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Relatos y Experiencias

Alejandro, un hombre de mundo, con mucha experiencia a cuestas a sus 43 años, conoció a Wendy, veinte años menor, en la universidad donde era profesor, al principio no la notó, pero ella a él sí, y poco a poco, comenzó el asedio estudiante-profesor. Alejandro, zorro viejo, se dio cuenta que otra ovejita iba a caer en sus garras. Empezó a corresponderle con el único objetivo de gozársela, exhibirla, llevarla a la cama, y luego despacharla con un: -Démonos un tiempo, -Tengo que replantear nuestra relación, -Tú me gustas pero, -Es que no eres tú, soy yo…, como era su costumbre. Alejandro creía que podía controlar su estrella a su antojo y salir airoso por enésima vez con Wendy, pero el destino era caprichoso, Wendy lo envolvió, le dio tres vueltas y lo hizo poner de rodillas. El cayó rendido ante sus ojos verdes, grandes y expresivos, su cara redonda de mejillas generosas, sus labios gruesos y provocativos, su cabello rubio que caía a cascadas hasta la cintura, y por la imposibilidad de cumplir con su “primer mandamiento”: -En máximo tres días me la llevo a la cama-, como era su costumbre. Así estaba Alejandro, hechizado por primera vez en su vida por la mujer que nunca había buscado y lo encontró, que nunca había soñado y lo despertó, que lo hizo aterrizar, y darse cuenta que ya tenía más de cuarenta y que a pesar de su buena apariencia y excelente estado físico, ya se empezaba a notar la decadencia que anunciaba el fin de sus días de tenorio, su cuerpo ya le estaba pasando factura por los excesos de toda una vida de juergas y romances fugaces. Se aparecía ahora en su vida esta jovencita, una mujer normal, común y corriente comparada con sus acompañantes habituales (las cuales nunca bajaron de ser hembras espectaculares), y le removió algo que había estado oculto dentro de su ser y de lo cual siempre se enorgulleció de no sentir: Amor. Llegó al punto de no romper con ella a las dos semanas, como era su costumbre, y al verlo sus amigos llegar a una reunión con Wendy después este tiempo, nos sorprendimos y fue motivo de burlas toda la noche. Había que ver como la atendía, y ella a su vez, no era menos afectuosa. –¡Alejandro está listo! ¡Al fin lo amarraron! ¡Y tanta mier.. que hablaba!- nos burlábamos. Alejandro y Wendy como dos adolescentes, se abrazaban y se besaban sin pudor frente al repudio de la sociedad. En la mitad de la noche desaparecieron. Habían pasado ya tres semanas desde que Alejandro enloqueció y no daba muestras de mejoría, el único tema de conversación en su antes florida y entretenida parla era Wendy. A los amigos ya se nos antojaba insoportable, habituados como nos tenía, a escuchar su última aventura sexual con pelos y señales cada dos o tres semanas, como era su costumbre. La historia de Alejandro transcurría trabajosamente por derroteros nuevos para él, estaba conociendo las mieles y las hieles del amor, con una joven que le hacía probar la dulzura de sus besos jóvenes y tiernos, sentir la frescura de sus carnes tensas, palpar sus grandes y turgentes senos, su cintura perfectamente torneada, la potencia que escondían sus caderas, la sensación alucinante de su sexo rizado y hasta su sabor. Pero le daba a probar el sabor amargo del deseo prohibido, al no permitirle profanar con su hombría el templo sagrado e impoluto que atesoraba entre sus piernas. Un día enloqueció del todo, se presentó con la familia de Wendy y al poco tiempo le propuso matrimonio, se casaron en una fastuosa boda, a la que asistimos sus amigos creyendo hasta última hora que todo aquello se trataba de una cruel broma de Alejandro y que a última hora le iba a decir a Wendy frente a todos: -No, no acepto-. Pero no, nuestro amigo se mantuvo firme, recitó en voz alta sus votos con seguridad y convicción mirándola con pasión. Fue el momento más feliz de su vida. Esa misma noche partieron hacia Aruba, a su luna de miel, al entrar a la habitación, Wendy