Zoraida Me Da Asilo
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 10 min de lectura calendar_today Enero de 2011

Zoraida Me Da Asilo

Recién llegado a Paris, en Francia, por los años 1979, 1980, vivía con una chica de Medellín que estudiaba gracias a una bolsa del gobierno francés. Esto para decir que era ella la de la plata, yo tenía que trabajar como podía, sin papeles, lavando platos mientras estudiaba en la Alianza....

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Recién llegado a Paris, en Francia, por los años 1979, 1980, vivía con una chica de Medellín que estudiaba gracias a una bolsa del gobierno francés. Esto para decir que era ella la de la plata, yo tenía que trabajar como podía, sin papeles, lavando platos mientras estudiaba en la Alianza para aprender la lengua. Para la vendimia, periodo en el que no molestan mucho por el permiso de trabajo, me fui, a la aventura, como siempre. Cuando regresé, 15 días después, mi compañera, que llamaremos Aura, me dijo que la invitara yo a salir, que luego ella me garantizaría la comida hasta que yo encontrara otro trabajo. De esa forma salimos desde el miércoles (las vacaciones universitarias coinciden con el periodo de la vendimia) y visto lo corto de mis recursos, la fiesta se nos acabó el viernes a medio día.

De manera muy “oportuna”, Aura buscó mil razones para pelear y terminó, la noche bien entrada, a las 10 PM, echándome del apartamento. Salí pues al frío (en aquel entonces la temperatura de finales de octubre era de unos 10° máximo) con tan solo 15 francos en mi bolsillo. Me dirigí al único “fast food” que existía en aquel entonces, una venta de pollo asado en los Campos Eliseos. Pedí mi porción de pollo (7 francos) y me senté a comer. A la mesa a mi lado se sentó una dama muy elegante, de unos 35 años, de tipo árabe, hermosa y distinguida. Con mi inglés de aventurero y mi francés de principiante comenzamos a charlar de cosas sin importancia. Le conté riendo mi infortunio, y pasamos a los comentarios sobre la injusticia de las damas en algunos casos. Se llamaba Zoraida, libanesa, y que llegando a su casa después de haber ido al teatro, en lugar de prepararse algo para comer, se había antojado de probar esos pollos asados.

Terminado nuestro pollo, la invité a un café rechazando firmemente que ella pagara con la disculpa de que si el dinero solo me alcanzaba para invitarla a un café, no había razón que me privara de ese gusto. Muy amablemente me dijo que una árabe que charla con un colombiano, no iba a tomar café francés, que en su casa, que se encontraba cerca, tenía café colombiano, pero que no le gustaba como quedaba si lo preparaba al estilo de su tierra. Si yo no tenia nada urgente por hacer (esta ironía me la dijo con una sonrisa un poco picara), la acompañara a su casa y le prepara yo mismo el café. Pensando que encontraría a un esposo árabe (son muy celosos) en su casa, acepté sin olvidar de preguntarle si su esposo no se formalizaría de verla llegar acompañada. Ella me dijo que hablaríamos de eso en camino y de autoridad me tomó del brazo y nos dirigimos a la puerta del establecimiento.

En la calle me dijo que su esposo no llegaba hasta el lunes, y que si yo no le decía que la había acompañado, ella tampoco. Un silencio se instaló entro nosotros que ella rompió explicándome que se sentía un poco melancólica ese día y que encontrarme la parecía muy oportuno. Por el otro lado tampoco quería dormirse sin haber terminado de escuchar las aventuras de mis viajes, lo que dijo riendo. Llegamos a media noche bien pasada a su apartamento, grande, elegante y muy cómodo. Nos quitamos los abrigos y le pedí que me mostrara la cocina para preparar el café, sin dejar de notar que su cuerpo era delgado, de formas generosas, digno de las mujeres de su raza. Debajo de su abrigo llevaba un “pull over” que dibujaba su cuerpo y una falda larga que llegaba hasta el comienzo de sus botas.

Mientras el café mezclaba seguíamos charlando y la simpatía inicial de nuestro encuentro aumentaba creando una franca amistad. Al sentarnos en el salón, ella me dijo de instalarme en el diván y se sentó a mi lado de autoridad. Antes de comenzar a tomar el brebaje me hizo esperar poniendo su mano sobre mi brazo y me preguntó si yo conocía la “boukha”, alcohol de brevas muy común en el medio oriente. Ante mi ignorancia se levantó y regresó con la botella y dos vasos. Brindamos y seguimos charlando, inconscientes de la hora que de todas formas ya era demasiado tarde para tomar el metro, que se terminaba a las 12 y 30 de la noche. Al ver la hora en el reloj que estaba en la sala, me dijo riendo que ya me tenía que quedar hasta el día siguiente.

