Trío revancha
Relato de comunidad Tríosschedule 9 min de lectura calendar_today Septiembre de 2026

Trío revancha

Un trío calmado vagina y verga nada de mente solo cuerpo

xxxagiexxx

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

El sábado por la tarde estábamos los tres en la sala, más calmados que la noche anterior. La luz de la tarde entraba por las persianas a medio cerrar. Camila estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas, yo en el otro extremo con el mismo buzo largo sin brasier, y Santiago en el sillón individual, todavía con la camiseta de dormir y el pantalón de buzo. Había una botella de vino abierta y tres copas a medio llenar.

Nadie hablaba del tema directamente al principio. Hasta que Camila soltó la risa baja y miró hacia la puerta del pasillo.

—Anoche… no puedo parar de pensarlo —dijo—. Todavía me arde un poco.

Santiago sonrió de lado, mirándome a mí.

—A mí también. Sobre todo cuando te vi parada en la puerta tocando ese piercing que tienes abajo.

Yo crucé las piernas y sentí cómo la argolla del clítoris se movía con el roce de la tela. El piercing del pezón izquierdo se marcaba claro bajo el buzo.

—Cuéntenme —pedí—. Quiero oírlo desde afuera. Qué sintieron cuando yo entré.

Camila se acomodó, se acercó un poco y empezó a hablar con la voz más baja, casi como si todavía estuviéramos en la cama.

—Cuando te vi en la puerta masturbándote… se me mojó más. Él me estaba abriendo las piernas y yo solo pensaba “que entre, que entre”. Y cuando te arrodillaste y le lamieste las bolas mientras él me follaba… sentí que me corría solo de verlo.

Santiago se pasó una mano por la entrepierna, sin disimular que ya se le estaba parando.

—Y cuando te sentaste en mi cara —añadió él—, ese piercing del clítoris… lo sentí de inmediato. Cada vez que lo movía con la lengua tú apretabas más las piernas. Me volví loco.

Camila se giró hacia mí, se acercó todavía más y me tocó la rodilla.

—Ahora te voy a enseñar algo —dijo—. Cómo besarlo a él. Porque anoche lo besaste, pero esta vez quiero que lo hagas como a mí me gusta que me besen a mí… pero a él.

Se levantó un poco, se colocó a mi lado y me tomó la cara con las dos manos.

—Míralo primero a los ojos. No cierres los ojos de una. Acércate despacio… así —me guió, girándome hacia Santiago—. Ahora abre un poco la boca, no demasiado. Deja que él sea el que meta la lengua primero… y cuando la sientas, chúpala suave, como si estuvieras mamando. Y muerde el labio inferior, pero sin hacer daño. Solo un jaloncito.

Yo hice exactamente lo que me decía. Me incliné hacia Santiago, lo miré a los ojos, abrí la boca apenas y esperé. Él se acercó, metió la lengua y yo la chupé despacio, después mordí su labio inferior y lo solté. Santiago soltó un sonido grave desde la garganta.

—Así… justo así —murmuró Camila contra mi oído—. Ahora otra vez, pero más profundo.

Mientras yo lo besaba, Santiago habló sin separarse de mi boca:

—Ahora te toca a ti aprender a besarla a ella. Camila le gusta que le muerdan el cuello justo debajo de la oreja mientras le chupan el labio. Y que le agarren el culo con las dos manos, fuerte, y la peguen contra uno.

Me separé de él y me giré hacia Camila. La agarré de la cintura, la jalé contra mí, le mordí el cuello debajo de la oreja y al mismo tiempo le chupé el labio inferior. Mis manos bajaron y le apreté las nalgas con fuerza, separándoselas un poco a través de los shorts. Ella gimió en mi boca.

—Joder… sí —susurró ella.

Santiago se acomodó en el sillón, abriendo más las piernas. La erección ya se marcaba completa.