se desinhibió, de mojigata reticente, metamorfoseó a pantera salvaje e insaciable. –Esto era lo que había soñado desde el primer día que te vi- dijo Wendy abalanzándose sobre su víctima. Lo fue desnudando con soltura y lujuria besando cada milímetro de piel, mientras Alejandro feliz, la dejó hacer y Wendy empezó a hacerle su primera felación. Alejandro no se explicaba porque sentía ese cúmulo de emociones y sensaciones, teniendo a su haber miles de horas de sexo de todas las formas y facturas, porqué se sentía ahora como cuando en su adolescencia, su vecina, una hermosa cuarentona, lo inició en el sexo y él temblaba como ramita seca en los brazos de aquella mujer tan paciente, sensual y experimentada, que fue enseñándole a lo largo de un año, la mayoría de cosas que él sabía ahora. Hasta que un día el marido los sorprendió y lo sacó a patadas y desnudo a la calle. No entendía ese temblor incontrolado, el palpitar acelerado de su corazón y porque su orgasmo, que antes controlaba a voluntad, se apresuraba a desencadenarse con las primeras e inexpertas succiones de Wendy. A pesar de poner todo su empeño no pudo más y tuvo que decirle a su esposa que se venía, ella lo miró con unos ojos chispeantes y resueltos, hizo un esfuerzo y a base de puro amor, se tragó con dificultad parte del caudaloso semen en medio de gemidos de placer de ella y gritos lujuriosos de Alejandro. Wendy se levantó con una tímida sonrisa y una mirada interrogante por lo que había hecho. Se limpió las comisuras con un dedito y sonrió como el sol cuando Alejandro le dijo –¡Qué maravilla mi amor, eres increíble!-. A lo que ella respondió: -Y esto es solo el principio, espérame aquí que ya vuelvo-. Abrió su maleta, desparramó la ropa y sus cosas buscando algo que luego ocultó con celo y corrió al baño. Alejandro se acostó a esperar a Wendy, sólo entonces reparó en la gran suite matrimonial que les habían asignado, gigantesca, con los lujos y comodidades propios de un hotel como el Marr…, una enorme cama de cuatro postes con colgantes de encajes y tapizada de pétalos de rosas ocupaba un lado de la habitación y una gran sala el otro, champaña, flores y chocolates por doquier, todo esto, casi completamente rodeado de grandes ventanales y balcones que daban vista al mar y a la ciudad. Alejandro se dio cuenta que por primera vez en su vida era feliz y que muchos de sus 43 años de su vida los había vivido en un espejismo de sexo trepidante y vacío, carente de amor. Pensó que aunque no se arrepentía de esa vida disipada, hubiera dado todo por haber encontrado a Wendy antes. Le dio miedo la edad. Su esposa salió del baño cantando una fanfarria y saltando frente a la cama, tenía unas medias hasta los muslos, sostenidas con ligueros y su respectivo corsé de encajes delicados, y en la cabeza se había puesto la corona y el velo de novia, todo de color blanco virginal, no tenía pantis y se podía ver que se había rasurado con cuidado, dejando solo una pequeña “V”, emanaba un olor embriagador y su cara rebosaba de felicidad. El cuerpo de Alejandro se crispó, al instante se sentó y quedó paralizado contemplando a su esposa, contrario a lo que antes sentía cuando tenía a una de sus hembras a punto de hacerle el amor, ahora lo embargaba algo que no acertaba a descifrar algo que se esparcía por todo su cuerpo y embotaba sus sentidos. Antes, era algo localizado en su miembro y bajo vientre y dirigido magistralmente por su cerebro con el fin de impresionar a la chica de turno. Ahora era algo sublime, que no lo dejaba pensar y lo transportaba en el tiempo a la habitación de la cuarentona que caminaba hacia él desnuda y determinada, haciéndolo sentir indefenso y frágil pero feliz. Se dejo llevar, tomó a su esposa con firmeza por la cintura y la arrojó a la cama, los delicados pétalos volaron. Se tiró sobre ella besándola salvajemente, empezó a desnudarla con violencia mientras que su miembro, con las venas a punto de estallar por una erección descomunal, ya