Me desperté con una sensación incómoda de que no lograba quitarme de encima.
Antes incluso de abrir los ojos, grabé la expresión de mi esposo la noche anterior.
Me había buscado con la misma ternura de siempre.
Yo, agotada por el trabajo de la casa y vencida por el sueño, apenas murmuré unas palabras antes de darle la espalda.
No era la primera vez que ocurría.
Con el paso de los años había descubierto que el deseo ya no aparecía con la misma facilidad de antes.
Él seguía siendo un buen hombre: responsable, trabajador, un padre ejemplar y un esposo atento.
El problema no era él.
El problema era que algo dentro de mí parecía haberse ido apagando poco a poco.
Sin embargo, aquella noche fue distinta.
Todavía podía ver su rostro cuando comprendió que, una vez más, lo estaba rechazando.
Permaneció unos segundos en silencio, como si esperara que cambiara de opinión.
Incluso sentí que intenté convencerme con una mezcla de paciencia y resignación.
Yo solo cerré los ojos y fingi dormir.
Al cabo de unos minutos escuché cómo salía de la habitación.
Mucho después oí la puerta abrirse nuevamente. Imaginé que habría pasado un rato solo en la sala, quizás con una copa entre las manos, tratando de dejar atrás la frustración antes de volver a acostarse.
A la mañana siguiente salió hacia el trabajo sin despedirse. No hizo falta que dijera nada. Su silencio pesaba mucho más que cualquier reclamo.
Durante todo el día aquella escena no dejó de dar vueltas en mi cabeza.
Me sentí culpable. No porque creyera tener la obligación de complacerlo siempre, sino porque entendía que, sin darme cuenta, la rutina había comenzado a levantar una distancia entre nosotros.
No quería que esa distancia siguiera creciendo.
Así que decidí sorprenderlo. Prepare la cena con sus platos favoritos.
Sabía que terminaba de trabajar a las seis y que, como casi todos los días, llegaría una hora después.
Después me ocupé de crear un ambiente diferente.
Atenué las luces, escogí una lista de canciones suaves y abrí una botella del licor que solíamos reservar para las ocasiones especiales.
Finalmente abrí el cajón donde llevaba meses guardada una delicada pijama negra que él mismo me había regalado.
Nunca la había usado. Aquella tarde, por primera vez, me atreví.
Frente al espejo respiró profundamente. No veía a la misma mujer de veinte años atrás, pero tampoco a alguien derrotada por el tiempo. Veía a una mujer madura que todavía podía sentirse hermosa si me permitía creerlo.
Sirve una copa. Luego otra.
El calor del licor fue relajando la tensión que llevaba dentro.
Poco a poco comenzaron a desaparecer la timidez y las dudas. Sonreí al espejo, acomodé mi cabello y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí ilusionada por esperar a mi esposo.
Miré el reloj. Las siete. «No tarda», pensé. Me senté en la sala mientras la música envolvía el ambiente. Cada sonido del edificio me hacía levantar la vista hacia la puerta. Pero los minutos pasaban.
Las siete y media. Luego las ocho. La ilusión empezaba a convertirse en inquietud cuando el timbre sonó de repente. El corazón me dio un vuelo.
Me levanté sonriendo, convencida de que por fin había llegado. Abrí la puerta... Y la sonrisa se congeló.
No era mi esposo. Era Jorge. Su mejor amigo.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Él parecía tan sorprendido como yo.
Su mirada se detuvo apenas un instante más de lo habitual, como si no esperara encontrarme así.
—Perdona venir sin avisar
—dijo finalmente
—. Habíamos quedado de vernos, pero él nunca llego.
Lo llamé hace un momento y me dijo que lo esperara aquí. Está terminando unas copas con unos compañeros del trabajo.
No supe qué respondedor.
Por un lado quería cerrar la puerta con cualquier excusa. Por otro, la educación me impidió hacerlo.
Llamé a mi esposo.
