*Por Carolina*
Juan está frente a mí, con los brazos cruzados, la mandíbula tensa, la mirada fija e impenetrable. No grita. Solo espera. Y eso me aterra más que cualquier escándalo. Porque sospecho —intuyo— que él ya lo sabe todo. Pero no estoy segura. Y esa duda me paraliza.
Mi corazón late desbocado. ¿Sabe que fueron cuatro? ¿O está pescando? Si miento y él ya tiene las pruebas, lo pierdo todo. Pero si confieso cosas que desconoce, me convierto en puta.
Respiro hondo. Y empiezo a hablar.
**La Primera vez**
Con Sergio fue en su carro, un Chevrolet Aveo mugriento que olía a cigarrillo y colonia barata. Estábamos en el parqueadero del centro comercial, piso -2, donde las cámaras no alcanzan a ver bien. Yo llevaba falda negra corta, blusa blanca, y debajo unas bragas rojas de encaje que Juan me había regalado . Él me miró con esos ojos hambrientos y ordenó: "Bájate esas bragas, puta". Y obedecí como una idiota excitada. Me bajé la tanga hasta los tobillos, dejándome completamente expuesta, y me subió la falda hasta la cintura.
Me penetró sin preámbulos, sin condón, sin delicadeza. Sentí su verga gruesa, tiesa, palpitante, más grande que la de Juan, entrando en mí de golpe. Me llenó toda. Me puso de lado en el asiento trasero, una pierna sobre el respaldo delantero, y me embistió con fuerza salvaje. Los huevos le golpeaban contra mi culo haciendo ruidos húmedos. Sentí cada centímetro de su verga entrar y salir, húmeda, caliente, raspando mis paredes internas. Me tapó la boca con la mano porque gemía muy fuerte, sin control. "Cállate", me ordenó, y eso me excitó más. Me vine, con contracciones violentas que me doblaron el cuerpo. Él se corrió dentro de mí, y sentí su semen caliente inundándome, goteando entre mis piernas, manchando mis bragas rojas que tenía puestas hasta los tobillos. Tuve que limpiarme con un pañuelo de papel, todavía temblando, con las bragas empapadas de fluidos de los dos.
**La Segunda vez**
una que Juan "sabe"— fue en el motel "El Descanso", habitación 204. Pero lo que Juan desconoce son los detalles sucios, los que me convierten en una verdadera zorra. Llevaba puestas unas bragas negras de encaje, tangas diminutas. Sergio me puso en cuatro sobre la cama destartalada, con el culo en alto, las nalgas expuestas, y me jaló las bragas hacia un lado con un dedo, sin quitármelas. Me lamió el ano por encima del hilo, luego me las bajó hasta las rodillas, dejándome expuesta completamente.
Me metió la lengua en el culo, lamiendo, succionando, mientras me acariciaba el clítoris con los dedos. Gemí como nunca había gemido. Luego se puso de pie, sacó su verga erecta , solo la sacó y me penetró analmente. Grité. Duele al principio, ese dolor ardiente de la entrada, pero luego... luego se siente delicioso, una llenura diferente, más intensa. Me cogió el culo mientras yo me masturbaba el clítoris frenéticamente, con las bragas negras todavía puestas hasta las rodillas, estiradas, manchadas de mis fluidos. Cuando se vino, lo hizo dentro de mi ano, chorros calientes que sentí depositándose. Luego me volteó bruscamente y me metió la verga en la boca, y me hizo chuparla hasta que se endureció de nuevo. Esa noche me cogió tres veces: una en el culo, dos en la vagina. Me dejó tan adolorida, tan usada, que caminaba raro al salir del motel, con las bragas negras empapadas de semen y mis propios jugos, oliendo a sexo, sin poder ponérmelas de lo mojadas que estaban.
**La Tercera vez**
Fue en su apartamento, mientras su compañero Pedro dormía al lado, separados solo por una pared de drywall que no aislaba nada. Yo había llegado con un vestido corto y unas bragas rosadas de algodón, cómodas, pensando que no pasaría nada. Qué ilusa. Sergio me puso de rodillas en la alfombra sucia de la sala, me levantó el vestido, me bajó las bragas rosadas hasta los tobillos, y me metió los dedos primero: uno, dos, tres dedos dentro de mí, moviéndolos en círculos, estimulando mi punto G hasta que mojé su mano y manché mis propias bragas que tenía en los tobillos.
Luego me penetró por detrás, agarrándome las nalgas con fuerza brutal, dejándome marcas rojas de sus dedos que duraron días. Su verga entraba tan profundo que sentía el glande golpeando mi cuello uterino, ese punto que me hacía ver estrellas. "Eres una puta caliente, ¿verdad?", me susurraba al oído, con aliento a cerveza. "Dime que eres mi puta. Dime que te encanta más que con tu esposo". Y yo repetía como una idiata excitada: "Soy tu puta, Sergio, soy tu puta. Tu verga es mejor que la de Juan". Me Vine dos veces seguidas, con convulsiones que no podía controlar, el cuerpo sacudiéndose sin voluntad. Él se vino sobre mis nalgas, dejándome cubierta de semen caliente que resbalaba por mis grietas y caía sobre mis bragas rosadas que yacían en el piso, manchándolas también. Tuve que limpiarme con su camiseta porque no había toallas, oliendo su olor en mi piel, con las bragas rosadas tan empapadas que no me las pude poner de nuevo. Tuve que irme a casa sin bragas, sintiendo el aire frío entre mis piernas, oliendo a sexo, con el semen de él todavía goteando de mí.
