Encuentro En La Cantinita
Relato de comunidad Intercambiosschedule 11 min de lectura calendar_today Diciembre de 2010

Encuentro En La Cantinita

Hace uno o dos años, por esta época, entre navidad y el 31, fui con mi esposa a una cantina muy sabrosa que existe en Pereira, detrás de la catedral. Es un sitio muy limpio, se nota que limpian hasta las canastas de cerveza arrumadas al fondo de la sala, pero su principal encanto es que guarda....

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Hace uno o dos años, por esta época, entre navidad y el 31, fui con mi esposa a una cantina muy sabrosa que existe en Pereira, detrás de la catedral. Es un sitio muy limpio, se nota que limpian hasta las canastas de cerveza arrumadas al fondo de la sala, pero su principal encanto es que guarda el ambiente de las cantinas que conocieron nuestros padres o nosotros mismos cuando somos lo suficientemente viejos. Con todas sus características de principio del siglo XX no deja de ser moderna puesto que se encuentran parejas en ella e incluso damas solas. Si las conversaciones siempre son muy educadas y amenas, nunca he visto a nadie “cazando” pareja en ella, aunque en esta vez me di cuenta que había una forma de hacer esa “cacería” que simplemente yo no conocía.

Nos sentamos en una de las mesas cerca de un grupo de personas, dos caballeros y una mujer. Ella debía tener unos 37 años, se le notaba que se cuidaba con gimnasia, puesto que su vientre plano y las piernas, a pesar de su pantalón, dejaban ver músculos. Sus senos, abundantes como los de las mujeres de esta tierra, se sostenían, de evidencia, no solo en su brasier sino que también en sus pectorales. Mónica, mi esposa, me dijo en un momento “mira la señora sentada en la otra mesa, no está nada mal”. Cuando le contesté que ya me había fijado ella riendo y fingiendo unos celos que no sentía me dijo riendo “y yo que pensaba mostrarte algo nuevo”.

Nuestra caneca de aguardiente ya estaba por la mitad cuando mi esposa me advirtió de las miradas de la otra damita a nuestra mesa. Yo la miré y en un momento en que los caballeros de su mesa hablaban entre ellos, mirándonos a los ojos levanté mi copa y haciendo el signo de brindar la llevé a mis labios, ella sonriendo tomó también su copa y la vaciamos sin dejar de mirarnos. Mi esposa rió, tanto para festejar mi osadía como para significar su acuerdo en nuestros actos. Salí a la puerta para fumarme un cigarrillo y la dama me interceptó diciéndome “¡no se van ya!”. Le contesté que salía solo a fumarme un cigarrillo y ella me dijo sonriendo que la invitara a uno, a lo que accedí gustoso. Salimos pues los dos a fumar, nos presentamos, ella se llamaba Doris, habitaban una ciudad cercana a Pereira y trabajan ella y su esposo en algo relacionado con el agro. Uno de los caballeros no tardó a venir con nosotros y ella me lo presentó como Arturo, su esposo, y cuando él sacó su paquete de cigarrillos no evité decirles que los felicitaba por ser civilizados, puesto que la elegancia también se detecta en los vicios, lo que nos hizo reír a los tres.

Una vez sentados la dama llamó al mesero y le pidió un disco específico de música. Poco después sonó una salsa muy movida y ella, desde su mesa, le dijo a mi esposa si podía invitarla yo a bailar esa salsa. Mi esposa con una gran sonrisa accedió y bailamos pues sin apretarnos, solo que la damita comenzó a acariciar mi mano izquierda con la suya de manera muy sugestiva. Siguiéndole el juego le correspondí a sus caricias. Una de estas caricias fue introducir mi dedo índice a la separación de su índice con el mayor y ella, como si no se diera cuenta, siempre bailando, comenzó un movimiento de su mano en la que mi dedo “entraba” y “salía” por la apertura que sus dedos hacían. Sonriendo me permití hacer lo mismo con el espacio entre su mayor y el anular y ella, acercándose un poco a mí, me dijo en la oreja “despacito, sino duele”, para luego retirarse sonriendo.

Cuando se terminó la música nos sentamos y le conté lo sucedido a mi esposa, la cual había charlado con la mesa de la nena que bailaba conmigo mientras me esperaba. A la vez siguiente que bailamos Doris me dijo que si nos íbamos a otra parte, que ellos se deshacían del amigo que estaba con ellos y nos “perdíamos” los cuatro, si nosotros estábamos de acuerdo. Respondí que si mi esposa estaba de acuerdo sería con mucho gusto, pero que no conocía yo la opinión de su esposo a lo que ella me dijo que ya le había preguntado y que estaría encantado. Cuando mi esposa estuvo al corriente de lo que planificábamos me manifestó su acuerdo entusiasta.A la vez siguiente que bailé con Doris (mi esposa y su esposo no gustaban de bailar) me dijo que coordináramos el final del trago y que ellos se ofrecerían a llevarnos a la casa, dejando al amigo de ellos en su propio carro. El resto de las botellas se pasó charlando entre las dos mesas y, como planeado, salimos los cuatro de la cantina y en la calle nos despedimos del caballero que “sobraba”, y nos dirigimos al carro de Doris y Arturo.

