Fran era el típico universitario que combinaba el campo de fútbol con las fiestas de la fraternidad Alpha Sigma. Veintidós años, cuerpo atlético forjado a base de entrenamientos: hombros anchos, abdominales marcados, piernas potentes y una mandíbula cuadrada que le daba un aire de chico bueno cuando sonreía. El cabello castaño corto, siempre un poco despeinado después de los partidos, y esos ojos verdes que las chicas del campus consideraban peligrosos. Jugaba de delantero en el equipo universitario y, fuera del campo, era el novio oficial de Andrea.
Andrea, Andy para los cercanos, era otra cosa. Veinte años, popular sin esfuerzo, de esas que entraban en una habitación y todas las miradas se desviaban hacia ella. Cabello negro hasta la mitad de la espalda, liso y brillante; piel clara con un tono dorado de verano; labios carnosos y una sonrisa que sabía exactamente cuándo soltar. El cuerpo era generoso sin ser exagerado: pechos firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, cintura estrecha, caderas redondas y un culo que movía con naturalidad cuando caminaba por los pasillos del campus. Le gustaba provocar. Le gustaba dejar a los chicos con las ganas, rozarles el brazo, mirarlos un segundo de más y luego girarse como si nada. Fran alardeaba de ella delante de sus compañeros de equipo y de fraternidad. “Os juro que chupa como nadie”, decía entre risas y cervezas. “Y cuando folla… se corre dos o tres veces seguidas. Es una puta locura”. Lo decía con orgullo, como si la estuviera exhibiendo.
La fraternidad Alpha Sigma ocupaba una casa de tres pisos en el borde del campus, de ladrillo rojo desgastado, con un porche amplio donde siempre había alguien bebiendo o fumando. Por dentro olía a cerveza vieja, a madera húmeda y a desodorante barato. Las paredes del salón principal estaban cubiertas de fotos de antiguos miembros, banderas del equipo y un enorme televisor que casi nunca se apagaba. Esa noche la fiesta era grande. Música alta, gente empujándose, vasos de plástico por todas partes. Andy había aparecido con un vestido corto negro que le marcaba las curvas y dejaba al descubierto las piernas. Fran no paraba de tocarla, de susurrarle cosas al oído, de decirle a cualquiera que pasara: “Esta noche la ato a la cama. Ya veréis”.
Los seis compañeros de Fran se habían reunido en la cocina un rato antes. No eran cualquier grupo. Eran del equipo y de la casa, y llevaban semanas oyendo las historias de Fran.
El primero era Marcus: negro, alto, casi dos metros, cuerpo de linebacker, hombros enormes y una sonrisa fácil. Voz grave. Siempre llevaba una gorra hacia atrás.
Luego Derek: blanco, rubio, ojos claros, aspecto de chico de fraternidad de película. Delgado pero fuerte, con brazos definidos y una mirada que no se apartaba fácilmente.
Tyler: moreno, de origen latino, pelo corto rizado, mandíbula marcada y un tatuaje pequeño en el antebrazo. Más callado, pero cuando hablaba lo hacía bajo y directo.
Jace: el más joven de los seis, casi tan alto como Marcus, pelo castaño largo recogido en un moño desordenado, piercings en las orejas. Tenía fama de ser el que más aguantaba en la cama.
Cole: pelirrojo, pecas, cuerpo compacto y musculoso, de esos que levantan pesas sin parar. Siempre sonriendo, siempre con una cerveza en la mano.
Y por último Ethan: el más discreto en apariencia, cabello negro liso, gafas que a veces se quitaba, cuerpo delgado pero tonificado. Era el que organizaba las cosas con más frialdad.
Ellos ya sabían lo que iba a pasar. Andy se lo había contado todo días antes. Se había enterado de que Fran contaba sus intimidades como si fueran trofeos y había decidido darle una lección a su medida. Había hablado con los seis, había planeado los detalles, había sonreído mientras les decía exactamente qué quería. El “escarmiento” era teatro. El recelo inicial también.
Más tarde, cuando la fiesta estaba en su punto más alto, Fran y Andy subieron al segundo piso. La habitación de Fran era pequeña, con una cama individual empujada contra la pared, un escritorio lleno de apuntes y ropa tirada por el suelo. Olía a colonia barata y a sudor de gimnasio. La ventana daba al patio trasero, donde se oía la música amortiguada. Fran cerró la puerta, la empujó contra la pared y la besó con hambre. “Esta noche te ato”, le dijo al oído. Andy solo sonrió, dejó que la empujara hacia la cama y que le quitara el vestido. Se quedó en sujetador y bragas negras, el cuerpo iluminado solo por la luz de la lámpara de noche.