Luego de esta invitación calló y mirándome de sus ojos negros como la noche, me preguntó si mis sentimientos hacia Aura eran muy intensos, a lo que contesté riendo que luego que me había puesto en la calle con ese frío, mis sentimientos también se habían enfriado, lo que la hizo reír. De nuevo seria, acercándose un poco más a mí, me preguntó si me “gustaban las árabes”, yo sonriendo le dije que cada mujer es un mundo y que las árabes no las conocía, pero que una amiga que se llama Zoraida me parecía encantadora. Ante esta frase ella se acercó más y yo inclinándome le di un beso en sus labios. Ella no retiró su boca, incluso me devolvió mi beso y pronto estábamos abrazados dejando la pasión llenarnos poco a poco. Su perfume exótico invadió mi olfato, una mezcla de jazmín y de sándalo, delicioso.

Con un poco de timidez le acaricié sus senos, firmes aun, deliciosos que me daban la impresión de hincharse bajo mis caricias. Zoraida me quitó mi buzo, la camisa y como nunca antes me lo habían hecho, acariciaba mi pecho con suavidad, de sus manos tibias. Sus uñas largas acariciaban, casi sin tocarlas, mis tetillas, cuando sus dedos no se deslizaban por entre mi bellos del pecho. Retiré también su pull, su camiseta, sus sostenes y de esa forma pude recibir sus senos en mis manos, sentir su calor, y, sobre todo, sentir como su excitación aumentaba ante esa caricia. A pesar de la calefacción que ella había puesto al máximo, sus pezones se erguían, como si tuvieran frío, grandes y oscuros, mas oscuros que el color de su piel, dignos de ser chupados, lamidos, mimados.

Me tomó de la mano, recogió su ropa y yo la mía, y nos fuimos para la habitación enorme que se encontraba al fondo, después de una oficina y una biblioteca con estantes atiborrados de libros. La cama en su habitación era enorme, estilo italiano, al frente del tocador que con sus grandes espejos agrandaba más aun la habitación. Aun de pie nos besamos de nuevo y sin dejar de besarla le retiré la falda que ella con un pie tiro a un rincón. La acosté suavemente en el lecho, y la besé en la frente, su nariz, sus mejillas, sus labios para bajar suavemente por su cuello, sus hombros, sus senos, su vientre, sintiendo sus reacciones cuando besé de manera intempestiva los lados de su vientre en esa parte de su cuerpo antes del hueso de la cadera.

Interrumpí mis caricias para retirarle las botas, las medias y luego, regresando casi sobre ella, sus pantis. Al descubrir su sexo no tardé en atacarlo con mis besos y mi lengua, que ella me recibió arqueándose en un “uffff” mientras sus manos acariciaban mi cabeza y sus piernas se acomodaban sobre mis hombros. Pasando mis manos bajo su cuerpo, sin olvidar de acariciar sus nalgas, subí para halagar sus senos mientras yo seguía con mi caricia. Recorría toda su vagina con mi lengua, me apoderaba de su clítoris que besaba ya con mis labios, ya con mi lengua haciendo círculos. Ella me recibía con frases en su lengua, inundada de sus jugos y con movimientos que llevaban su intimidad a encontrar mi boca en movimientos cada vez más espasmódicos. Por momentos sus manos abandonaban mi cabeza para recorrer mis brazos y a veces se agarraban de mis manos obligándome a cerrar sus senos con cierta violencia. Su orgasmo llegó fuerte, sus piernas me apretaron, y sus manos me hundieron como queriéndome entrar en ella.

Una vez calmada me atrajo sobre la cama y me besó lamiendo de mi cara los restos de sus jugos y repitiendo un “chokhran Gerardo” que luego supe que simplemente quiere decir “gracias”, palabra que nunca olvidaré. Cuando quise levantarme para retirar mi ropa, tomó mis manos alejándolas y me dijo que una árabe sabia desnudar al hombre que ya la había “rendue heureuse”, forma muy burguesa en francés de decir que ya había tenido un orgasmo. Me desnudó, retirando mis botas, mis medias y mis pantalones, sin olvidar engullir mi pene en su boca al retirar mis calzoncillos. Me administró una felación deliciosa que se intensificó cuando la atraje a ella también para un 69, de medio lado los dos, como a mí me gusta. Colocaba la cabeza de mi pene a la entrada de su boca, mientras la lamía, para luego entrarme en totalidad, como si su garganta se ampliara para poder tragarme, todo esto mientras su lengua seguía acariciando mi tallo hinchado de sangre. Por mi parte recorría yo su vagina, le daba besitos y acariciaba con la punta de mi lengua la rayita que del ano lleva al sexo, introducía mi lengua tan profundo como podía. A veces entraba yo dos dedos y separándolos abría su vagina para permitir a mi lengua una caricia más profunda…

