Terminada la “sobremesa” en la cocina, como conté en el relato anterior, caímos todos privados a dormir un poco. Un poco el hambre y mucho el sol que entraba a borbotones nos despertó a todos. Éramos una masa de carnes adormiladas en ese lecho, igual que una camada de cachorros en su nido. Solo la heterosexualidad de los caballeros se respetaba, sino cada uno encontraba en los otros cuerpos el confort de esa modorra que el placer satisfecho nos invade siempre que los límites del placer se han destruido. De común acuerdo pedimos una comida por teléfono, que se imponía y nos fuimos a duchar. Las damas nos enjabonaron, se enjabonaron entre ellas y nosotros las enjabonamos a ellas, el todo endulzado de mil besos, tiernos, con pasión satisfecha pero no olvidada. Con cariño recorríamos los dos caballeros las teticas, la espalda, las nalgas de las dos damitas con el jabón y luego con las manos para juagarlas. Nos quedamos desnudos caminando por el apartamento y ya los esposos comenzaban, pasada la novedad de toda nueva pareja, a recorrer el cuerpo de su propio conyugue, a darle besos y cariños, sin olvidar nunca a la persona con la que se hizo el amor horas, segundos antes. El almuerzo se consumió rápido, teníamos hambre y nuestros cuerpos pedían alimento de vitaminas y proteínas que nos esperaban en los humeantes platos de icopor en que llegaron. La charla no versó sobre el sexo, fue ligera y tocando temas muy variados. Las manos acariciaban, de pronto un seno, de pronto un sexo, pero también una mano, un antebrazo. Nos comportábamos como si en lugar de ser cuatro fuéramos una pareja que habla en privado. El tinto tomado, nos fuimos a la cama de nuevo para que, como boas, el sueño nos permita digerir la enorme cantidad de “pargo rojo”, de plátanos, del aguacate del guacamole picante, del jugo, en fin, del glotón almuerzo que nos ofrecimos. Como mi esposa Mónica dijo, “después de tanto, toca tomar fuerzas”. De manera natural, las dos damitas se acostaron entre nosotros, cada una al lado de su esposo. Sin embargo al abrazar mi Moni, mi mano acaricio, sin real intención, los senos de Lilith, sin que esta hiciera el más mínimo movimiento de rechazo. La siesta nos tomó, al cabo de algunos besitos que nuestras esposas nos dieron, como los matrimonios que éramos. Solo los ojos brillantes de malicia de Lilith guardaban un poco de picante. Las damas frente a frente, de medio lado en la cama, se dieron un besito lindo, de la punta de los labios, como dicen los galos y apoyando cada una en un brazo de su conyugue se dispusieron a dormir. Nosotros nos pusimos de medio lado también y naturalmente, pasando un brazo sobre nuestra esposa, apresamos uno de sus senos. Las dos, como cadetes en una parada, de un unísono perfecto, retrocedieron sus nalguitas para sentir los genitales de su esposo contra ellas. Mi esposa Mónica tomó mi mano, la besó y la regreso a su seno, como lo hacemos cuando estamos solos. Es así que deslizamos, satisfechos de toda ansia, en los brazos de Morfeo. No sé porqué, pero luego, inmediatamente después de toda experiencia swinger, la actividad sexual se dispara, casi hasta avecinar la capacidad de nuestros años púberes. Pocas horas de siesta bastaron para que mi pene tome una actitud agresiva, empujando las nalgas de mi esposa. Mi situación combativa nos despertó y Mónica, dándose vuelta, comenzó a besarme con renovada pasión. Su lengua entraba en mi boca, sus pechos se frotaban contra mis pectorales y lentamente me hizo colocar boca arriba. Esta vez, luego de besar mi anatomía que se encontraba en el camino, bajó hasta entrar mi virilidad en su boca, y como ella lo sabe hacer tan bien, acariciar la cabeza de mi pene con sus labios que, desde hace lustros, me llevan a paraísos de lujuria. Nuestros movimientos despertaron a nuestros amigos y cómplices, que comenzaron también a besarse apasionadamente. Mi esposa, una vez satisfecha del resultado de su obra, se coloco sobre mi y