Era un viernes, bien entrada la tarde, cuando nos subimos al tren en dirección a Montpellier, donde nos esperaba el carro de la pareja compuesta por Mireille y André, que lo habían enviado la víspera en un tren especializado. Tal como lo hacíamos cada vez que nos reuníamos, charlamos riendo durante todo el viaje, sin nada que permitiera prejuzgar de algo distinto a nuestra muy formal amistad. Si Chantal, sentada a mi lado en sillas que se miran una a otra, se apoyaba a mi cuerpo sin falso pudor, era la actitud que tenia siempre conmigo, por lo que pensé que viviríamos algo agradable pero en nada inolvidable. Los trenes de gran velocidad no existían aun, y llegamos al día siguiente por la mañana y fuera de la estación del tren nos esperaba, en el parqueadero, el carro de la parejita. Subimos las maletas y nuestros cuerpos y nos fuimos para Cap d’Agde, en donde nos esperaban para una hora después.
Cuando llegamos nos recibió la propietaria del sitio, la cual ya había sido pagada por giro por el primer mes y procedió a entregarnos las llaves, un juego para cada uno y a mostrarnos el apartamento.Éste, en el cuarto piso, con ascensor, se componía de una sala, una cocina estilo americano que se encontraba a la continuación de la sala, de dos baños, uno pequeño con ducha simple y otro enorme con una bañera redonda en yacusi en la que cabíamos sin problemas los cuatro. Los inodoros, dos, estaban aparte y tres habitaciones, dos con camas dobles “normales” y una muy amplia, con cama estilo italiano, cuadrada, con más de dos metros de ancho y otros de largo. Cuando quise instalarme en esta pieza, Chantal me tomó del brazo (mis manos ocupadas con mis maletas) y con un “no querido, nosotros estamos en otra” me llevó a una de las pequeñas. Me gustó que estuviésemos juntos en la misma habitación ella y yo, pero me pareció que no era necesario dejar la grande a nuestros amigos, sin embargo en mi papel de hombre colombiano acepté la decisión de la dama sin protestar en absoluto, sabiendo que ellos tres siempre gustaban de las cosas planeadas con el mayor detalle posible. Disimulé mi sorpresa cuando vi a Mireille y a André dirigirse ellos también a la otra habitación pequeña dejando todos la grande vacía.
Una vez que entramos nuestras maletas, Chantal me abrazó y me dijo, “son cuatro meses con nuevas reglas, ¿aceptas?” Sonreí y le contesté que desde luego, y un “tú decides siempre” se perdió en mi abrazo y el beso tierno que nos dimos. Me emocionó la mirada de plegaria de mi amiga adorada, como si temiese de mi parte un rechazo. Eso me hizo pensar que en realidad no compartíamos tanto la profundidad de nuestras almas, aunque ¿todo este viaje no era un intento para compartirlo todo? Lo que sí quedó claro era que las sorpresas para conmigo podían ser muchas y que esta linda mujer ya había planeado todo y con antelación, aunque la complicidad de por lo menos una de las personas de la otra pareja era también evidente. Cuando en ese beso mis manos bajaron a acariciar sus nalguitas ella no se retiró, pero al cabo de unos instantes se separó para comenzar a vaciar sus maletas en la mitad del armario incorporado al muro y que ocupaba toda la pared que dejaba libre la puerta de acceso. La pared en ángulo con ésta la monopolizaba la cabecera del lecho, dejando los nocheros un pequeño espacio, por un lado con el armario y por el otro con la pared que estaba en común con la de la pareja de amigos. La pared del frente era inexistente, compuesta de un gran ventanal con puertas que daban acceso a un balcón que se extendía hasta la habitación de nuestros amigos. Este acceso se reveló cuando corrimos las enormes cortinas que lo ocultaban.