se aproximaba a su objetivo: aquella vagina que le había sido prohibida por tanto tiempo. Terminó de arrancarle sus delicadas prendas dejando a Wendy con algunos jirones y las medias blancas desgarradas. Ya el glande palpitante se aprestaba a conocer las vedadas y oscuras humedades cuando vio la cara de su esposa llena de terror, de sus ojos, más verdes aún, salían lágrimas a raudales que al mezclarse con el delineador, manchaban la almohada de negro. Alejandro se detuvo, empezó a besarla delicadamente, pidiéndole mil disculpas mientras ella sollozaba desconsolada. Wendy se calmó lo suficiente como para decirle entre pucheros: -P-p-perdóname t-tu a m-mi, l-lo que p-pasa es q-que yo s-soy v-virgen. N-no me l-lastimes!-. Un baldado de agua fría para Alejandro, se sintió miserable, por la salvajada que estuvo a punto de cometer. -Wendy, p-perdóname, yo n-no sabía, yo no quería, yo no…- balbuceaba Alejandro consternado, y la abrazó tiernamente. A su mente vinieron imágenes de cuando él mismo fue desflorado, la paciencia, la ternura y la comprensión que su vecina tuvo cuando se corrió tan solo al empezar a acariciarlo, ella, en vez de reprocharle o burlarse, lo tranquilizó diciéndole que era normal la primera vez, e inmediatamente empezó a degustar el semen desperdiciado, lo que hizo que el pene de Alejandro se irguiera de inmediato, –Eres todo un macho, nunca había visto a un hombre recuperarse tan rápido, te va a ir bien con las mujeres-, le vaticinó su vecina. Alejandro agradeció mentalmente a su mentora y con paciencia, ternura y mucho amor cubrió a Wendy de besos y tiernas caricias, ella lentamente le fue correspondiendo, las caricias se fueron volviendo más atrevidas y profundas sin dejar de ser tiernas y cuidadosas, Alejandro fue bajando por su cuerpo desde su boca hasta su pubis, muy lentamente y entre besos lametazos tiernos y caricias empezó a probar aquellos jugos maravillosos. Ella se rindió al fin, todo su cuerpo se abandonó a su boca. Estaba anocheciendo, las cortinas abiertas dejaban entrar las luces de la ciudad reflejando caprichosos juegos de colores en el techo de la habitación, Wendy se sintió aturdida, como en una alucinación psicodélica cuando Alejandro lentamente la penetró, los colores, el mareo el dolor placentero, estuvieron a punto de desquiciarla y tuvo su primer orgasmo con un hombre en su interior (-pequeñito y me dolió, pero rico-, le confesó después a Alejandro). El resto de la noche Alejandro fue más cuidadoso aún, no la volvió a poseer para no lastimarla más, pero en cambio, la cubrió de besos y caricias, le enseñó todo lo que sabía sobre hacer el amor a una mujer sin llegar a una penetración, Wendy estaba excitadísima, se dedicó a disfrutar y empezó a descubrir que le gustaba mucho aprender de su experimentado marido. Alejandro se emocionó mucho, viendo como su esposa, poco a poco, se iba convirtiendo en una amante impecable, pues aprendía rápido, sin temores, sin tapujos ni remilgos. Los días y los meses que siguieron fueron los más intensos para la pareja, practicaron todo lo que Alejandro sabía y Wendy terminó de descubrir que le encantaba el sabor de la leche masculina. El día de la iniciación anal de Wendy, fue ella misma la que la propuso. El no lo había hecho porque aún se acordaba de la luna de miel y sentía temor de volver a lastimarla. Ella lo tranquilizó y lo invitó a que la llevara a una sex shop, allí Wendy escogió consoladores vibradores y un strap-on de tamaños respetables y lubricantes. Felices y sintiéndose cómplices de una maravillosa fechoría, no tardaron esa noche en llegar a su apartamento, ubicado en uno de los barrios exclusivos de Bogotá. Subieron a su apartamento y entraron ya con la ropa desajustada, se desnudaron mutuamente entre besos apasionados y allí mismo en la sala, ella lo empujó, sentándolo en el sofá y empezó a hacerle una mamada maravillosa. Había que ver, Wendy ya era toda una experta, tomó con voluptuosidad el pene de su marido