Cuando descubrí que mi negra se estaba cogiendo a otro, no solo me dolió el pecho.
También se me paró la verga.
Él era más alto. Casado y con hijas
Ella se puso linda, salió y le entregó la concha.
Después me dijo que quería “ sentirse usada”.
Que él ni siquiera la hacía venir.
Que no le daba lengua. Aun así se la mamó.
Aun así le abrió las piernas.
Aun así se dejó embestir. Esa imagen me jodió la cabeza. La primera vez que me la cogí después de saberlo, la tiré en la cama, le corrí la tanga y le puse la boca en la concha.
Estaba rica. Húmeda. Caliente.
La chupé despacio solo para hacerla sufrir.
Cuando estaba temblando, lo hacíamos de pie .—Sentís esto…
Esta verga sí te la parte.
La misma concha que le diste a ese care gaver…
ahora es mía otra vez. Se vino rápido.
Yo también.
Le llené el fondo y seguí metiéndosela mientras se le salía la leche por los lados.
Me prendía verla así: usada por mí, marcada, con cara de puta culpable. Desde ese día no pude parar. Me la imaginaba de rodillas, con la boca llena.
Me la imaginaba en cuatro, recibiendo verga ajena.
Me la imaginaba saliendo con la tanga empapada de semen de otro.
Y mientras más asquerosa era la imagen, más duro me ponía. Un sábado llegó a mi apartamento y se tiró sola en la cama, en tanga, con el culo arriba.
No tuve que pedir nada.
Le hundí la cara entre las nalgas, le comí la concha hasta que se le quebró la voz y después se la metí mirándola a los ojos.—De quién ese manjar…
—Tuya…
—Otra vez.
—Tuya, papi…Le di como si estuviera borrando al otro a embestidas.
Se vino apretándome.
Yo me vine adentro otra vez, profundo, dejándosela rebalsar que mi mima leche funcione como lubricante. Lo más enfermo es que a veces, mientras se la meto, pienso que ojalá todavía le quede algo de él.
Que ojalá esté un poco abierta.
Que ojalá yo esté empujando sobre el mismo hueco que otro ya llenó. Eso me hace acabar a chorros.
Aunque también me desquite por fuera.
Me cogí a otra.
Le di lengua, le partí la concha y me vine con rabia.
Pero cuando terminé, no se me bajaba la idea de mi negra.
De su boca.
De su culo.
De esa traición caliente. Hoy sigo igual. Si me manda un mensaje, se me para.
Si me acuerdo del día que se fue a coger con él, se me para.
Si imagino que vuelve de un viaje con la concha recién usada y se me entrega otra vez, casi me vengo sin tocarla. La quiero.
La odio.
Me la quiero comer entera. Y cada vez que la tengo debajo, gimiendo, mojada, con mi verga hasta el fondo, le digo al oído la única verdad que me queda:
—Puede que te hayas portado como una puta…
pero esta concha, cuando se corre, se corre conmigo.







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