Conseguimos que nuestros días libres fueran los lunes y los martes para los cuatro, ya que durante el periodo estival, que coinciden con la apertura del campo, todos los negocios trabajan los 7 días de la semana, pero se respeta los descansos de 2 días por semana. Entonces el domingo nos preparamos para nuestro fin de semana y ellos, que se conocían desde hace mucho, dirigieron las compras previas a retirarnos en nuestro apartamento. Se compró vino, unas botellas de champagne, otros alcoholes (¿ya han probado un cóctel de una parte de “malibu”, otra parte de ginebra, todo sobre un cubo de hielo que aplasta una rodaja de limón en el vaso y llenándolo con jugo de piña?), y muchas otras cosas para una cena excelente. André de autoridad monopolizó la cocina para prepararnos una de esas cenas de las que él tenía el secreto. En el equipito de sonido que habíamos llevado pusieron las damitas música dulce mientras charlábamos todos, ya que la cocina de estilo americano permitía no excluir al esposo de Mireille. Al momento de pasar a la mesa nuestro amigo apagó las luces del apartamento, prendió unas velas y nos sirvió, cuando terminamos los aperitivos, las entradas, compuestas de champiñones de París horneados con ajo, pan seco rayado y un poco de limón, el vino rojo de la región que es suave, el plato principal compuesto de carne horneada y una “ratatouille” preparada por él mismo para terminar con unas crêpes de banano flambeadas con ron. El fuego del plato en la oscuridad relativa, que las velas combatían poco, creó un ambiente en donde todos los sentidos se regalaban. La música dulce y suave para el oído, los olores de las cera de las velas, de los aromas de los platos que aun subsistían en el aire, los sabores de lo ya comido y el dulzor de las crêpes para el gusto, para la vista la belleza de estas damitas, sus sonrisas y todo completado por esa sensación de complicidad y amistad serena que el alcohol ayudaba a instalar.
Cuando pasamos al salón mi Chantal se sentó en el mismo sofá en que estaba André y la linda Mireille se colocó a mi lado. Todos, no lo olvidemos, desnudos sentados sobre nuestras toallas. Dejamos los alcoholes suaves de lado para atacar el coñac que fuerte adormece, si se necesita, las inhibiciones. Me sorprendí cuando Mireille comenzó a tocarme el brazo o el hombro cuando la charla lo permitía, aunque más que lo necesario, pero “mi” Chantal hacia lo mismo con su esposo. La conversación derivó rápido hacia los ruidos que hacíamos cuando teníamos sexo y fueron las nenas las que riendo dijeron que si oíamos un grito poco usual sería que a la damita le estaban dando por el chiquito con un poquito de prisa. En estas Mireille me miró muy seria, a pesar de su sonrisa y me pidió que les contara lo que me gustaba de ella. El silencio se instaló, aunque la sonrisa en las caras de Chantal y de André me aseguraron que no se molestarían por mi respuesta, y me encontré con todos atentos a mis palabras. Cuando terminé de halagar su amabilidad, su buen humor y otras cualidades sicológicas ella exigió que yo describiera su físico y lo que me gustaba de él. La bella mostró un poco de impaciencia cuando hablé de su sonrisa, por lo que luego de alabar sus ojos claros y su pelo rubio que le llegaba a media espalda me atreví a describir sus muslos, delgados pero muy bien formados y ante su mirada de expectativa me seguí a describir sus nalguitas, nada pequeñas, redonditas y que yo suponía duritas. Ella rió y me dijo que no me dejaría en la ignorancia y poniéndose de pie al frente mío, dándome la espalda, me pidió que se las tocara para saber como eran. Las toqué, las masajeé suavemente e informé a la asistencia que si tenían la suavidad de unas bolas de billar, el tamaño de un balón de fútbol, su consistencia plástica oscilaba entre la dureza del balón inflado de helio y la de las mismas bolas de billar.