Una vez en él, Arturo manejando, con mi esposa a su lado mientras que Doris y yo estábamos detrás. Arturo miró a mi Moni y le preguntó si estaba de acuerdo con lo que planificábamos su esposa y yo. La respuesta de mi Moni fue darle un beso en la boca muy apasionado y viendo eso, con mi mano en la nuca de la damita, la atraje para darle también un beso intenso que ella respondió muy animada. Por la primera vez pude acariciar sus senos por encima de su blusa. Al terminar su beso Arturo nos interrumpió riendo y preguntando si estábamos todos de acuerdo para ir al motel a lo que accedimos con un coro: “de una, sí”. Entre caricias superficiales, para no tomarle ventaja al conductor, llegamos, después de la pausa obligada en la farmacia para comprar preservativos, a uno de los establecimientos que se encuentran en la salida hacia Armenia. Luego de pedir la habitación para dos parejas entramos a ella y llamamos a la recepción pidiendo una picada, más aguardiente y unas dos jarras de limonada. El apartamento constaba de una cama grande, una bañera enorme, la ducha a pocos metros y los otros servicios separados.

Pusimos a llenar la bañera y esperamos la llegada de la picada desnudando entre besitos los senos de las damitas mientras que nosotros nos habíamos despojado tan solo de nuestras camisas y de nuestros zapatos. Acariciando y besando indiferentemente la boca o los senos de las damitas comimos, sentados en la cama, nuestra picada, tomando un trago de vez en cuando. La charla recayó sobre los gustos de nuestras damitas y cuando supieron que las dos eran bisexuales se lanzaron en un beso apasionado. Miré a Arturo y le dije que por experiencia era mejor esperar que ellas nos llamaran a lo que él contestó riendo que sí. Ellas se besaban con pasión, a veces las lenguas de las dos visibles pues se entrelazaban desde el exterior de sus bocas, mientras las manos acariciaban, masajeaban, apretaban los senos de la otra. En un momento mi Moni comenzó a besar las teticas de la otra dama mientras le quitaba el pantalón que Doris de ella misma ayudó a perder. A su turno, justo después, mi esposa fue desnudada, con Doris como un bebito pegada a sus senos. Una vez desnudas las dos, Doris bajó hasta el sexo de mi esposa y comenzó a besarla, en posición perrito, suavecito por las piernas. El espectáculo de las nalguitas redonditas y firmes de Doris ofrecidas a nuestra vista mientras honoraba a mi esposa era delicioso pero firmes en nuestra voluntad de dejarlas tranquilas los caballeros seguíamos sin intervenir.

Mónica no dejó que Doris siguiera con su caricia sin recibir la misma y las dos, acostadas en la cama, de medio lado hicieron un delicioso 69. Los caballeros nos volteábamos alrededor de los cuerpos que se daban placer y las damitas conscientes de nuestra observación abrían las piernas para permitirnos ver todo el espectáculo sin ninguna traba. Sus lenguas se chupaban, se introducían en la caverna de la otra, sus dedos volaban frenéticos del clítoris a las nalgas, seguían a los senos para regresar al clítoris cuando no se introducían en la vagina para proporcionar aun más placer. De esa manera pasaron una media hora, nosotros mirándolas, hasta que el orgasmo las sacudió, apretando cada una la cabeza de la otra con sus piernas y sus quejidos se convirtieron en un grito “¡que rico!” que solo el afán de gustar a la fuente la miel que corría de la otra hizo corto. Las dos se enderezaron para besarse en las bocas con ternura y entre mil besitos y caricias terminaron de apaciguar ese orgasmo fuerte que venía de sacudirlas.

