Empecé a publicar relatos eróticos porque descubrí que escribirlos me excitaba casi tanto como leerlos. Había algo profundamente íntimo en convertir una fantasía en palabras. Detenerme en los detalles, elegir exactamente qué decir y qué callar, prolongar durante páginas una escena que en la imaginación apenas duraba unos segundos.
Andrés, mi esposo, no solo lo sabía. Era parte de todo aquello. Era mi primer lector, mi crítico más honesto y, algunas veces, el hombre que más disfrutaba viendo hasta dónde podía llevar una fantasía.
Entre nosotros existe una libertad que muchos envidiarían: puedo tener sexo con otros hombres mientras él tenga la posibilidad de presenciarlo. Tambien puedo conversar con quien quiera, coquetear, dejarme seducir o intercambiar mensajes cargados de deseo. No necesito esconder nada. Tampoco rendir cuentas. Si pregunta respondo con absoluta sinceridad. Si no lo hace, cada uno continua con su vida. Pero incluso las relaciones mas libres necesitan fronteras para sostenerse. La nuestra tambien las tenia.
La fantasía cuckold ya habia dejado de ser una fantasia. Se habia convertido en un recuerdo compartido. Ya me había dejado coger por otro mientras Andrés miraba, se tocaba y se corría viéndome. Le había gustado tanto que quería mantener esa dinámica. Cualquier nuevo hombre que me metiera la verga debía hacerlo con él en la habitación. Esa era la regla.
Entre esas interacciones por correo con mis lectores, Juan apareció. Comentó uno de mis relatos con un mensaje largo, preciso y asqueroso. Describía exactamente en qué momento se le endureció la polla, cómo se imaginaba mi boca abierta mientras escribía esa escena. Le respondí. Y en tres días ya estábamos en Telegram.
Juan era exactamente lo que yo esperaba encontrar detrás de un relato como los míos: un hombre excitado, curioso, atrevido. Al principio todo se mantuvo dentro de lo permitido: Texto, fantasía , sexo escrito, notas de voz que él me pedía y yo le mandaba sin problema. Me preguntaba por mis relatos, por mi relación, por mis gustos.
Aún recuerdo el primer sexting que tuvimos. Recreamos una escena en un club oscuro, con luces rojas y violetas que se reflejaban en el sudor de las pieles. Olía a alcohol barato, a perfume barato y a sexo contenido. Bailaba con Juan y luego con Andres, y en algunos casos bailábamos los tres. Cada vez que alguno era mi pareja de baile, me aseguraba de hacerme sentir. Cuando me pegaba a Juan, rozaba mi trasero contra la verga dura que se le marcaba en el pantalón al ritmo lento y pesado de una bachata. Sentía el calor de su erección a través de la tela, gruesa, latente. Apoyaba la cabeza hacia atrás sobre su hombro y mi cabello rizado se enredaba con su barba. Él me sujetaba la cadera con fuerza y yo movía el culo contra él con descaro, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura.
Después me giraba, le hablaba sucio pegada a su oído, dejándole sentir mi aliento caliente y el olor de mi perfume mezclado con el sudor del baile. Le decía lo mucho que quería sentir esa polla abriéndome. Mientras tanto miraba por encima de su hombro a Andrés, que nos observaba desde la mesa, y le guiñaba el ojo o le sonreía con la boca entreabierta, provocándolo. La tensión era espesa, casi líquida.
En la historia le dije a mi esposo que iba a cogerme a Juan. Mientras se lo decía, puse mi mano sobre el pantalón de Andrés y apreté la polla dura que tenía. La sentí latir contra mi palma. En la siguiente canción volvía a jugar con Juan, le lamía el lóbulo de la oreja y le metía la mano dentro del pantalón. Envolví los dedos alrededor de su verga caliente, gruesa, con las venas marcadas. Estaba resbaladiza de líquido preseminal. Al mismo tiempo él metía la mano por debajo de mi falda, apartaba la tanga empapada y me hundía dos dedos de golpe en el coño. Entraron sin resistencia. Estaba tan mojada que se escuchaba el sonido húmedo cada vez que los movía. Me folló con los dedos al ritmo de la música mientras yo le masturbaba la polla con la mano entera, sintiendo cómo le latía contra los dedos.
El sexting continuó con la narración camino a casa. Dentro del Uber, a oscuras, el manoseo se volvió más sucio. A cuatro manos. Andrés me besaba el cuello mientras Juan me abría más las piernas y me metía los dedos otra vez, ahora más profundo, curvándolos para tocarme ese punto que me hacía arquear la espalda. Cada una de mis tetas le pertenecía a uno de ellos. El olor a sexo ya se sentía dentro del auto.