Fran buscó las esposas de tela que tenía en el cajón. Le sujetó las muñecas al cabecero de la cama, abiertas, y le abrió las piernas. Estaba a punto de bajarse los pantalones cuando la puerta se abrió de golpe.
Entraron los seis.
Marcus fue el primero en hablar, voz baja y firme: “Qué pasa, Fran. Contabas demasiado”.
Fran se giró, sorprendido, todavía con la erección marcada. “¿Qué cojones…?”
No le dieron tiempo. Derek y Tyler lo agarraron por los brazos mientras Cole le pasaba una soga por las muñecas y lo ataba al radiador del otro lado de la habitación, de rodillas, con la espalda contra la pared. Fran forcejeó, protestó, insultó. Andy, todavía atada a la cama, levantó la cabeza y los miró a todos con una expresión que parecía de miedo… hasta que sus ojos se encontraron con los de Marcus y una sonrisa mínima se le escapó.
Marcus se acercó a la cama. Se arrodilló entre las piernas de Andy, le bajó las bragas con lentitud y pasó la lengua por su coño ya húmedo. Andy soltó un gemido corto, genuino. Fran, desde el radiador, gritaba: “¡Dejadla! ¡Hijos de puta!”
Nadie le hizo caso.
Marcus la chupó con calma, abriéndola con los dedos, saboreándola mientras ella arqueaba la espalda y tiraba de las esposas. Cuando estuvo bien mojada, se bajó los pantalones, sacó una polla gruesa y oscura, y se la metió de un empujón. Andy jadeó alto. Marcus la folló profundo, lento al principio, luego más fuerte, sujetándole las caderas. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. Fran no dejaba de gritar, pero su voz se fue volviendo más ronca, más derrotada.
Cuando Marcus se corrió dentro de ella, se retiró y le dio el turno a Derek. Derek se subió a la cama, le abrió más las piernas y la penetró de golpe. Era más rápido, más ansioso. Le apretaba los pechos mientras la embestía, y Andy gemía sin parar, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Se corrió sobre su vientre cuando terminó.
Tyler fue el tercero. La giró un poco, le levantó las caderas y se la folló de lado, una mano en su cuello, la otra en su clítoris. Andy temblaba. “Más…”, susurró, y Tyler le dio más.
Jace no se limitó a follarla. Primero le puso la polla en la boca, profunda, hasta que ella tosió y babeó. Luego se la metió por detrás, agarrándole el pelo, y la usó hasta que se corrió en su espalda.
Cole la tomó de frente otra vez, fuerte, casi brutal, y ella se corrió alrededor de su polla con un grito ahogado. Ethan fue el último. Más calmado, más preciso. La folló despacio, mirándola a los ojos, y le susurró: “Sabías que esto iba a pasar”. Andy solo asintió, sonriendo mientras se corría otra vez.
Cuando terminaron, Andy estaba cubierta de semen, sudorosa, con las piernas temblando y una expresión de satisfacción absoluta. Los seis se limpiaron, se vistieron con calma. Marcus se acercó a Fran, todavía atado al radiador, y le dijo: “Tu novia nos contó todo. Que hablabas de más. Ella lo organizó”.
Fran se quedó en silencio. Andy, desde la cama, lo miró con una sonrisa perezosa y le dijo, voz ronca: “La próxima vez piensa dos veces antes de contar lo bien que te la chupo, cariño”.
Los seis salieron de la habitación dejando la puerta entreabierta. La música de la fiesta seguía abajo. Andy respiraba agitada, el cuerpo marcado, el coño goteando. Fran la miraba desde el radiador, sin saber si estaba enfadado, humillado o, en el fondo, más excitado de lo que quería admitir.
La noche en el campus continuó como si nada. La casa de la fraternidad seguía llena de gente. Y en aquella habitación pequeña, entre el olor a sexo y a cerveza, Andy sonreía todavía.Marcus no había bajado del todo. Se había quedado en el pasillo del segundo piso, con la polla todavía medio dura dentro de los pantalones, escuchando la música amortiguada de la fiesta y el murmullo lejano de voces. La puerta de la habitación de Fran seguía entreabierta. Entró otra vez sin hacer ruido.
