Como ya les he narrado en múltiples otros relatos, mi esposa Mónica y yo formamos una pareja swinger. En esta búsqueda del placer, soy yo, Gerardo, quien me ocupo de encontrar las parejas, luego deben pasar el filtro de la aceptación de mi esposa, antes de pasar al acto del placer mismo. El ultimo filtro se hace cuando encontramos a la pareja por lo menos una vez, solo para charlar, pero realmente solo para charlar. Sin embargo todo puede tener excepciones, como cuando la chica me parece muy interesante o cuando pienso que la chica o el caballero pueden, los dos o uno de los dos, gustar mucho a mi dama. En ese caso paso el “expediente” a Mónica informándole porqué no establezco ningún filtro. Cuando la chica no me gusta mucho, pero el caballero encanta a mi mujer, o cuando la chica me encanta, nos proponemos contactarlos igual, aceptamos a la pareja más por darle gusto al otro que por el propio y directo placer. Toca resaltar que el mayor placer que yo pueda sentir es ver a mi esposa amada quejarse del placer y sentirla que aprovecha el momento al máximo. Supongo que también es su caso, puesto que si el caballero no le gusta mucho, lo que ella me habrá dicho desde el principio, el verme en el Nirvana la excita tanto como a mí el verla en ese paraíso efímero que nos concede el sexo y la hace gozar del caballero como si fuera un Adonis. Con Lilith nos conocimos gracias a uno de estos chat que ayudan a los encuentros entre las parejas que consideran que el placer no debe tener limites fundados en normas sociales. Me parece que esta linda dama me aceptó principalmente gracias a mis relatos publicados, ya no recuerdo bien si fue ese caso solo. Cuando los escribo no pienso nunca a que estos aumenten mi encanto, pero tampoco rechazo esta “ayuda”. En el caso de la adorada Lilith, considero que si su amistad, su cariño, sus caricias y su cuerpo me son accesibles gracias a estos relatos, me doy por muy bien pagado de todos mis esfuerzos literarios. En nuestras primeras charlas nos limitamos siempre a la mensajeria, luego nos hablamos, nos mostramos las fotos, nos dimos nuestro teléfono y por fin, un día dichoso, nos encontramos. Desde el comienzo percibimos juntos que coincidíamos en nuestros gustos. Si la forma directa y completamente sexual dominó las primeras charlas, pronto nos dimos cuenta que las referencias a la sexualidad se harían a medida que el impulso naciera, sin que fuera una obligación. Establecimos desde el principio que nos deseábamos y nuestra relación no seria solo sexual. Cuando dos almas hermanas se encuentran, si se tiene la suerte de pertenecer a sexos complementarios (si bien soy heterosexual, no veo como anormal al homosexual, y mientras no traten de hacerme tener la “experiencia”, caso en el que seria molesto, pero no anormal, los considero seres humanos, sin más) y si expresar la ternura y el deseo es permitido, la amistad y la ternura se ven magnificadas por los besos, las caricias y ese sexo que si puede ser poco gratificante a veces, en este caso es divino. Es pues de esta forma que charlábamos mucho, por escrito o de viva voz, cada día compartiendo de forma más completa nuestras similitudes. Vimos pronto que el ser casados los dos y swinger por añadidura, nos permitiría dejarnos ir a sentimientos dulces y sinceros que sin estas condiciones, habría sido poco inteligente dejarlos avanzar más allá que de la amistad desnuda. Ser el conyugue de una persona tan complementaria nos llevaría a la desaparición de toda vida privada, porque es difícil ocultar algo a quien casi nos conoce como nosotros mismos. Nuestra complicidad nos llevaba a considerar nuestros conyugues que amamos desde años como la garantía de no tener que frenarnos nosotros mismos. Gracias a ellos, su esposo y mi esposa, podíamos aceptarnos sin ningún temor y ser gozar, sin limites, lo que éramos, dos personas que nos debíamos de ser amigos. Yo ya había hablado a Mónica de esta amiga y Germán, el esposo de Lilith, en algunas veces que fue él quien contestó al teléfono, me confirmó que Lilith también le había hablado de mi en iguales términos. Cuando mi mujer vio la foto del esposo de mi amiga expresó su agrado, pero su deseo de darme gusto me obliga a aceptar que la duda en su sinceridad es admisible. Luego de charlar los cuatro, establecimos pues una fecha para encontrarnos y alquilamos para ese día un aparta hotel en la ciudad de residencia de nuestros amigos. Nos encontraríamos, a las tres de la tarde, en una