Al llegar, escribí en el chat que, Andrés iba a servirse una copa de whiskey. Que Juan y yo nos adelantábamos a la habitación. Subiendo la escalera, le describí cómo movía el trasero despacio, sabiendo que él iba detrás y podía mirarme por debajo de la falda. La tanga negra estaba tan empapada que se me pegaba a los labios del coño. Le dije que si alzaba un poco más la tela podría ver cómo me brillaba el coño de lo mojada que estaba.
Juan escribió exactamente lo que quería al entrar al cuarto: que me sentara en el borde de la cama, que le bajara el pantalón con los dientes y que empezara a chupársela.
Le escribí todo con detalle: Cómo me arrodillaba frente a él. Cómo le bajaba la cremallera y sacaba esa polla gruesa, oscura, con la cabeza hinchada y brillante. Cómo me la frotaba primero contra los labios, sintiendo el calor y el olor fuerte, masculino, a sexo. Cómo sacaba la lengua y lamia desde la base, despacio, siguiendo cada vena gruesa hasta llegar a la punta. Allí encontraba la gota espesa de líquido preseminal que estaba a punto de caer. La recogía con la punta de la lengua y me la metía en la boca. Le escribí que sabía salado, un poco amargo, caliente. Que después abría la boca y me la metía entera, empujando hasta sentir la cabeza golpearme la garganta. Los hilos de saliva se me escurrían por la barbilla mientras lo chupaba con ganas, mirándolo a los ojos.
Juan tardaba cada vez más en responder. Cuando por fin lo hizo, escribió que me empujaba hacia atrás sobre la cama, me abría las piernas de un tirón y se enterraba entre mis muslos. Me describió cómo me lamía el coño con la lengua plana, de abajo hacia arriba, terminando cada lamida con una succión fuerte en el clítoris. Cómo me abría los labios con los dedos para chuparme mejor, cómo me follaba con la lengua mientras yo me agarraba a su pelo. Me hizo correrme así, describiéndome el sabor de mi propio coño en su boca, el olor a coño mojado.
El sexting terminó con él subiendo sobre mí, acomodando la polla gruesa entre mis labios hinchados y empujando de un solo tajo hasta el fondo. Sin condón. Me la metió completa. Me describió cómo se sentía el calor de mi coño apretándolo, cómo me follaba con ganas, profundo, sacándola casi entera para volver a enterrarla hasta los huevos. Me decía que iba a correrse dentro, que quería llenarme. Que quería sentir cómo su leche caliente me llenaba el útero mientras yo me aferraba a su espalda.
Y así terminó: con él corriéndose profundo dentro de mí, a chorros espesos, mientras yo le apretaba la polla con el coño y le pedía que me lo dejara todo adentro. Al final, envió una foto de como su semen había quedado sobre su abdomen.
Pensé que allí acabaría esta interacción con Juan. Que me escribiría un par de días después cuando estuviera otra vez erecto para jugar de nuevo a imaginarnos. Pero había algo diferente en él. Juan no parecía interesado únicamente en conseguir algo de mí.
Parecía interesado en mí.
Al día siguiente me escribió como un contacto normal: un saludo, un deseo de buenos días. Me preguntaba cómo había sido mi día. Recordaba cosas que yo había mencionado casualmente. Quería saber qué me gustaba, qué me hacía reír, qué cosas me daban vergüenza. A los pocos días la conversación fue transformándose y una tarde decidí llamarlo por Telegram. Dudé solo un instante, pero continué. Su voz era más grave de lo que imaginaba. Al colgar, Juan me escribió lo mucho que le gustaba mi tono de voz, mi acento colombiano. Me hacía sentir deseada.
Esa dinámica se empezó a volver normal y aún no estoy segura de por qué empecé a saltarme límites.
