Varias Semanas Bien Organizadas Entre Dos Parejas I
Relato de comunidad Intercambiosschedule 10 min de lectura calendar_today Noviembre de 2010

Varias Semanas Bien Organizadas Entre Dos Parejas I

Apenas llegado a Europa, hace muchos años, estuve en un campo naturista (sitio en donde se debe estar tan desnudo, como la temperatura lo permita), llamado Cap d’Agde, no lejos de la ciudad mediterránea de Montpellier, en donde me sentía muy a gusto. Si bien el sexo publico, desde la....

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Apenas llegado a Europa, hace muchos años, estuve en un campo naturista (sitio en donde se debe estar tan desnudo, como la temperatura lo permita), llamado Cap d’Agde, no lejos de la ciudad mediterránea de Montpellier, en donde me sentía muy a gusto. Si bien el sexo publico, desde la seducción hasta los gestos de “más que ternura” son completamente proscritos, la libertad que se siente de no requerir vestidos llena el espíritu de desprecio hacia todo lo superfluo. Fuera de que se estaba con los mismos atuendos con los que nacimos, una cierta confianza y complicidad se establecía entre todos, aunque el acceso al sexo simple se dificultaba mucho porque la desnudez, como prueba de confianza, es una barrera difícil a escalar. Para resumirme, lo mejor en estos sitios es gozar de la belleza descubierta de ciertas damitas y saber admirar la belleza de la abuelita que camina tranquila mostrando sus nalguitas arrugadas y sus senos a la cintura. Para satisfacer apetitos menos espirituales, es mejor llevar consigo la persona que nos permita anegar esa sed o prepararse solo a un amor romántico con una sola persona. La sospecha de ser un enamorado de varias damas significa, en estos sitios, ser invitado a ¡irse en el acto! Había tomado yo, pues, la costumbre de ir a trabajar en alguna de las empresas que en ese sitio florecían, los cuatro meses de las vacaciones escolares de verano de cada año. Cuando tenia alguna amiga me daba el gusto de llevarla conmigo o soportaba mi soledad en el caso contrario.

Frecuentaba, durante los meses fríos, en París, un club de suecos, con un sauna enorme que en la terraza de un edificio tenía piscina y jardín. El lector puede imaginar que en esos inviernos de 20 grados bajo cero, normales en aquel entonces, poder hacerse cocinar a 110° en el sauna permite esperar con paciencia que el sol regrese a calentarnos con sus rayos generosos. El ambiente era, desde luego, completamente naturista también, con sus libertades “anti textiles” y su moral y ética estrictas. De estos sitios sale uno completamente relajado (todo músculo que no se relaje quema) y dispuesto a trabajar en el hotel donde ganaba de qué comer y estudiar el tiempo que no dormía.

En este sitio tenía, entre otros, unos amigos de buena cultura y por sus actividades más culturales que rentables, tampoco gozaban de grandes recursos. Apreciaba muy especialmente una parejita con la damita hermosa y una amiga con la que tenía yo gran confianza. Para presentarlos, y nombrarlos de alguna manera, llamemos a la pareja André y Mireille y a mi amiga Chantal. Mireille era rubia, con muy bonito cuerpo y unos senos que en la norma europea son grandes. Chantal, mestiza, con ciertos aires de latina, tenia un cuerpo sexy, senos generosos, erguidos a fuerza de juventud y gimnasia, pelo un poco crespo que le caía en cascada más abajo que los hombros y una sonrisa que iluminaba el espacio de su nácar brillante. Con ellos coincidíamos en muchos puntos, especialmente en la incomprensión hacia los habitantes de estas regiones que no gustan del baño cotidiano y que incluso aprecian ciertos olores corporales que a los colombianos nos parecen insoportables. Si Chantal era muy próxima de André y de Mireille, con ella tenía yo una gran complicidad y llenábamos el tiempo que pasábamos juntos no solo con la desnudez que ya ofrecíamos hacia el otro en el sauna, sino que también con la desnudes de nuestras almas. Libábamos pues esa posibilidad de contar con la amistad del otro independientemente de nuestros defectos y de nuestras opiniones. Sin nada qué guardar hacia el otro, nuestra relación superaba lo que se llama comúnmente “amor” y gozábamos de lo que yo llamo “amistad”, término que puede soportar más de una definición.

