Las barreras con los hombres ya eran agua bajo el puente. Lo que faltaba era lo que las mujeres tenían entre manos, y su plan ya estaba bien montado.
En la piscina, los cuatro se mostraban más coquetos y abiertos conmigo, como si fuera su juguete nuevo. Una me besaba el cuello cuando nadaba cerca; la otra le rozaba la mano bajo el agua con intenciones claras. Los maridos observaban desde la orilla, sonriendo, cómplices. Pero había una diferencia que cada vez más marcada: la esposa del gordo transmitía algo más profundo, más sensual. No era la más esbelta ni la más tonificada, pero su cuerpo natural —buen tamaño de senos, caderas amplias, culoncita redonda en un traje de dos piezas que dejaba evidencia de un chocho grande y carnoso, panochuda— irradiaba una química que la otra simplemente no alcanzaba. La belleza física a veces no pesa tanto como lo que brota entre dos personas cuando se tocan.
En un rincón discreto cerca de las escaleras de la piscina, con la natural por poner un termino pude acariciarle los senos por encima de la tela, bajar las manos hasta sus nalgas y apretarlas sin pudor. Un señor que pasaba por el camino los miró fijamente, levantó una ceja, pero siguió su camino. No pasó nada.
La otra mujer, más atlética, intentaba ser más lanzada. Su actitud rozaba lo invasivo, lo descarado. En un momento salí de la piscina y caminó hacia el baño cercano; ella me siguió sin disimulo, con pasos firmes y una sonrisa que no pedía permiso. Entramos juntos al vestuario, nos metimos en un cubículo y ella me bajó la tanga de un tirón, se arrodilló y le empezó a mamar la verga con hambre. La sensación era buena, la técnica no era mala, pero algo faltaba. Pasaron unos 10 minutos me arrodillo, le corró la tanga a un lado y le mamó su chochito: una vulva tipo tulipán, con labios menores un poco más visibles entre los mayores, rosados y suaves. Era un placer pesarle la lengua por esa hendidura, sentir cómo se humedecía, pero la chispa no saltaba. Ella lo gozaba, Yo también, pero faltaba ese algo que no se puede fabricar.
Cuando me puse de pie, seguimos besandonos. Apreté sus senos firmes, duros, redondos en exceso, de silicona. Ella, con una actitud sobradora y una seguridad que tenía su toque de molesto, se dio la vuelta, tomó mi miembro y lo guió hacia su chocho ya lubricado y mojado. Entré desde atrás y empece a bombear. Las nalgas de ella pegaban contra mi entrepierna con cada embestida, y metí una mano por delante para acariciarle el clítoris con los dedos. Los movimientos de ella se sentían desesperados, erráticos, como si buscara algo que no terminaba de encontrar. Me dijo que estaba rico, que quería todo dentro. Logre encontrar un ritmo más estable y empecé a golpear con mejor cadencia, hasta que llegó un punto agradable para ambos. Cuando no pude más, le dije que no aguantaba, y ella respondió: "Dale, está bien, yo quiero". Me corrí dentro de ella con un gemido sordo. Por el rabillo del ojo vi a un señor espiándonos por encima de la división del cubículo, pero no me importó. Ella se arregló y salió primero. Yo me quedé un rato, luego pasé a las duchas y lavé mi tanga, la entrepierna, todo.
Como a las dos horas, la mujer del gordo me buscó. Me dijo si ibamos a su cabaña. Le dije que sí.
Entramos y nos empezamos a besar, a jugar con la lengua. Era mucho más agradable. Acariciarla era delicioso: había algo de grasa en su cuerpo, pero también una naturalidad que lo hacía todo más cálido. Unas tetas más blandas, maleables, con ciertas irregularidades al tacto que las hacían reales, humanas. Una cintura suave, deliciosa de recorrer con las manos. Nos besamos unos diez minutos, lentos, profundos, sin prisa. Ella me dijo que sabía que era la última, que todo había sido a pelo con los demás, pero que ella si con condón. Me puso un condón en la mano. Solté una risa.
La recosté en la cama boca arriba, le quité la tanga y me hundí en ese chochito carnoso, redondo, más grande que el promedio. La vulva era generosa, con labios vaginales hinchados que se abrían como pétalos a medida que pasaba la lengua. Dentro de su capuchón se escondía un clítoris gordito, grande, delicioso. Con cada lenguetazo se ponía más firme, más congestionado, prominente, fácil de atrapar entre los labios y succionar. Su vulva se humedecía con un consentimiento implícito que se manifestaba en contracciones de su pelvis, en una respiración que se erizaba, en pequeños temblores de los muslos. ME puso el condón mientras seguía dándole oral, con las manos libres acariciándole las caderas.
Me monté encima de ella y entró suavemente. Seguí dándole con cuidado, dentro y fuera, besándole el cuello. De repente ella metió la mano entre su chocho y mi vergal, y me quitó el condón. Me dijo que quería igual que todos, que todos en la cama o todos en el suelo. Ella me preguntó: "¿Eres operado?". "No, soy fértil", respondí. Ella se quedó callada un instante y dijo: "Debemos parar, yo también y estoy ovulando". Le dije: "Listo, no hay problema". La saque y me hice al lado de ella.
PEro Seguimos besándonos, lentos, con esa calma que solo da la intimidad real. De repente ella se le montó encima sin meterse la verga, sobando su vulva contra mi miembro que quedaba entre la mitad de sus labios vaginales, deslizando la humedad de su chocho por toda la longitud. En algún movimiento, la punta entró en ella y ella no lo sacó. Siguió moviéndose, cambió de estar recostada a sentarse en mi miembro y cabalgándome con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, sentí por parte de ella una mezcla de culpa y deseo. Le pregunté: "¿De verdad quieres?". Ella respondió: "Sí, deseo tu leche, estoy muy caliente mientras se apretaba las tetas encima mio, lo que mi hiciste me tienes a mil, dámela dámela", mientras su cadera se movía en círculos encima de mi verga. Cuando no pude más, me vino dentro de ella con un gemido largo y profundo. Ella se desplomó encima mio, mi verga aun tiesa dentro de ella y ella cansada contra mi pecho aun se movía y con sus labios vaginales apretaba mi miembro, y empezo a mover su cadera y me dijo "aun aguantas el otro ", mi verga se ponía más tiesa, me puse de rodillas y la puse de perrito y le empece a dar, no aguante mucho y me corri nuevamente dentro de ella , empujando mi verga muy adentro, el morbo de la fertilidad de ambos era muy grande para dejarlo pasar y ahí quedamos unos minutos quietos, muchos minutos, en silencio, respirando juntos. Después nos arreglamos y salimos a la piscina.








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