—Atiéndelo mientras llego
—respondió con absoluta naturalidad.
— Ya voy para allá. Respire hondo. Lo invité a pasar.
Sin imaginar que aquella decisión cambiaría el rumbo de una noche que había comenzado con la única intención de recuperar la complicidad con el hombre que he compartido toda mi vida.
Darío cruzó el umbral con esa seguridad tranquila que siempre lo había caracterizado.
Cerró la puerta tras de sí con un clic que resonó en el silencio de la sala, y por un momento sus ojos recorrieron el escenario que había preparado con tanto esmero: las luces tenues, las velas sobre la mesa, la botella de licor medio vacía, y yo, envuelta en aquel pijama negro que de repente me parecía ridículamente reveladora.
—Vaya.
—murmuró, y su voz tenía un matiz que no supe interpretar
—Parece que interrumpo algo importante.
—No, no es nada
—Mentí, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto instintivo de protección.
—Solo quería… prepararle algo especial a mi esposo.
Jorge sonrió, pero no era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien que veía más de lo que debía.
—Él siempre tuvo suerte, dijo, y sus ojos se detuvieron en el borde de la pijama, justo donde la tela negra se curvaba sobre mis pechos.
—Pero también siempre fue un imbécil.
—¿Qué?
—Que te dejara esperando así, con esta…
—Hizo un gesto vago con la mano.
— Puesta en escena. Cualquier hombre con dos dedos de frente habría volado de vuelta a casa.
Sentí que las mejillas me ardían. No sabía si era por la vergüenza, por el licor o por la forma en que Jorge me miraba, como si de repente yo fuera algo más que la esposa de su amigo.
—Debo ir a cambiarme
—dije, dando un paso atrás.
—. Esto es inapropiado.
—No te vayas, su mano se levantó, no para tocarme, sino para detenerme en seco.
Si él no supo apreciar el esfuerzo, al menos alguien debería hacerlo.
El silencio se espesó entre nosotros. La música seguía sonando, una balada lenta que hablaba de deseos contenidos y noches interminables.
Podía sentir el latido de mi corazón en la garganta, en las sienes, entre las piernas.
Jorge dio un paso adelante. Luego otro. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para percibir su olor: tabaco, licor, y algo más, algo masculino y terroso que despertaba una parte de mí que creía haber enterrado hacía años.
—Sabes.
—dijo, bajando la voz.
— siempre pensé que eras demasiado mujer para él.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué?
¿Porque es mi amigo?
¿Porque estás casada?
Su risa fue baja, ronca.
—Los amigos traicionan todo el tiempo, y los matrimonios… bueno, los matrimonios se terminan en cuanto alguien se cansa de fingir.
Su mano finalmente tocó mi brazo. El contacto fue eléctrico, prohibido, y sin embargo no me aparte.
—Él no viene
—dijo Jorge, con una certeza que heló la sangre.
—. Lo conozco. Cuando dice "unas copas", son muchas copas.
Y cuando dice "ya voy para allá", significa que no vendrá hasta que se haya olvidado de que prometió algo.
Quise defenderlo. Quise decir que no, que mi esposo era un hombre de palabra, que llegaría en cualquier momento. Pero las palabras se negaron a salir.
Porque en el fondo sabía que Jorge tenía razón, y mas hoy que tenía motivos para quedarse.
—Déjame hacerte compañía
Susurró Jorge, y su aliento cálido rozó mi oído.
—Al menos hasta que decidas si realmente quieres esperarlo.
Su mano se deslizó desde mi brazo hasta mi cadera, y mi cuerpo traicionó mi voluntad.
En lugar de apartarme, me incliné hacia él.
La pijama negra, que horas antes había sido un símbolo de renovación, se había convertido en una invitación que no estaba segura de querer retirar.
—Jorge……..
Su nombre salió de mis labios como un suspiro, como una advertencia, como una rendición.
—Shh
Su dedo índice se posó sobre mis labios.