El primero fue el de “no llamadas sexuales”. No fue planeado. Simplemente lo llamé como cualquier otro día, pero la conversación se fue cargando de ganas. Me contó cómo se le ponía de dura solo de hablar conmigo, de escuchar mi tono de voz. Yo había empezado a humedecer mi entrepierna algunos minutos antes. Me pidió que le describiera qué me excitaba si estuviera ahí. Empecé a hablarle sucio. Le dije que me estaba tocando el coño, que lo tenía hinchado, que se me resbalaban los dedos de lo mojada que estaba. Él me pidió que me metiera 2 dedos y me marcó el ritmo que quería que siguiera. Puse el altavoz, me recosté en el sofá, abrí las piernas y empecé a masturbarme de verdad mientras le hablaba. Comencé a gemirle al oído, le dije su nombre con la voz rota. Le conté cómo me imaginaba su pene abriéndome, cómo quería que me la metiera hasta el fondo. Él respiraba pesado al otro lado. Me pedía que no parara, que gimiera más fuerte, que le dijera exactamente dónde lo sentía. Me corrí escuchándolo jadear mi nombre. Cuando colgamos, me temblaban las manos y tenía el coño palpitando. Había cruzado una línea que hasta ese momento no había cruzado con nadie.
Juan lo notó de inmediato. Me escribió minutos después: —Me encanta como gimes. Acabas de romper un límite por mí… y se me puso todavía más dura solo de pensarlo. Me encanta que lo hayas hecho.
Después empezaron a colarse las conversaciones personales. Otro límite enfocado en tratar de dejar afuera los sentimientos. No fue de golpe. Primero fue una foto del café de la mañana. Después una queja sobre un proyecto que tenía. Él me preguntaba cómo me iba, se preocupaba, me mandaba fotos de su propio día. Yo le respondía. Poco a poco el chat dejó de ser solo sexo. Había espacio para lo cotidiano, para lo que no tenía nada que ver con follar. Y eso, de alguna forma, me acercaba más a él.
Juan lo disfrutaba abiertamente. —Me calienta que le cuentes a otras personas que quieres coger conmigo—me dijo una noche. Y yo sentía que él quería entrar donde no debería.
Y entonces comenzó a hacer algo que al principio no supe cómo interpretar. Me consentía. La primera vez que quiso enviarme dinero dijo que era para que comprara ropa interior y le enviara una foto con unos cacheteros rojos, pero luego entendió que ahí había un límite. Así que decidió hacerlo por nada a cambio.
—¿Qué es esto?
—Para ti.
—¿Para mí qué?
—Para que te compres algo que te guste.
Me reí. Le dije que no tenía sentido, que estaba loco. Que no tenía que hacerlo. Que podía hablar conmigo sin necesidad de mandarme absolutamente nada. Pero él insistió. No quería una foto. No quería una conversación sexual a cambio. No quería que le prometiera nada. Simplemente quería consentirme.
Eso fue lo que más me desconcertó. Porque estaba acostumbrada a entender las cosas como intercambios. Yo doy algo, alguien recibe algo, fin del asunto. Juan parecía disfrutar precisamente de lo contrario. Disfrutaba dar.
Y, para mi sorpresa, yo disfrutaba esa forma de sentirme deseada.
Era la sensación de saber que, en algún lugar, había un hombre pensando en mí y preguntándose qué podía hacer para hacerme sonreír.
Una tarde escribió:
—¿Qué te comprarías si yo te dijera que hoy quiero consentirte?
—No sé. ¿Maquillaje? — Le respondí en broma.
—Entonces cómprate maquillaje.
—Juan...
—Algo que te haga sentir preciosa—. Me interrumpió
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos. No necesitaba maquillaje. Podía comprármelo yo. Pero terminé haciéndolo. Y cuando se lo conté, no me pidió una foto.
Solo respondió:
—Quiero imaginarte feliz.
Aquella frase me hizo algo extraño porque hasta entonces había pensado que el atractivo estaba en conseguir mi atención. Juan parecía encontrar placer en algo mucho más sencillo: en hacerme disfrutar.
Empecé a notar que esperaba sus mensajes. No solamente los sexuales. Esperaba el “buenos días”.
La pregunta de cómo me había ido.
La pequeña sorpresa.
El mensaje que aparecía de repente porque había visto algo y había pensado en mí.
Y algunas veces llegaba otra transferencia, sin explicación. Sin exigencia.
—¿Y esto?
—Porque sí.
—Estás loco.
—Probablemente.
Me acostumbré peligrosamente rápido a que alguien me consintiera, a que alguien quisiera facilitarme un capricho. A sentir que había un hombre al otro lado de la pantalla al que le producía placer saber que podía darme algo que yo quería.
