Antes de ir a cenar en algún sitio de picadas y de carne asada fuimos pues a comprar los preservativos, Diego conduciendo, mi esposa Moni a su lado y nosotros, sus respectivos cónyuges, en la parte de atrás. En el camino veíamos que los brazos de los de adelante se estiraban para acariciar la entre pierna de la persona que estaba al lado, mientras detrás, mucho más cómodos, Luna y yo nos besábamos y nos acariciábamos con un poco de pudor, puesto que el carro no tiene vidrios opacos. Llegamos al centro de Pereira, nos parqueamos en el Lago y fuimos Diego y yo a la farmacia que queda en una esquina, mientras las damitas nos esperaban en el carro. Llegamos y una señora muy amable, joven y con la sonrisa comercial de este tipo de negocio nos atendió. Cuando le dijimos que buscábamos preservativos nos sacó como 6 modelos distintos: de sabor de fresa, de sabor de limón, con arruguitas, con puntitas, súper sensibles, normales.. Me di el gusto de hacerla enrojecer un poco cuando le pregunté cuales eran los que ella prefería, lo que se negó a contestar y terminamos comprando de los normales. Al llegar al carro, Diego me dijo que iba a comprar algo (supongo que cigarrillos) que me dejaba la misión de convencerlas de irnos para su casa, ya que los hijos estaban donde los suegros. Entré pues al carro y les dije que Diego ya llegaba, pasándole a Luna el paquete con la compra. Le tomé la mano a esta damita y le pregunté si podíamos ir a su casa después de cenar, hablando alto para que Moni se entere y las dos accedieron a la idea. Fuimos pues a comer la carne asada, y con la calma de quien no tiene prisa, que sabe que todo llega, nos demoramos casi hora y media en la cena charlando mientras nuestras piernas se tocaban bajo la mesa. Después nos fuimos a casa de ellos y al llegar dispuso Diego los sillones en un circulo al frente de la televisión y se opuso rotundamente, con una sonrisa de picardía, a que yo llevara una mesa, quedando un amplio espacio vacío al frente de la pantalla mural. Luna mientras tanto, con Moni como ayudante, preparaba un cóctel y nos sentamos a ver unos “clips” de música un poco sensual, bachata y esas cosas. Los dueños de la casa comenzaron una discusión, entre risas y protestas, sobre algo que no comprendíamos bien Moni y yo, pero sabiendo que sería necesariamente agradable. Por fin Luna cedió y entró en la habitación contigua mientras que Diego, con una amplia sonrisa de satisfacción nos dijo que la linda nos haría un show. Yo que estaba sentado al frente de la puerta de la pieza, que había quedado abierta, veía poco, puesto que se ocultaba de mí, a Luna, que se ensayaba prendas de “salto de cama” muy vaporosas y que las sometía al juicio de Diego. Finalmente apareció ella hermosísima, con un baby doll y pantis rojos que resaltaban su piel morena, recién bronceada y enmarcaban sus senos libres, nada disimulados, bajo la gasa de la blusa. Escogió Diego una canción y Luna comenzó a bailar, de manera provocativa, agitando su cuerpito, especialmente las nalguitas, al compás acelerado de la música. La temperatura subió de 40 grados de inmediato, y nosotros nos quedamos en silencio observándola. En el baile se acercó a su esposo, como para que él indicara la pauta de la velada, quien quedándose sentado le acarició las piernas, que tiene largas, delgadas sin ser flacas, un poco musculosas. Luego, sin dejar de bailar, se acercó a Moni quien igualmente le acarició los muslos y por fin a mí. Después que yo le acaricié igualmente las piernas, ella me dio la espalda, sin alejarse y movía sus nalguitas rico al frente mío. Sin autorización para ir “más lejos” yo me limitaba a acariciarle sus piernas, pero ella tomó mis manos y me las puso en sus glúteos, que me apresuré a acariciar con gusto. Me dejó saborear sus nalguitas agitadas por sus movimientos unos instantes y como si escapara se alejó de mí, huyendo hacia Moni, a la que le repitió la dosis. Mi esposa, con los ojos brillantes de excitación le acariciaba las nalgas, y atrevida, le acarició incluso la cuquita por