penetrándose, comenzó un lento y suave movimiento de su cadera. Lilith también practicó una felación a Germán, y fue lindo verla, con su pelo ocultando por momentos su cara, con su espalda y sus nalgas al igual que colinas enmarcando el cuadro, hacer entrar y salir de su boca el pene de su esposo. Lilith se sentó empalándose a su turno en su esposo y se agachó hacia su cara para darle besitos. Sus senos se dibujaban lindos, a la vertical y sus piernas tocaban las de mi esposa. En un momento, después de largos minutos así, Lilith colocó las manos en las rodillas de su esposo, e inclinándose hacia atrás, puso en evidencia su sexo, con el de su esposo entrando y saliendo de él. Los movimientos de su cintura lo hacían penetrar y retirarse a su gusto, y el espectáculo se me ofrecía en directo. Ella los ojos cerrados, el ceno fruncido, como para concentrarse se entregaba completamente al placer. Mi esposa, al ver el espectáculo que se me ofrecía, me sonrió, se agachó sobre mi y me dijo, “mira que te están dando show”, levantándose de inmediato para dejarme seguir gozando del dicho show. Lilith abrió los ojos, con una mecha de pelo ocultándolos un poco, me miró fijamente y exageró sus movimientos de cintura. Su mirada no me quitaba y su cara expresaba libremente todas sus emociones. Por momentos, sus ojos entreabiertos, cuando ella cambiaba de ritmo o de movimiento, miraban hacia abajo, invitándome a cerciorarme del cambio. En varios momentos su esposo escapó a tan dulce presión y su dama, sin cambiar de posición, tomó su pene con una mano, y acarició su vagina con él. Sus labios hinchados por la emoción eran completamente visibles y al introducirlo de nuevo se entreabrían en una imagen de sensualidad sublime. Mi Mónica miraba al igual que yo, una de sus manos acariciándose y la proximidad de un orgasmo se hacia oír en las respiraciones aceleradas de todos y los quejidos de las damas. Acariciando el cuerpo de mi esposa, a altura de sus muslos, encontré los de nuestra amiga, que recorrí por encima también. Lilith me sonrió, se separó sus labios vulvares y profundizó la penetración de su marido, lo sacó de nuevo, esto repetidas veces. Al fin, cuando Mónica tenia su orgasmo sobre mi, ayudada por el espectáculo de la linda, Germán emitió un gruñido y Lilith lo introdujo completamente en ella, me lanzó un beso desde donde estaba, y sin dejar de mirarme y de sonreírme, nos regaló a todos su orgasmo que le deformaba en una mueca de pasión extrema su cara. Sus músculos faciales se contrajeron, la mecha de su cabello, que siempre le cae en la cara, acentuando la separacion de sus cejas, sus ojos negros y profundos brillando, una vena en su frente saltaba y su sonrisa fija nos mostraron que si habíamos gustado de verla, ella había apreciado ser vista. Dejamos inmóviles todos que nuestras damas descendieran lentamente de la cima de su placer, recibiéndolas en un abrazo cuando ellas se recostaron sobre nosotros en un lindo beso. En estos momentos Germán con una mano acariciaba tiernamente las nalgas de su esposa y con la otra las nalgas de la mía, la cual recibía y aceptaba su gesto completamente entregada al momento. Terminamos por levantarnos y dirigirnos a la ducha, donde nos lavamos con ternura, nuestras damitas exagerando la necesidad de frotarse contra nosotros, contra los dos, ya sea sus senos o su traserito. Por fin salimos a pasear un poco y a dirigirnos, las maletas hechas, ya solos mi Moni y yo, a tomar el bus que nos trajera de nuevo a nuestro hogar.

Relato de comunidad Intercambiosschedule 6 min de lectura calendar_today Junio de 2009
Lilith, Al Fin Nos Vemos, Final
Terminada la “sobremesa” en la cocina, como conté en el relato anterior, caímos todos privados a dormir un poco. Un poco el hambre y mucho el sol que entraba a borbotones nos despertó a todos. Éramos una masa de carnes adormiladas en ese lecho, igual que una camada de cachorros en su....
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