Se llamaba Camila, pero todos le decíamos Cami. Llevábamos años de amistad, de esas que no se explican, y nunca —nunca— había pasado nada. Hasta ese sábado.
Me mudaba a un apartamento nuevo, un tercer piso sin ascensor en el que cada caja pesaba el doble. La llamé porque no tenía a quién más. Llegó a las ocho, con ropa vieja y el pelo recogido, y se rió de mí cuando le abrí la puerta.
Trabajamos toda la mañana y buena parte de la tarde. Subimos cajas, armamos muebles, limpiamos polvo de años. Para las cinco estábamos sudadas, sucias y muertas. Yo tenía la camiseta pegada a la espalda y el pelo revuelto, y en algún momento, entre el calor y el cansancio, me entró una calentura que no supe de dónde salió. La miraba agacharse a recoger algo y se me iba la cabeza.
—¿Nos bañamos juntas? —le solté, sin pensarlo mucho.
—¿Juntas? —frunció el ceño—. Ay, no sé, Vale. Me da cosa.
—Es solo un baño, Cami. Estamos hechas un desastre.
Refunfuñó, pero no dijo que no. Me desnudé ahí mismo, sin pudor, y entré a la ducha. Abrí el agua tibia y dejé que me corriera por la nuca. Un minuto después escuché la cortina moverse y entró ella, con los brazos cruzados sobre el pecho como si se tapara de algo.
Nunca la había visto desnuda. Tenía la piel más clara que yo, unas caderas anchas y una curva en la cintura que me dejó sin aire. El agua le pegaba el pelo a la cara. Yo estaba que me le tiraba encima, pero me aguanté, fingiendo calma, pasándome el jabón como si nada.
Terminamos de bañarnos con una tensión que se podía masticar. Nos secamos, nos vestimos y salimos a buscar comida, hablando de todo menos de lo que acababa de pasar. Pero algo había cambiado: las miradas duraban un segundo de más.
Volvimos al apartamento y, cuando ya era tarde, le dije que se quedara a dormir. Lo puse como si fuera lo más lógico del mundo, porque era peligroso manejar a esa hora. Solo tenía armada mi cama. Las demás habitaciones eran un caos de cajas.
—No hay dónde más —dije—. Nos acostamos aquí.
Se metió bajo las cobijas con la camiseta puesta. Yo también. Apagué la luz y quedamos boca arriba, mirando el techo, muy cerca.
—Quítate el top —le propuse.
—Uy, no. Se le salió la maricada a uno —contestó, y me reí.
No insistí. Me acerqué despacio, le subí una pierna sobre la mía y empecé a hacerle cosquillas en el muslo, en el costado, en la cintura. Ella se retorcía y se reía bajito, con los ojos cerrados. Poco a poco las cosquillas se volvieron caricias, y las caricias se volvieron más lentas, más intencionadas.
Le acaricié los pezones por encima de la tela. Se le pararon de inmediato. Cami dejó de reírse y soltó un suspiro largo, de esos que dicen más que una frase.
—Bueno —murmuró—. Quitémoslos.
Nos sacamos las camisetas y la luz tenue de la ventana me dejó verle los senos. Me incliné y los besé, primero con cuidado, luego con hambre, chupándole los pezones mientras ella me agarraba del pelo. Bajé la mano despacio, con miedo, y cuando la deslicé bajo su panty la sentí empapada. Empapada de verdad.
—Estás muy mojada —le dije al oído.
—Con esa tocadera… —contestó, y me jaló la cara para besarme.
Fue un beso desesperado, torpe, con dientes. Me chupó las tetas y yo sentí que se me iba la vida. Nos quitamos lo que quedaba, sin orden, sin elegancia, y nos tocamos al mismo tiempo. Los dedos de Cami encontraron mi centro y yo los míos en ella. Gemíamos pegadas a la boca de la otra para no hacer ruido en un edificio desconocido.
Me monté sobre ella. Cami me tomó de las caderas, me acomodó y me mostró cómo abrirme, cómo cruzarme, cómo hacer que nuestras vulvas se encontraran en una tijera lenta y húmeda. Nunca lo había hecho así. Me guió con la voz ronca, diciéndome *más despacio, así, no pares*, hasta que las dos perdimos el ritmo y nos vinimos con un temblor que me dejó los muslos temblando.
Nos quedamos abrazadas, sin hablar, respirando.
En la madrugada me desperté y la sentí ahí, caliente y despierta, y lo hicimos otra vez, más lento, más sabido, hasta que el sol empezó a colarse por la ventana.
Y ahora no dejo de pensarlo.
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Y ahora te toca a ti.
Soy LaWitch, y desde esa noche quedé con hambre. Quiero conocer una mujer con experiencia, de verdad, que sepa llevarme más allá de lo que Cami me enseñó en una cama prestada. Que me muestre, que me guíe, que me deje probar cosas que todavía no sé nombrar. Y quiero que mi pareja nos vea: que se siente en una silla, que disfrute mirando cómo otra mujer me desarma, sin meterse, solo mirando.
Si eres esa mujer, escríbeme. Dime qué me enseñarías primero.








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