Un Paseo Para 4 En Yate II
Relato de comunidad Intercambiosschedule 9 min de lectura calendar_today Junio de 2009

Un Paseo Para 4 En Yate II

Nuestras esposas yací­an sobre nosotros, en realidad, la esposa de cada uno sobre el otro, donde esperaban saboreándolo el final de su orgasmo, mientras nosotros les acariciábamos la espalda y la nalgas, sin olvidar de darles muchos besitos dulces en la frente, el cuello y los hombros, sin....

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Nuestras esposas yací­an sobre nosotros, en realidad, la esposa de cada uno sobre el otro, donde esperaban saboreándolo el final de su orgasmo, mientras nosotros les acariciábamos la espalda y la nalgas, sin olvidar de darles muchos besitos dulces en la frente, el cuello y los hombros, sin olvidar los labios cuando levantaban la cabeza para ponerlos a nuestro alcance. Mónica, mi esposa, miró al hombre que aun tenia su pene en su interior, me miró mandándome un besito y luego de hacerlo salir de su cuerpo se deslizo hacia la cintura del caballero para introducir su pene erguido en su boca. Andrea me dio un beso muy apasionado, con su lengua acariciando la mí­a, suspendiéndolo para susurrarme un “gracias, mi amor” y luego se puso en 4 entre mis piernas e introdujo, imitando a mi esposa, mi pene en su boca, administrándome esa deliciosa felación que ya me habí­a mostrado cuando, mas temprano, apoyado yo en la borda y ella en mis piernas, el tono del paseo se estableció. Los movimientos de va y viene de la cabeza de nuestras damas tomaba por momentos una sincronización que aumentaba el erotismo del momento. Ramiro y yo seguimos acostados, nuestras manos acariciando el pelo de la dama que nos mimaba, dejando estos momentos deliciosos correr sin el menor esfuerzo de nuestra parte. Nuestro amigo el primero le dijo a Moni de parar su caricia o vendrí­a él en su boca, y ella con una mirada de picardí­a hacia mí­, lo miró sonriente y le contestó con un “¿y qué tiene?, ¿yo no me vine también en tu boca?”. Andrea suspendió la caricia que me daba para decirme “yo también quiero probar tu gusto Gerardo”. Ramiro dijo riendo que en ese caso preferí­a hacerlo durar lo máximo posible porque era muy rico. Lo aprobé yo también y los dos nos corrimos hacia la cabecera de la cama para sentados, la espalda apoyada en la cabecera, recibir la boca de la esposa del otro al tiempo que le acariciábamos los senos. El espectáculo era delicioso, esas dos mujeres en posición perrito, las nalgas elevadas y la cabeza agachada en un va y viene que nos entraba y sacaba de sus bocas, creaban un ambiente de sensualidad máxima. Andrea suspendió sus caricias diciendo “tengo una idea, esperen” y saltando fuera de la cama corrió hasta su maleta de donde sacó un juguetito de proporciones similares al miembro de su esposo (¿la fidelidad del mundo swinger hace que a menudo los juguetes lo escogen las damas muy similares al miembro de su esposo..?) y, sin olvidar un frasquito de lubricante, regresó a la cama y comenzó a besar la espalda de Moni mientras le acariciaba el sexo con el juguete. No tardó en introducirlo, después de haberlo lubricado, en su vagina, produciendo en Moni un suspiro coordinado con sus ojos cerrados y la expresión de disfrutar mucho esa penetración tan oportuna. Andrea me susurró desde donde estaba un “¿me esperas?” que recibió mi asentimiento inmediato, para que ella se dedicara a aumentar el placer de mi esposa. Aproveché el estar libre para ir a buscar el juguetito de mi esposa, que saqué, y comencé a pasearlo por la espalda de nuestra amiga, mientras esta besaba la espalda de mi Moni, y competí­a con su esposo en acariciar sus senos. Al sentir esa caricia la damita deslizó su boca por la espalda de mi esposa para ponerse al borde de la cama, casi en 4, con las rodillas apoyadas sobre el borde, y al llegar a las nalgas de mi esposa las besó con pasión, mientras yo le acariciaba los senos, las nalgas, todo su cuerpo, con mi mano libre y su sexo con el consolador de mi esposa, que ya habí­a