La mujer de vestido rojo
Relato de comunidad Lésbicosschedule 6 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La mujer de vestido rojo

Me corrí en la silla y ella aprovechó para hundir dos dedos dentro de mí. Yo miraba la carta sin leerla, con los ojos clavados en las letras, y ella sonreía porque sabía exactamente lo que me estaba haciendo. —Quiero chupar...

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Después de aquella noche, algo había cambiado entre mi esposo y yo.

No era una distancia.

Era todo lo contrario.

Habíamos empezado a hablar más.

Sobre nuestros deseos, sobre nuestras fantasías y, sobre todo, sobre aquellas partes de nosotros que durante años habíamos supuesto conocer perfectamente.

Una de esas conversaciones ocurrió un viernes por la noche.

Estábamos cenando en un restaurante pequeño cuando mi esposo me preguntó:

—¿Hay algo de aquella noche que no me hayas contado?

Lo miré por encima de mi copa.

—¿Por qué preguntas?

—Porque te conozco.

Sonreí.

—Quizá no tanto como crees.

Él se inclinó ligeramente hacia mí.

—Entonces sorpréndeme.

Bajé la mirada.

Había algo que todavía no le había dicho.

Laura me había gustado.

No solamente como persona.

Había sentido una atracción que me había tomado completamente por sorpresa.

—Me gustó estar cerca de ella —admití finalmente.

Mi esposo no cambió de expresión.

—Lo imaginé.

—¿Y no te molesta?

—No.

—¿Nunca?

Negó con la cabeza.

—Me interesa saber qué sentiste tú.

Aquella pregunta me dejó en silencio.

Porque la respuesta era sencilla.

Había sentido curiosidad.

Y ahora que había reconocido esa curiosidad en voz alta, ya no parecía tan fácil ignorarla.

Unas semanas después salimos nuevamente.

Esta vez solos.

El lugar era un bar elegante, con música tranquila y mesas pequeñas.

Yo llevaba un vestido rojo oscuro.

No sé por qué lo había elegido.

Quizá sí lo sabía.

Fue allí donde conocimos a Valeria.

Estaba sentada en la barra, hablando con una amiga.

Tenía una presencia tranquila, una sonrisa segura y una manera de mirar que no resultaba agresiva, pero tampoco tímida.

Nuestros ojos se encontraron.

Ella sonrió.

Yo aparté la mirada.

Mi esposo lo notó inmediatamente.

—Otra vez —dijo.

—¿Otra vez qué?

—Esa mirada.

Me reí.

—No empieces.

—Yo no he empezado nada.

Unos minutos después, Valeria pasó cerca de nuestra mesa.

—¿Está ocupado?

Señaló la silla.

Mi esposo negó con la cabeza.

—Adelante.

La conversación comenzó de manera completamente normal.

Valeria era divertida, inteligente y tenía una seguridad que me resultaba fascinante.

Poco a poco descubrimos que teníamos intereses en común.

En algún momento, mientras mi esposo hablaba con ella, Valeria volvió la mirada hacia mí.

—Tú eres muy observadora.

—¿Por qué dices eso?

—Porque llevas toda la noche mirándome cuando crees que no me doy cuenta.

Sentí calor en las mejillas.

Mi esposo soltó una pequeña risa.

—Te dije que esa mirada era evidente.

Le di una mirada de advertencia.

Valeria sonrió.

—No tienes por qué sentir vergüenza.

La miré directamente.

—No estoy avergonzada.

—Entonces mírame.

Lo hice.

Y durante unos segundos ninguna de las dos apartó la mirada.

Sentí nuevamente aquella extraña mezcla de nervios y curiosidad.

Pero esta vez no quería escapar de ella.

Mi esposo permanecía a nuestro lado.

Tranquilo.

Presente.

Y cuando nuestras manos se encontraron sobre la mesa, él simplemente sonrió.

Más tarde salimos los tres a la terraza.

La música llegaba amortiguada desde el interior.

La terraza del restaurante colgaba sobre la calle, entre geranios y farolas que empezaban a encenderse. Valeria se sentó frente a mí y mi esposo ocupó la mesa contigua, con un gin tonic y la mirada puesta en nosotras.

—Quédate —le había dicho yo antes de que ella llegara, y él se había quedado.