y lo mimó con besos húmedos y lametazos desde el glande hasta los testículos, luego, con gran placer, lo tragó hasta la empuñadura, quedándoselo allí hasta casi asfixiarse, empujando fuertemente contra su esposo, al mejor estilo de “Garganta Profunda”. Y no se contentaba hasta tanto Alejandro no se corriera dentro, se había vuelto adicta a aquel semen que succionaba con ahínco, como queriendo dejarle los testículos secos. Luego de este acto impresionante, Alejandro la sentó a ella en el sofá y aprovechó para hacerle sexo oral, dándose tiempo para recuperarse. Alejandro era un experto, que intuía cuando debía variar las caricias, presionar un poco más, introducir sus dedos, chuparle con fuerza el clítoris, en fin, volverla loca, haciendo que esta diosa del sexo se viniera no menos de dos o tres veces. Wendy lo atrajo y lo obligó a penetrarla, sonreía feliz recibiendo los empellones de su macho. Luego de un rato se colocó en su posición favorita, apoyó su cara y brazos en el espaldar del mueble y ofreció su musculoso culito. Alejandro ya estaba listo nuevamente, se agacho un poco y lubricó su vulva con un beso largo con mucha saliva, se incorporó y la penetró en un solo movimiento hasta el fondo, provocando en ella espasmos paroxísticos que anunciaban que un nuevo y más intenso orgasmo se aproximaba. El ya sabía lo que tenía que hacer, mientras la penetraba fuerte y profundamente, una mano acariciaba sabiamente su vulva y su clítoris haciéndola temblar, y la otra apretujaba sus grandes, jóvenes y firmes pechos. Wendy llegó en un orgasmo muy intenso, se sacudía, empujaba con fuerza y gritaba sin pudor a cada embestida y a cada contracción en su interior. Alejandro pensó que ya era el momento, aplicó abundante lubricante en el ano e introdujo con cuidado su índice. En vez de dolor, Wendy le dijo: –Se siente increíble Alejandro ¡dame más!- El no se dejó convencer y con paciencia siguió haciendo lentos movimientos circulares y agrandando muy fácilmente aquel nuevo orificio del placer. Cuando vio que había dilatado suficiente, se atrevió a introducir dos dedos y siguió su movimiento circular paciente, cuidadoso y sin descuidar sus empellones vaginales. Al sentir la mayor dilatación, Wendy llegó en otro orgasmo, suplicando la penetración definitiva por su ariete. Lentamente y con cuidado el glande de Alejandro fue desapareciendo en medio de esas maravillosas nalgas, se acabó la resistencia y la penetró una y otra vez, profunda y lentamente. Wendy estaba en el cielo, sentía un placer ignoto, tan diferente, tan profundo, tan visceral. Buscó su vulva y se introdujo dos dedos mientras se frotaba fuertemente el clítoris, ya casi lista para otro orgasmo, pero Alejandro le tenía reservado algo mejor, se retiró de ella dejándola estupefacta, se acostó en la alfombra y la invitó a que lo cabalgara, ella obedeció curiosa y empezó a cabalgarlo lentamente, entonces Alejandro invadió su ano con un vibrador. Los ojos verdes de Wendy se querían salir de sus órbitas, hizo un gesto de placer absoluto y empezó a bombear violentamente, mientras suplicaba más intensidad en su ano, en menos de cinco penetraciones se corrió con una intensidad nunca antes vista por Alejandro, nunca antes sentida por Wendy. Ese fue el momento en que Alejandro empezó a fantasear. Se imaginó a su esposa siendo penetrada por él y por otro hombre. En medio de la excitación le dijo: –Imagínate que tienes a otro hombre en tu culito y que te la estamos enterrando juntos-. Wendy estaba en la mitad de su orgasmo y le respondió sin pensar: –Si mi amor seria increíble, hazme lo que tú quieras- Esta respuesta encendió la imaginación y el morbo de Alejandro, quien desde ese momento se obsesionó con la idea de compartir su esposa con otro y así hacerla gozar lo inimaginable. Empezó la búsqueda del hombre perfecto para su esposa y como siempre, comenzó a buscarlo en los chats, pero luego de entrevistar a algunos candidatos sin éxito, ideó otro plan. Una noche, durante