Por fin se acordaron las damitas de nosotros y con una mirad y sonrisa cómplice hacia sus conyugues pasaron a besarnos, Doris a mí y Mónica a Arturo. Recibí con gusto la boca de la nena y mientras yo le acariciaba los senos ella me despojó de mi pantalón, como mi esposa hacia con el de su esposo. Al estar mi verga libre la damita la engulló y me propició una felación deliciosa. Una vez los dos desnudos, se puso de pie y me llevó a la ducha, porque no quería tener el olor del sudor que aun llenaba su piel. Nos bañamos completamente, para dejarle el puesto a su esposo quien con mi esposa esperaban por la ducha. Llevé a la damita, sin dejar de acariciarle las nalgas y los senos, a acostarse para que hiciéramos un 69, tratando, como siempre, de imitar a mi esposa en su arte de conocer a las mujeres. Mientras mi pene era absorbido hasta el fondo de su garganta, con su lengua recorriendo el mástil en una caricia suprema, yo besaba su vagina, llenita de la miel que mi esposa había propiciado. Me dediqué pues a chupar su clítoris, a introducir mi lengua sin que mis manos pararan de recorrer su cuerpo y a tratar de ofrecerle lo más posible de placer. Rápido sus caderas comenzaron un va y viene que aceleraban de por sí la caricia de mi lengua, presagiando un nivel superior de esa caricia.

Doris se corrió hacia mis pies, obligándome a arquearme para seguir besándola y, siempre su cabeza sobre mi muslo, ella me besó los testículos, para luego besar el camino que de ellos lleva a mi ano. Sus caderas me insinuaron en su vaivén que yo la imitara, lo que hice con placer. Sus nalguitas efectuaban movimientos muy amplios, llevándome desde la entrada de su chiquito hasta su clítoris en un paseo sensual. Cuando su boca comenzó a besar mi ano me acomodé para ofrecerle el mismo regalo. Es muy agradable sentir la lengua de una damita golpear levemente con la lengua esa parte de nuestra anatomía, por lo que me dispuse a disfrutarlo, tanto al recibirlo como al proporcionarlo. Cuando su dedo se insinuó a la entrada de mi esfínter, lamí mi dedo mayor y suavemente se lo introduje a ella también. Nuestro beso continuó de esa manera, yo ya más cómodo concentrado con mi boca en su vagina y su clítoris y mi dedo entrando en ella cuando sus nalgas retrocedían para salir cuando estas se avanzaban a mi cara. La aceleración de sus movimientos y de su respiración contra mi pubis me indicó la inminencia de su orgasmo, que aceleré metiendo mi pulgar en su vagina y acosando su gallito con mi lengua acariciando en círculos pequeños y mis labios absorbiéndolo tanto como podían.

Sin que su orgasmo terminara ella me puso de espaldas y subiéndose sobre mí se penetró sin ningún preámbulo. Sus ojos medio cerrados, una sonrisa de placer en sus labios y su suspiro de gusto me indicaron que yo era el bienvenido en su intimidad. Los gritos que mi pene en su boca habían amordazado se liberaron, su vagina dejando correr líquidos que mojaban mis muslos y mis manos recorriendo sus senos fueron las actividades que nos ocuparon varios minutos. A nuestro lado el silencio, salvo por los dulces besitos que se daban, remplazó temprano los gritos de placer de mi esposa, por lo que supongo que ellos dos se limitaban a darse cariño mientras Doris y yo seguíamos la escalada del placer. Cuando ésta tuvo su orgasmo, uno más, sus muslos me cerraron fuerte contra ella y para activarlo llevé su mano, siempre en la mía a acariciar su clítoris. Siempre sin dejar que su orgasmo terminara ella se puso de pie y llevándome al borde de la cama me sentó para, dándome la espalda, acercar los globos de sus nalgas a mi pene y comenzar a introducirme, despacio, en su chiquito. Su esposo, después de hurgar en su bolso, se acercó con un frasco de aceite que me pasó. Interrumpiendo a la nena me lubriqué, puse un poquito de aceite en la entrada de su chiquito y fue de esa manera que entré completamente en su retaguardia.

Mientras ellas se levantaba y se sentaba sobre mí, yo le acariciaba todo su cuerpo. En un momento que le acariciaba su clítoris sentí como su excitación aumentó, por lo que busqué su mano y la llevé a ese sitio para que me ayudara ella misma en la caricia. Ella feliz no solo se acariciaba, sino que introduciendo sus dedos, dos de ellos por lo menos, me acariciaba a través de la membrana que me separaba de su vagina. Cuando su placer llegaba a su máximo, Doris volteó la cabeza hacia mí y fue con sus labios contra los míos, su lengua acariciando la mía, que su placer llegó. Me levanté, la puse en perrito en la cama, y regresando a su ano me dispuse a penetrarla rápido, con cierta violencia, lo que con el coro de sus gritos y sus “sí, muévase” y “más rápido”, me hizo eyacular por fin.

Fue de esta manera que pasamos esa velada, que espero les haya gustado que yo la comparta con ustedes.

— gerardo91000

27 de diciembre de 2010

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gerardo91000

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