Andy seguía atada al cabecero, las muñecas enrojecidas por la tela de las esposas, el cuerpo desnudo y brillante de sudor y semen. Las piernas semiabiertas, el coño hinchado y goteando una mezcla espesa que le bajaba por el muslo interior. Fran seguía arrodillado junto al radiador, las muñecas atadas a la tubería, la polla erecta y oscura contra el vientre, la respiración agitada.
Marcus cerró la puerta con el pie. Se acercó a la cama sin mirar a Fran. Se bajó la cremallera, sacó la polla gruesa y oscura, ya completamente dura otra vez, y se la puso delante de la cara de Andy.
—Ábrela —ordenó con voz baja.
Andy abrió la boca sin resistirse. Marcus le metió la cabeza del glande primero, luego más, empujando hasta que la polla le rozó la garganta. Ella se atragantó un segundo, los ojos llorosos, pero no apartó la cabeza. Marcus le agarró el pelo negro con una mano y empezó a follarle la boca con movimientos lentos y profundos. El sonido húmedo de saliva y carne llenó la habitación. Fran, desde el radiador, gruñía entre dientes, la mandíbula apretada, la polla latiendo contra su propio estómago.
Marcus sacó la polla de la boca de Andy, hilos de saliva conectándola todavía a los labios de ella. La giró un poco sobre la cama, le levantó las caderas y le separó las nalgas con las dos manos. El culo de Andy estaba firme, redondo, la entrada rosada y cerrada. Marcus escupió sobre ella, pasó el pulgar por el agujero y luego alineó la cabeza gruesa de su polla. Empujó despacio. Andy soltó un gemido largo, agudo, mientras el glande se abría paso. Marcus no se detuvo hasta que estuvo completamente dentro, las bolas rozándole el coño todavía lleno del semen de antes.
Empezó a follarle el culo con ritmo constante, profundo. Cada embestida hacía que el cuerpo de Andy se moviera sobre el colchón, los pechos temblando, el cabello pegado a la frente. El sonido era más seco, más crudo que cuando la habían follado por el coño. Marcus le apretaba las caderas con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne blanca. Andy gemía sin parar, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Se corrió otra vez mientras él la embestía, el coño contrayéndose en el vacío, el culo apretando la polla gruesa de Marcus.
Marcus gruñó, aceleró, y se corrió profundo dentro de su culo. Se quedó unos segundos ahí, respirando pesado, antes de sacar la polla despacio. Un hilo de semen espeso le salió del agujero de Andy y le bajó por el perineo hasta el coño. Marcus se limpió con una camiseta tirada en el suelo, se subió la cremallera y, por fin, se acercó a Fran.
Le desató las muñecas del radiador. Fran se incorporó de golpe, las piernas entumecidas, la polla todavía dura y dolorida. Marcus lo miró un segundo, sin sonreír, y salió de la habitación dejando la puerta entreabierta otra vez.
Andy, todavía atada al cabecero, levantó la cabeza. La voz le salió ronca, casi suave:
—Si quieres seguir conmigo… tienes que limpiarme entera. Con la lengua. Todo.
Fran la miró. Los ojos verdes estaban oscuros de rabia, de humillación, de una excitación que no podía controlar. Se acercó a la cama, se subió entre sus piernas abiertas y, sin decir nada, le agarró el pelo con una mano. Le abrió la boca con los dedos y le metió la polla de un empujón. Andy se atragantó, pero él no se detuvo. Le folló la boca con violencia, profundo, hasta las bolas, sujetándole la cabeza con las dos manos. Ella tosió, babeó, los ojos llenos de lágrimas, pero no apartó la cara. Fran empujó más fuerte, más rápido, hasta que se corrió con un gruñido bajo, llenándole la garganta. La obligó a tragar. Andy tragó todo, la garganta trabajando alrededor de la polla todavía palpitante.
Cuando terminó, Fran se retiró, se limpió la boca de ella con el dorso de la mano y se bajó de la cama. Se vistió en silencio, sin mirarla. Salió de la habitación sin desatarla.
Andy quedó sola, todavía esposada al cabecero, el cuerpo marcado, el culo y el coño llenos, la boca sabiendo a semen. Cerró los ojos un momento. Y entonces, para sus adentros, sonrió.








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