otra sesión de sexo intenso, le preguntó a su esposa como le parecía su amigo Julián, ella le contestó: –Es como buena persona, me cae bien y su esposa es muy querida- Alejandro replicó: -No mi amor, como hombre, ¿no te parece atractivo?, a mi me parece que si-. En medio de los últimos espasmos de placer ella le respondió: –Es un tipo muy atractivo y se ve seguro de sí mismo está muy bueno, pero él es…-. Alejandro presa de sus fantasías, interpretó las palabras de Wendy como una aceptación, se puso excitadísimo y la besó con pasión, impidiéndole terminar la frase. Luego se durmió con una sonrisa, imaginado el futuro. Hasta fantaseando con un intercambio de parejas y todo. Al día siguiente, Alejandro invitó a Julián al bar de siempre y entre copa y copa le pregunto: –¿Qué te parece mi mujer?- nuestro amigo respondió: –Ah… Wendy es muy linda, buena persona, muy amable y…. –¡No!- le interrumpió –Como mujer, como hembra, ¿te gusta? Julián estuvo a punto de levantarse, pero pensó que eran palabras de borracho y le siguió el juego, –Wendy es una hembra, me da envidia, seguro que es buenísima en la cama JA JA JA- . Alejandro, excitado, empezó a contarle con lujo de detalles todo lo que su esposa era capaz de hacer. Julián no daba crédito a lo que oía. Alejandro ya un poco embriagado le propuso: –Quiero que hagamos un trío con mi mujer, te apuntas?-. Julián respondió mirándole a los ojos: –Alejandro yo soy tu amigo, siempre he hecho lo que tú me has dicho y esta vez no será la excepción, una palabra tuya es una orden para mí-. Y empezaron a trazar el plan de cómo cuando y donde. Esa noche en medio de un sexo salvaje justo en la mitad de los gritos apasionados de Wendy, Alejandro le soltó el plan. Wendy quedó congelada, miraba a su esposo incrédula y le preguntaba una y otra vez si se trataba de una broma. Ante la firmeza de él quedó convencida de la realidad, se separó de él y se sentó en la cama a llorar a moco tendido. -¿Es que no estás contento con lo que tienes Alejandro?- le dijo entre sollozos –Yo siento que ya llegué al límite de lo que quiero en mi sexualidad y me siento feliz, ¿porque quieres que haga cosas que no deseo? Alejandro seguía ciego, insistiendo en su absurdo comportamiento y continuó tratando de convencerla, día tras día, de que sería divertido y genial para su vida sexual, que Julián era de confianza, que era un hombre muy atractivo, que él le había visto el pene y que era más grande que el suyo, que esto, que lo otro. Un día, Wendy sorpresivamente dejó de objetarle y le dijo con voz extrañamente calmada pero con una mirada de hielo: –Esta bien hagámoslo-. El día llegó, Alejandro se había encargado de que Wendy se vistiera como una cualquiera, “engalanándola” con medias de malla negras, una micro-minifalda de cuero negro brillante que hacía juego con una chaqueta muy pequeña del mismo material, debajo de este atuendo, ella llevaba un corsé de encaje rojo y negro del que casi se salían sus grandes y hermosos senos. Todo esto rematado por unas botas muy altas, de cuero negro, hasta por encima de las rodillas, se veía impresionante pero parecía una puta, Todo indicaba que Wendy seguiría con el juego hasta las últimas consecuencias. A la 8:00 pm llegó muy puntual Julián, fue invitado a seguir muy cordialmente por Alejandro. Al entrar vio a Wendy en la mitad de la sala, sentada en el sofá, su mirada lo atravesaba con un brillo asesino, se asustó y estuvo a punto de desistir pero sintió el brazo fuerte y musculoso que lo empujaba y también se dejó llevar por Alejandro, a una noche desenfrenada, se sentó frente a Wendy que lo miraba iracunda, con un extraño fuego verde que él no supo descifrar y que decidió interpretar como lujuria. -Siéntense aquí y conversan, mientras preparo las bebidas y pongo musiquita- Dijo alegremente Alejandro, y fue hasta la cocina desde donde espió a la pareja. Vio cuando Wendy se sentó al lado de Julián que continuaba petrificado, ella empezó a hablarle en voz