Salí a mi habitación cerrando la puerta con cuidado, todavía con el cuerpo marcado por las horas anteriores. Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente se llevara el cansancio de la cadera, los restos de gel, el sudor ajeno. Me sequé, me recosté sobre la cama sin ponerme nada y caí dormido casi de inmediato, con el ventilador de techo girando encima de mí.
A las diez de la mañana unos golpes en la puerta me sacaron del sueño. Me incorporé despacio, todavía desnudo, y crucé la habitación arrastrando los pies. Abrí apenas y era ella, la mujer del casado. Venía con una sudadera amplia, gris, que le cubría hasta la mitad del muslo. Raro en Melgar, donde casi todo el mundo andaba en ropa de casa y sandalias. La dejé entrar y cerré la puerta detrás de los dos.
—Te traje algo para la mañana —dijo, y me agarró por la nuca.
El beso fue húmedo, con lengua profunda, y cuando me pegué a ella sentí algo duro contra mi bajo vientre. Algo que no debería estar ahí. Me aparté un instante, miré hacia abajo, y ella se rio bajito.
—Es tu desayuno.
Se quitó la sudadera de un tirón. Debajo traía el arnés negro ajustado a la cintura, con una verga de goma texturizada que le colgaba hasta más de medio muslo, gruesa, con venas moldeadas. Se la agarró con una mano como quien maneja una herramienta propia.
—Mi esposo no aguanta tanto como tú —dijo, caminando hacia mí—. Desde esta mañana tengo ganas de jugar con tu culo. Sabía que ibas a ser mi perra.
Me empujó hacia la cama y caí sentado en el borde. Ella se quedó de pie, con la goma a la altura de mi cara.
—Lástima que te saliste del mundo swinger —pasó la mano por mi cabello—. Eras un modelito muy rico para hacer estas cosas. Yo estaba contenta de habernos encontrado.
La cortina estaba un poco abierta y el velo transparente no cubría bien. Por el pasillo, de reojo, vi a un hombre mirando. Moreno, gordito, en pantaloneta. No le puse mucha atención al principio, pero cada vez se acercaba más a la ventana. Ella ordenó que me pusiera en cuatro sobre la cama y obedecí. Separé las rodillas, bajé el pecho y sentí su lengua en mi ano, caliente, húmeda, trazando círculos lentos que se volvían puntiagudos. Un rimming delicioso, con lametones largos que me abrían y me dejaban babeando. Yo miraba por la ventana al tipo del pasillo, que ya estaba casi pegado al vidrio, con los ojos fijos.
Yo sentí que ella se ponía detrás, untaba lubricante frío sobre la goma y me la enterró de una sola embestida. El aire se me escapó de golpe. La goma era gruesa y me abrió con una presión constante, sin pausa. En ese momento oí la voz del hombre afuera, respondiéndole a alguien desde el segundo piso:
—¡Ya bajo, hija!
No quería perderse nada. A esta altura ella ya había notado que nos espiaban, pero no le importó. Me agarró de las caderas y siguió bombeando.
Me volteó en pollo asado, con las piernas abiertas hacia arriba, y me dio delicioso. La goma me rozaba por dentro con cada embestida, el ritmo era firme y la estimulación subía sin parar. Mi verga rebotaba contra mi vientre, goteando. Pasaron un par de minutos y no aguanté: me corrí en chorros largos que me cayeron en el pecho y el ombligo.
Yo sentí que ella sacaba la goma despacio, se limpiaba con una toalla y se sentaba un momento a mi lado.
—¿Con la amiga no te sentías tan cómodo? —preguntó.
—No —le dije—. No había química.
—Mejor —dijo, me dio un beso en la boca, con una gran sonrisa y se fue.
Quedé solo un momento ahí, tirado, con el semen secándose en el abdomen. Me levanté a buscar agua y vi pasar al señor por el pasillo, una y otra vez, como quien busca algo sin encontrarlo. Me puse una toalla alrededor de la cintura, crucé hasta la puerta y la abrí de par en par.
—A la orden —le dije.
Era un hombre normal, moreno, en pantaloneta deportiva azul. Tenía una erección que le levantaba la tela como una tienda de campaña. No se podía ocultar. De frente le señalé el bulto.
—¿Quiere que le ayude con ese problema?
Tragó saliva y dijo que sí.
Entró a mi habitación y cerré la puerta. Le bajé la pantaloneta y los boxer de un tirón. La verga le saltó libre, de buen tamaño, gordita, con un sabor amargo almendroso cuando me la llevé a la boca. La lamí de abajo arriba, le besé el glande, me la tragué hasta la mitad y empecé a mamar con ritmo.
—No tengo mucha experiencia con manes —dijo, con la voz tensa.
—Tranquilo —le dije, sin soltarlo.
Saqué un condón del cajón, lo puse en la punta de su verga y me lo desenrollé con los labios, bajando hasta la base. Me levanté, me quité la toalla y le ofrecí mi culo primero de pie, apoyado en la pared. Me agarró las caderas y entró despacio, dándome un rato largo, embistiendo con cuidado. Luego me llevó a la cama y me puso en cuatro patas. Ahí cambió: me agarró fuerte y me dio duro, con embestidas secas que me hacían morder la almohada. No tardó mucho. Se corrió con un gruñido, enterrándose hasta el fondo.
Sacó la verga con el condón relleno, pesado, colgando. Se sentó en el borde de la cama, respirando fuerte. Yo pensé que el hombre era muy buen semental. Me arrepentí de que no hubiera sido a pelo, pero bueno. Casado y semental.








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