Un Paseo A 4 En Yate
Relato de comunidad Intercambiosschedule 11 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Un Paseo A 4 En Yate

Con unos amigos swinger que conocimos hace muchos meses, decidimos hacer un paseo en un yate alquilado. Sabiendo que los otros también eran swinger, no habí­amos sin embargo jamás tenido sexo. Era una de esas situaciones en las que se habla del sexo, nos reí­mos de las experiencias malucas y....

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Con unos amigos swinger que conocimos hace muchos meses, decidimos hacer un paseo en un yate alquilado. Sabiendo que los otros también eran swinger, no habí­amos sin embargo jamás tenido sexo. Era una de esas situaciones en las que se habla del sexo, nos reí­mos de las experiencias malucas y añoramos las exitosas, pero sin nunca “pensar” en el otro para nuestras actividades más carnales. Andrea, la esposa de Ramiro, para otorgarles un nombre, es bonita en sus 40 años, de cuerpo musculoso, senos que se apoyan en sus pectorales para seguir erguidos desmintiendo la edad de su dueña, un vientre plano, en donde las 3 maternidades no habí­an alterado sus músculos ni albergado grasa excesiva. Ramiro es un poco delgado, aunque un estomago redondo muestra que no acompaña muy a menudo a Andrea a los gimnasios que ella frecuenta. Fue precisamente el que Moni la conociera en el gimnasio lo que hizo nacer la amistad, y saber que los 4 somos de este mundo sin celos ni egoí­smos que es el swinger nos acercó como amigos aunque guardábamos tontamente el sexo como opuesto a la amistad. Igual, siendo todos cultivados, pasábamos largas veladas y reuniones muy amenas entre charlas casi “doctas” (los 4 leemos mucho), que siempre se terminaban varias horas después de lo que pensábamos debí­a durar la velada. Casualmente fuimos a hacernos los exámenes de detección de enfermedades sexuales una semana antes del paseo, en tácita preparación a cualquier eventualidad. No habí­amos escondido nunca la admiración por la belleza de la dama del otro, ni habí­amos sido avaros con nuestras muestras de cariño, la ausencia de sexo se debí­a, pienso yo, a una “aristocrática” paciencia y represión de toda prisa. Los análisis fueron en le mismo laboratorio con el desayuno en una cafeterí­a después de las tomas de sangre y entregar los frasquitos con nuestra orina. Colectar la orina fue la ocasión de un momento de risas, pues tuvimos que ir al baño por separado, cuando desde hace meses no ocultábamos nuestros cuerpos a las miradas de los otros. Este momento de burla de la “moral” textil, con algunas profundizaciones filosóficas sobre las consecuencias en otros aspectos de la ética de quienes ocultan su cuerpo fueron la charla mientras los kumis, pandebonos y buñuelos eran consumidos de manera mucho más abundante que lo que exigí­a la pérdida de sangre para el análisis. Nos despedimos recordando que nos irí­amos el viernes por la mañana hacia Cartagena, para aprovechar el puente del lunes, dí­a en que regresarí­amos por la noche a Pereira. El viernes de madrugada, a las 5 AM nos levantamos Moni y yo, para estar en el aeropuerto antes de las 7 AM, hora de salida del avión, en donde encontramos a nuestros amigos. Si Andrea siempre se mostraba entusiasta cuando nos veí­amos, esta vez me pareció que su lindo cuerpo se cerraba contra el mí­o de manera más intensa y más prolongada de lo que acostumbrábamos. También vi que Moni hacia lo mismo con Ramiro, por lo que pienso ahora que las damitas habí­an planificado la “sorpresa” de la que los esposos no tení­amos ninguna idea, por lo que se veí­a en nuestras caras agradablemente sorprendidas y en el abraso de la mujer del otro que se quedaba “flojo” como preparado para algo menos cariñoso. Nos miramos con complicidad los caballeros y terminamos nuestro saludo con un beso ligero pero en la boca de la damita que nos saludaba. Después de registrarnos fuimos a tomar algo a la cafeterí­a esperando que nos llamen para abordar el vuelo, y en el camino vi a mi Moni tomar el brazo izquierdo de nuestro amigo frotando su seno derecho contra él, al tiempo que apoyaba su cabeza en su hombro charlándole de algo que los hacia reí­r mientras que Andrea, tomando mi brazo derecho me susurró un “nos vamos a divertir de lo lindo mi Gerardito”. Llegamos a la ciudad heroica un poco más de una hora después del despegue donde nos esperaba el dueño del yate. Del aeropuerto fuimos a hacer las compras, agua en abundancia, frutas, carne, unos pocos enlatados, legumbres, arroz y alcohol y nos dirigimos al puerto donde estaba amarrado el velero que nos estaba destinado. Organizamos las provisiones y las maletas a su interior y el dueño prendiendo el motor de socorro sacó el yate al mar libre donde halando la canoa que se arrastraba detrás nos abandonó luego de dar las indicaciones necesarias para su funcionamiento sin olvidar de recordarnos que debí­amos regresar al mismo sitio el lunes a medio dí­a para tomar a las 5 PM el avión que nos llevarí­a a Pereira. Es así­ que antes del medio dí­a