fuente de soda cuyas mesas apartadas permiten charlar sin que la presencia de intrusos nos desagraden. Ella llegó muy linda, sin vestido especialmente provocativo, sus negros ojos iluminando más que el sol, sus pechos bien moldeados llenando la parte alta de su ropa, la falda cubriendo sus rodillas. Me reconoció al mismo tiempo que yo a ella, y caminando rápido vino a abrazarme fuerte y darme un enorme beso en mi mejilla. Cuando al fin nos separamos nos dimos cuenta que Germán y Mónica se habían auto presentado y nos miraban sonriendo. Nos disculpamos por nuestra ausencia de cortesía y yo presenté mi esposa a Lilith, al igual que ella me presentó a su esposo. Durante horas, sin sentir correr el tiempo, charlamos, mi amiga y yo, y, a veces, los cuatro. Sin darnos cuenta, por momentos nos tomábamos de la mano, por otros momentos apelábamos a nuestro respectivo conyugue para verificar un dato, o para ponerlo como testigo. Llegó el momento en que Germán y Mónica nos interrumpieron, para hacernos caer en cuenta que era hora de ir a cenar. Cinco horas habían pasado como si fueran 10 minutos. Salimos pues a cenar, y desde que nos levantamos de la mesa, Mónica se colgó al brazo de Germán y estos se adelantaron dejándonos solos. Lilith tomó a su turno mi brazo, y con una sonrisa frotó su seno contra mi, diciéndome un lindo “¿vamos mi amor?” que llenó de dicha mi día y de feromonas la atmósfera. Durante la cena nuestros respectivos esposos se comportaron como si fueran ellos los casados, tomándose de la mano y besándose con la naturalidad más grande del mundo. Nosotros seguíamos charlando, hable y hable, desnudando nuestras almas antes de hacerlo con nuestros cuerpos. Cuando una mano de Germán se alejaba mucho bajo de la mesa, de toda evidencia para acariciar las piernas de mi esposa, Lilith y yo sonreíamos, sabiendo que si solo nuestras rodillas se tocaban, en nuestra complicidad eso quería decir mucho más que lo que caricias directas podrían expresar. Terminamos de cenar y con hipocresía les preguntamos si nos tomábamos un café en nuestro apartamento. Al llegar, Mónica y Germán comenzaron a abrazarse y a recorrer sus cuerpos con sus manos, Lilith y yo nos sonreímos, nos alejamos un poco de ellos y comenzamos a darnos besitos en la boca y sin prisas, con mucho cariño, a besarle yo el cuello y detrás de sus orejas. Poco a poco su cuerpo se acercaba al mío y nuestras manos comenzaban a explorar el cuerpo del otro, por encima de la ropa, despacio, adivinando más que sintiendo, las formas que serian accesibles, desnudas, dentro de poco. En estos momentos sorprendí la mirada de complicidad entre Germán y Mónica, quienes ya desnudos nos miraban con caras en las que la ternura, la burla y la complicidad aparecían. Mi mujer dijo riendo casi: “¡vean pues la pareja de tortolitos!”. Lilith abrió los ojos para mirarlos también, y sin alejar su cuerpo del mío, les sonrió y les dijo, “esperen o háganlo, pero no sean malitos, no molesten”. Como si fuera una orden, mi esposa y su esposo siguieron besándose, y nosotros seguimos entregándonos cada uno al otro. La desnudé yo a ella y ella a mí, le acaricié sus pechos, sentí las puntas de sus pezones endurecer como agradeciendo mi caricia, acaricié sus nalgas, mientras ella se frotaba lentamente contra mí. Al pasar mi mano entre sus piernas, luego de recorrer sus muslos, tanto como la posición de pie me lo permitía, encontré su vagina desbordando de sus jugos, que empaparon mi mano como si fuera a esta que pertenecían. Sin separar nuestros labios la llevé a un sofá donde coloqué primero la toalla prevista antes de salir, hace ya tantas horas, para este uso y bajé a gustar sus senos como un bebito. Los chupé con dulzura, guiándome ella al tomar mi cabeza en sus manos, los lamí y no los abandoné hasta que me cercioré que cada uno de mis cinco sentidos conocía cada milímetro de estas dulces montañas. Estando mi amiga muy excitada empujó mi cabeza hacia abajo, lo que me permitió besar su vientre que sus maternidades no habían desfigurado, lamer su ombligo, recorrer el nacimiento de sus muslos, ignorando su suave presión para ir al sitio donde sus lindas piernas se separan. Al colmo de la impaciencia, por fin le abrí las piernas y fui a gustar su néctar que corría inundándolo todo. Lamí lo que estaba en sus muslos y por fin fui a su vagina, lamí sus labios, introduje mi lengua en búsqueda del origen de la miel que endulzaba mis sentimientos, para por fin, sin dejar en todo este tiempo