Apenas terminamos de colocar nuestra ropa y libros nos miramos, ella con los ojos brillantes y como dos adolescentes caímos cada uno en los brazos del otro para un beso apasionado que fue interrumpido por Mireille que tamborileaba a la ventana para hacerse abrir la puerta. Chantal un poco ruborizada se separó de mí con una sonrisita casi tímida que la hizo parecer muy juvenil y al abrir la puerta la esposa de André nos dijo riendo “¿ya comenzaron las vacaciones?”. La inoportuna venía para ver nuestra habitación e invitarnos a ver la de ellos e invitarnos a salir a la playa y almorzar fuera. Nos quedamos pues en la playa hasta tarde, aunque el cansancio del viaje nos hizo regresar temprano al apartamento.
Después de haber preparado algo de cenar nos acostamos todos pues, como ya lo dije, el cansancio nos ganaba después de todo ese viaje. La linda Chantal como de costumbre se desnudó delante de mí sin ocultarse en absoluto pero se acostó sin dar señas de solicitar mis halagos, salvo un beso, esta vez en mi boca. Mientras me dormía pensé que si éramos tan amigos como lo pensaba yo, me tocaba también comprender que su timidez pidiera tiempo y que en cuatro meses era lo que teníamos de sobra. Yo sabía que la linda era muy lanzada para las cosas de sexo con todos los hombres con los que había estado y no pude evitar sentirme halagado que estar conmigo le produjera tanta complicación. Antes de dormirme decidí que sería paciente y que en estos cuatro meses trataría sobre todo de no hacerle temer que nuestra amistad se fragilizara para los tiempos a venir después de ello. Estos meses serán, me dije, momentos de cariño tranquilo y gratuito, un regalo que cada uno le haría al otro. Me volteé hacia ella, la abracé, sentí como se puso tensa y sin hacerle caso le murmuré a la oreja lo que acababa de pensar. Fingiendo siempre que dormía sus músculos se relajaron y cuando terminé de murmurar mi confesión de amistad sobre todo, me puse boca arriba liberándola. Ella, pocos segundos después, luego de un suspiro profundo como si saliera de profundidades insondables de su espíritu, se voltio también, me dio un beso en la mejilla y poniendo su cabeza al lado de la mía, estrechando su cuerpo contra el mío, me murmuro un “¡gracias Gerardo, estoy tan feliz!”. Así apretaditos, ella en mis brazos, abandonada como una bebita, dormimos satisfechos una noche en donde todo futuro sería siempre agradable, sin temores y sin angustias de ninguna clase.
Al día siguiente me levanté, una toalla alrededor de mi cintura, para preparar el desayuno. Un poco de panela y de chocolate del nuestro para marcar que un colombiano cocinaba y para acompañar los huevos en cacerola, preparé también unos pimentones que después de haberlos pelado en el fuego de la estufa de gas, los corté en tiras (en “juliennes” dirían los cocineros) para fritarlas en aceite de oliva con ajos picados, el todo completado con arepas que hice con la harina de maíz blanco que llevé. Cuando casi terminaba, Mireille, la esposa de André, salio de su habitación completamente desnuda, una toalla al brazo, me saludó de beso, en la mejilla, y se fue al baño a lavarse la boca y un poquito la cara. Chantal salió, me saludo de una sonrisa encantadora y al besarme se estrechó contra mí y su besito en mis labios tenía un calor superior al de la simple temperatura de su cuerpo. Poco tiempo después estábamos todos despiertos, desnudos como siempre, desayunando lo que yo les había preparado. Primero un café (recordemos que “un tinto” en Europa sería un vaso de vino, indigesto tan temprano, jeje) negro para despertar seguido todo del huevo en cacerola servido sobre una arepa de maíz blanco con los pimentones y el chocolate que acompañaba como bebida.
