Sin sostén, como siempre. Desde que llegamos varios se la quedaron mirando, pero uno en especial no disimulaba: Andrés, un compañero de unos treinta años, alto y callado.
Durante la cena él se le iba la mirada cada rato. Cuando ella se reía o se inclinaba a agarrar la copa, las tetas se le movían y Andrés se quedaba como hipnotizado. Yo lo noté y le dije bajito a ella:
Ese man se te está comiendo con los ojos.
Ella solo se rio y le lanzó una mirada larga. Después de un rato, cuando ya estábamos más tomados, me levanté a fumar afuera y Andrés me siguió. Sin rodeos le dije:
Mi mujer te tiene caliente, ¿cierto?
Él se puso nervioso pero no negó.
Demasiado… se me para solo de mirarla.
Pues esta noche se la puedes culiar le dije claro. Si ella acepta, nos vamos los tres.
Volvimos a la mesa. Yo le susurré a ella lo que había hablado. Ella me miró, se mordió el labio y solo dijo:
Hágale pues.
Pedimos la cuenta, nos despedimos de los demás y los tres nos fuimos en un taxi hasta un motel cerca. Apenas entramos a la habitación, ella se quitó el vestido de un jalón y se quedó completamente desnuda. Esas tetas enormes cayeron pesadas, los pezones ya duros. Andrés se le tiró encima como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Se las chupó con ansias, apretándolas, mordiéndole los pezones mientras ella gemía y le agarraba el pelo.
Qué tetas tan hijueputas… decía él, casi baboso.
Yo me senté en la silla a ver. Andrés se bajó el pantalón y sacó una verga gruesa y dura. Ella se arrodilló, se la metió en la boca y se la chupó profunda, babosa, mirándolo a los ojos. Él le agarró el pelo y le dio en la garganta hasta que se le saltaron las lágrimas, pero ella no paró.
Después la tiró en la cama, le abrió las piernas y se le montó encima. Se la embrocó de un solo empujón hasta el fondo y empezó a culiarla duro, bien salvaje. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y el sonido de la pucha siendo golpeada llenaba la habitación.
Así… más fuerte… reventame la pucha —le gritaba ella, con la boca abierta y la lengua afuera.
Yo me acerqué, le puse la verga en la boca y ella me la chupó mientras Andrés se la seguía culiando. En un momento la volteamos. Andrés se la culiaba por la pucha y yo le metí la verga en el culo. Quedó llena de las dos. Empezamos a moverla entre los dos, profundo, fuerte, sintiendo cómo las vergas se rozaban por dentro. Ella gritaba, se corría, temblaba, completamente entregada.
Andrés se vino primero adentro de la panocha, descargándole todo el semen bien profundo. Yo saqué la verga del culo, me acerqué a su cara y le metí la verga en la boca. Ella me la chupó con ansias mientras todavía le temblaba el cuerpo. Me vine en su boca y ella se lo tragó completo, sin dejar caer ni una gota, mirándome a los ojos.
Cuando terminamos, ella se quedó tendida en la cama, la panocha abierta y chorreando el semen de Andrés, la boca todavía brillante de saliva y leche mía, y esa misma cara de siempre: boca entreabierta, ojos en blanco, toda usada.
Andrés se quedó mirándola un rato, todavía agitado, y solo dijo:
Nunca me imaginé culiar a la mujer de un compañero… y menos así.
Y al día siguiente, en la oficina, Andrés no podía ni mirarme a la cara sin ponerse rojo.








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