintió cómo la llenaba hasta ese punto que el consolador no alcanzaba y que su marido ni siquiera sabía que existía. La presión contra las paredes internas, el golpe sordo al fondo, la manera en que cada embestida le empujaba el aire de los pulmones en un jadeo corto.
Se dio cuenta de que estaba gimiendo en voz alta y de que no le importaba. Se dio cuenta de que estaba empujando hacia atrás para buscarlo. Se dio cuenta de que quería, por primera vez en años, ser vista en el momento más desarmado, y de que Marcus la estaba viendo: le había tomado el pelo con una mano y se lo apartaba de la cara para mirarla de perfil, y eso —la mirada, no el tamaño— fue lo que la quebró.
El teléfono vibró en la mesa de noche. Ella lo vio de reojo, con la mejilla contra la almohada. Andrés.Lo dejó sonar. Sonó otra vez. Marcus le bajó la espalda con la boca hasta la cintura, sin detenerse, y el timbre se cortó solo.
—¿No vas a contestar? —murmuró él.
—No.
—¿Y si es importante?
Ana María volvió la cara hacia el otro lado, con la respiración rota, y sonrió contra la sábana.
—Pues que sea.
Él le subió una rodilla, la abrió más y cambió el ángulo, y ella se oyó decir ahí, ahí como si le estuviera dando instrucciones a su propio cuerpo. La embestida se volvió corta y precisa, martillando ese punto, y en menos de un minuto Ana María se estaba viniendo con la cara hundida en la sábana, con las piernas cerrándose solas y una mano de Marcus sujetándole la cadera para que no se escapara. El orgasmo le subió desde muy adentro, desde el mismo lugar que él estaba golpeando, y se le extendió por la espalda en oleadas que le hicieron temblar los brazos hasta que se le doblaron.
Y él no se detuvo. Siguió, más despacio ahora, alargándolo, y ella gimió con la voz rota y la mano estirada hacia atrás buscándolo para que parara y para que no parara.
—Otra vez —dijo él, y no era una pregunta.
Y Ana María, con la cara húmeda y la cabeza vacía, asintió contra la almohada.
Se la llevó al borde del colchón, la puso boca arriba con las piernas colgando, y volvió a entrar de pie, y así, con él mirándola desde arriba y las manos de ella agarradas a sus antebrazos, la segunda vez fue distinta: más lenta, más honda, más de él y más de ella. Ana María lo miraba a la cara y no se escondía. Sentía cómo se le formaba otra vez el nudo en el vientre, y esta vez no lo empujó, lo dejó crecer, lo buscó, y cuando llegó se le cerraron los ojos y se le fue el aire y gritó sin pudor en el apartamento vacío.
Marcus se vino poco después, con la frente contra la suya y un gemido ronco, y se dejó caer a su lado. Los dos se quedaron sin aire, con el corazón golpeando.
Cuando terminó, se quedó tirada boca arriba, con el sudor enfriándose en la piel y el pulso bajando de a poco. Le dolía el cuerpo de una forma buena y la cabeza de una forma mala. Tenía la entrepierna empapada y adolorida, y una sensación de plenitud tan concreta que se podía palpar: la de estar todavía abierta, todavía marcada, todavía ocupada por algo que ya no estaba.
—Quédate —dijo él—. Pido algo de comer, hay un tailandés que abre hasta tarde.
—No puedo. Debo llegar antes de las doce.
—Pues quédate hasta las once y media.
Ana María miró el reloj. Tenía cuarenta minutos. Se sentó en la orilla de la cama y buscó el vestido en el piso, y al ponerse de pie sintió el primer paso: las piernas le respondieron con un temblor blando, casi de gelatina, y tuvo que apoyarse en la cómoda. Se rio, corta, con la cara caliente.
—¿Estás bien? —preguntó Marcus desde la cama, con una sonrisa que se oía.
—Mañana te cuento.
Mientras se vestía, la pantalla se encendió otra vez: dos llamadas perdidas, un mensaje.
"¿A qué hora llegas? Te dejé la luz de la entrada prendida."
Se vistió rápido. Marcus la siguió hasta la puerta y le dio un beso largo en el ascensor, uno de esos que se dan cuando todavía no hay reglas. Ana María salió a la calle con la boca hinchada y la humedad tibia de la noche pegándole en la cara, y el primer paso en la acera le recordó todo: el cansancio en los muslos, la sensibilidad extrema, la humedad que ya empezaba a correrse por la pierna.
Llegó a la casa a las doce y diez. Andrés estaba en la sala, con la lámpara encendida, sin televisor, sin celular, sin nada en las manos. No estaba viendo el béisbol.
—Se te hizo tarde —dijo.
—Marcela se puso a hablar y no había manera. —Ana María colgó el bolso y se acercó a darle un beso, pero él no se levantó.
—Qué raro —dijo Andrés, y lo dijo despacio, como quien prueba una palabra nueva—. Que Marcela estuviera en South Beach.
Ella se quedó quieta a medio camino.
—¿Cómo sabes que fue en South Beach?
Andrés la miró desde el sofá, sin parpadear.
—Porque el primo de Óscar te vio entrar al edificio de Marcus a las diez y cuarenta. —Hizo una pausa breve, casi elegante—. Y porque Marcus me suena. Ya me sonaba antes de que me lo nombraras.
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