nos encontramos solos los cuatro en un barco con dos habitaciones en la proa del mismo, separadas por una pared en biombo que se podí­a correr y a donde se llegaba por un corredor que hacia oficio de cocina, de despensa y sala comedor, a partir de la “cabina” del timón. Primero anotamos nuestra posición según los instrumentos de bordo y tomando rumbo al norte nos alejamos de las costas, después de haber izado las velas. Mientras yo no estaba de turno al timón preparé la comida y al terminar, ya alejados de todo inoportuno, nos sentamos en la cubierta para alimentarnos mientras el piloto automático nos llevaba siempre hacia el norte. No faltaron en estos momentos las referencias al capitán Hateras, en la novela de Julio Verne, que sin un piloto electrónico se dirigí­a siempre rumbo al norte para amenizar las libaciones del excelente vino italiano que encontré en una tienda de la ciudad afí­n de acompañar el “ragout” de oveja que habí­a preparado yo. El hecho de que guardáramos nuestras ropas y que libáramos más de lo necesario era un signo de la nerviosidad que reinaba y que indicaba la importancia que acordábamos a los otros y que a pesar de la “experiencia” de cada uno, el estar con ellos era, mejor dicho, serí­a, algo muy especial. Con el postre las damas sacaron los resultados de los exámenes que circularon entre nosotros para verificarlos. Después de esto, mientras unos lavaban los trastes, otros verificábamos que estábamos bien fuera de toda ruta, paramos el piloto automático, arriamos entre todos las velas, echamos ancla que tocó fondo bastante profundo y nos dispusimos a nuestra primera tarde de verdadero reposo, lejos de todo que no fuera las personas que contaban para nosotros fuera de los hijos que dejamos donde la familia. A eso de las 3 de la tarde, el sol golpeaba con menos dureza que a medio dí­a, el mar, casi transparente, de un azul esmeralda rizaba suavemente en esas palpitaciones que la madre tierra manifiesta donde el cáncer humano no la ha destruido. Nos desnudamos y cada conyugue embadurno al propio del aceite solar y nos dejamos ir a la letárgica y total pereza que es el signo de la verdadera riqueza, de la ausencia de prisas y el estrés se convierte en una noción absurda que afecta a unos idiotas que creen que la cultura que lo genera es “moderna”. Unos delfines nos despertaron con sus gritos como saludándonos y retozaron a nuestro alrededor chapuzándonos de agua con sus saltos alegres y tan despreocupados como nosotros en esos momentos. Nos levantamos para asistir a su show y fue el momento en que las damitas para ver los acuáticos mamí­feros recostaron sus cuerpos sobre el nuestro y en las espaldas sentí­amos a veces los senos de nuestra esposa y a veces los de la esposa del otro, indiferentemente, jugando libres en su desnudez y sin esconder el crecimiento de sus puntas al insistir en los frotes sobre nuestra espalda. Los delfines reí­an (estoy seguro que sus ruidos eran risas y bromas picaras) y nos miraban con sus ojos rasgados llenos de malicia cómplice. Mi mano, envalentonada por los vapores de alcohol del vino y los cariños de Andrea, se deslizó hacia sus nalgas, en donde al llegar ella se acomodó ligeramente para permitir una caricia total, un apretón de sus manos en mi brazo y su cuerpo apretado contra el mí­o me indicó su aprobación. Los delfines se despidieron cuando tanto Ramiro como yo acariciábamos abiertamente la anatomí­a de la esposa del otro y nos dábamos besos apasionados con ellas. Andrea la primera se deslizó hacia mi vientre, poniéndose en cuclillas, y tomando mi pene en su boca comenzó a administrarme una felación dulce, introduciéndome hasta el fondo de su boca, dejando su paladar frotar mi glande, sacándolo un poco en momentos, aspirándolo haciendo el vací­o con sus mejillas que se hundí­an al hacerlo, todo mientras su lengua me recorrí­a acariciando mi virilidad en todo su largo. Moni detrás de mí­ hacia lo mismo con Ramiro, dejando en su posición de cuclillas que sus nalgas se apoyen en mis tobillos. Largos minutos de esta caricia fueron deliciosos hasta que la interrumpimos al uní­sono para irnos todos a darnos un chapuzón que nos quitara el aceite solar de nuestras pieles. Mientras nos bañábamos, nos besamos, acariciamos tiernamente, a veces mi moni acariciaba mi pene, a veces Andrea mientras mi esposa se ocupaba del de su marido si lo encontraba libre. Fue un placer recibir los besos apasionados de estas damas, dejándonos hundir en el agua hasta que la necesidad de respirar nos hacia salir, besar esos senos erguidos por