Ese día nos levantamos todos de prisa para ir a trabajar, mi linda Chantal a una librería, Mireille como mesera en el restaurante mismo donde André oficiaba en la cocina y yo en el “camping” que se encontraba a dos kilómetros de nuestro apartamento, dentro del conjunto “naturista”. Mi ya adorada amiga fue muy mimosa, incluso delante de los otros amigos, quienes muy discretos hicieron como si no se dieran cuenta del cambio de actitud entre nosotros dos. Sin embargo me intrigó, confieso que muy poco, que mi amiga diera un beso en la boca a cada uno de la pareja, quienes aprovecharon para abrazarla por su cintura en ese saludo que prometía muchas cosas para los meses a venir. Yo me abstuve de todo comentario y guardé la sonrisa que deformaba mis labios, tal vez por los recuerdos de la noche anterior. Luego de la ducha de cada cual nos vestimos para ir a trabajar. Si señores, en estos sitios solo hay personas naturistas pero para trabajar se trabaja vestido. De todas formas sería ridículo estar desnudo y con zapatos para evitar accidentes, me parece.
El ritmo de vida se estableció de manera natural, buscábamos concordar para las horas de almuerzo y hacerlo juntos, cuando era posible, siempre desnudándonos para estar como clientes y respetar de esa forma el principio de “tan desnudo como la temperatura lo permita”. Como en todo el campo las efusiones de cariño en publico, eran muy pocas, nosotros también nos mostrábamos discretos. Al terminar nuestras jornadas nos desnudábamos y nos encontrábamos en la playa, armados del maletín conteniendo nuestras ropas y la toalla grande que permite aislar nuestros genitales de las otras superficies. Después de retozar en el mar y absorber las radiaciones del astro mayor nos dirigíamos al apartamento para prepararnos algo de cenar y dormir hasta la jornada del día siguiente. Una separación tacita entre la vida en el apartamento y el exterior se impuso y con gente ya de por sí discreta, que una pareja y dos otras personas compartan un apartamento con tres habitaciones era algo muy normal que no atraía ninguna curiosidad. Es verdad que una vez entre nuestros muros, el volumen de nuestras voces se elevaba y nuestras charlas podían tocar temas personales, despojándose de las generalidades que acostumbrábamos por fuera.
Por las noches siempre hacíamos el amor Chantal y yo y nuestra pareja amiga, prueba de sus años de casados lo hacían mucho menos. Sin embargo a la cuarta noche mientras hacíamos el amor nuestros amigos nos hicieron coro con los griticos de Mireille que las paredes apenas sabían disminuir. Nosotros reímos de este coro y al salir a bañarnos nos encontramos con ellos quienes riendo nos dijeron que oírnos cada noche les daba ánimos de imitarnos. Reímos todos, nos lavamos a nuestro turno, cada cual con su pareja, aunque las caricias de ellos me parecieron mucho más osadas que de costumbre. Cuando mi linda amiga insistió mucho al lavar mi pene, la damita de la otra pareja comentó con humor que me dejara bien limpiecito, diciéndole pícara “pero no insista tanto que sino no duermen y mañana trabajamos todos”. Mi amiga con una sonrisita le contestó que si quería lavarme ella que no se incomode. Una risa cómplice entre ellas terminó con la ocasión, mientras que André y yo no comentamos nada pero sí mostramos nuestro acuerdo con una sonrisa.
A la noche siguiente, con Chantal sobre mi, mi pene en su interior, mientras yo la llevaba suavemente al placer, acariciándola toda, sus senos, su sexo, sus muslos que encuadraban mis costados, toda ella se agachó para besarme en los labios y cuando yo aprisioné sus nalguitas en una caricia, ella me dijo en un susurro que estaba aun muy excitada, que quería que le “diera por el chiquito”. Una vez pronuncié mi “qué rico” ella se bajó de su trono y se puso en perrito lo que me indujo a levantarme rápido para poner mis rodillas entre sus piernas abiertas. El espectáculo de sus nalguitas redonditas era excelente, firmes, no ocultaban la entrada a sus entrañas, como haciéndoles un marco, una guía para el camino que en esos momentos quería que mi miembro siguiera. Cuando acaricié la entrada a sus intestinos sus músculos temblaron, no sé si de excitación o de temor, pero sus caderitas no retrocedieron en absoluto. Aproximé mi pene a su sexo, la penetré y antes de que ella protestara por seguir un camino no planeado, llevé mi dedo índice a mis labios, lo lubriqué bien y lo hice entrar en su agujerito, suavecito, aunque con sus movimientos ella misma lo hizo entrar a fondo desde la primera tentativa. Puse luego mi dedo mayor y fue con una mano acariciando sus senos, su vientre, su clítoris y la otra con un dedo en su ano, mientras yo la penetraba que ella accedió a un clímax que se prolongo mucho tiempo, como si fuera incompleto.
Aproveché pues el momento y saliendo de su sexo me llevé, luego de lubricarme de nuevo con saliva, a su ano en donde ella misma, retrocediendo me hizo entrar, solo el glande. Esperé que se haya dilatado, salí de nuevo, me lubriqué y aprovechando su dilatación aparente envié un poco de saliva a su interior para ocupar de nuevo el puesto dejado libre. Ella de un solo empujón me entro completamente acompañando su gesto de un grito de “hayyy” pero sin tratar de sacarme. Esperamos inmóviles unos instantes y cuando se sintió a gusto me pidió que me moviera, ella misma sacudiendo su culito para variar el movimiento. Sus senos se sacudían, apuntando hacia la cama, y yo entraba y salía de ella con fuerza mientras aferrado a sus caderas gozaba de tan sublimes sensaciones. Cuando estaba por eyacular se lo dije y ella aumentó sus movimientos y un “yo también” me permitió entrar todo lo que podía, dejarme enterrado en ella como una lanza en el pecho de un enemigo antiguo, ella misma retrocediendo para entrarme aun más, como si fuera posible. Su grito “C’est bon” estalló sin reparos de todo vecino eventual, como si fuéramos solos en el universo y mi mano bajo su seno sentía su corazón palpitar con fuerza, bombeando sangre a todo ese cuerpo que temblaba de placer. Caímos rendidos, sin separarnos, sobre la cama y sus “gracias, gracias Gerardo” fueron acallados por mis besos que volteándole la cara hacia mí le di.
Cuando mi pérdida de vigor me obligó a salir de ella, Chantal se puso sobre mi pecho y me dijo que le dolió mucho al entrar pero que después le había parecido delicioso. Fue pues con nuestros cuerpos en contacto total, ella abandonada sobre mi cuerpo, punteando el tiempo de besitos, mis manos sobre ese culito que me había admitido momentos antes, que dejamos las olas de placer calmarse y al final salimos a bañarnos. Nos duchamos besándonos, nos enjabonamos el uno al otro, lavé sus posaderas con cuidado para no hacer entrar jabón que la escociera en su ano y por fin nos fuimos a dormir.
Ya con todos los accesos de su cuerpo conocidos, en menos de una semana en Cap d’Agde, no me imaginaba que tantas aventuras se producirían en tan poco tiempo. Trataré de contárselas al lector y espero que toda esta historia no les aburra.








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