Encontró al indicado: un tipo moreno, fuerte, de cara dura, solo en la barra. Hablaron dos minutos. Después mi esposo volvió y me dijo:
Se llama Marcos. No es de aquí. Le dije que te podía culear el culo y la concha como quisiera. Aceptó.
Nos fuimos a un motel de mierda a tres cuadras. La habitación olía a sexo viejo, a desinfectante barato y a colchón usado. Apenas cerró la puerta, mi esposo me empujó hacia la cama y me ordenó:
Quítate todo. De rodillas. Y abre la boca.
Me arrodillé desnuda frente al extraño. Marcos se sacó una verga gruesa, oscura, ya dura y con el prepucio medio corrido. Me la puso en la cara. Yo la agarré con las dos manos y me la metí hasta la garganta de un solo movimiento. Él me agarró del pelo con las dos manos y empezó a culearme la boca sin piedad. Babeaba a montones, la saliva me corría por la barbilla, por el cuello y se me metía entre las tetas. Cada vez que él empujaba hasta el fondo yo hacía ruidos asquerosos de atragantamiento.
Trágatela bien, puta dijo mi esposo desde la silla. Quiero verla llena de baba.
Cuando la boca ya me dolía, me levantaron y me pusieron de cuatro en la cama. Marcos escupió grueso sobre mi culo, se frotó la saliva por la raja y empujó de golpe. Entró a la fuerza. Grité. Él no se detuvo: empezó a culearme el culo con embestidas brutales, sacando casi toda la verga y metiéndola de nuevo hasta las bolas. El sonido era obsceno, chapoteante, de carne golpeando carne mojada.
Yo tenía la cara contra la almohada, babeando, mientras él me reventaba el ano. Mis tetas grandes se sacudían pesadas con cada embestida. En un momento me agarró del pelo, me levantó el torso y me escupió en la cara mientras me culeaba más fuerte.
Se está abriendo bien dijo Marcos, jadeando. Está bien puta.
Mi esposo se acercó, me agarró de la mandíbula y me obligó a mirarlo.
Dile que te llene el culo de leche.
Llénamelo… lléname el culo de leche repetí entre gemidos.
Marcos aceleró como animal. Me dio unas nalgadas fuertes que dejaron la piel ardiendo y de pronto se enterró hasta el fondo y se corrió. Sentí el chorro grueso y caliente dispararse dentro de mi ano, pulsando, llenándome. Se quedó ahí varios segundos exprimiéndose, y cuando por fin salió, un hilo espeso de semen se le escapó de la punta y se me cayó sobre el agujero abierto. Su leche empezó a salir de mi culo de inmediato, resbalando por mis labios y cayendo sobre las sábanas ya manchadas.
No me dejaron descansar. Mi esposo me volteó de espaldas, me abrió las piernas todo lo que pude y me miró el culo goteando.
Qué asco tan rico murmuró. Después se subió encima de mí y me la metió en la concha de un solo golpe. Estaba tan resbalosa de saliva, de jugos y del semen del otro que entró fácil. Me culeó con rabia, profundo, mientras me apretaba las tetas y me las sacudía.
Dime quién te prestó el culo a un desconocido para que te lo llenara de leche…
Tú… tú me lo prestaste…
¿Y quién te está culeando ahora con la leche de él todavía adentro?
Tú…
Se corrió adentro de mi concha con un gruñido largo, empujando tan profundo que sentí cómo me llenaba otra vez. Cuando salió, se quedó mirando cómo su semen se mezclaba con el del extraño y se me escapaba de los dos agujeros, formando un charco sucio entre mis nalgas y los labios hinchados.
Marcos ya se estaba vestiendo. Antes de irse, mi esposo le dijo:
Puedes volver a usarla cuando quieras. Solo avísame.
El extraño asintió, me miró una última vez abierta y goteando, y se fue.
Mi esposo se sentó a mi lado, metió dos dedos en mi concha, los sacó llenos de la mezcla de los dos y me los puso en la boca.
Chupa ordenó.
Obedecí. Sabía a ambos.
Después me besó la frente, casi con cariño, y me susurró:
Mañana vas a caminar con el culo y la concha llenos de un desconocido… y yo voy a saber que te gustó.
Yo solo cerré los ojos, temblando, con el cuerpo sucio, abierto y usado exactamente como él quería.







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