Estábamos sentadas en el sofá de su apartamento, la botella de vino casi vacía y las luces bajas. Yo le estaba contando todo, sin filtros.
—Me pegó otra vez —le dije, mirando el fondo de mi copa—. La cuarta. Esta vez fue en la cara. Me dijo que era mi culpa por contestarle. Ya no aguanto. Cada vez que lo miro siento asco y rabia al mismo tiempo.
Camila me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio inferior. Después suspiró y acercó su rodilla a la mía.
—Yo también estoy harta —contestó con voz baja—. Mi esposo ya casi no me toca. Hace meses que no tenemos sexo de verdad. A lo sumo un polvo rápido cuando él quiere, y ni siquiera me mira a la cara. Antes yo era bisexual… me gustaban las mujeres, me excitaba besarlas, tocarlas, sentir otra piel suave. Pero dejé eso cuando me casé. Ahora… ahora solo tengo un consolador en el cajón de la mesita. Grande, realista, del color de la piel. Lo uso casi todas las noches. Me lo meto pensando en cualquier cosa menos en él. A veces me lo chupo primero, me lo paso por los pezones, y después me lo hundo despacio hasta que me vengo callada para que no me escuche.
Me miró a los ojos. Había deseo y confesión en esa mirada. El ambiente se cargó. Nos inclinamos al mismo tiempo y nos besamos. El beso empezó lento, pero en segundos se volvió profundo y húmedo. Su lengua entró en mi boca con hambre contenida. Yo le respondí igual, agarrándole la nuca. Su mano subió por debajo de mi buzo y encontró mi pecho izquierdo. Los dedos rozaron el piercing de mi pezón: una barrita de metal que se movió bajo su tacto. Ella sonrió contra mi boca al sentirlo y lo pellizcó suavemente, tirando un poco. Un calambre dulce me bajó directo al bajo vientre.
En ese momento se escuchó la llave en la puerta.
Él llegó. Se quedó parado, sorprendido, mirándonos a las dos. Yo llevaba un buzo largo sin brasier que me cubría apenas un poco más abajo de las nalgas; cada vez que me movía se subía lo suficiente para dejar ver el arranque de mis muslos. Camila tenía puestos unos shorts cortos y una blusita de tiritas que apenas sostenía sus pechos.
—¿No me vas a presentar? —preguntó él con una media sonrisa, la mirada bajando por mi buzo y después por el cuerpo de Camila.
Ella se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Es una muy buena amiga. Vino a contarme unas cosas y se quedó un rato.
Él asintió, todavía observándome. Sus ojos se detuvieron un segundo en el bulto que formaba el piercing bajo la tela del buzo.
—¿Ya comieron?
—No —respondimos al mismo tiempo.
—Entonces pido arroz paisa. Yo me baño primero.
Comimos los tres en la mesa del comedor. El arroz paisa estaba caliente, el chicharrón crujiente, el huevo frito todavía con la yema blanda. Hablamos de tonterías mientras él me miraba de reojo cada vez que me inclinaba a agarrar el vaso y el buzo se subía un centímetro más, dejando entrever la curva de mis nalgas.
Después me bañé yo sola. El agua caliente me corría por los pechos desnudos. El piercing del pezón izquierdo brillaba bajo el chorro; me lo toqué un momento, sintiendo el metal caliente. Más abajo, el piercing del clítoris —una argollita pequeña y delicada— se movía cada vez que pasaba la mano entre mis piernas. Salí envuelta en la toalla, me sequé y me volví a poner solo el buzo. Camila entró al baño detrás de mí.
Antes de irnos a dormir ella me tomó del brazo en el pasillo y me susurró al oído:
—¿Y si le coqueteas un poco?… ¿Hacemos un trío?
Yo no respondí. Solo sonreí.
Fui a despedirme de él. Entré a la habitación con el buzo un poco más corto de lo necesario; al caminar se levantaba y dejaba ver el arranque de mis nalgas. Me di cuenta de que me observaba. Sus ojos bajaron, se quedaron ahí un segundo de más, y después subieron hasta el pecho, donde el piercing se marcaba bajo la tela.
—Buenas noches —dije suave.
Camila entró detrás de mí. Nos despedimos los tres. Antes de salir yo me giré hacia ella y le dije en voz baja, pero lo suficientemente alta para que él alcanzara a oír:
—Deja la puerta abierta. Cómetelo. Gime. Si algo… yo entro.
Cerré la puerta de la habitación de visitas solo hasta la mitad.
Alrededor de las dos de la mañana unos gemidos me despertaron. Eran de Camila. Me levanté despacio, me quité el buzo y me quedé completamente desnuda. El aire fresco de la noche rozó el piercing de mi pezón y el del clítoris, poniéndolos más sensibles todavía. Caminé en silencio hasta la puerta entreabierta.