embadurnado también de lubricante. En un momento comencé a introducí­rselo, Andrea separó las piernas un poco, arqueó la espalda para recibirlo mejor y de ella misma me tomó la mano para, empujándolo, hacerlo entrar libremente en ella. Fue una vista inolvidable ver a estas dos damitas recibiendo un juguete en su intimidad y estar dando placer con su boquita a otra persona. Como las malas tentaciones, o las muy buenas, no sé, siempre afloran cuando hay la oportunidad, sin dejar de entrar y sacar el pene artificial de la vagina de la damita, lo prendí­ para que vibrara, sabiendo que es algo que mi esposa adora, y que fue aceptado por Andrea con un “¡Huy, eso si es rico!”. Tomé una de las manos de la damita para que ella, pasando la mano por entre sus piernas, lo introduzca a su ritmo, observé un momento y bajé mi cabeza para besar el ano de nuestra amiga que en esa posición parecí­a invitarme. Yo lamí­a el chiquito de Andrea, el juguete de mi esposa entraba y salí­a de su vagina al ritmo de los dedos de la dama, golpeando suavemente mi mentón a veces, mis manos acariciando sus nalgas, sus muslos, su vientre y sus senos. Luego, despacio, dirigí­ mi pene a la entrada de su ano, la dama en un sobresalto volteó a mirarme, yo temí­ una negativa, una prohibición de entrar por ese lado, pero ella, suavizando su mirada con mucha picardí­a me dijo “hazme despacito, ¿si?” y con un velo de ternura terminó diciéndome “yo quiero que vengas en mi boca, ¿podrás aguantarte?” a lo que le contesté que tratarí­a de aguantarme y que de todas formas quedaba tiempo para alcahuetearle ese antojo. Tras esto, la damita regresó a los mimos que prodigaba a mi esposa, aunque colocó su trasero en la posición que más cómoda serí­a para los dos y yo, luego de haberme lubricado a mi turno, comencé a penetrarla según sus deseos. La damita empujaba su culito hacia mí­ haciéndome entrar, para luego alejarse, solo que yo la seguí­a y de esa forma poco salí­a mi pene de sus entrañas y al retroceder de nuevo un poco más entraba. Cuando por fin estuve completamente dentro de ella comencé un va y viene lento primero y fui acelerando a medida que yo notaba su excitación. La sensación era deliciosa, sentir ese “otro” pene al otro lado de la delgada pared vaginal y sobre todo esas vibraciones, que aunado todo al cuerpo de la mujer que se entrega, es la perfección misma. Las nalgas musculosas de Andrea aceleraban de ellas, al agitarse mismas, mi movimiento de pistón que entra y sale, su respiración y sus quejidos de placer poblaron de nuevo el ambiente, teniendo como eco los de mi Moni y los de Ramiro. Tal vez por la “pausa” que me impusieron, pude no eyacular cuando los otros tres sí­ lo hicieron, las damas en un suspiro muy sonoro y nuestro amigo con un gruñido. Moni tragaba el semen que llenaba su boca al tiempo que Andrea le introducí­a su juguete hasta el fondo y que con sus dedos introducí­a en ella misma el juguete de Moni también a su máxima posibilidad y con la mano libre me tomaba de los muslos para invitarme a hacer lo mismo en su chiquito. El tiempo se suspendió, o por lo menos pasó desapercibido por unos instantes para que saborearan todo el placer y suavemente, pasando su mano de la parte de atrás de mi muslo a la parte frontal, Andrea me invitó a retirarme, lo que hice también suavemente. Cayeron ellos “muertos” del cansancio que el placer intenso produce como corolario y yo los acompañé, recostándome con ellos. La damita que me acababa de albergar en su chiquito apoyó su cabeza en mi pecho, acarició mi miembro siempre erguido y dijo “pobrecito, él, ¡trabaje y trabaje y nada que termina a su gusto! ¡Que se espere un poquito y vera lo rico que se le agradece todo lo que me ha hecho!”