Encuentro en Funza
La llovizna nocturna de Funza empañaba los cristales del auto que me llevaba al apartamento de don Jairo.
llegué, al bajarme sentí cómo el satín del vestido se pegaba a mis muslos bajo el abrigo.
Algo nerviosa pero decidida timbre en el apartamento indicado, Tú abriste la puerta, y en tu mirada vi el reconocimiento instantáneo no solo del deseo, sino de aprobación de la mujer que había viajado horas para ser ella misma esa noche.
No hizo falta hablar.
Me jalaste hacia ti en la entrada, y fue mi mano la que te detuvo suavemente. “Espera”, susurré, dejando caer el abrigo al suelo. Quería que vieras el conjunto completo—el corsé que afinaba mi cintura, las medias de encaje, los tacones que añadían centímetros a mi estatura. Tu respiración se cortó. “Dios mío”, murmuraste, y ese reconocimiento, esa admiración sin reservas, encendió algo en mi pecho más intenso que cualquier roce.
Ya no había prisa. Me guiaste al sofá bajo la tenue luz de la lámpara. Me arrodillé frente a ti, desabrochando tu pantalón con mis dedos que ahora temblaban de emoción. tú me detuviste, tomando mi rostro entre tus manos. “Quiero verte a ti primero”, dijiste, y con una reverencia lenta, deliberada bajaste la cremallera de mi vestido. La tela cayó como un suspiro. Tú me contemplabas, no como un espectáculo, sino como un paisaje deseado durante mucho tiempo de chats y de mensajes. Tus dedos trazaron la línea del corsé, sintiendo el encaje y mi suave piel, luego bajaron por mis caderas, apreciando la curva de mi cuerpo.
Ese acto de veneración me desarmó. Sentí tus labios encontrando los míos, con algo de una ternura que se transformó rápidamente en hambre, El roce de mi piel depilada contra tu vello pectoral, el contraste de nuestras texturas, era un recordatorio eléctrico de lo que éramos: dos almas encontrándose más allá de las formas.
Me llevaste al dormitorio. quité lo que quedaba de tu ropa con manos seguras. Luego, me quité el corsé, dejando solo las medias y los tacones. Te monté, controlando cada centímetro de penetración, cada gemido que te arrancaba y que me hacías callar. Mirarte debajo de mí, con los ojos nublados de placer, viendo a la mujer que soy aceptada y deseada en su totalidad, fue más poderoso que cualquier clímax. Tú me agarrabas las caderas, no para dirigir, sino para seguirme, rendirte al movimiento que yo creaba.
Cambiamos de posición, explorando cada ángulo, cada susurro, cada promesa. Había una pasión distinta ahora,no solo física, sino una celebración. Celebración de mi cuerpo, de mi identidad, y de tu deseo por mí. Cuando el orgasmo llegó, fue una ola que nos arrastró a los dos, uniéndonos en un grito ahogado que se mezcló con el repiqueteo constante de la lluvia en el tejado.
Nos quedamos entrelazados, mi cuerpo aún adornado por las medias de encaje, tu mano acariciando mi cabello suelto. El sudor se enfriaba en nuestra piel. Tú levantaste la cabeza, tus labios rozaron mi oreja y susurraste las palabras que sellaron la noche: “Eres una perra. Otra vez?”.
Y afuera, la lluvia de Funza limpiaba el mundo, mientras dentro, yo me sentía, nuevamente tuya.








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