— No digas nada. Solo siéntelo. Y entonces me besó.
No fue un beso tierno ni vacilante. Fue un beso hambriento, de esos que te roban el aliento y te recuerdan que sigues viva. Su lengua encontró la mía con una familiaridad que me sobresaltó, como si hubiera estado esperando ese momento tanto como yo había estado esperando a mi esposo.
Mis manos encontraron su pecho, firme bajo la camisa. Mis dedos se aferraron a la tela, buscando un ancla en medio del torbellino.
Todo estaba mal, todo estaba prohibido, y sin embargo cada fibra de mi ser clamaba por más.
Jorge me guió hacia atrás, paso a paso, hasta que mis piernas chocaron contra el sofá.
Me dejé caer, y él se colocó sobre mí, su peso una promesa que no sabía si estaba lista para cumplir.
— ¿Quieres que pare?
Preguntó, aunque sus manos ya recorrían mis muslos, empujando la seda negra hacia arriba.
La pregunta flotó en el aire como un desafío.
El timbre del teléfono podría sonar en cualquier momento. Mi esposo podría abrir la puerta y encontrarnos así, enredados en una traición que aún no había consumado. Pero en lugar de responder, en lugar de detenerlo, enredé mis dedos en su cabello y lo atraje hacia mí.
—No.
Susurré contra sus labios.
—No pares. Y en esa rendición, en ese instante de absoluto abandono, supe que ya no había vuelta atrás.
El peso de Jorge se asentó sobre mí como una condena que elegí con los ojos bien abiertos.
Sus dedos treparon por la seda negra de mi vestido con una lentitud calculada, como si supiera que cada milímetro de piel que descubría era un territorio conquistado en una guerra que yo misma había declarado.
—Mírame
Ordenó, y su voz era grave, cascada, un trueno lejano que anunciaba la tormenta que ya se desataba entre mis muslos.
Obedecí.
Sus ojos tenían ese brillo húmedo de los hombres que saben que están haciendo algo mal y que precisamente por eso lo disfrutan más.
Me mantuvo la mirada mientras su mano izquierda encontraba el borde de mis bragas de encaje negro, húmedas ya, una confesión que mi cuerpo había hecho sin permiso de mi conciencia.
Su índice se deslizó por encima de la tela, encontrando justo el punto donde mi clítoris latía obstinado contra la costura, y cualquier mentira murió en mi garganta convertida en un gemido ahogado.
—deseas que continúe?
—Sí
Jadeé, y la palabra era una rendición total, un acta de capitulación firmada con saliva y deseo.
Jorge deslizó la tela a un lado y sus dedos encontraron mi carne desnuda, caliente, resbaladiza. su índice se hundió en mí sin aviso, un solo dedo que llenó más de lo que debería, que encontró mi interior con la familiaridad de quien ha estado allí antes, aunque solo fuera en mis fantasías.
—Así….asi….
Susurré, arqueando la espalda, buscando más profundidad, más de esa intrusión que sabía a pecado.
Y entonces se inclinó, y su boca encontró mi cuello, y mordió.
No suave, no jugando.
Justo donde el pulso se volvió loco.
—Quiero oírte, dijo contra mi piel, mientras un segundo dedo se unía al primero, estirándome, preparándome.
— Quiero que tu marido sepa cómo te rompo cuando llegue a casa.
Su palma presionaba mi clítoris con cada embestida de sus dedos, un ritmo que yo no había pedido pero que mi cadera seguía sin vacilar, buscando ese clímax que sabía que llegaría demasiado pronto, que me dejaría vacía y culpable y hambrienta de más.
—No te corras todavía. Ordenó, y retiró los dedos con una lentitud cruel, dejándome temblando, abierta, mojada sobre la seda arrugada de mi vestido.
—Todavía no.