Valeria emocionada por encima de la copa. Su pie encontró el mío bajo la mesa y subió despacio por mi pantorrilla, por debajo del dobladillo del vestido.

—Sabes que no nos quitas el ojo de encima? —dijo, con la voz baja.

-Perder.

—Y le gusta.

Su mano subió por mi muslo. La tenía fresca del vaso, y yo sentí cada dedo antes de que llegaran a mi ropa interior. Los deslizó por encima de la tela, despacio, y respiró hondo cuando encontró el punto exacto.

—Estás empapada —murmuró, y era cierto.

Su dedo recorrió mi coño por encima de la tela, dibujando círculos lentos, y yo apreté los muslos para atrapar su mano.

—No —dijo ella—. Abre.

Abrí las piernas apenas, lo justo para que su mano pasara por debajo de la tela. Cuando sus dedos rozaron mi vagina, sin nada entre ellos, tuve que taparme la boca para no gemir.

—Así, más alto —pidió.

Me corrí en la silla y ella aprovechó para hundir dos dedos dentro de mí. Yo miraba la carta sin leerla, con los ojos clavados en las letras, y ella sonreía porque sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

—Quiero chuparte —dijo.

Mi esposo dejó la copa sobre la mesa. No dijo nada, pero sentí el peso de su mirada, y eso me calentó más que los dedos de Valeria. Ella se levantó y se sentó a mi lado. Bajó el escote de mi vestido con un dedo, sacó uno de mis senos del sujetador, a la vista de toda la terraza, y lo tomó con la boca. Chupó, despacio, con la lengua plana, y yo dejé escapar un gemido que ahogué contra su pelo.

—Tienes los pezones duros —dijo contra mi piel, y pasó al otro seno hasta que ya no pude pensar.

Su mano volvió por debajo de la mesa, a mi coño, y me frotó el clítoris con el pulgar mientras dos dedos entraban y salían de mí. Me aferré al borde de la mesa. Mi esposo seguía ahí, sentado, sin perderse nada, con la mano apretando la copa como si fuera otra cosa.

—Mírame —dijo Valeria—. Mírame a los ojos cuando te vengas.

La miré. Sus dedos apretaron el ritmo y yo me vine allí, en la silla, temblando, con la boca abierta y sin sonido, mientras la terraza seguía girando a nuestro alrededor sin darse cuenta. Cuando pude hablar, Valeria retiró la mano y se la llevó a los labios.

Ella sonrió.

Lo que ocurrió después fue delicado, lento y lleno de pequeños momentos en los que ninguna de las dos parecía tener prisa.

Para mí no se trataba de demostrar nada.

Era descubrir una sensación que nunca me había permitido explorar realmente.

La cercanía de otra mujer.

Su perfume.

Su sonrisa nerviosa.

La forma en que me miraba.

Y, sobre todo, la libertad de reconocer que aquella atracción era real.

Mi esposo permaneció cerca durante toda la experiencia.

No necesitaba intervenir.

Su presencia me daba seguridad.

En un momento levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron.

Él sonrió.

Y comprendí algo que me sorprendió todavía más:

no necesitaba escoger entre la curiosidad que estaba descubriendo y el amor que sentía por él.

Podían existir ambas cosas al mismo tiempo.

Cuando finalmente nos despedimos de Valeria, ella me abrazó.

—Me alegra que hayas confiado en mí.

—Yo también.

Mientras caminábamos hacia el automóvil, mi esposo tomó mi mano.

—¿Cómo te sientes?

Pensé unos segundos.

—Diferente.

—¿En el buen sentido?

Sonreí.

—En un sentido que todavía estoy intentando entender.

Él apretó suavemente mi mano.

—Entonces tenemos mucho que descubrir.

Lo miré.

—¿Tenemos?

—Por supuesto.

Me reí.

Pero aquella noche, acostada junto a él, tardé mucho en dormirme.

Pensaba en Valeria.

En lo que había sentido.

En la seguridad de mi esposo.

Y en una pregunta que apareció silenciosamente en mi cabeza:

Si aquella parte de mí había estado escondida durante tantos años, ¿qué otras cosas todavía no conocía de mí misma?

No sabía entonces que esa pregunta terminaría llevándonos a nuestra siguiente aventura.

— gatoscuriososam

1 de octubre de 2026

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