André y Chantal protestaron que no habían visto como hice yo mi análisis, por lo que la linda se dio media vuelta, su ombligo casi contra mi nariz, para que yo recomenzara mi examen permitiendo a los otros ver como lo hacia. Ella colocó sus manos sobre mis hombros y se acercó aun más a mi cara, mientras yo acariciaba y sopesaba sus glúteos, no soporté la tentación y le di un besito rápido, muy tímido, a medio camino entre su ombligo y el comienzo de su bello púbico. En respuesta ella me acarició la cara y el silencio que siguió fue palpable, pues yo no quería parar la caricia a esas nalgas pero la velada tenía un programa que tocaba seguir. Puse pues mis manos a sus costados y acariciando la parte exterior de estos las dejé caer en signo de fin de mi análisis. La bella se sentó a mi lado de nuevo y luego de tomar un largo trago, los ojos brillantes me preguntó si yo no apreciaba nada más de su feminidad. Riendo su esposo me dijo que él adoraba sus senos también, que por favor hablara yo de ellos. Cuando hube terminado de describir su forma de pera, su tamaño agradable y equilibrado, lamenté no poder decir nada sobre su consistencia ni su sabor. Luego de un silencio fue su esposo quien le pidió a ella que no me dejara en la ignorancia esta vez tampoco y la linda vino de autoridad a sentarse sobre mis piernas, su brazo detrás de mi cabeza reposando en mi hombro. Le acaricié sus teticas, con todos mirando, hablé de su sedosa textura y como su firmeza se comprobaba al apretarlos con dulzura. Chantal y André, ya toda timidez desaparecida, repitieron en coro: “¿y el gusto?, ¿y el gusto?”. La linda de una presión sobre mi cabeza me llevó a besar sus pezones que lamí y chupé animado por la respiración de su dueña que se aceleraba. Hice lo mismo con su otro seno y narré el gusto delicioso que tenían, aunque repetí mi beso para lamer la puntita de los mismos erguida bajo el efecto de mi caricia. Esta vez ella tomó otro trago sin retirarse de mi regazo.
Chantal nos pidió que compararamos el gusto de sus respectivos senos y sentándose sobre las piernas del esposo de Mireille lo llevó a besar sus pechos mientras que la damita sentada sobre mí me atrajo a repetir la caricia. Luego las dos intercambiaron de puesto y cada cual besó las teticas que habían recibido los labios del otro instantes antes. Chantal me dijo que debíamos comparar todos el gusto de los besos del otro y sin esperar más me apretó la cabeza entre sus brazos y su boca. De reojo pude ver que la otra pareja hacía lo mismo. El beso de casi un minuto se interrumpió cuando las dos damitas intercambiaron puesto y esta vez los labios de Mireille vinieron a encontrarse con los míos y su lengua a luchar con la mía por la primera vez. Mis manos no soportaron más y salieron a acariciar sus senos obteniendo como respuesta de la linda que su abrazo se hiciera más fuerte. De todas formas las manos de André recorrían ávidas el cuerpo de mi amiga, por lo que yo también me dispuse a recorrer, acariciar, explorar sin pudor el cuerpo de su esposa. De ella misma separó sus piernas permitiéndome descubrir sus grandes labios que ya presentaban la humedad prueba de su acuerdo por esta situación. Varios minutos pasaron así y la damita se deslizó hacia el piso para tomar mi virilidad en su boca y prodigarme un beso delicioso. Me metía todo, dejando paso entre su garganta para tragar lo que su boca no podía contener, me sacaba, me lamía y yo disfrutaba el rose de mi glande contra su paladar cuando me entraba o me sacaba de su húmeda caricia.
Casi al unísono los dos caballeros interrumpimos la felación que nos hacían para sentar las damas sobre el sofá, las nalguitas al borde y pasamos a nuestro turno a devolverles la caricia por ellas antes prodigada. La esposa de André estaba inundada, lamí el liquido que mojaba incluso la parte interior de sus muslos para luego comenzar ese gesto que tanto les agrada, repasando la punta de mi lengua sobre su clítoris. Ella, las piernas bien abiertas me ofrecía su cuquita y trataba de guiarme con sus manos en mi cabeza. Los griticos de satisfacción de las dos anunciaban a la asamblea el placer que recibían lo que nos animaba a seguir halagándolas de esa forma.