Se incorporó, y vi cómo se desabrochaba el cinturón con la parsimonia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo, que el mundo entero puede esperar mientras él hace lo que le da la gana conmigo. El metal del cierre rasgó el silencio de la sala, y el sonido de su cremallera bajando fue un disparo en la noche quieta.
—Ponte de rodillas, dijo, y no era una sugerencia.
Caí. Literalmente, caí del sofá al suelo, las rodillas golpeando la madera con un dolor que me ancló a la realidad, que me recordó que esto era real, que no era una de esas fantasías que masturbaba a solas en la ducha mientras el agua fría intentaba apagar el fuego que él había encendido.
Su polla estaba dura, apuntando hacia mí con una arrogancia que me hizo tragar saliva.
La humedad brillaba en la punta, una gota de semen que él atrapó con el pulgar y se extendió por el glande en un gesto casi distraído, como si estuviera mostrándome algo que ya sabía que iba a adorar.
—Abre la boca. Ordenó.
Y yo, que siempre había sido tan buena, tan correcta, tan esposa ejemplar…..
Abrí la boca, su polla entró en ella, caliente, pesada, la punta chocó contra mi paladar y yo gemí, un sonido que era mitad súplica, mitad adoración.
Él enganchó sus dedos en mi pelo, justo en la nuca, y me mantuvo allí, inmóvil, mientras su mirada se paseaba por mi rostro como un propietario revisando su ganado.
—Mírame, dijo, y su voz era hielo y fuego al mismo tiempo. Levante los ojos. Los suyos brillaban con algo que trascendía lo humano.
Había un destello en sus pupilas, un fulgor mineral que me heló la sangre y me encendió las entrañas.
Lento al principio, permitiéndome acostumbrarme al grosor, a la forma en que llenaba cada hueco de mi boca.
Pero pronto encontró su ritmo, un vaivén profundo que me hacía jadear por la nariz, que me obligaba a tragar aire en bocanadas desesperadas mientras él se hundía hasta el fondo, hasta que mi garganta se cerraba a su alrededor en un reflejo que él ignoraba.
—Así….asi….. Murmuró, y su pulgar acarició mi mejilla.
— Así me gusta. Sumisa. Callada. Perfecta.
Su otra mano bajó hasta mi pecho, encontró un pezón a través de la tela fina de mi blusa, y lo pellizcó con la precisión de un cirujano.
El dolor fue una línea eléctrica que recorrió mi columna y se alojó entre mis piernas, donde mi coño palpitaba vacío, húmedo, traicionero.
—¿Te gusta?
Preguntó, aunque la pregunta era retórica. Lo sabía. Lo olía en mi excitación, en la forma en que mi lengua se movía instintivamente alrededor de su glande, de la manera en que mis caderas se movían solas, buscando un consuelo que él no me iba a dar.
No pude responder. Su polla me llenaba la boca, me silenciaba, me reducía a un receptáculo.
Él aceleró el ritmo. Sus embestidas eran más cortas ahora, más urgentes. Su respiración se había vuelto un jadeo rítmico que acompañaba sus movimientos, y yo sentí el momento en que se perdió, en que el dios se permitió ser bestia por un instante.
—Voy a llenarte la boca.
Dijo, y la orden era también una advertencia.
— Vas a tragar todo. Cada gota. ¿Entendido? Asentí con la cabeza, tanto como pude con su polla dentro de mí, y eso fue suficiente.
Él se tensó, un espasmo que recorrió su cuerpo desde los hombros hasta las caderas, y entonces su semen tocó mi lengua en oleadas calientes, espesas, saladas.
Tragué. Una, dos, tres veces. Sin perder ni una gota.
Sin atreverme a cerrar los ojos, sosteniendo su mirada mientras él se vaciaba dentro de mí, mientras su orgasmo me marcaba como un sello de propiedad.
Cuando terminó, se retiró lentamente, y yo quedé allí, de rodillas, con la boca abierta y vacía, sintiendo el fantasma de su polla aún en mi lengua.
Él se arrodilló frente a mí, tomó mi barbilla entre sus dedos, y me besó.