Por fin llegó el momento en que sentándose sobre mí se penetró con mi pene y comenzamos una cabalgada nueva para mí, puesto que su cintura hacía los movimientos de las danzas árabes, en círculos, subía, bajaba, se movía de adelante hacia atrás, con una gran flexibilidad, sin que sus hombros siguieran esos movimientos. Yo al colmo de la dicha, le acariciaba los senos, las piernas, toda ella. Cuando se inclinaba para besarnos, sus senos, en movimientos independientes de los de sus caderas, se frotaban contra mi pecho mientras su lengua acariciaba la mía o simplemente me regalaba con besitos mi cara y yo aprovechaba para acariciar sus nalgas amplias, redondas, generosas. Tuvo por fin su orgasmo, una vez más, y se detuvo un momento para decirme que no eyaculara en su interior. La tranquilicé diciéndole que yo quería esperar para hacer durar más tiempo esos momentos deliciosos y ella sonriendo me dijo que teníamos todo el tiempo, si no me quería yo ir en los dos días a venir. Ante semejante invitación la abracé con fuerza y le dije que nunca imaginé que tendría yo un fin de semana tan grato.

En un momento paró y sonriendo me dijo que quería que yo viniera en su interior, pero “por detrás”, lo que confieso yo no me esperaba. Zoraida me sacó de su sexo y comenzó a acariciar su cuerpo con mi pene, primero su sexo, luego sus senos, me llevaba a su boca por momentos, me hacia recorrer su cara, de nuevo su sexo, sus muslos e incluso sus nalgas. Ella abrió un cajón de su nochero, y con el lubricante que extrajo de él embadurnó mi pene y se acostó boca abajo a mi lado y me pidió que la penetrara suavemente. Sobre ella, manteniéndome un poco alejado con mis brazos, me puse a la entrada de su ano y de ella misma me introdujo, despacio pero de manera continua. Una vez que mis entradas y salidas me permitían ver su culito dilatado, salí y poniéndome al borde de la cama, frente al espejo del nochero, la atraje y ella, dándome la espalda me introdujo de nuevo mientras yo le acariciaba los senos y los dos gozábamos de nuestro reflejo en el espejo. Sus nalgas golpeando mi vientre y nuestros cuerpos apretados el uno contra el otro, mi pene en su ano apretadito, entraba y salía en movimientos amplios y rápidos que ella controlaba. Mientras que con mi izquierda acariciaba sus senos, tomé con mi mano derecha su mano y llevándola a su sexo la acariciaba en su interior, buscando su clítoris para acariciarlo por dentro con los dedos y por fuera con la palma de mi mano, comunicando por el contacto los deseos al otro, sin saber si era yo quien la acariciaba o era ella que se masturbaba con mi mano. Es así que llegamos rápido al orgasmo, esta vez los dos.

Para que este relato no sea demasiado largo, les cuento ya como terminó esta historia. El lunes, día de llegada del esposo de Zoraida, salí temprano de su apartamento, con mi ropa recién lavada y planchada, y fue de esa manera que regresé donde Aura, pensando en armar mi mochila con mi tienda para irme. Mi compañera oficial me abrazó fuerte diciéndome que se había inquietado mucho por mí, pidiéndome perdón por su tontería del viernes. Noté que tocaba mi buzo, notando el olor a “suavizante” (lo que con mis finanzas tan pobres nunca gastaba yo) pero no hizo ningún comentario, incluso cuando por la noche notó que mi camisa estaba perfectamente planchada y almidonada.

— gerardo91000

23 de enero de 2011

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gerardo91000

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Somos pareja swinger

Comentarios

1 comentario

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  • nelson3030
    nelson3030 · 23 de ene de 2011

    Hay mi  querido Gerardo, fuera  de  nuestra  amada Colombia se  sufre , pero  también  los  momentos  de  goz  llegan , muy  rico  y  ameno  tu  escrito ese  gustico  que  te  diste yo  nunca  lo  pude  lograr y  hoy  sigo  con  ese  deseo  de  tener  en  mis  haberes  alguna  cosita de  esas  partes......Un  abrazote y  cuidate

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