Después nos duchamos por turnos y salimos a la playa, a ver a nuestros futuros patrones que nos esperaban para el día siguiente lunes y después de hacer unas compras nos dirigimos a casa de nuevo donde André quería impresionarnos con su arte culinaria. Una sopa de cetas, lo que marcaría todo el almuerzo, seguida por una carne asada al carbón, en el balcón, desde luego, en una bandeja con cetas fritas con un poco de ajo y un poco de arroz. El todo pasado con pan biológico, levado con masa madre, sin levadura y con un vino de Burdeos, un Saint Emilion, que se acordaba a la perfección con el plato. Como postre una crêpe con mermelada de manzana y rodajas de las mismas que había horneado antes. Cuando poniéndole un poco de calvados las hizo flambear, le dije que semejante cena merecía una noche. A lo que él respondió que pensaba prepararnos una cena para los cuatro, pero cuando tal cena fuera de verdad más oportuna. Sin comprender bien lo que él quería decir, callé cuando los tres cambiaron la conversación de manera realmente no muy discreta.
La tarde la pasamos en la playa, y al igual que los miles de personas que se encontraban en ella, todos completamente desnudos, sin tocarnos, lo que sería muy inconveniente. Por la noche, al llegar a casa nos comimos una pizza para irnos a dormir, y una vez en el apartamento Chantal me tomó la mano y me dijo al oído “tengo sueño, vamos a acostarnos rápido”. Nuestros amigos la oyeron y sonrieron dejándonos solos al retirarse ellos también a su habitación. Cuando entramos en nuestra habitación, la bella cerró la puerta tras ella y me abrazó con una pasión que yo no le conocía. Me murmuró al oído que mis palabras de la víspera la habían hecho casi llorar de emoción y que desde ese momento se había retenido para no comerme a besos.
Cuando comencé a besar sus labios dulcemente unas lagrimas se escaparon de sus ojos y cuando le pregunté por su causa me contestó un “cuatro meses van a ser muy cortos”. Se las sequé con mis labios y regresé a gustar los de ella que se abrieron para dejar pasar su lengua que me acarició mis dientes, entrando luego en mi boca buscando la mía. Al acariciar sus nalguitas, pequeñas pero duras y paraditas, ella me apretó la nuca con sus brazos y acomodó su cuerpo pegándolo al mío. Sus senos aplastados contra mi pecho y su pubis contra mi sexo, la nena no podía ignorar cuanto la deseaba yo, puesto que le tocaba acomodar mi erección para apretar su cuerpito contra el mío. Al sentir mi excitación ella se restregó un poco y al mirarla me sonrió antes de fundirnos de nuevo en un beso que no interrumpimos ni para dejar su mano aprisionar mi pene y acariciarlo al mismo ritmo que yo lo hacia con sus nalguitas.
Como borrachos nos tambaleamos hasta la cama en donde caímos, ella sobre mí, de donde la bajé para besarla toda, tomando mi tiempo en cada seno sin dejar de acariciar el otro con la mano que me quedaba libre. Recorrí sus piernas con mis dedos, sintiendo cada músculo, cada curva y al llegar a su sexo lo encontré húmedo y sonriendo me dispuse a bajar a él sin dejar de besar su cuerpo. Mi lengua acaricio con suavidad su ombligo y más abajo, en sus ingles, ella saltó como bajo el efecto de la corriente cuando la besé apretándola. Luego de besar su pubis, recorrí sus muslos con mis labios, separé sus piernas con su colaboración para besar el interior de sus lindos pilares color canela clara y pude al fin, después de besar las dos piernas, dirigirme a la unión de ellas para gustar sus líquidos que me esperaban abundantes.