Finalmente, luego de recibir su orgasmo en mi boca, la nena me atrajo hacia ella para penetrarla por su sexo, sin dejar de besarla en sus labios y en sus pechos, sin olvidar por momentos llevar mis manos a sus nalgas. Puso sus piernas sobre mis hombros para facilitar mis caricias a su culito y durante muchos minutos seguí bombeándola mientras veía su cara torcida por el placer emitir gritos de placer de “siiii, sigue así”, o “eso, no pares…”. Entre sus jadeos y gritos de placer Chantal me dijo “eso mi amor, hazle bien rico que es una amiga que quiero mucho”. Me volteé para ver a la que me hablaba, pero esta estaba sumergida bajo el cuerpo de André quien la martilleaba a gran velocidad, encerrado su torso por las piernas de mi amiguita adorada y su cabeza abrazada por sus brazos. Cuando tuvo su orgasmo y se calmó un poco me pidió que me retirara y me llevó a sentarme al extremo del sofá, en la parte más cercana a un extremo del otro sofá para luego de darme un besito tierno, tornándome la espalda, entrarme de nuevo en su sexo con sus nalguitas ofertas a mi vista para verlas levantarse y bajar mientras ella me entraba y sacaba de su sexo. Chantal no tardó a imitar a Mireille y llevó al esposo de la damita que se empalaba dulcemente en mí, al extremo vecino para imitarla. Quedamos muy cerca las dos parejas y la rodilla de André y la mía se tocaban cuando no se rozaban con la pierna de la damita que cabalgaba al otro caballero. Cuando las nenas comenzaron a acercarse de nuevo al placer estas se acariciaban los senos o agachándose se los besaban para estallar mientras se besaban apasionada y tiernamente en la boca.
Al final Mireille se levantó y poniéndose frente a mí subió sus piernas para cruzarlas entre mi trasero y el espaldar del sofá, en posición del buda ella y una vez me hizo entrar en su sexo se balanceaba para hacerme entrar y salir un poco. Con mis manos en sus nalgas yo la ayudaba a amplificar sus movimientos, hasta que entre mil besitos ella me invitó a tener yo también mi orgasmo. Me susurró un “yo ya no puedo más” sonriéndome de sus labios y de sus ojos medio cerrados y cansados de tantas emociones. Cuando sintió por mis movimientos que yo me acercaba al placer, sus movimientos se intensificaron y su mirada de sorpresa me confirmó que la idea de que tuviéramos un orgasmo de concierto se le hacía posible. Se alejó pues de mí, recostándose un poco hacia atrás, yo sosteniéndola de la espalda, y separando sus piernas para poner sus pies a cada lado de mis caderas me hizo entrar y salir de su intimidad con movimientos de esta forma amplificados. Como yo tenía mis manos ocupadas sosteniéndola, ella se acarició el clítoris dándose por momentos palmaditas sobre él. Por fin estallamos los dos y ella enderezándose se tiró sobre mí, apretándome en un abrazo delicioso y mientras nuestras lenguas se acariciaban tuvimos los dos un delicioso orgasmo. Mientras saboreábamos esos dulces momentos y los últimos restos de placer, los gritos de placer de Chantal y el rugido de André nos hizo comprender que su esposo y mi amiga también terminaban.
Al final nos separamos, pero las damitas siempre sobre nuestras piernas mientras las acariciábamos, para seguir charlando de temas diversos. Cuando las dosis de cariño y de mimos posteriores al coito fueron suficientes las damitas se pusieron de pie con claras intenciones de irse a dormir. Chantal me tomó de la mano para llevarme a la ducha donde fue adorable como agradeciéndome esos momentos pasados, y olvidando que en teoría ninguna obligación nos unía y que era libre de todo lo que hiciera. Una vez en la cama me contó lo que había sentido, cómo le había hecho André el amor, de cómo oía los quejidos de gozo de Mireille y todas esas cosas. Mientras me hablaba, acariciaba distraídamente mi pene y al pedirme que le repitiera las caricias que el otro caballero le había prodigado una excitación, imposible pocos instantes antes, se manifestaba en los dos. Hicimos el amor suavemente, repitiendo por turnos las posiciones que le había pedido André y las que me había regalado Mireille. Cuando sus gritos de placer comenzaron a ser audibles, los gritos de placer de la habitación contigua se hicieron sentir también. Al salir de nuevo a la ducha nos encontramos con ellos que también salían y por la primera vez nos fuimos a la sala de baño grande en donde las damitas nos lavaron las dos esta vez, se lavaron entre ellas, acentuando la ausencia de identificación de quien había sido su anterior compañero de sexo y cual de los dos caballeros no. André abrazó un momento a mi Chantal, la besó en la boca, lo que hizo que su esposa, teniendo mi virilidad en la mano me besara a mí también, para luego cambiar de mujer entre nosotros. Hasta el momento de salir del baño, me permití, como el otro caballero hacía igual, acariciar indiferentemente las nalgas o los senos de la una o de la otra.
En el próximo relato les cuento como se pasó el segundo día de reposo de esta primera semana en ese campo naturista que para siempre quedó grabado en mi memoria.








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