No era un beso tierno. Era un beso de conquistador, un beso que sabía a él, a sal, a poder.
—Buena chica. —dijo sonriendo.
Se levantó.
—Aún no hemos terminado.
Mi cuerpo aún temblaba cuando sentí sus manos en mis caderas, levantándome del suelo frío como si no pesara más que una pluma.
La piel de mis rodillas estaba enrojecida, marcada por el contacto implacable contra las lasas de piedra, pero ese dolor era nada comparado con el vacío que dejó su ausencia entre mis labios
—Aún no hemos terminado. Repitió.
Pero sus manos ya estaban bajando, deslizándose bajo la tela de mi vestido, encontrando el calor húmedo que aún palpitaba entre mis piernas.
Me tomó en sus brazos y me llevó hacia el cuarto, sus manos separaron mis muslos con una autoridad que me hizo olvidar cualquier pensamiento de resistencia.
Sus dedos encontraron mi sexo antes de que la puerta del cuarto se cerrara por completo. No hubo suavidad en ese primer contacto, solo la presión exacta.
Mi espalda arqueó contra el colchón cuando sus nudillos presionaron justo donde mi clítoris se escondía, hinchado y sensible después de lo que había hecho con su boca en el suelo.
Sus dedos se movieron lentamente al principio, trazando círculos perezosos alrededor de mi entrada. Podía sentir cómo mis jugos se deslizaban por la comisura de mis muslos, empapando la tela que aún colgaba de mis caderas.
Cada vez que sus yemas rozaban mi clítoris, un espasmo recorría mi vientre, pero él siempre se retiraba justo cuando el placer amenazaba con desbordarse.
Y entonces… sentí la cabeza de su miembro presionando contra mi entrada. No había prisa en su movimiento, solo una deliberación cruel que me obligaba a sentir cada milímetro de su grosor abriéndome, estirándome, reclamando el espacio que mi cuerpo cedía a regañadientes.
Mis dedos se clavaron en sus hombros, buscando anclar en un mundo que se desmoronaba a mi alrededor
Un gemido escapó de mi garganta, un sonido que no reconocí como propio.
Su miembro se deslizaba dentro de mí con una lentitud que bordeaba la tortura, cada centímetro una revelación, cada pulgada un recordatorio de lo lleno que podía sentirme.
Cuando llegó al fondo, cuando su pelvis presionó contra la mía y sintió sus testículos contra mis nalgas, ambos nos quedamos inmóviles, atrapados en ese instante de plenitud absoluta.
Tomé aire entre dientes, sintiendo cómo cada músculo de mi interior se adaptaba a su tamaño, cómo mi cuerpo aprendía de nuevo a recibirlo.
Él esperaba, y en esa espera había una paciencia que contrastaba con la bestia que había sido minutos antes. Sus dedos trazaron líneas suaves en mis caderas, calmando el temblor que recorría mis piernas.
Comenzó a moverse. Lentamente al principio, retirándose casi por completo antes de volver a entrar en mí con suavidad, cada embestida era medida, calculada, como si estuviera aprendiendo mi cuerpo,
Su ritmo se aceleró gradualmente, el placer crecía en mi vientre como una marea imparable.
Podía sentir cómo se tensaba dentro de mí, cómo su respiración se volvía más errática, y supe que esta vez no se detendría.
Y su cuerpo se tensó, cuando lo sintió vaciarse dentro de mí con un gemido ronco que vibraba contra mi pecho, mi propio orgasmo estalló como una ola rompiendo contra la orilla.
Mi vista se nubló, y solo existió su peso sobre mí, su calor llenándome, el latido de su corazón contra el mío mientras ambos regresamos lentamente a la realidad.
—Eres mía —dijo finalmente, y no era una pregunta.