de acariciar sus senos, concentrarme por momentos en su clítoris que erguido me invitaba a ocuparme de él. La respiración acelerada de Lilith, sus quejidos suaves y discretos, como todo en ella, al igual que la abundancia de su líquido vaginal me recompensaron de mis esfuerzos. Llegó por fin el momento en el que Lilith me apretó con sus manos la cabeza contra su intimidad, me la encerró en sus muslos y arqueándose, su cuerpo tembloroso y con espasmos, me regaló nuestro primer orgasmo, por lo menos el primero que yo recibía de su cuerpo lindo. No dejé de lamerla hasta que ese momento terminó y ella dulcemente me alejó la cabeza de su entre pierna y se agachó para besarme de nuevo en la boca. Como música de fondo yo oía los quejidos de placer de mi esposa Mónica y algunos gruñidos de Germán que mostraban que ellos no nos esperaban llenos de tedio. Lilith se percató de mi atención hacia ellos y me dijo que su esposo hacia muy rico el amor, que no me preocupara por mi mujer, que estaba siendo bien tratada. Lilith me hizo levantar y me hizo sentar en la toalla que se encontraba sobre el diván, en el mismo sitio donde ella se encontraba antes y de nuevo me besó en la boca para bajar besándome todo el cuerpo hasta tomar mi pene entre sus manos para llevarlo a su boca. Su cuerpo en forma de guitarra se encontraba arrodillado en el suelo, su cabeza en un va y viene para englutir mi pene, mientras su lengua me prodigaba mil caricias. Pude ver al fin a mi amada esposa que cabalgaba al marido de mi amiga, penetrada tanto de todo lo largo del pene de Germán, inclinada hacia atrás, permitiendo que el dueño de ese pene que hurgaba sus entrañas le acariciara con una mano el clítoris y con la otra los pechos. En un momento fugaz me miró y me sonrió de con más amor que el que yo no había visto nunca en sus ojos. Sentí que sabia lo bien que yo estaba y su placer y su amor gozaban de mi propia satisfacción. Era uno de esos momentos en los que la vida swinger, cuando uno ama a su esposa, nos convencen que vivimos de la manera natural y dichosa que la creación previó para nosotros desde el principio del tiempo. Atraje a Lilith hacia arriba y poniéndome yo con las nalgas cerca del borde del sofá, ella me enlazó con sus piernas y con sus brazos, se empaló en mi pene y mientras hacia delicados movimientos de cintura, me besaba con una mezcla de ternura y pación. Su lengua acariciaba la mía, nuestros labios absorbían el ánima del otro, nuestros sexos copulaban, sus senos acariciaban mi pecho y mis manos sostenían sus nalgas redondas o acariciaban su ano, su espalda, sus senos, su nuca y sus muslos. De nuevo se borraron nuestros esposos que hacían el amor en el sofá grande vecino al nuestro, se borró el universo entero y flotamos los dos en un espacio sin gravedad, en el que solo nuestros cuerpos, nuestro olor, nuestros sudores, nuestra ternura, nuestros besos y nuestros sexos existían. Acercó la damita su boca a mi oreja, y al mismo tiempo que aceleró los movimientos de su cintura, me susurró un “Gerardo, rico, rico..” interrumpiendo para besarme, hasta gritar con el orgasmo un “¡Qué rico!”, antes de quedar inmóviles, yo siempre dentro de ella, durante varios minutos, apretados, abrazados, compenetrados, su cabeza desmayada sobre mi hombro. Regresamos pues lentamente a la realidad, muy apretados el uno contra el otro y nos miramos sonriendo, para besarnos de nuevo con ternura. Un suspiro se escapó de su pecho, me dio otro beso y sonriendo me dijo, casi solo con los labios “gracias”, y me besó de nuevo en la boca. Se levantó Lilith, haciéndome salir de ella, y pude ver que tanto mi esposa como su esposo, que debían haber satisfecho sus apetitos hacia ya mucho rato, nos miraban sonriendo, comprensivos y respetando nuestro momento de éxtasis. Lilith se dirigió a su amado esposo, le dio un beso enorme, a mi Mónica otro beso y les dijo, desnuda y en cuclillas, un “gracias por esto, son divinos los dos”. Después les contaré el resto de esta noche, que espero quede siempre en mi memoria, ya que pocas veces me he sentido tan entregado, tan realizado ni tan completo.

Relato de comunidad Intercambiosschedule 11 min de lectura calendar_today Junio de 2009
Lilith, Al Fin Nos Vemos
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login EntrarHOLA GERARDO.QUE BUEN RELATO COMO SIEMPRE NOS TIENES ACOSTUMBRADOS,ESPERAREMOS LA SEGUNDA PARTE Q DEBE SER BIEN EROTICA COMO LA PRIMERA.GRACIAS POR COMPARTIR TUS ENCUENTROS. BESOS....LILI