Lamí superficialmente sus labios antes de introducir mi lengua entre ellos para sacarla de nuevo y dedicarme a su clítoris que erguido no pedía ninguna otra caricia. Sin embargo me permití absorberlo con mis labios, haciendo el vacío en mi boca, y al entrar él en la cavidad formada por ellos, lamí de a poquitos su punta con mi lengua. Un “huy siiii” correspondió a mi caricia y me dejó besarla de esta manera mucho tiempo, con mis manos acariciando sus nalgas, sus piernas alrededor de mi cabeza por momentos, por otros abiertas pidiendo que la acaricie en su interior, y también, abandonando esas delicias, subían mis manos a sus senos que con las puntas duras y erectas recibían mis mimos mientras la dueña de tantas delicias se entregaba entera al placer. No sé cuantos clímax me regalo la nena durante este beso, pero en un momento me levantó la cabeza interrumpiendo mi beso y con los ojos llenos de ternura me dijo “¿me vas a matar mi amor?” y ante una nueva ola de placer, cerró los ojitos y apretándome de nuevo con sus piernas, los pies sobre mi espalda, avanzó su cadera a mis labios diciendo, entre dos quejidos de placer “en ese caso, ¡qué muerte tan rica!”.
En un momento ella se rebeló y con autoridad me llevó contra a la parte de arriba de la cama, mi cabeza sobre la almohada e inclinándose sobre mi virilidad que apuntaba al techo me tomó en su boca dándome una caricia con los labios y con la lengua, como si fuese una idólatra adorando su tótem sagrado. Después de unos minutos así, se subió sobre mí entrando mi pene en su humanidad recibiéndolo con un suspiro que se terminó con un “huy siii” de satisfacción. Ella se restregaba, su sexo contra mi vientre, haciéndome al mismo tiempo salir y entrar en ella, mientras arqueada se inclinaba contra mí. Aprovechando esto yo aprovechaba para levantar mi cabeza y besar sus pechos o su boca y en todos los casos acariciarla toda gozando de la belleza de sus ojos que brillaban de placer y de ternura. Luego de uno de sus orgasmos me dijo que le avisara cuando me fuera a venir, lo que me extrañó pues la había visto tomar los anticonceptivos que ella acostumbraba, pero accedí sin dejar de acariciarla y besarla cuando la tenia a mi alcance.
Viéndola a ella completamente satisfecha decidí dejar escapar mi pasión, lo que le dije y ella sacándome de su dulce caverna me introdujo en su boca para que en medio de mil besitos y chupadas yo estallara a su interior. Me recibió en totalidad, sin dejar escapar ni una gota, sin dejar de acariciarme suavemente con la lengua mientras yo palpitaba contra su paladar. Una vez segura de que no perdería ni una gota de mi sustancia, me miró sonriendo, sus ojos subrayados por unas ojeras de pasión satisfecha, tragó todo despacio, saboreándolo y una vez su boca vacía, me dijo que mientras yo la besaba la fantasía de recibirme en su boca se había impuesto a su mente. Luego, en voz baja, como si fuera un gran secreto, me miró y me confesó que era la primera vez que recibía el semen de un hombre en su boca. Me puso la mano en mi pecho y el azabache de sus ojos pegado a los míos, me dio un “y estoy feliz que haya sido el tuyo” para levantarse definitivamente y salir, desnuda siempre, al baño.
Me levanté también para bañarme con ella, después de dejarla lavarse los dientes y juagarse la boca de mi semen, sin muchas caricias, como si la presencia de los otros amigos, ellos en su habitación, nos impusiera cierta discreción, y regresamos abrazados a acostarnos para dormir los unos en los brazos del otro. Una idea dolorosa me acompañó antes de dormirme, pues yo también comenzaba a mirar con angustia el final de esos cuatro meses que si parecía lejano ahora, pronto sería algo inmediato y, peor aun, algo pasado. La cerré contra mi pecho, una mano en sus nalguitas y me dejé llevar por la somnolencia hasta el día siguiente.
En los siguientes relatos les contaré, si no les molesta, como se pasaron algunos de esos días, sobre todo cuando lo que ya era perfecto se hizo aun más.








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1 comentario
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login EntrarGerardo: Muy sensual y exquisito esta segunda parte..... Parece estar viendo en una película el progreso de todo esto....... Ojalá no decaiga la calidad.... Saludos