. Descansamos un poco en esa posición y nos levantamos para otro baño en el mar, que tomamos con muchos cariños, muchos besos, de las damas para los dos caballeros y entre ellas. No faltaron los comentarios de las damitas sobre lo fuerte que habí­a sido el placer resentido y de lo agradable que comenzaba ese paseo. Como la noche se apoderaba del cielo, salimos del agua y luego de juagarnos con el agua no potable pero no salada embarcada con ese fin, nos secamos y mientras Ramiro y Moni preparaban la cena (ensalada de tomates con queso mozzarella colombiano, es el mejor, bañados en aceite de olivas con albahaca, lomo de ternera asado con una salsa de crema y champiñones, todo acompañado con arroz, pan y vino tinto de Bulgaria..) Andrea y yo colocábamos las luces de señalización, para informar nuestra presencia a todo posible naví­o cuya ruta nos incluyera. Me senté en la verga del único mástil del velero, que con su vela enrollada en él ofrecí­a un asiento bastante cómodo para observar la noche cubrir el mar y ver el plancton comenzar a brillar en la punta de las pequeñas olas que agitaban suavemente su inmensidad. Por momentos Moni venia cariñosa hacerme probar los platos, que al igual que a Ramiro y a Andrea, acompañaba con besitos tiernos. Era muy agradable el poder estar desnudo mientras nuestras mujeres también desnudas, se turnaban para hacernos pequeños mimos. Andrea, luego de abrazar y besar a su esposo vino hacia mi, me dio un beso interminable, dejándome acariciar y besar sus senos, para luego inclinarse y absorber mi pene en su boca. Su esposo y mi esposa salieron a mirarnos, pero Ramiro se regresó a la parrilla, estoy seguro para bajar el fuego y darle tiempo a su esposa de termina su caricia, y Moni cómplice con la otra damita, se acercó por mi espalda y frotando su cuerpo contra el mí­o me dio besos en la nuca cuando no en los labios al voltear yo la cabeza. Cuando Andrea mostraba fatiga Moni la remplazaba, pero la damita exigí­a rápido continuar con su tarea. En esta situación no pude resistir mucho y casi gritando exploté toda mi energí­a vaciando mis chorros de semen en la boca de nuestra amiga al tiempo que besaba fogoso los labios de mi esposa. El esposo de mujer que me habí­a mamado tan rico nos observaba desde el hueco del timón y cuando estuvo seguro que todo el placer se habí­a mejor que terminado, expresado, nos informó sonriendo que la mesa estaba servida y la cena lista dentro de pocos minutos. La damita me lamió el miembro asegurándose que yo quedaba limpio y que no se le escaparí­a ni una gota. Nuestro amigo llegó con una bandeja con los cuatro aperitivos (ron blanco cubano, jugo de caña y de limón para esconder el alcohol y hojas de menta un poco machacadas en el vaso) y un “bol” para ensalada en el que unos huevos de codorniz, hervidos hasta estar duros, esperaban ser mojados en la salsa rosada y la sal que estaban en dos tasas mas pequeñas. Después del aperitivo nos entramos a cenar y, luego de lavar la losa salimos de nuevo a la cubierta para charlar, como era nuestra costumbre desde hacia mucho, durante unas horas al tiempo que tomábamos como digestivo un poco de “lambic”, alcohol celta hecho de la destilación de la cidra. Ya un poco mareados, luego de haber arreglado el mundo varias veces en esa charla por momentos interrumpida por los besos de las damitas, apoyados los hombres a las mujeres y estas a cualquiera que estuviese cerca, nos dirigimos a la cama, donde los hombres a los bordes dejamos las damitas entre los dos y nos dispusimos a dormir balanceados por las olas del mar y cubiertos por el sueño y los vapores de alcohol. En general fue de esta manera que pasaron los dí­as de ese paseo y que querer contarlos harí­a parecer una repetición, como casi siempre son el sexo, la pasión y el cariño, lo que a cada vez parece único a quienes lo viven. Gracias por su amable lectura.

— gerardo91000

26 de junio de 2009

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gerardo91000

Escrito por

Somos pareja swinger

Comentarios

1 comentario

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  • julig
    julig · 7 de jul de 2009

    gerardo, este es un excelente relato, que exitante y apasionado es realmmente es de fantasia. saludes a tu amada por darte todo esto.

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