encima de sus pantys. Luna, lejos de formalizarse, abrió sus piernas para ponerse, siempre de pie, entre las rodillas de mi Moni, y siguió su baile. Escapó por fin hacia su esposo, el cual, enderezándose más, le acarició los senos guardando la seda entre sus manos y ellos. La linda, de pie, las piernas separadas, las rodillas un poco dobladas para facilitarle el acceso a su pecho, sacudía su cadera de manera deliciosamente sensual. Mi turno siguió, cuando me iba a enderezar ella me hizo seña que me quedase apoltronado y con una sonrisa en su linda cara me bailó unos instantes de frente y luego, dándome la espalda, se sentó sobre mis piernas, con sus nalguitas moviéndose sobre mis genitales, lo que aproveché para acariciarle los senos no solo sobre la seda, sino que entrando mi mano atrevida por debajo, lo hice sobre la carne. Los sentía suaves, calientes y con la puntita erguida, y sus movimientos de torso los hacía acariciarse contra mis manos. En un momento ella se recostó contra mi pecho, lo que aproveche para besarle el cuello, bajo la oreja derecha, y ella inclinándose hacia su izquierda, me permitió hacerlo con comodidad. Una de mis manos se reposó en su muslo y subió reptando por su anatomía, hasta su entrepierna que comence a acariciar por encima de la seda, lo que le hizo abrir un poco más las piernas, dejándome un acceso completo a su cuquita. Cuando encontré su gallito, sus movimientos de cadera se hicieron mucho más lentos, pero permitiendo a su clítoris frotarse contra mis dedos suavemente. Sintiendo que monopolizaba yo a la artista me resigné a que ella se levantara y fuera hacia mi esposa, con la que repitió lo que me había dado. Por momentos Luna miraba a su esposo con una ternura enorme, solo desmentida por la sonrisa de lujuria que separaba sus labios y a mí, con la misma sonrisa, y, creo yo, con mucha complicidad. Mi esposa le besaba la espalda, aferrada a su seno derecho, mientras que con su mano izquierda hurgaba en su panty en búsqueda de algo, que al encontrarlo hizo que Luna se recostara contra ella, casi sobre su hombro derecho, y abriendo las piernas sacudiera sus caderas en un mapalé de adelante hacia atrás, que hacia avanzar y retroceder su sexo y la mano de mi esposa puesta sobre él. Con los ojos vidriosos, pero todos teníamos ya los ojos vidriosos, se fue hacia su esposo y sin dejar de bailar, se inclinó hacia él y le dio un largo beso que sin poder dejar de ser sensual en esa situación, fue sobre todo muy tierno. Regresó nuestra heroína al centro del espacio libre y comenzó, al ritmo de la música, a despojarse de sus prendas, primero la blusa, que cayó en mi cabeza, y después de un momento larguísimo, la parte baja se deslizó hacia sus pies, llevada por sus manos, la gravedad y el ritmo de su baile, hasta que aterrizó en la mano de su esposo, para quedar completamente desnuda. Siempre bailando, miraba a Diego de reojo, dándome la espalda, luego, volteando frente a mí, sonriendo y paseando sus manos por la parte exterior de sus piernas, luego el vientre, terminando en sus senos, para bajar de nuevo, inclinándose un poco hacia delante, acariciar su sexo con una mano mientras la otra acariciaba la parte interna de sus muslos, cambiando de mano un poco después. Sus piernas abiertas, con la derecha un poco atrás de la otra, le permitían, según la música y su baile, quedar por momentos casi frente a mí, y por momentos frente a Moni. Ella no olvidaba a su esposo, al que miraba a menudo, pero solo volteando la cabeza hacia él. Por fin se avanzó hacia Moni, la tomó de las manos y la obligó a bailar con ella. El cuadro era muy excitante, mi esposa, como todos los otros, aun vestida completamente, bailaba con cierta timidez, hasta que la reina de la fiesta le tomó los senos en sus manos, a lo que mi esposa respondió pasando sus brazos por su nuca y estrechándose contra ella. Una de las manos de Moni tomó a su turno uno de los senos de Luna y los labios de las dos se encontraron en un beso en el que a veces las lenguas escapaban fuera de los cuatro