baja pero de forma muy agresiva, Alejandro pensó que todo fracasaría, cuando intempestivamente Wendy se abalanzó sobre Julián besándolo en la boca, metiéndole la lengua y agarrando su entrepierna que empezó a crecer entre su ropa. Esta visión hizo que Alejandro sintiera mil emociones en un segundo, todas contradictorias, la de los celos fue la más intensa. Al mismo tiempo, una curiosidad infinita lo animaba a seguir con el juego. Estaba absorto en estos pensamientos cuando volvió a mirar a la pareja. Wendy ya estaba sin chaqueta, con sus exuberantes pechos libres del asfixiante corsé, Julián tenía los pantalones por las rodillas y se encontraba sentado y temblando en el sofá, mientras Wendy arrodillada entre sus piernas comenzaba a probar el sabor genital de otro hombre. Alejandro se apresuró a llevar los tragos, temblando hasta el infinito de miedo, celos y excitación, procedió a desnudarse y empezó a acariciar a su esposa mientras la desvestía, en pocos segundos quedó sólo con las medias de malla y las botas. Mientras tanto, Julián no pudo soportar aquella boca experta y avisó que se venía en medio de terribles espasmos, mientras miraba suplicante a Alejandro. Tal como hacía con su marido, Wendy chupó hasta la última gota de Julián, inmediatamente se volteó hacia Alejandro que le acariciaba sus pechos y su sexo y lo besó con un beso profundo y de intenso sabor acre que él rechazó, Wendy lo miró desafiante e iracunda, lo tomó fuertemente con ambas manos por la cabeza, y lo volvió a besar con violencia, haciéndole tragar los restos de semen de su boca. En medio de la obnubilación, la excitación, la locura del momento y pensando que si la volvía a rechazar acabaría la fiesta, Alejandro tragó. Wendy inmediatamente empezó a chupar el miembro de su esposo, dejándolo sin palabras, confundido, al mismo tiempo, ella miró de reojo a Julián y se señaló su vulva levantada y ofrendada, ordenándole con la mirada que la penetrara, Julián buscó la aprobación en los ojos de Alejandro y al recibirla, se apresuró a pajearse, en cuanto estuvo lo suficientemente erecto empezó a colocarse un condón. Wendy que lo estaba observando protestó –¡No! ¡Quiero que me llenes con tu leche, quítate eso y penétrame ya, maricón!- Los ojos de los hombres se buscaron confundidos y angustiados se sentían subyugados por esta Dominatriz. Alejandro dudó por un momento al ver que su diversión se le estaba saliendo de las manos, pero un grito agudo los hizo doblegarse de nuevo. – ¡Vamos Julián! ¿O es que eres marica?, ¡para eso te trajo este cachón, para que te comieras a esta puta!- Como un autómata, Julián enfiló su pene penetrándola suavemente. –¡Duro mariquita dale con fuerza hijue… maricón!- gritó Wendy ante la estupefacción de Alejandro que nunca había oído semejantes frases en boca de su esposa. Julián empezó a penetrarla brutalmente, agarrándose fuertemente de sus caderas para embestirla con todas las fuerzas, mientras que ella arrodillada en mitad de la sala succionaba todo el semen de Alejandro que no había podido resistir una felación tan salvaje. Wendy se volteó rápidamente, haciendo que Julián penetrara al aire y lo besó pasándole el semen que esta vez no había tragado. Julián miró a Alejandro con una mirada extraña, cerró los ojos y tragó emitiendo un gemido de placer. Cualquiera en su sano juicio se habría dado cuenta que la situación estaba fuera de control, que no había disfrute de parte de ninguno de los participantes, pero estos dos hombres motivados por diferentes impulsos, siguieron adelante y en un acuerdo tácito a través de sus miradas, se dejaron dominar por Wendy. Limpiándose el semen que escurría por sus comisuras Julián obedeció nuevamente a Wendy y la poseyó bestialmente, una vez hubo llegado, ella nuevamente se volteó, colocándose boca arriba en la alfombra y con sus hermosas piernas abiertas le ordenó a Alejandro que le hiciera sexo oral, éste vaciló, pero ella le gritó: –¡Vamos imbécil! ¿No me querías ver como una puta?