La mujer de Kachipay que quiso vivir la sumisión
Me escribió por Guía Cereza. Se llamaba Natalia, 32 años. Vivía en el sur de Cali, en Kachipay.
Me dijo que había leído varios de mis relatos y que quería vivir la sumisión de verdad. Su esposo, Diego, 35, estaba de acuerdo.
Quisieron dominio claro con condón.Quedamos un sábado en la noche en su casa. Llegué puntual. El barrio estaba tranquilo.
Toqué la puerta.Natalia abrió. Delgada, senos firmes, culo redondo, piel morena clara. Cabello suelto sobre los hombros.
Llevaba un vestido sencillo que le marcaba la cintura. Diego estaba detrás, serio, con las manos a los lados.Entré. Cerré la puerta detrás de mí con un clic seco. No saludé. No sonreí.
Me quedé de pie en la entrada y miré primero a Diego. Con calma. Con voz baja y firme:Desde el momento en que crucé esta puerta mando yo. Tú no la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. Si algo no te gusta, lo dices ahora. ¿Quedó claro?Diego trago saliva.Quedó claro.Me giré hacia Natalia. Estaba de pie en el centro de la sala, mirándome. Esperando.Acércate.Se acercó. La tomé de la nuca con firmeza y la besé. No fue un beso suave. Fue profundo, con lengua, controlando el ritmo. Ella respondió de inmediato. Le baje el vestido por los hombros. Debajo no llevaba sostén. Senos firmes, pezones ya duros. Le quité el vestido completo de un movimiento. La tanga siguió. La cuca estaba afeitada, rosada, ya húmeda. Se le notaba el olor a excitación.
De rodillas. Ahora.Se arrodilló sobre el piso. Me abrí el pantalón y saqué la verga. Se la puse en la cara primero.
Le di un par de golpes suaves contra la mejilla. Después más firmes. El sonido seco de la verga contra su piel se escuchó claro. Natalia parpadeó, sorprendida, pero no se apartó. Giró el rostro y se ofreció para que le siguiera pegando.
Le di varias veces más. En una mejilla. En la otra. Contra los labios.
Después se la metí en la boca hasta el fondo.Empecé a usarla. Sujetándole el cabello con las dos manos.
Embistiéndole la garganta. Babeaba abundantemente. Se le escapaban sonidos ahogados. La saliva le corría por el mentón.
Diego se había sentado en la silla que le indiqué, en silencio, mirando sin parpadear.Cuando ya estaba completamente duro y brillante de saliva, la levanté del suelo.A la habitación.La llevé del brazo. Diego nos siguió y se quedó de pie junto a la puerta. Entré con ella. La tiré en la cama. Me puse el condón. Le abrí las piernas con fuerza. La cuca brillaba. Se la enterré de un solo empujón hasta el fondo. Natalia gritó.Empecé a cogerla con ritmo fuerte y profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo se moviera sobre el colchón. Le sujeté las muñecas contra la cama.Dile a tu marido cómo se siente que te estén abriendo la cuca.Se siente gruesa… me está llenando… me gusta que mandes…Más fuerte. Que te escuche.Me gusta que me cojas. Me gusta que decidas todo. Me gusta no pensar.La volteé en cuatro. Le agarré el pelo como rienda y se la empecé a meter sin piedad. Nalgadas firmes que le marcaron el culo de rojo. El sonido de mis caderas contra su piel llenaba la habitación. Se vino apretándome, temblando, con un gemido largo. Seguí embistiéndola a través del orgasmo.Todavía no terminamos.La puse encima de mí y la hice subir y bajar al ritmo que yo marcaba. Sujetándole la cintura. Controlando cada movimiento. Me vine dentro del condón, profundo, apretándola contra mi cuerpo.La dejé recostada, respirando agitada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando.
Le dije a Diego:No la toques. Quédate donde estás.Me la cogí una segunda vez. Más despacio al principio.
Después otra vez con fuerza. Mirándola a los ojos. Controlando el ritmo y la profundidad. Diego permaneció en silencio todo el tiempo.Cuando terminamos nos vestimos sin prisa
. Antes de salir, todavía dentro de la casa, la tomé de la nuca y la besé con lengua una última vez. Profundo.
Saboreándola.Natalia me pidió el número. Se lo di.Desde ese día me escribe. A veces manda fotos. A veces mensajes pidiendo que vuelva. Diego sabe. Y yo sigo decidiendo cuándo y cómo.
La mujer de Kachipay que quiso vivir la sumisión la recibió desde el primer segundo en que crucé la puerta de su casa.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali. Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.








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