Y entonces ocurrió algo que me avergonzó un poco reconocer: empecé a querer darle algo a cambio. No porque él me lo pidiera, de hecho era precisamente porque no me lo pedía. Si me decía que le gustaba escuchar mi voz, a mí me nacía enviarle otra nota de voz. Si le gustaba que le dijera como se la chuparía, yo le decía: Te pasaría mi lengua desde la punta hasta la base solo para sentir tu verga dura por mí, te chuparía hasta tus huevos, y luego llegaría a la punta para así meterla toda en mi boca, empezaría despacio y no pararía de mirarte, me encantaría ver cómo te retuerces del placer que te estoy generando, luego pondría tu mano en mi cabello para que me guíes a un ritmo, cada vez más rápido mientras con mi mano aprieto tus bolas y solo te miro mientras te corres en mi boca.
Poco a poco, quería darle un poco más, y la única manera que tenía, al menos por ahora, era saltar algún limite. No era un intercambio explícito. Era más sutil. Más peligroso.
Y entonces rompí el acuerdo de “no notas de video”. Fue algo que empezó inocente. Un día le mandé un video corto, de apenas unos segundos, saludándolo. Sonreía a la cámara, le decía “hola” con voz suave y me tocaba el pelo. Quería agradarle. Quería provocarlo un poco también. Él respondió diciéndome que se había puesto duro solo con eso. Nada explícito todavía, pero ya estábamos en un terreno que antes no pisábamos.
Juan no dejó pasar el momento: —Uff Tatiana, otro acuerdo que cruzaste por mí. Me encanta verte ceder así. Sigue.
Quizás porque entendí que aquello ya no era solamente dinero. Era atención. Era deseo. Era una forma extraña de intimidad.
El último límite que crucé fue el de las fotos de cuerpo completo. Juan me pidió una. Nada íntimo. Solo quería ver mi silueta, cómo me veía de pie, de frente, de espaldas. Dudé. Al final se la envié. No fue algo de ese mismo momento; la busqué en la galería de mi celular. Estaba de pie en la orilla de la playa, sonriendo con la boca abierta, los dientes blancos a la vista y mis gafas de sol. Llevaba un vestido de baño tankini negro cuyo top de tirantes anchos y escote generoso marcaba y sostenía mis tetas al mismo tiempo que la zona del torso se ajustaba perfectamente para dejar ver mi cintura. En la parte de abajo, un bikini con lazos laterales que se anudan en las caderas, dejando ver la curva suave del vientre y el inicio de mis piernas. Él respondió casi al instante:
—Uff Tatiana. Cómo me gustas. Ahora puedo imaginarte mientras me masturbo. Gracias por esto.
Y después, más directo: —Cada vez que rompes un acuerdo por mí se me pone más dura. Saber que lo haces aunque sepas que no deberías… eso es lo que más me calienta. Esa foto, tan normal, tan “de nada”, le permitió ilusionarse con mi cuerpo de una forma que las palabras no habían logrado.
La tensión sexual entre nosotros comenzaba a sobrepasarme. En ocasiones buscaba a Andres entre las sábanas después de chatear. Tenía sexo con mi esposo, pero en mi mente estaba Juan. Trataba de recrear en la cama alguna escena hablada en Telegram.
Esa tensión sexual pronto dejo de ser solo virtual. Comenzamos a hablar de vernos. De reservar una habitación. De coger de verdad. El problema era que vivíamos en ciudades bastante alejadas. La distancia hacía que cualquier encuentro real fuera complicado, caro y difícil de organizar. Aun así, la idea seguía ahí, girando entre los dos.
Fue entonces cuando Juan empezó a mostrar una faceta que chocaba frontalmente con mi forma de ser y con lo que he vivido casi toda mi vida: la exclusividad.
Empezó a hablarme de celos. Del malestar que le producía imaginarme hablando con otros hombres, del dolor concreto que le generaba pensar que alguien más pudiera tocarme, abrirme las piernas o correrse dentro. Poco a poco fue dejando claro lo que quería: aparte de mi esposo, deseaba ser el único. El único con quien yo tuviera sexo. El único que me follara además de Andrés.
Esa idea me resultaba extraña. Casi ajena. Yo estaba acostumbrada a la libertad, a no deberle exclusividad sexual a nadie más que a los acuerdos que yo misma había elegido. Pero entre nosotros ya había crecido algo más que solo excitación. Había una conexión real, una forma de hablarse, de cuidarse a distancia, de entenderse que no era amor… pero tampoco era solo sexo.
Y estaba esa manera tan insistente en que le interesaba cumplir mis caprichos, sin exigir casi nada a cambio. Esto empezó a pesar en mis decisiones.
