**Andrea y Sergio**
Andrea tenía treinta y cinco años y una relación larga y sin culpa con el placer. Sabía cómo se le aceleraba el pulso cuando un cuerpo le decía que sí, y supo que ese sábado iba a pasar algo en el segundo exacto en que lo vio trotar por la pista con la camiseta pegada al torso sudado.
Sergio. Diez años sin verlo.
Él la ubicó, sonrió y se acercó. Se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla que se demoró de más, con los labios abiertos, rozándole la mandíbula. Hablaron de nada, pero las sonrisas los delataban: los dos estaban recordando lo mismo. Las madrugadas de la universidad. El baile en que se quedaron pegados. El beso que una vez quedó a medias.
—¿Y usted para dónde va? —preguntó ella, con la voz un poco más ronca de lo necesario.
—Para el carro —dijo él.
Andrea se pasó la lengua por el labio.
—Te acompaño.
Se levantaron. Ella caminaba delante y sabía que él le miraba las caderas; se lo confirmó el silencio de Sergio y la forma en que aceleró el paso para abrirle la puerta. Se subieron y, apenas se cerró, ella se le fue encima. Se besaron con hambre, con dientes, con las manos por todas partes, y a él se le escapó un gemido contra su boca cuando ella le apretó el muslo por encima del pantalón corto.
Sergio encendió el motor y salió despacio, con una mano en el volante y la otra todavía en la pierna de Andrea, subiéndole cada vez más arriba. Tomó un camino de tierra que se internaba en una zona boscosa, donde los árboles cerraban el sol y no pasaba un alma. Apagó el motor.
—Pásate atrás —dijo ella.
Se pasaron. Él le bajó el jean con una prisa torpe, se lo sacó por los tobillos y le abrió las piernas. Andrea ya estaba empapada, y Sergio se lo dijo, con la cara a centímetros de su entrepierna.
—Mírate cómo estás.
Y se la comió.
La primera lamida fue larga, plana, de abajo hacia arriba, y ella se arqueó con un jadeo. Sergio sabía lo que hacía, se acordaba con precisión de lo que a ella le gustaba: la lengua firme en el clítoris, círculos lentos, luego la punta, luego los labios chupando. Andrea se agarró del espaldar, se mordió el puño, movió las caderas contra su boca sin pudor.
—Así —susurró—. No pares, no pares.
Le metió los dedos. Uno, luego dos, hundiéndolos en su vagina húmeda mientras seguía lamiéndola. Y después, sin sacarlos, bajó y se los enterró en el culo. Andrea gritó bajito, un sonido roto que se le quedó atragantado. Él lo sabía: a ella le encantaba, y la trabajó por detrás con la misma cadencia con que la lamía, hasta que ella le apretó el pelo y se quebró con un temblor largo, con las piernas temblando y la respiración cortada.
No la dejó recuperarse. Andrea lo empujó, lo sentó de golpe y le bajó el pantalón. Le sacó el pene y se lo metió a la boca hasta el fondo, mirándolo desde abajo, sin apartar los ojos. Sergio soltó todo el aire.
—Hijueputa… —murmuró.
Ella se lo chupó profundo, con la garganta, con las dos manos envolviéndolo, y bajó a lamerle las huevas, a chuparlas, a pasarse la lengua por el perineo mientras él le agarraba el pelo y le marcaba el ritmo. Lo tenía al borde.
—Ya, súbete o me voy —dijo él.
Andrea se subió a horcajadas y lo montó de un solo movimiento. Empezó a cabalgarlo frenética, con las manos en el techo, con las caderas chocando contra las suyas con un sonido húmedo que llenaba el carro. Sergio le agarró la cintura, le clavó los dedos en la piel y la miró fijo.
—Qué rica estás —dijo—. Sigue, sigue así.
Ella se movió hasta perder el ritmo, con la boca abierta, con el pelo pegándosele a la cara. Entonces él la levantó, la giró y la recostó de espaldas en la silla. Le subió las caderas, se escupió la mano y se la pasó por el ano, mirándola.
—¿Sí? —preguntó, con la punta ya rozándola.
—Sí —dijo ella, y se mordió el labio—. Métemela.
Se la metió despacio, y Andrea exhaló todo el aire de golpe. Él esperó un segundo, dejándola abrirse, y después empezó a moverse. Lento al principio, hondo, y luego más fuerte, agarrándole las caderas para traerla contra él, mirando cómo se le estremecía la cara con cada embestida. El carro se mecía, crujía, y ella se agarró de sus brazos, de su espalda, dejando escapar gemidos que ya no le importaba que se oyeran.
—No pares —jadeó—. No pares, no pares…
Sergio aceleró. Se hundió hasta el fondo, una y otra vez, con la respiración partida, hasta que el placer le subió como un estruendo. Se vino dentro de ella con un gemido ronco, temblando, dejándose caer sobre su espalda, y Andrea se estremeció una última vez con él.
Se quedaron pegados, sudados, sin hablar. El sol se colaba entre los árboles y el rumor del entrenamiento llegaba muy lejos.
Andrea sonrió contra la ventanilla empañada.
—Diez años —dijo, sin aliento—. Y valió la pena cada uno.








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