Fue al baño y se organizo, se despidió con una sonrisa de satisfacción, la puerta se cerró con un clic suave, casi tímido, como si el propio Jorge quisiera disimular su partida. El eco de sus pasos se desvaneció por el pasillo mientras yo me quedaba allí, desnuda bajo la sábana arrugada, oliendo aún su sudor mezclado con el mío.
Me incorporé con trabajo. Las piernas me temblaban, y no era de frío. Entre los muslos, una humedad pegajosa me recordaba cada segundo de lo que habíamos hecho.
El baño me recibió con su luz fluorescente, cruel y reveladora.
Me miré al espejo: el cabello revuelto, los labios hinchados de besos mordidos, las marcas violetas que me había dejado en el cuello. Parecía una mujer poseída, y de cierto modo lo estaba.
Abrí la ducha, dejé que el agua caliente cayera sobre mí, pero no lograba lavar la sensación de sus manos en mis caderas, de su boca en mis pechos, de su voz ronca susurrándome al oído cosas que mi esposo jamás se atrevería a decir.
Mientras el jabón resbalaba por mi vientre, recordé cómo Jorge me había doblado sobre el borde de la cama, cómo había separado mis nalgas con impaciencia, cómo me había penetrado sin pedir permiso, porque sabía que lo quería así.
Su polla—gruesa, dura, había entrado en mí como si siempre hubiera estado destinado a estar allí.
Y lo había sentido cada pulso de su orgasmo dentro de mí, caliente y profundo, mientras él se derrumbaba, jadeando.
Cerré la llave. El silencio del departamento me tocó como una bofetada.
Me sequé sin prisas, pasando la toalla por cada curva de mi cuerpo, deteniéndome donde aún dolía plácidamente.
En el dormitorio, las sábanas estaban hechas un nudo. Las cambié.
Me vestí con una bata ligera. Eran casi las once de la noche y mi esposo no había llegado.
Ahora, sentada en el borde de la cama, sentía el vacío.
No el vacío de su ausencia, sino el vacío que deja el placer cuando se va.
Entonces mi esposo llego, entró con el rostro cansado, y ese inconfundible olor a cerveza que confirmaba lo que ya sabía.
—¿y Jorge?
—preguntó mientras dejaba las llaves sobre la cómoda.
Se canso de esperarte.
Ni siquiera levantó la vista de inmediato.
—¿Sigues despierta?
—Sí.
Respondí ajustando la bata alrededor del cuello, ocultando las marcas que habían dejado en mi piel.
—Te esperaba.
Mentí.
Ya no lo esperaba.
Ya no quería aquella cena que había preparado con tanta ilusión. Ya no quería la música que seguía sonando apenas en un rincón de la casa. Ya no quería explicaciones por su demora, ni escuchar las excusas que seguramente había ensayado durante el camino.
Lo observé caminar por la habitación sin advertir el orden impecable que había reemplazado al caos de unas horas antes. Ignoraba cuánto había cambiado aquella noche, no solo en la casa, sino también dentro de mí.
—Perdón por llegar tan tarde —dijo finalmente—. La reunión se alargó más de la cuenta.
Asentí con una leve sonrisa.
No tenía fuerzas para discutir.
Ni deseos de preguntar.
Había preguntas cuya respuesta podía destruir mucho más que una mentira.
Él se acercó con la intención de besarme en la frente, como hacía tantas noches. Yo correspondí con una caricia breve en su mano, suficiente para que no notara la distancia que acababa de nacer entre nosotros.
Era una distancia invisible.
Silenciosa.
Pero inmensa.
Mientras él se cambiaba de ropa, comprendí que las personas no siempre son infieles cuando cruzan un límite. A veces empiezan a serlo mucho antes, cuando dejan de mirarse, cuando aplazan las palabras importantes, cuando permiten que la rutina ocupe el lugar de la complicidad.
Aquella noche ninguno de los dos imaginó que acabábamos de cerrar una puerta.
Y sin decir una sola palabra, acabábamos de abrir otra de la que ya sería imposible regresar.








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