Adicta a tu recuerdo
Nos volvemos adictas a quien sabe tocarnos sin manos.
Él no estaba en la habitación, y sin embargo su presencia me recorría la piel como una corriente lenta, densa, imposible de ignorar. Bastaba cerrar los ojos para sentirlo: la memoria de su aliento caliente contra mi cuello, el eco de su voz grave susurrando mi nombre justo cuando mi cuerpo empezaba a temblar. No hacía falta que sus dedos me rozaran. Bastaba el recuerdo. Bastaba saber que, en algún lugar, él también estaba pensando en mí de la misma forma.
A quien no está, pero me hace sentir peligrosamente viva.
Me desnudé despacio, solo para él. La sábana se deslizó por mis muslos como si fueran sus labios. Mi mano bajó entre mis piernas, pero no era mía: era la suya imaginada, la que sabía exactamente cuánta presión necesitaba, cuánto tiempo detenerme justo antes del borde. El pecho me subía y bajaba más rápido. El calor se acumulaba en mi vientre, húmedo, insistente, latiente. Cada gemido ahogado era un recordatorio de que él me tenía, aunque estuviera lejos. Peligrosamente viva. Tan viva que dolía.
Y esa intensidad, cuando se confunde con cariño, se vuelve costumbre, se vuelve hambre, se vuelve adicción.
Empecé a buscarlo en todo. En el vapor de la ducha, donde el agua caliente se convertía en su lengua. En la cama, donde el roce de la tela contra mis pezones era su pecho apretado contra el mío. Me tocaba pensándolo, y cada orgasmo era más profundo, más sucio, más suyo. Ya no era deseo. Era hambre. Una necesidad que no se calmaba nunca del todo. Me venia susurrando su nombre y, segundos después, volvía a necesitarlo. Costumbre. Hambre. Adicción.
Porque quizá no duele perder lo que nunca se posee,
pero sí duele dejar de sentir aquello que sabe provocar.
Y esa es la verdad más cruel. Nunca lo tuve del todo. Nunca pude reclamarlo como mío. Pero el cuerpo no entiende de posesiones. Solo entiende de sensaciones. Y él sabía provocarlas todas: el ardor lento en el vientre, el temblor en los muslos, el vacío dulce y húmedo que queda después de correrme pensando en su boca, en su verga, en la forma en que me miraría mientras me destrozaba con solo su voz.
Ahora, cuando la noche cae y el silencio se vuelve demasiado grande, vuelvo a él. Me toco despacio, abriéndome, frotándome, como si fueran sus manos las que me separan los labios, las que me llenan, las que me hacen gemir contra la almohada. Porque aunque no esté, aunque nunca haya sido mío del todo…
…sigue siendo el único que sabe tocarme sin manos.
Y yo, con mi pasion por el, ya soy adicta.
Atenea666








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