**La Cuarta vez**
Dios, la peor, la más vergonzosa, la que me convierte en una zorra sin remediocfue en mi propia cama, la que comparto con Juan. El estaba de viaje de negocios en Medellín. Invité a Sergio a casa. Llegué con unas bragas blancas de encaje, elegantes, las que guardaba para ocasiones especiales. Pensé que sería romántico. Qué estúpida.
Entramos como ladrones, con el corazón palpitante de la travesura. Hicimos el amor en nuestras sábanas blancas. Sergio me quitó las bragas blancas con los dientes, arrancándome el encaje con la fuerza de su boca, dejándome completamente desnuda. Me puso las piernas sobre sus hombros, me penetró profundo, hasta el fondo, y luego me volteó boca abajo. Me metió la cara en la almohada, mientras él me penetraba por detrás salvajemente. Luego me puso de lado, levantó una pierna hacia arriba, y me metió el dedo pulgar en el culo mientras me cogía la vagina con su verga. Doble penetración. Nunca había sentido tanta llenura, tanto placer perverso. Grité tan fuerte que los vecarios debieron escuchar, llamándolo por su nombre, pidiendo más, pidiendo que me destruyera.
Me corrí tres veces, con orgasmos consecutivos que me dejaron sin aliento, sin cordura. Él se vino dentro de mí, y dejó tanto semen que goteó de mí durante horas. Mis bragas blancas de encaje quedaron tiradas en el piso de nuestro cuarto, manchadas con mis fluidos y las gotas de semen que habían caído sobre ellas. Esa noche no me bañé. Dormí con su semen dentro, con mis bragas blancas sucias en el piso como evidencia de mi pecado, sintiéndome la puta más grande del mundo.
Y luego está **Diego**. El otro hombre. Juan sabe que hubo alguien más, pero no sabe quién ni cómo. Diego es un compañero del gimnasio, treinta años, cuerpo esculpido como una estatua, verga curvada hacia arriba que toca lugares que ni Sergio alcanzó. Fue una sola vez, en un hotel de paso de la autopista Norte, pagado por horas. Yo llevaba unas bragas azules de deporte, de esas que se usan debajo de los leggins, absorbentes, pensando que iríamos a entrenar. Qué ingenua.
Me puso contra la ventana grande, mirando hacia la calle llena de carros y gente, me bajó los leggins, me jaló las bragas azules hacia un lado, y me penetró desde atrás sin quitármelas. Cualquiera podría vernos si levantaba la vista. Eso me excitó tanto, esa exhibición peligrosa, que vine en cinco minutos, apretando su verga con mi vagina, mojándolo todo con mis fluidos, empapando mis bragas azules por dentro. Luego me acostó en la cama, me quitó las bragas azules por completo, me las puso sobre la cara como una venda, obligándome a oler mi propio olor excitado, y me lamió el clítoris con una habilidad brutal hasta que vine otra vez, convulsionando, agarrándole el pelo, pidiendo más, siendo suya por completo. Me dejó sin bragas, con las piernas temblando, oliendo a sexo, con sus dedos todavía dentro de mí.
Termino de confesar. He dicho todo. Cada verga, cada polvo, cada orgasmo, cada vergüenza, cada par de bragas manchadas. Soy una puta confesa, expuesta, pero tranquila al decir toda mi verdad.
Pero Juan hace algo inesperado. Se levanta, camina
"¿Sabes qué hay aquí?", pregunta.
Niego con la cabeza, temblando.
"Videos. Mensajes. Fotos. Todo, Carolina. Tenía todo desde hace dos semanas. Los mensajes de tu celular los recuperé con un programa. Las fotos que te tomaste en nuestra cama... se subieron a la nube automáticamente, ¿sabías? Tenía pruebas de las cuatro veces con Sergio. Del tipo del gimnasio. De todo. Incluso vi las bragas que dejabas tiradas, las que aparecían en las fotos, las que yo te había regalado."
Me quedo helada, sin sangre en el rostro. "¿Entonces... ya sabías? ¿Todo?"
"Ya sabía", confirma Juan, con esa voz firme que no traiciona emoción. "Sabía cada detalle. Cada vez. Cada hombre. Cada posición. Cada 'soy tu puta' que le repetiste a Sergio. Sabía de las bragas rojas en el carro, las negras en el motel, las rosas abandonadas en el piso de su apartamento, las blancas de encaje en nuestra cama. Lo que no sabía era si tú serías capaz de decírmelo. Si me respetabas lo suficiente para confesar la verdad completa, sin omitir nada, sin suavizar nada, sin esconder ni un solo par de bragas manchadas."
"Si me hubieras mentido, Carolina... si hubieras dicho que fueron solo dos veces, o que no disfrutaste, o que no fue en nuestra cama, o que no le dijiste a Sergio que su verga era mejor que la mía, o si hubieras omitido cualquier detalle de las bragas, de cómo te las bajaban, de cómo quedaban empapadas... si hubieras escondido cualquier detalle, por mínimo que fuera... estarías fuera de mi vida. Para siempre. No por lo que hiciste, sino por la mentira. Por tratarme como un estúpido que no merece la verdad."
Me siento en el sofá, las piernas sin fuerza. Las lágrimas corren por mi rostro, pero son de alivio, no de tristeza. De pura liberación.
Descanso Porque no escondí nada. Porque si hubiera omitido un solo detalle —una sola vez, un solo orgasmo, una sola verga, una sola palabra de las que grité, un solo par de bragas manchadas— ahora estaría sola, desterrada, perdida. Pero hablé. Dije la verdad completa, por más que me avergonzara, por más que me expusiera como la zorra que fui, por más que arriesgara todo.
Y eso, extrañamente, perversamente, me salvó.
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