- Alejandro decidió obedecer a su ama sin chistar, quiso saber cómo se sentirían aquellos tipos que hacían eso en los videos de internet que tanto morbo le provocaban y empezó a limpiar asqueado aquella vulva preciosa. Mientras tanto Wendy ya estaba succionando a Julián nuevamente, luego de un rato, ordenó a Alejandro que la penetrara, este así lo hizo, sintiendo, con algo de placer extraño y morboso, el líquido caliente y ajeno que mojaba su pene y sus testículos. Luego, Wendy le ordenó a su marido que le fuera abriendo su culito. Una vez dilatado, se abrazó al cuerpo de su esposo y lo volteó, quedando sobre él. –Ven acá Julián marica de mier.. a ver si eres capaz de romperme el culo, o te da miedo?-. El se arrodilló rozando lentamente las piernas de Alejandro y empezó a penetrarla con cuidado. –¡Duro estúpido!, ¿no ves que soy una puta?- gritó ella y empezaron a realizar un trío salvaje, cada quién moviéndose por su cuenta, sin compasión el uno por el otro, sobre todo Wendy, que con ira, los golpeaba a ambos con su poderosa pelvis, hasta que ambos hombres se vinieron dentro de ella aullando en un orgasmo casi simultaneo. Al terminar, Wendy se puso de pié, se veía maravillosa con las botas y las medias de malla que ya se mojaban con el semen que escurría de su vagina y ano. –Ustedes lo que son es un par de maricas! ¿Es todo lo que me pueden dar hijue…? ¡Espérenme aquí y ya verán lo que les va a pasar!- Dicho esto fue a su cuarto mientras que Julián, exhausto acostado al lado de Alejandro, le preguntaba que si la cosa era así, que qué estaba pasando allí. –No sé, nunca había visto a Wendy actuar así, Yo creo que se tomó bien en serio su papel de Dominatriz. Sólo falta que venga con un látigo, ¿vamos a ver con que mas sale si?, ¿o me vas a decir que no te ha gustado? Julián respondió: –Pues bueno, aparte de los insultos ha estado increíble, ¿sentiste mi pene cuando la estábamos penetrando? Yo sentí el tuyo y eso me hizo venirme-. Interrumpiendo esta extraña conversación, Wendy apareció con el strap-on colocado y se acercó a ellos con una mirada asesina diciéndoles: -¡Ahora van a sentir lo que yo siento cuando me revientan el culo maricones, pónganse en cuatro ya, uno al lado del otro!-. En medio de risas nerviosas Julián obedeció. Alejandro se auto-convenció diciéndose que había que experimentar, que eso no lo iba a hacer homosexual y se colocó en posición, Wendy lubricó el pene artificial y lo empujó en medio de improperios, en el ano de Alejandro haciendo caso omiso de los gritos de dolor y desflorándolo literalmente. El dolor era terrible, cerró los ojos y trató de relajarse, cuando sintió la mano de Julián que apretaba la suya, abrió los ojos y frente a él estaba la cara de su amigo que lo apoyaba con una leve sonrisa, la resistencia de su esfínter cedió y Wendy entro de golpe en su ser. En ese momento, Alejandro sintió sensaciones embriagadoras, empezó a experimentar un placer nuevo, el del dolor de ser penetrado de manera inmisericorde, invadido y poseído. Luego de un rato, le tocó el turno a Julián y ante el asombro de Alejandro, su amigo fue penetrado sin dificultad, además empezó a gemir casi inmediatamente. Alejandro, que le había tomado la mano para devolverle el favor, quedó congelado cuando Julián la llevó hacia su pene. No podía explicarse porque sentía oleadas de placer al agarrar el miembro de otro hombre. En ese mismo instante sintió la mano de Julián que lo pajeaba fuertemente. Wendy se turnaba el culo de los dos hombres, violentándoles las entrañas con furia, hasta que ambos llegaron en manos del otro, en este momento Julián besó con pasión a Alejandro que lo rechazó con asco levantándose de golpe, con el semen aún brotando por sus últimas eyaculaciones y cayéndole un poco en la cara a Julián. –¡Así era que los quería ver par de maricas, yo lo sabía!