Fue entonces cuando yo hablé, mirándolo fijo a los ojos:

—Quiero que nos veas. Las dos. Quiero que nos masturbemos frente a ti… despacio… y que no nos toques hasta que yo diga. Ese es mi deseo ahora mismo.

Santiago se quedó callado un segundo, la respiración más pesada. Después asintió una sola vez.

—Hazlo.

Camila y yo nos miramos. Nos entendimos sin palabras. Me quité el buzo de un solo movimiento y me quedé completamente desnuda frente a él. El piercing del pezón izquierdo brilló con la luz de la tarde. Camila se bajó los shorts y la blusita de tiritas y también se quedó desnuda. Nos sentamos las dos en el sofá, frente a Santiago, con las piernas abiertas hacia él.

Empecé primero. Separé los labios de mi coño con dos dedos y dejé que viera el piercing del clítoris, la argolla ya húmeda. Empecé a tocarlo en círculos lentos, muy lentos, sin apartar la vista de los ojos de Santiago. Camila hizo lo mismo a mi lado: se metió dos dedos, se abrió para que él viera cómo entraban y salían brillantes.

—Mírala —le dije a él con voz ronca—. Mírame cómo me toco el piercing… cómo se mueve cuando lo giro…

Camila gimió más alto y se inclinó hacia mí. Empezamos a besarnos mientras nos masturbábamos, pero siempre de frente a él, sin cerrar las piernas. Yo bajaba una mano de vez en cuando y le tocaba un pecho a Camila, después volvía a mi clítoris. Ella me pellizcaba el piercing del pezón izquierdo y lo tiraba suavemente mientras se metía los dedos más profundo.

—Más despacio —ordenó Santiago, la voz gruesa—. Quiero ver cada movimiento.

Obedecimos. Hicimos los círculos más lentos todavía. El sonido de nuestros dedos mojados se oía claro en la sala. Yo levanté una pierna y la apoyé en el borde del sofá para abrirme más. El piercing del clítoris quedó completamente expuesto, brillando, y cada vez que lo rozaba con la yema del dedo soltaba un jadeo.

—Dile lo que sientes —me pidió Camila contra la boca.

—Siento la argolla… caliente… y cada vez que la muevo me baja un calambre hasta las piernas —respondí, mirando a Santiago—. Y quiero que nos veas corrernos así… sin tocarnos.

Seguimos. Camila se acercó más, me lamió el pezón con el piercing y al mismo tiempo aceleró un poco los dedos en su propio coño. Yo hice lo mismo: le chupé un pecho mientras me tocaba más rápido. Santiago se había bajado el pantalón y se masturbaba despacio, sin apartar la vista de nosotras.

—Ahora juntas —susurré.

Nos miramos, nos besamos profundo y aceleramos al mismo ritmo. Los dos piercings —el del pezón y el del clítoris— latían. El jugo me corría por los dedos y por el sofá. Camila empezó a temblar primero.

—Me estoy viniendo… —gimió ella.

Yo la seguí segundos después. El orgasmo me subió desde el piercing del clítoris, fuerte, húmedo, mientras seguía mirando a Santiago a los ojos y moviendo los dedos aunque ya no hacía falta. Camila se aferró a mi hombro y se corrió con un gemido largo, los dedos todavía dentro de sí.

Santiago respiraba agitado, la verga completamente dura y brillante en su mano.

—Ahora sí —dije, todavía con la voz temblorosa—. Ahora puedes tocarnos.

Nos levantamos. Santiago se puso de pie, nos tomó a las dos de la mano y nos llevó a la habitación. Esta vez dejamos la puerta completamente abierta y la luz de la lámpara de noche encendida. Queríamos vernos.

En la cama todo se volvió más lento y más hablado.

Santiago se recostó y nos miró a las dos.

—Camila, ponte encima de mí, de frente. Quiero que ella te bese mientras yo te cojo.