En una ocasión que salimos de fiesta Chantal y yo, por lo tarde de la salida de la discoteca me quedé a dormir en su apartamento, en su cama, como cada vez que nos quedábamos el uno donde el otro, y esa vez, por la primera vez, hicimos el amor, a su iniciativa, con mucha dulzura, expresando con gestos y caricias una ternura que ya conocíamos por mil otros signos desde antes.

Acabando de llegar de la fiesta, cuando reposábamos desnudos el uno al lado del otro, ella volteándose hacia mí, me dijo, en francés, que me permito traducir libremente a una versión bien colombiana, muy seria que quería hacer el amor conmigo, que “si no me molestaba que lo deseara”. Riendo le dije que no veía yo en qué nuestra amistad sería amputada en algo porque nos dábamos placer, que solo podía ser completada. Nos abrazamos y nos besamos, con timidez casi al principio y luego, poco a poco con pasión. Nuestras lenguas de acariciadoras se hicieron agresivamente invasoras y nuestro abrazo de tierno se endureció mostrando sin trabas la excitación que nos llenaba. Fue extraño acariciar sus senos sabiendo desde tiempo antes como le gustaría que se los acariciara, acariciar ese cuerpo tantas veces visto, y por fin, besar su sexo que no tenia, fuera de su gusto y su olor, otros secretos hacia mí. Como amigos de tiempo atrás, buscamos cada uno el placer del otro sabiendo que el nuestro dependía de voluntad ajena. Cuando ella estuvo al borde del clímax ante mis besos a su vagina y a su clítoris, quiso la linda alejarme, pero insistí para recibirla en mi boca, a lo que ella cedió entregándose sin tapujos. Sus caderas vinieron a encontrar mi lengua, mi boca e incluso mi mentón, sus muslos encerraron mi cabeza y sus manos acariciaban mi pelo y la parte que de mi cara que sus piernas dejaban a su alcance.

Cuando subí para besar de nuevo sus senos que yo veía a lo lejos desde su entre pierna, ella las guardo abiertas y su mano se deslizo entre los dos para tomar mi pene y me dijo “me perdonas si no te lo chupo ahorita, pero ¡tengo unas ganas de sentirte dentro!”. Sonriendo me dejé guiar a su interior en donde sus líquidos me esperaban para dejarme entrar entre sus labios que temblorosos me esperaban. Esta simple posición del misionero fue endulzada por los besos abundantes que nos dábamos y las caricias que nuestras manos nos prodigaban, las suyas a mi espalda y las mías a sus senos, a su cara, a todita ella. En un momento en que abrazadas mis piernas por las de ella, la bella, apoyada de esta forma sobre mí, su cadera buscando acelerar el ritmo de mis penetraciones, me dijo con una sonrisita si la podía mirar en el momento del orgasmo para que le dijera luego la cara que hacia. Pude contarle luego que una venita se formaba en su frente, que sus ojos se entre cerraban y que toda su cara se convertía en una mascara de pasión deliciosa a mirar. Esta aparición de la confianza entre nosotros me encantó y me animó para buscar el ritmo que mejor la satisficiera y poder darle gusto en nuestra complicidad. Ella me sonrió y cuando yo ya venía se abrió completamente de piernas y me recibió con otro orgasmo, pequeño, pero sus brazos alrededor de mi cabeza le permitían besarme mil veces con ternura como si yo fuera un bebe que una madre atenta premia, mientras me decía con cariño “si Gerardo, ven, vente todito” y susurrando a mi oído me dijo “te siento como me llenas, ¡qué rico!”. De esa forma hicimos este acto que más que de amor fue de amistad.