- les gritó ella poniéndose también de pie, y acusándolos con su índice –de Julián ya lo sabía, tu esposa me lo dijo, ella te puso un detective porque creía que le eras infiel con otra y vamos a ver que era con “otro”. Pero tú Alejandro, jamás lo creí, nunca pensé que fueras gay, ¿o es que lo acabas de descubrir? Marica!, Marica! ¿Por eso querias verme cogida por otro?- -No lo sé, no sé, no sé que me pasó, yo no soy así. ¡Cállate maldita perra, zorra hijue…, tú me hiciste hacer esto, yo no soy marica, yo soy un macho!.- Y le estampó una sonora bofetada a Wendy que le marcó el rostro y la hizo caer de bruces quedando semiinconsciente, con sus brazos y piernas en una posición extraña, como un maniquí roto. -Y tú también, marica hijue…- gritaba dirigiéndose a Julián, -Lárgate de mi casa. Maldita sea la hora en que se me ocurrió semejante disparate. Wendy recuperó la conciencia, se levantó y salió corriendo a su cuarto, llorando a gritos, mientras que Alejandro cayó exhausto en el piso en medio de un sopor extraño. Julián se vistió presuroso y salió dando un portazo y sin despedirse. Alejandro sintió que se volvía loco, su cabeza le dolía y sentía que iba a estallar, estaba como desmadejado, sin fuerzas ni para respirar. Entonces rompió a llorar. La última y única vez que había llorado fue cuando lo descubrieron en la cocina de su vecina, haciendo el amor sobre el lavaplatos, su madura amante con las piernas abiertas, mientras lo abrazaba contra su generoso pecho que el chupaba fuertemente y sin dejar de penetrarla, tumbando los platos y demás cacharros. Ruido que atrajo la atención del marido que solo había regresado por las llaves de su negocio y ya se aprestaba a salir sin darse cuenta. Esa vez lloró, no por las patadas, ni los improperios sino porque sabía que nunca más volvería a ver a su amada cuarentona, ese día fue cuando Alejandro decidió olvidarse del amor. Buscó en sus recuerdos con su mentora, alguno que le sirviera para afrontar esta nueva situación pero fue en vano, estaba tan confundido y descontrolado que su cerebro no era capaz de producir una idea coherente, todo lo que hacía, era sentir las miles de emociones que se arremolinaban en su interior, y que como un tornado empezaban a destrozarlo todo. El golpe final fue cuando vio salir a Wendy de su cuarto, arrastrando una pesada maleta. Ahora sí que estaba seguro que todo era una amarga pesadilla, vio como su esposa ya abría la puerta del apartamento. –No te vayas, Wendy mi amor, perdóname, perdóname, ¡no te vayas!- Solo recibió como respuesta una mirada de hielo verde y el azote de la puerta. Siguió llorando a alarido limpio en posición fetal, meciéndose, sintiéndose más desnudo que nunca. Mas desnudo que cuando lo echaron a patadas a la mitad de la calle, en medio de las miradas y las burlas de sus vecinos. Sacó sus últimas fuerzas y se levantó tembloroso, caminó hasta la cocina, tomó un cuchillo y sin vacilar se cortó las venas, caminó hasta el baño, se metió en la tina y abrió la llave del agua. Quería morir desangrado o ahogado, como fuera. Era la única salida que veía, la más dulce y tentadora, que le llenaba de paz poco a poco, mientras perdía el conocimiento y se dejaba hundir en el agua tibia. Ya no sentía el dolor en sus muñecas y lo estaba invadiendo una extraña paz, todo se oscurecía alrededor, cuando repentinamente alguien lo asió por los cabellos y un brazo y lo sacó del agua. Era Wendy, que había olvidado las llaves de su camioneta y siguiendo el rastro de sangre, lo había salvado de morir. En ese momento, Alejandro desfalleció. Su último pensamiento fue preguntarse: -¿Porque no veo el túnel con la luz al final? seguramente porque voy camino al infierno-. No se había dado cuenta que ya estaba en él y que además había entrado por voluntad propia, desde el momento en que decidió dar un paso más allá de lo que su matrimonio le permitía, arrastrando a su maravillosa esposa a un mundo desconocido, en el que solo unos pocos valientes se atreven y mas pocos aún, salen indemnes, airosos, y felices. FIN

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