La montaña siempre había sido nuestro refugio. Un mirador de verde y viento donde nos reuníamos entre acordes de guitarra, páginas abiertas, versos improvisados y risas compartidas. Pero en el fondo de ese bullicio cotidiano, había una constante silenciosa: siempre estábamos ella y yo. Una atracción suspendida en el aire, esperando nuestro momento.
Cuando el atardecer comenzó a teñir las copas de los árboles y las sombras empezaron a alargarse, todos comenzaron a irse. Uno a uno tomaron el camino de regreso, hasta que el silencio de la noche nos envolvió a las dos.
Fue entonces cuando ella se acercó.
Sin rodeos, sus labios buscaron los míos. El contacto fue suave, pero firme. No sentí duda ni incomodidad; me dejé llevar. En sus besos me sentí sensual, bonita, profundamente deseada por ella. Cada movimiento de su boca encendía en mi cuerpo algo que no sabía que estaba dormido.
Sus besos descendieron sin prisa, trazando un sendero cálido hasta mis senos, mientras su mano buscaba el borde de mi pantalón para tocarme. Me guio hacia una piedra grande que descansaba en la montaña y me recostó sobre ella. Con delicadeza, bajó mis pantalones.
En mi mente pasaban muchas cosas a la vez: el miedo de estar dos mujeres solas en medio de la montaña, la idea de que la noche nos atrapase o de que nuestros amigos regresaran y nos vieran. Pero cuando su piel se encontró con la mía, el temor se disolvió. Me dejé ir por completo.
En un momento intenté detenerla, susurrándole que quería parar para hacerle lo mismo a ella —aunque ni siquiera sabía cómo tocar a una mujer—. Pero ella se negó con dulzura, leyéndome el alma.
—No —me dijo—. Sé que todavía no has tenido un orgasmo... y quiero que lo sientas conmigo.
Su entrega fue total. La tibieza de su lengua y la delicadeza con la que me lamió fueron marcando un ritmo lento, envolvente y ascendente. Ya había tenido relaciones sexuales antes, pero jamás había conocido esa sensación.
Y entonces ocurrió.
Fue un instante explosivo, una ola que me atravesó entera y me hizo descubrir, por primera vez, lo que era un orgasmo. Al abrir los ojos, entre mi aliento entrecortado y el placer aún latiendo en mi cuerpo, lo primero que vi fue la sonrisa en su rostro: una mezcla de felicidad y complicidad al haber sido ella quien me regaló ese momento.
Esa noche en la montaña fue solo el principio. La vida nos volvió a juntar y sí, hubo repetición, pero la magia de aquella piedra y el roce de sus labios nunca se me van a olvidar.







Comentarios
2 comentarios
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login EntrarExcelente
Es bonito , que bonito ;)