La profesora de yoga del oeste de Cali
Me escribió por Guía Cereza un martes en la noche. El mensaje era corto y directo.
Hola. Soy Laura. Leí varios de tus relatos. Quiero conocerte. Mi esposo también está de acuerdo.
Laura tenía 34 años. Profesora de yoga. Daba clases en un estudio del oeste de Cali. Su esposo se llamaba Mateo, 37, contador. Llevaban seis años casados. Sin hijos. Hablamos varios días por chat. Ella era clara en lo que buscaba. Él también. Me dijeron que habían hablado del tema durante meses y que por fin se habían animado a dar el paso. Quedamos un viernes en la noche en su apartamento, cerca de la avenida de Las Américas.
Llegué puntual. El edificio era moderno y silencioso. El ascensor subió sin hacer ruido. Toqué la puerta. Laura abrió. Era alta, de cuerpo flexible y tonificado por años de práctica. Cabello castaño recogido en un moño bajo. Llevaba un vestido largo y suelto que no ocultaba del todo la forma de sus senos y la curva de su cadera. La tela se pegaba un poco a la piel con el calor de la noche. Mateo estaba detrás, serio, con las manos en los bolsillos y la mirada atenta.
Entré. Cerré la puerta detrás de mí. Dejé las llaves sobre una mesa cerca de la entrada y miré primero a Mateo. Sin prisa. Sin sonreír de más.
Antes de que pase cualquier cosa. Mando yo. Tú no la tocas. No te vienes. No hablas a menos que yo te lo pida. Te sientas donde yo te diga y solo miras. Si algo no te gusta, lo dices ahora. ¿Quedó claro?
Mateo asintió despacio.
Quedó claro.
Laura se quedó de pie en el centro de la sala. La miré de arriba abajo. Se notaba el cuerpo trabajado. Espalda recta. Hombros relajados. Piernas largas y firmes. El vestido se movía apenas cuando respiraba.
Acércate.
Se acercó sin dudar. La tomé de la nuca con firmeza y la besé. Despacio primero, sintiendo cómo abría la boca. Después con más fuerza, metiéndole la lengua. Respondió de inmediato. Con ganas. Apoyó las manos en mi pecho.
¿Así de fácil te entregas? Le pregunté contra su boca.
Así de fácil. Contestó ella en voz baja. Cuando uno sabe lo que quiere, no hay mucho que pensar.
Le baje el vestido por los hombros. Debajo no llevaba sostén. Senos medianos, firmes, pezones oscuros ya duros. Le quité el vestido completo de un movimiento. La tanga siguió el mismo camino. La cuca estaba afeitada, rosada, ya húmeda. Se le notaba el olor suave a jabón y a excitación.
De rodillas.
Se arrodilló sobre la alfombra. Me abrió el pantalón con las dos manos. Sacó mi verga y se la metió en la boca. Empecé a moverme despacio, sujetándole el cabello del moño. Después más profundo. Babeaba. Se escuchaba el sonido húmedo de su boca y la respiración de ella volviéndose más pesada. Mateo se había sentado en el sillón que le indiqué, en silencio, sin moverse.
Míralo. Le dije mientras le usaba la boca. Que vea cómo me la chupas.
Laura giró un poco la cabeza sin soltar la verga y miró a su marido. Los ojos se le habían puesto vidriosos. Seguí embistiéndole la boca un rato más.
¿Te gusta que él te vea así? Le pregunté.
Sí. Respondió ella cuando le saqué la verga de la boca un segundo. Me gusta que vea.
Cuando ya estaba completamente duro, la levanté del suelo. La llevé hasta el sofá y la recosté. Me puse el condón. Le abrí las piernas. La cuca brillaba. Se la metí de un solo empujón hasta el fondo. Laura soltó un gemido largo y controlado, como si todavía estuviera regulando la respiración.
Empecé a cogerla con ritmo firme y profundo. Cada embestida hacía que su cuerpo flexible se moviera sobre el sofá. Le sujeté las muñecas arriba de la cabeza y la obligué a mirarme.
Dile a tu marido cómo se siente.
Se siente gruesa. Me está llenando. Me gusta que mandes.
Más claro. Que te escuche bien.
Me gusta que me cojas. Me gusta que decidas todo. Me gusta no tener que pensar.
La volteé. La flexibilidad se notó de inmediato. Le levanté las caderas con facilidad y se la empecé a meter con más fuerza. Nalgadas firmes que le marcaron la piel. El sonido de mis caderas contra su culo llenaba la sala. Se vino apretándome, temblando, con un gemido más alto. Seguí embistiéndola sin soltarla.
Todavía no terminamos. Le dije al oído.
La puse encima de mí y la hice subir y bajar al ritmo que yo marcaba. Sujetándole la cintura. Controlando cada movimiento. Me vine dentro del condón, profundo, apretándola contra mi cuerpo.
La dejé recostada en el sofá, respirando agitada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando. Le dije a Mateo sin casi mirarlo:
No la toques todavía.
Me la cogí una segunda vez. Más despacio. Mirándola a los ojos. Controlando el ritmo y la profundidad. Mateo permaneció en silencio todo el tiempo. Cumpliendo exactamente lo que le había ordenado.
Cuando terminamos nos vestimos sin prisa. El apartamento olía a sexo y a la noche que empezaba. Antes de salir, todavía dentro del apartamento, la tomé de la nuca otra vez y la besé con lengua. Profundo. Saboreándola.
Cuando nos separamos, Laura me miró y me pidió el número. Se lo di.
Desde ese día me escribe. A veces manda fotos después de sus clases de yoga. Otras desnuda. A veces mensajes cortos pidiendo que vuelva. Mateo sabe. Ella se lo cuenta. Y yo sigo decidiendo cuándo y cómo.
La historia que empezó en un estudio de yoga del oeste apenas va empezando.
Si quieres ser cornudo y estás en Cali. Ya sabes dónde buscarme.
Tu esposa es mía.







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