labios unidos en el ósculo para regresar a la boca de la otra nena en búsqueda de caricias a prodigar y a recibir. Poco a poco la ropa de mi esposa volaba y aterrizaba sobre los dos caballeros de manera indiferente. A estas alturas mi esposa no mostraba ninguna timidez, los ojos cerrados, se entregaba completamente a dar y a recibir caricias. Es así, que las dos completamente desnudas, bailaban, de manera muy poco agitada ya, toca confesarlo, y no dejaban de besarse, salvo para mamar como terneritas algún seno de la otra y con las manos acariciaban ya los senos, ya las nalgas, ya el sexo de la otra. Luna empujó a Moni hacia el diván en donde ésta estaba sentada antes, le abrió las piernas, y poniéndose en cuclillas le comenzó a besar la vagina. Mi esposa abrió completamente sus piernas, pasándolas por encima de los hombros de Luna, se recostó hacia atrás y con una mano sobre la cabeza de la linda, se dedicó a recibir esta caricia que tanto le gusta. La cara de mi Moni, hermosa en sus muecas de placer, solo mostraba lo feliz que estaba, lo manifestaba también con sus profundos suspiros, sus quejitas lúbricas y sus “qué rico”, “qué rico” esporádicos. Diego y yo, excitados a un grado enorme, respetamos ese momento de placer mutuo que se daban nuestras esposas. Luna seguía lamiendo la cuquita de Moni, por momentos con sus dedos le abría los labios vulvares, como para mejor acariciar con su lengua el clítoris de mi esposa, por momentos los introducía en su vagina para mimarle el interior. Cuando mi esposa tuvo el orgasmo, Luna hizo su caricia más lenta, como acompañándola en su regreso al mundo normal. Mi esposa le retiró su cabeza de entre las piernas, se enderezó y la besó con mucha pasión, lamiéndole los labios y alrededor de la boca, forma primitiva de agradecimiento, supongo para luego, tomarla de la mano y hacerla sentar en el mismo diván en que se encontraba y después de un largo beso en el que le acariciaba los senos, deslizó su boca por su cuerpo, besando cada seno de manera especial y terminando sentada en el suelo, se dispuso a honorar la cuquita de Luna. El pelo un poco crespo de mi esposa nos impedía ver en detalle lo que esta hacia con su boca, pero la cara de placer de Luna era evidente. La halagada tenia los ojos a medio cerrar, la boca entre abierta y como mi esposa momentos antes, exhalaba grititos de “qué delicia”, suspiros profundos y por instantes respiraciones fuertes que la hacían estirarse como al recibir la corriente cuando mi esposa le acariciaba algún punto especialmente sensible. Cuando su orgasmo se hizo inminente, se enderezó y quiso acomodar a Moni en el diván para un 69, pero era evidente que no cabían las dos en él. Desconcertadas, incapaces de razonar sin perder su excitación, miraron a sus hombres desamparadas. Nosotros de inmediato nos pusimos de pie, y cada uno tomando a la esposa del otro por la mano, las llevamos a la cama, como si estuviesen borrachas, no de alcohol, pero sí de pasión. De inmediato tomaron la postura que deseaban, de medio lado las dos, y la cabeza de cada una sumergidas entre las piernas de la otra se afanaba a gustar esos líquidos y a besar esos otros labios que las mujeres saben besarse tan bien. Mientras tanto Diego y yo mirábamos complacidos y terriblemente excitados. Para que estos relatos no sean demasiado largos paro aquí y lo continuaré en otro momento si no les disgusta esta historia. Perdonen el exceso de detalles, pero siendo una historia real y reciente, para mí cada detalle, grabado en mi memoria con agradecimiento hacia Luna y Moni, me parece de suma importancia.

Relato de comunidad Intercambiosschedule 10 min de lectura calendar_today Marzo de 2010
Luna 3
Antes de ir a cenar en algún sitio de picadas y de carne asada fuimos pues a comprar los preservativos, Diego conduciendo, mi esposa Moni a su lado y nosotros, sus respectivos cónyuges, en la parte de atrás. En el camino veíamos que los brazos de los de adelante se estiraban para acariciar la....
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