Yo estaba arrodillada en la sala, solo con el collar de cuero negro y la cadena. Mi Amo me había preparado: bañada, depilada, el culo limpio y la cuca ya húmeda de solo pensar en lo que venía. Cuando abrió la puerta, entraron dos tipos. Uno alto y delgado, de unos treinta y tantos. El otro más robusto, más moreno, con una mirada pesada. Ambos me miraron como se mira un objeto que ya se compró.
Mi Amo les habló sin siquiera mirarme:
Tres horas. La usan como quieran. Culo, boca, cuca… todo está disponible. La dejan marcada y llena, pero no rota. El dinero ya está.
Ellos asintieron. Mi Amo se acercó a mí, me sujetó la barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos.
Vas a culear con los dos. Vas a abrir todo lo que te pidan. Y cuando yo regrese, me vas a contar cada embestida, cada gota que te hayan dejado adentro. ¿Entendido, puta?
Sí, Amo…
Se fue. La puerta se cerró. Y por primera vez estaba sola con dos desconocidos que habían pagado por mí.
El robusto fue el primero. Me agarró del collar, me levantó y me empujó de rodillas. Se bajó el pantalón y me metió la verga gruesa en la boca de un solo movimiento. Empezó a culearme la garganta profundo, sin piedad, agarrándome el pelo y tirando de la cadena para obligarme a tragar más. Yo babéaba, gorgoteaba, con lágrimas corriendo por la cara mientras el otro se ponía detrás de mí.
El alto me separó las nalgas, escupió varias veces en mi culo y me clavó dos dedos de golpe. Después sacó los dedos y me empujó la verga entera hasta el fondo. Grité alrededor de la verga que tenía en la boca. Los dos empezaron a usarme al mismo tiempo: uno por la garganta, el otro por el culo, embistiéndome a ritmo, tirando de la cadena cada vez que querían que arquease más la espalda.
Me movieron de posición varias veces. Me pusieron de cuatro en el sofá. El robusto se metió en mi culo otra vez mientras el alto me culeaba la boca. Después me hicieron montar al delgado, de espaldas, para que él me follara la cuca mientras el robusto me abría el culo desde atrás. Los dos dentro al mismo tiempo. Me sentía completamente llena, estirada, usada. Mi cuca y mi culo chorreaban. Me corrí así, contrayéndome alrededor de las dos vergas, temblando, con la cadena tirándome del cuello.
El robusto se corrió primero dentro de mi culo, empujando profundo y llenándome a chorros calientes. Se retiró y me dejó el semen escurriendo. El delgado me puso de rodillas otra vez y me llenó la boca hasta que me obligó a tragar. Después me doblaron sobre la mesa de centro. Uno me culeó el culo otra vez, el otro me abrió la cuca con los dedos y después con la verga. Me turnaron. Me llenaron los dos agujeros varias veces. Me hicieron limpiarlos con la lengua después de cada corrida.
Cuando se cumplieron las tres horas, yo estaba hecha un desastre: el culo rojo y abierto, la cuca hinchada, semen de los dos escurriendo por los muslos, la cara babosa, el collar todavía puesto y las marcas de las manos en las caderas.
Mi Amo regresó exactamente a tiempo. Los dos hombres se vistieron, le devolvieron la llave del candado y se fueron sin decir casi nada. Él me miró un largo rato, de pie frente a mí, mientras yo seguía temblando sobre la mesa.
Ven.
Me levantó, me puso de rodillas frente a él y me abrió la boca.
Limpia. Y mientras lo haces, cuéntame cómo se sintió tener dos vergas de desconocidos abriéndote al mismo tiempo… cómo te llenaron el culo… cómo te corriste siendo de ellos por unas horas.
Esa noche me culeó despacio, profundo, recuperándome. Me llenó con su semen encima del de los dos desconocidos. Me besó el collar y me susurró:
Eres mía. Aunque te venda a extraños… sigues siendo solo mía.
Yo, con la voz rota y el cuerpo temblando, solo pude responder:
Siempre tuya, Amo… siempre.







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