Terminamos satisfechos aunque el deseo de lo “prohibido”, esa parte del sexo que no es solo confianza ni ternura nos faltó. Lo hablamos abrazados y llegamos al acuerdo que nos sería imposible tener hacia el otro, estando los dos solos, esa agresividad y esa ausencia de respeto que nos permite abrir puertas que no por estar cerradas esperan menos ser violadas. Al despertar preparamos el desayuno y charlamos un rato, siempre desnudos, pero en un acuerdo tácito nos comportamos mucho más tiernos que de costumbre pero sin ninguna referencia sexual, salvo en un momento en que ella me abrazó y me dijo: “te quiero más que antes pero de igual manera, fue lindo y espero comenzar de nuevo otra vez, pero en situaciones con más libertad”. Cuando le dije que no entendía me sonrió y me prometió que haría todo lo posible por vivir lo que quería. No insistí con las preguntas que me asaltaban y al despedirme ella, siempre desnuda se apretó contra mí, me abrazó con fuerza de todo su cuerpo, me susurró un “gracias querido” a mi oreja y terminó todo con un beso tierno en mi mejilla. Evité cometer el error de gustar de nuevo a sus labios y esos sentimientos que siendo tan amigos no se podían expresar mientras hubiese dudas sobre ellos, se expresaron en la mirada intensa que nos otorgamos mientras ella cerraba la puerta de su casa al irme yo.

Las veces que nos vimos de nuevo, ya sea con la pareja de amigos, con otros o los dos solos, no mencionamos en ningún momento los instantes ya vividos esa noche. Incluso una vez que estuvimos en una reunión cerca de mi casa, Chantal dijo con autoridad que se quedaría a dormir en mi casa si ninguna otra dama pensaba ocupar ese puesto en mi cama. Como yo estaba condenado a dormir solo esa noche no hubo ninguna objeción. Era evidente también que para los presentes, el que ella y yo durmiéramos juntos no implicaba ninguna otra cosa que dormir, como decían algunos: “esos dos son demasiado amigos para esconder algo y sin esconder nada el sexo es muy difícil”. Esa noche, siempre callando los momentos pasados tan especiales, dormimos los dos desnudos, el uno al lado del otro, su cabeza sobre mi hombro sin ninguna otra actividad que la de honorar a Morfeo. Antes de acostarse nos habíamos duchado, ella lavó sus calzoncitos y puesto a secar para el otro día, siempre charlando y haciendo resaltar, por esa “indiferencia” tan acentuada, a cada instante, que nuestra amistad no había sido transformada por el sexo y esos besos y esas caricias compartidos. Por extraño que parezca, no me sentí en absoluto frustrado, mejor aun, a cada instante en que se confirmaba nuestra amistad, la sensación de ganar mucho al cambio me llenó, al igual que por algunas frases por ella dichas, la espera de la realización de sus planes se avivó. Si hacíamos algo de nuevo juntos nuestra amistad nos haría cómplices, pero cómplices hacia terceros, entre nosotros la misma complicidad nos negaba situaciones poco claras.

Al acercarse el verano de nuevo la pareja, Mireille y André, y Chantal, me propusieron que nos fuéramos a trabajar el verano a Cap d’Agde y que para eso alquiláramos los cuatro un solo apartamento. Si la razón oficial fue compartir los gastos, la sonrisa de malicia entre las damitas y la sonrisa cómplice del esposo de Mireille me dejó comprender que no nos limitaríamos al ahorro en las ventajas de esa cohabitación. Aceptando de inmediato, cada cual se ocuparía de conseguir su trabajo. Eran un poco clasistas en Cap d’Agde y sin una recomendación la aceptación de una nueva persona era un poco difícil, lo que no comprendo, puesto que en pleno verano éramos más de 200 mil personas viviendo allá. Me dispuse pues a llamar al presidente de la asociación y Chantal me pidió que la dejara ocuparse del alojamiento. Desde luego, de inmediato pensé que si las damitas se ocupaban de ese aspecto, por lo menos escaparíamos todos a las criticas sobre la casa en la que viviríamos, por lo que acepté gustoso. A lo anterior podemos agregar que sabiendo lo allegada a la pareja que era Chantal, su elección se portaría sobre algo en lo que ellos estén completamente de acuerdo. Yo por mi parte me adapto a cualquier cosa, muchos años viviendo en tienda de campaña, incluso en el simple suelo a menudo, me permitían no ser exigente en absoluto.

Los días pasaron sin novedad hasta el momento en que salimos los cuatro, en tren, hacia el sur, para comenzar nuestro verano activo. Estas son cosas que les contaré en el próximo relato.

— gerardo91000

6 de noviembre de 2010

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