No era que yo estuviera “vendiendo” exclusividad. Era más complejo. La conexión que teníamos me hacía querer darle algo que él claramente necesitaba, y su forma de darme mis gustos hacía que ese “algo” se sintiera menos pesado, más posible. Como si él estuviera invirtiendo no solo en mis palabras o en mis fotos, sino en un espacio solo para él dentro de mi cuerpo y de mi tiempo.
Acepté intentarlo.
No porque de repente creyera en la exclusividad, ni porque el dinero fuera lo único que me importaba. Sino porque la forma en que él me miraba a través de los mensajes, la forma en que se excitaba cada vez que cruzaba un límite por él y la constancia con la que me consentía… me hacían querer probarle que podía ser, al menos por un tiempo, solo de dos hombres: mi esposo… y él.
Y luego dejó clara una intención todavía más peligrosa:
—Yo sé que ya lo han hecho. Sé que Andrés ya te ha visto con otra verga dentro. Sé que estuvo ahí, mirando, tocándose, oliendo el sexo mientras otro te abría las piernas. Sé que le gustó. Sé que se corrió viéndote gemir con una polla que no era la suya. Y sé que quiere volver a verlo. A mí no me disgusta esa idea… pero primero te quiero yo solo. Sin él. Sin su mirada encima. Sin su pene duro de cornudo esperando turno.
Quiero tenerte en una habitación donde solo estemos nosotros dos. Quiero arrodillarme entre tus piernas, abrirte los labios del coño con los dedos y chuparte hasta que se te olvide el nombre de tu marido. Quiero lamerte despacio primero, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo te mojas en mi lengua. Quiero succionarte el clítoris hasta que te estés retorciendo, hasta que me agarres del pelo con las dos manos y me empujes la cara contra tu coño. Quiero que te corras en mi boca. Que me dejes la barba empapada, brillante, oliendo a ti. Quiero tragar tus fluidos.
Y después quiero tu boca. Pero no va a ser suave. No voy a dejarte chupármela con cariño. Te voy a agarrar del pelo, te voy a abrir la garganta y te voy a follar la boca con ganas. Quiero verte babear, quiero verte llorar un poco de lo profunda que te la meta. Quiero sentir cómo se te escurre la saliva por la barbilla mientras te golpeo la garganta con la cabeza de la polla. Vas a atragantarte. Vas a tener los ojos vidriosos. Y yo voy a seguir.
Cuando ya no puedas más, te voy a tirar de espaldas, te voy a abrir las piernas y te la voy a meter de un solo empujón. Sin prepararte demasiado. Quiero sentirte apretada, quiero oírte quejarte un poco. Quiero follarte duro. Tan duro que se te salte el aire. Tan profundo que sientas que te llego al estómago. Te voy a lastimar un poco, sí. Lo suficiente para que al día siguiente todavía me sientas adentro.
Y me voy a correr dentro. Profundo. A chorros espesos. Quiero llenarte. Quiero que cuando te levantes de la cama se te escurra mi leche por los muslos. Quiero que llegues con tu esposo todavía chorreando lo que te dejé adentro.
Porque cuando él finalmente te vea conmigo… ya vas a saber cómo se siente mi polla. Ya vas a saber cómo te abro. Ya vas a saber cómo te hago correr.
Ese primer momento va a ser solo mío. Antes de ser de él.
Esa frase me dejó el coño palpitando durante horas.
A pesar de tener una gran libertad, yo siempre he sido llamada por la tentación de lo prohibido. Cada línea que cruzo con Juan me calienta más que la anterior. Cada acuerdo que se rompe me hace sentir que estoy cayendo un poco más profundo. Y lo peor —o lo mejor— es que no quiero parar. Cada vez que hacía algo prohibido con Juan, quedaba tan llena de morbo que tenía que buscar a Andrés para desahogarme.
Al comienzo traté de hacerle entender que no podía. Pero había algo profundamente femenino en sentir que alguien quería invertir en ti sin que tú tuvieras que pedirlo: Tiempo, atención, detalles, regalos. Con esa insistencia tranquila de quien no pregunta cuánto vale algo, sino cuánto puede hacerte sonreír. Nuevamente empecé a ceder y a calentarme teniendo el momento en mi mente. Acepté su propuesta: buscar la forma de vernos en un hotel —aunque la distancia lo dificultara— y disfrutar de los dos antes de darle ese gusto a mi esposo.
Juan había empezado como un lector. Después se convirtió en una fantasía.
Luego en una costumbre. Y, sin que yo me diera cuenta, en algo mucho más peligroso: un hombre al que empecé a preguntarme qué podría regalarle yo... cuando lo único que él quería era seguir regalándome a mí.











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