Alguien me recordo de mi epoca de swinger con mi ex - El vientre que se me abulta casi pegging. Parte 4
Relato de comunidad Bisexualesschedule 6 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Alguien me recordo de mi epoca de swinger con mi ex - El vientre que se me abulta casi pegging. Parte 4

Tras la cena, me invitan a la cabaña del gordo y su esposa, donde me reciben con besos y preguntas sobre ropa femenina. Entre un vestido ajustado, tangas diminutas y suspensorios, me someto a un juego de arneses y vergas de g...

luisalejo

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Esa noche, después de la cena, me inivitaron a ir a la cabaña de ellos a eso de las 9 me dirigí a la cabaña del gordo y su esposa. Llevaba un pantalón blanco y, debajo, unos suspensorios que se marcaban bajo la tela. Cuando llegué, me recibieron los dos con sonrisas amplias, manos cálidas que me tomaron por los hombros y me guiaron al interior. Cerraron la puerta detrás de mí con un clic firme.

Ella se acercó primero. Sus labios encontraron los míos con una presión lenta, húmeda, la lengua deslizándose con curiosidad mientras sus dedos se enredaban en mi nuca. El gordo observaba desde un rincón, sentado en el borde de la cama, con los brazos cruzados y los ojos fijos en cada movimiento de nuestras bocas. No tardó en intervenir. Se levantó con pasos pesados y se colocó junto a nosotros, girando mi rostro hacia él con una mano firme en mi mandíbula. Su beso era distinto —áspero, con bigote que raspaba mi labio superior, la lengua empujando con urgencia.

Entre los dos me fueron desvistiendo mientras me hacían preguntas. "¿Te gusta usar ropa femenina?" preguntó ella, con los dedos ya en mi cinturón. Les dije que me parecía chévere. Ella abrió un armario y sacó un vestido ajustado, de esos que se ciñen al cuerpo como una segunda piel. Me dijeron pontelo a ver como te queda y me lo puse. La tela se estiraba sobre mi torso, marcando cada contorno. Luego me alcanzó unas tangas que no eran ni remotamente mi talla —la cintura se hundía en mis caderas, la tela delantera estirada hasta volverse casi transparente. El vestido no ayudaba: lo que el vestido cedía, la tanga no acompañaba.

"Mejor ponte los suspensorios de nuevo," dijo ella, "y unas medias." Me quité la tanga, volví a los suspensorios blancos sobre el pantalón removido, y me deslicé unas medias de ligero de lycra fina que se enrollaron por mis piernas con un susurro suave. El gordo, mientras tanto, se había recostado en la cama con la verga a reventar, tensa contra su abdomen velludo, las venas marcadas bajo la piel enrojecida.

Ella desapareció al baño. Cuando salió, traía puesto un arnés de correas negras que le ceñía las caderas y entre las piernas colgaba una vergota de goma súper grande —gruesa, oscura, con textura de venas moldeadas. Me miró fijo. "Cuando te dijimos que queríamos ese culo para nosotros, no era broma."

Esa cosa de goma balanceándose entre sus muslos mientras caminaba hacia mí tenía un peso visual que me secó la garganta. El gordo se montó de pie sobre la cama, la verga recta apuntando hacia mi cara. Me puse en cuatro sobre el colchón, frente a él, y abrí la boca sobre su glande. El sabor salado, la piel caliente y tirante contra mi lengua. Empecé a mamársela con lentitud, hundiendo los labios hasta la base.

Detrás de mí, ella me subió el vestido hasta la cintura. Sentí el frío de la crema —un gel espeso que untó sobre mi ano con dos dedos, trabajando en círculos, abriendo. Luego el sonido del lubricante esparciéndose sobre la goma. "Este no lo aguanta mi esposo," dijo con una risa corta.

Empezó a enterrarlo. El primer centímetro dilató el esfínter con una presión sorda que me hizo apretar los dientes alrededor de la verga del gordo. Cada centímetro que entraba abría más, la goma deslizándose con la crema, las venas moldeadas arrastrando contra las paredes internas. Sentía cómo mi culo se abría con cada empujón, lento, implacable, hasta que lo sentí en el estómago —una presión profunda que me robaba el aire.

"¿Te aguantas toda?" preguntó ella.

"Sí," le dije, con la voz estrangulada alrededor de la verga que tenía en la boca.

Ella se detuvo. "Espera un momento." Salió de mí con un sonido húmedo y abrió la maleta junto a la cama. Sacó otra más gorda y larga aún —visiblemente más ancha, tan gruesa que ni se caía del arnés cuando la sostuvo en horizontal. Desabrochó la primera, montó la nueva, y se colocó detrás de mí otra vez.

Esta vez no hubo lentitud. Me rompió el ano con cada embestida, la goma entrando con un chasquido húmedo que se mezclaba con mis jadeos. Me daba duro desde atrás, las caderas golpeando mis nalgas con un ritmo constante, y yo seguía mamándosela al gordo, la boca llenándose de saliva que escurría por su vástago.

Después de un rato así, él se recostó boca arriba. Me monté encima, cabalgándolo, sintiendo su verga real entrando y saliendo, caliente y pulsante. Ella se posicionó detrás de mí y empezó a enterrarme el juguete junto a la verga de su marido. La sensación era de fisting —dos cuerpos ocupando el mismo espacio, estirando más allá de lo que creí posible, las paredes dilatándose hasta un límite que me hacía temblar.

"Espera, amor, para que me corro," dijo él. Y se vino dentro de mí, empapando el juguete con su leche caliente que escurría entre la goma y mi ano. Se puso de pie, jadeante, y salió de la cabaña.

Al momento entró la otra señora —la esposa del hombre atlético. Saludó con naturalidad, como si entrara a una sala de estar, y fue directo al baño. Salió con otro arnés, una verga muy similar a la que tenía dentro de mí pero de otro color, azul oscuro. La esposa del gordo sacó su juguete y la otra tomó su lugar. Me pusieron en pollo asado —boca arriba, las piernas levantadas y abiertas— y la nueva empezó a dar con fuerza.

"Se te ve en la barriga," dijo la esposa del gordo. Y sí: al entrar se veía cómo dentro de mi panza se abultaba, una prominencia que se movía con cada embestida, unos 30 centímetros de goma que se marcaban prominentes hasta cerca del ombligo.

"¿Será que te caben las dos?" dijeron.

Cambiamos de posición. Me senté encima de la del gordo, con su verga de goma dentro, y la otra se hizo atrás y empezó a hundírmela. El ano se dilataba con cada centímetro que entraba, una presión inmensa que me recorría en oleadas, hasta que las tuve adentro. Mi vientre se veía deforme, con un bulto al centro que pasaba hasta un poco más arriba del ombligo, moviéndose cuando respiraba.

En ese momento entró el hombre atlético. La esposa del gordo lo llamó. "Toca." Le puso la mano sobre mi panza y la deslizó sobre la protuberancia. "Se siente impresionante," dijo él, con los ojos fijos en mi abdomen distendido. "A mí no me vayan a hacer eso."

Así duramos un rato, pero ellas estaban cansadas. El atlético me puso en pollo asado y tomó el lugar de ambas. Con el ano tan dilatado, clavar fue fácil —entró de una sola embestida hasta el fondo. "Mi leche te va a llegar hasta el ombligo con lo abierto que está," dijo.

Se corrió dentro. Y sí: sentía su leche deslizándose cada vez más adentro, un calor líquido que ascendía por el canal dilatado, llenando el espacio que los juguetes habían abierto.

Ahí tuvimos que tomar un descanso. Me dolía la cadera mucho.

— luisalejo

26 de octubre de 2026

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