La diseñadora de moda de Granada
Me escribió por Guía Cereza un miércoles por la noche. El mensaje era directo, sin rodeos. Se llamaba Valentina, 31 años, diseñadora de moda. Su esposo, Andrés, 34, fotógrafo. Vivían en un apartamento amplio en Granada, uno de esos edificios con portería y vista parcial a los cerros. Habían leído varios de mis relatos. Me dijeron que querían una experiencia clara de dominio, sin juegos a medias, sin dudas.
Hablamos un par de días. Valentina era precisa en lo que buscaba. Andrés confirmaba cada mensaje con un “de acuerdo”. Quedamos un sábado en la noche a las nueve.
Llegué puntual. El barrio estaba tranquilo. Toqué el timbre. Valentina abrió la puerta.
Llevaba un vestido corto negro que le marcaba el cuerpo con precisión. Delgada, senos firmes, culo redondo y piel suave de un tono moreno claro. El cabello suelto le caía sobre los hombros. Olía a perfume caro, algo floral y limpio. Andrés estaba detrás, serio, con las manos a los lados del cuerpo, como esperando instrucciones antes de que yo dijera nada.
Entré. Cerré la puerta con un clic seco. No saludé. No sonreí. Me quedé de pie en la entrada y miré primero a Andrés. Con calma.
Con voz baja y firme: Mando yo. No la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. Si algo no te gusta, lo dices ahora. ¿Quedó claro?
Andrés asintió despacio.
Quedó claro.
Valentina se quedó de pie en el centro de la sala. La luz cálida del apartamento le iluminaba el rostro. La miré de arriba abajo. El vestido se pegaba a su cintura y a la curva de sus caderas. Me acerqué. La tomé de la nuca con firmeza y la besé. Despacio primero, sintiendo cómo abría la boca y me recibía. Después con más fuerza, metiéndole la lengua, controlando el ritmo. Respondió de inmediato. Sus manos se apoyaron en mi pecho.
El sabor de su boca era limpio, con un toque de menta.
Le quité el vestido de un tirón. El material cayó al suelo. Debajo llevaba solo una tanga negra de encaje. Se la baje despacio por los muslos, sintiendo la piel tibia. La cuca estaba afeitada, rosada, ya húmeda y brillante. El olor a excitación se mezcló con el perfume. Le pasé dos dedos por los labios. Estaban resbalosos y calientes.
De rodillas.
Se arrodilló sobre la alfombra gruesa. Me abrió el pantalón con las dos manos. Sacó mi verga. Ya estaba semi dura. Se la metió en la boca. Empecé a usarla con calma, sujetándole el cabello. Después más profundo. Le embestí la garganta. Babeaba abundantemente. Se escuchaba el sonido húmedo, los leves ahogos y la respiración de Andrés al fondo. Él se había sentado en el sillón que le indiqué, en silencio, mirando sin parpadear, las manos sobre las rodillas.
Cuando ya estaba completamente duro y brillante de saliva, la levanté del suelo. La llevé a la habitación. La luz de la sala se filtraba apenas. La tiré en la cama. Me puse el condón frente a ellos, despacio, para que se viera claro. Le abrí las piernas con fuerza. La cuca chorreaba. Se la enterré de un empujón hasta el fondo. Valentina gritó. Empecé a cogerla con ritmo firme y profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo se moviera sobre el colchón. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Le sujeté las muñecas contra la cama.
Dile a tu marido cómo se siente.
Se siente gruesa… me está abriendo… me gusta…
Más claro. Que te escuche bien.
Me gusta que me cojas. Me gusta que mandes. Me gusta no decidir nada.
La volteé en cuatro. Le agarré la cadera con una mano y el pelo con la otra. Se la empecé a meter con más fuerza. Nalgadas firmes que le marcaron el culo de rojo inmediato. El sonido de mis huevos contra su cuca era rítmico y obsceno.
Valentina jadeó fuerte y dijo mirando hacia donde estaba Andrés:
Esto es un toro… tú eres un hombrecito al lado de él…
Se vino apretándome, temblando, con un gemido largo. Seguí embistiéndola a través del orgasmo. Después la puse encima de mí y la hice subir y bajar al ritmo que yo marcaba. Sujetándole la cintura. Controlando cada movimiento. Mientras se movía, volvió a hablar, con la voz rota:
Él es un toro de verdad… tú solo miras… eres un hombrecito…
Me vine dentro del condón, profundo, sujetándola contra mi cuerpo.
La dejé recostada, respirando agitada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando. El olor a sexo ya dominaba la
habitación.
Le dije a Andrés sin casi mirarlo:No la toques todavía.
Me la cogí una segunda vez. Más despacio al principio. Después otra vez con fuerza. Mirándola a los ojos. Controlando el ritmo y la profundidad. En un momento ella giró la cabeza hacia Andrés y repitió, casi jadeando:
Míralo… es un toro… y tú eres un hombrecito…
Andrés obedeció todo el tiempo, en silencio absoluto.
Cuando terminamos nos vestimos sin prisa. El apartamento olía a cuerpos y a sumisión. Antes de salir, todavía dentro de la casa, la tomé de la nuca y la besé con lengua una última vez. Profundo. Saboreándola.
Valentina me pidió el número. Se lo di.
Esa misma semana volvió a escribirme. No fue para pedir otra cita de inmediato. Me contó que Andrés había estado más callado de lo normal, que ella se había tocado pensando en lo de esa noche y que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa. Me dijo que querían repetir, pero que esta vez serían ellos los que se adaptaran a mi agenda. Desde entonces, cada vez que aparece un mensaje suyo, sé que no es una petición. Es una confirmación de que el control sigue estando donde debe estar.
La diseñadora de moda de Granada apenas empezaba.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali. Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.








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