Ella estaba en cuatro sobre la cama. Él detrás, agarrándole las caderas con fuerza, embistiéndola como si quisiera romperla. El sonido de la piel contra la piel era húmedo, obsceno. Yo me paré en el umbral y empecé a masturbarme despacio: dos dedos abriendo mis labios, el pulgar rozando el piercing del clítoris, moviendo la argolla en círculos lentos. Cada roce mandaba una corriente eléctrica por mis piernas. El jugo ya me resbalaba por los muslos. Él no me había visto todavía.
De pronto la cambió de posición. La puso de espalda, le abrió las piernas todo lo que pudo —el clásico pollo asado— y se recostó encima de ella, penetrándola profundo, casi aplastándola. Camila giró la cabeza, me vio y me hizo una seña clara con la mano: entra.
Me agaché y entré en la oscuridad. Me arrastré hasta la cama, le lami las bolas desde abajo mientras él seguía follándola, y después le agarré las nalgas con las dos manos y lo empujé más adentro de ella. El olor a sexo era fuerte, caliente.
—Hey… ¿qué pasa? —preguntó él, la voz ronca, sin dejar de moverse.
Yo levanté la vista, con la lengua todavía rozándole los testículos, el piercing del pezón rozando la sábana.
—Aprovecha. Eres afortunado. Cómenos.
No hizo falta más.
Me subí a la cama, me senté sobre su cara y le puse el coño directo en la boca. Él empezó a comerme sin dudar. Su lengua encontró de inmediato el piercing del clítoris: lo rodeó, lo chupó, lo movió de un lado a otro con la punta. Cada vez que tiraba suavemente de la argolla yo gemía más alto y me apretaba contra su boca. Mientras tanto seguía embistiendo a Camila. Me atreví y me inclinamos a besarnos. Besaba rico, profundo, con sabor a mí misma. Nuestras lenguas se enredaron mientras él nos follaba a las dos al mismo tiempo: con la boca a mí (jugando sin parar con el piercing), con la verga a ella.
Cambiamos de posición varias veces. Al rato él jadeó:
—Quiero culo.
Miré a Camila.
—¿Quieres que me lo dé por el culo a mí?
Ella asintió, todavía con las piernas abiertas y el coño brillante.
—Sí… él siempre me lo ha pedido y a mí no me gusta. Dáselo tú.
Me puse de espaldas, en cuatro. Él se colocó detrás. Al principio entró con desconfianza, lento, solo la cabeza. Yo apreté los dientes. Dolía un poco, pero el ardor se mezcló rápido con el placer. Camila se acercó, me besó y empezó a jugar con el piercing de mi pezón izquierdo: lo giraba, lo tiraba suavemente, lo chupaba. Después sacó el consolador, me lo pasó por los labios para que lo mojara y me lo introdujo despacio en la vagina mientras él seguía empujando en mi culo.
Cuando él nos vio besarnos, vernos meternos los dedos y el juguete, empezó a gemir como un animal. Me embistió el culo con más fuerza. Después se sentó en el borde de la cama. Yo me di la vuelta, le di la espalda y me senté despacio sobre su verga, dejándola entrar completa por detrás. El grosor me llenó hasta el fondo. Camila se arrodilló frente a mí, me abrió las piernas y me empujó el consolador dentro del coño al mismo tiempo. Mientras él me follaba el culo desde abajo, ella me masturbaba con el juguete, me besaba la boca, me agarraba las tetas y jugaba sin parar con el piercing del pezón. Cada tanto bajaba una mano y movía la argolla de mi clítoris en círculos, sincronizando el movimiento con las embestidas de él.
Estaba completamente llena: verga en el culo, consolador en el coño, lengua de Camila en mi boca, metal frío y excitante en el pezón y en el clítoris. Cada embestida de él me empujaba contra el juguete y hacía que el piercing del clítoris rozara contra el cuerpo de Camila. Gemia sin control. Camila también. Él gruñía contra mi espalda, agarrándome las caderas con fuerza.
Me vine primero. El orgasmo me subió desde el culo y el coño al mismo tiempo, potenciado por los dos piercings. Las piernas me temblaban, el jugo corría por el consolador y por su verga, y el piercing del clítoris latía como si tuviera vida propia. Camila se corrió poco después, frotándose contra mi muslo mientras seguía chupándome el pezón. Él duró un poco más, me agarró las caderas con más fuerza todavía y se vació profundo dentro de mi culo, latidos calientes que sentí hasta el estómago.
Nos quedamos los tres enredados, sudados, respirando agitados. El consolador todavía dentro de mí, su verga ablandándose despacio en mi trasero, la boca de Camila pegada a mi pecho, lamiendo el piercing de vez en cuando. El metal brillaba con saliva y sudor.







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