la excitación, con el gusto salado del mar dominando el del sudor, a veces una de las damitas apoyaba sus nalguitas contra alguno de nosotros moviéndose ligeramente, jugando con nuestros penes erguidos.. Salimos del agua (en esos yates la planchita a flor de agua que hay en la popa, justo antes del acceso al “hueco” del timón, es muy practica en nuestros mares calidos para regresar a bordo) y ayudando a las damas a salir del agua, las recibimos para llevarlas entre caricias y besos bajo cubierta hacia una de las cabinas en donde nos instalamos los cuatro en la cama. Los dos nos pusimos sobre ellas, besando su boca con pasión, ignorando las piernas abiertas en muda invitación, bajamos recorriendo el cuerpo con los labios, gustando la sal marina que se formaba entre los poros dilatados por la excitación, demorándonos en los senos, en cada uno, chupando el mamelón, haciendo cí­rculos en él con nuestra lengua, para por fin llegar a su sexo, en donde lamí­ los labios de la vagina de la esposa de Ramiro, acariciando su clí­toris con la punta de mi lengua, todo eso mientras mis manos recorrí­an su cuerpo, sin timidez alguna sintiendo sus senos bajo mi mano, sus caderas, sus muslos. Los suspiros y quejidos de pasión de las damitas nos probaban su aceptación, al igual que los movimientos cadenciosos de sus cinturas y sus piernas acariciando nuestras espaldas y los suaves temblores de todas sus carnes. Introduje dos de mis dedos en su gruta del placer, acariciando con ellos las paredes internas, sin dejar de besar y lamer su clí­toris y sus labios. A esta caricia la linda Andrea aceleró su ritmo respiratorio, su corazón sus batidos debajo del seno que acariciaba mi mano derecha y sus “uf, delicioso, divino” hicieron eco a los “qué rico, qué rico” de mi Moni agasajada por Ramiro. Después de haber recibido en nuestras bocas el orgasmo de la dama objeto de nuestra atención, nos acostamos al lado de ella, para ser cabalgados y poder ver como cerrando los ojos, Andrea conmigo y Moni con Ramiro, nos introducí­an en su cuerpo antes de comenzar los movimientos pélvicos que el deseo les inspiraba ayudadas por el balanceo del barco. Los senos de Andrea se sacudí­an suavemente al hacerme entrar y salir de ella, sin dejar de hacer cí­rculos para sentirme completamente en su intimidad. Sus muslos abundantes encuadraban los mí­os y sus suspiros, mezclados con los que Ramiro producí­a en Moni, llenaron el silencio del bote, haciendo absurdos los crujidos del maderamen, de la borda en cable, de los mástiles con sus velas, y de las olas que se estrellaban contra el casco del yate, testigo cómplice de nuestros embates. Por momentos la damita que me hacia el amor se acostaba sobre mi, lo que levantando un poco mi cabeza me permití­a besar sus pechos, meterlos todo lo que podí­a en mi boca y dar libre curso a los fantasmas que, ahora podí­a confesarlo, habí­an surgido en mi mente durante los meses de amistad “casta” que habí­an pasado. Ramiro estaba encantado con los senos de mi esposa, y no cesaba de acariciarlos, mientras que yo repartí­a mis manos entre la caricia del pecho de mi dama del momento, tocar su cuerpo generoso y buscar ese clí­toris que abre la puerta al gusto de toda hembra humana. Llegando a su orgasmo, Moni abrió los ojos y mirándome con ternura estiro su mano para tomar la mí­a y abrirse al placer segura de mi aprobación. Andrea colocó su mano sobre el hombro de mi esposa y con un frenético va y viene de mi pene en su vagina, cabalgó rauda hacia su propio placer. Las damitas se acostaron sobre su caballero cada una, para terminar de recibir las ondas de placer rodeadas por la ternura de nuestros brazos y de nuestros besos. Es de esta forma que terminamos la primera tarde de nuestro paseo y el resto del fin de semana marino se pasó de esta forma, dando oportunidad a las damas de hacernos eyacular, lo que para alargar el placer nos habí­amos abstenido de hacer los hombres y muchos otros detalles que si este relato les gusta me haré un deber compartirlos con ustedes.

— gerardo91000

25 de junio de 2009

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gerardo91000

Escrito por

Somos pareja swinger

Comentarios

1 comentario

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  • fernando71
    fernando71 · 6 de jun de 2009

    excelente, los felicito, tiene un realismo acompañado de fluidez y coherencia literaria que ya muchos quisieramos tener, es entretenido, me quedo en vilo esperando su continuidad, besos, somos de cartago

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