Camila se montó en posición de vaquera. Yo me arrodillé a su lado. Mientras Santiago entraba en ella despacio, yo le chupé el pezón derecho y después el izquierdo. Camila me agarró la cabeza y me guió hacia su boca. Nos besamos profundas mientras él la embestía desde abajo.

—Dile cómo la quieres besar —me pidió Santiago, jadeando.

—Más lengua —le dije a Camila contra los labios—. Métela más. Y muérdeme el labio como yo te mordí a ti hace rato.

Ella lo hizo. Al mismo tiempo yo bajé una mano y encontré el piercing de mi propio clítoris. Lo moví en círculos mientras los miraba.

Después cambiamos. Yo me puse a cuatro patas. Santiago se colocó detrás de mí y Camila se sentó frente a mi cara.

—Ábrela —le dijo él a Camila—. Quiero que le comas el coño mientras yo le doy por atrás.

Camila se deslizó debajo de mí, me abrió los labios con los dedos y encontró de inmediato el piercing. Lo chupó, lo movió con la lengua, lo tiró suavemente. Cada movimiento me hacía apretar el culo alrededor de la verga de Santiago, que entraba cada vez más profundo.

—Háblale —le ordenó él a Camila—. Dile lo que le estás haciendo.

—Te estoy chupando el piercing —gimió ella desde abajo—. Está tan hinchado… sabe a ti. Lo estoy moviendo con la lengua… ¿lo sientes?

—Sí… joder, sí —respondí, la voz rota.

Santiago se inclinó sobre mi espalda y me habló al oído mientras me follaba el culo:

—Ahora dile tú a ella cómo quieres que te mame las tetas. Y dile que juegue con el piercing del pezón.

—Camila… chúpame el pezón izquierdo —jadeé—. El que tiene el piercing. Tíralo con los dientes… suave… y después chupa fuerte.

Ella obedeció. Se incorporó un poco, me tomó el pecho y empezó a jugar con el metal: lo giraba, lo tiraba, lo chupaba. Cada tirón se conectaba directo con el piercing del clítoris que ella seguía rozando con los dedos.

Estábamos los tres empapados, hablando sin parar, guiándonos.

—Más fuerte —le decía yo a Santiago.

—Más despacio —le decía él a Camila.

—Métete dos dedos mientras me chupas —le pedía yo a ella.

Cuando sentí que me iba a correr, se lo dije en voz alta:

—Me voy a venir… no paren… sigan hablándome…

Camila, con la boca llena de mi pezón y los dedos en mi clítoris, murmuró:

—Córrete. Quiero sentirte apretar el piercing contra mis dedos.

Santiago gruñó detrás de mí:

—Vente. Voy a llenarte el culo otra vez mientras te corres.

El orgasmo me atravesó entero. El piercing del clítoris latía contra los dedos de Camila, el del pezón era tirado por su boca, y la verga de Santiago se hundía hasta el fondo de mi culo. Grité. Camila se corrió poco después, frotándose contra mi muslo. Santiago se vació dentro de mí con un gemido largo, profundo, mientras nos hablaba todavía:

—Las dos… las dos son mías esta noche…

Nos desplomamos en un montón de piernas, brazos, saliva y semen. El piercing del clítoris todavía brillaba con fluidos. El del pezón estaba rojo e hinchado de tanto que lo habían chupado y mordido.

Camila se rio bajito, todavía sin aliento.

—La próxima vez… quiero que me enseñes cómo te gusta que te lo mamen a ti el piercing de abajo… y que nos masturbemos otra vez frente a él, pero más lento todavía.

Yo sonreí, con la cabeza apoyada en el pecho de Santiago y una mano entre las piernas de Camila.

—La próxima vez —respondí— lo vamos a hacer todavía más despacio… más hablado… y él nos va a ver hasta que no pueda más.

Afuera ya era de noche otra vez.

Adentro, ninguno de los tres tenía prisa por dormirse.

— xxxagiexxx

12 de septiembre de 2026

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