Un sexual encuentro se escuchaba a través de las notas sensuales provocadas por los gemidos exaltados y descontrolados de una mujer.
Ella entre su cuerpo registraba su nombre, por cada dedo que la tocaba tallaba sus iníciales.
Cada gota caída de su boca la excitaba y la explotaba, enumeraba cada una de las partes donde le gustaba que él la tocara.
Volaba pensando en sus ojos y se venía recordando sus besos, sus tan tranquilos, delicados y apasionantes besos.
Se excitaba sintiendo la yema de sus dedos a punto de tocar su ombligo.
El pecado la absorbía y suplicaba que él le siguiera lamiendo debajo de sus caderas, con la mano izquierda puesta en su espalda.
Ella clavada en su deseo se perdía como drogada, se volvía como loba y asumía sus pecados dándose golpes salvajes y aruñando la espalda de aquel pecador, ensangrentando el momento, derrochando la pasión, equilibrando las guerras.
Dios se tapaba los ojos y se mordía los labios al presenciar tan excitante encuentro.
El perfecto jugo que el expulsaba a ella le gustaba, le encantaba sentir el sudor de su animal dándole latigazos de ira y pasión.
La poesía que el declamaba con palabras sutiles refiriéndose a sus tan grandes y deliciosos senos a ella la enloquecía.
Las letras que componían los dos por el rose de sus labios y el sonido producido por cada toque de su abdomen le daban ritmo a su canción.
El furor con que sus lenguas chocaban le daba sentido a tan inimaginable experiencia.
A ella le excitaba que el más fuerte la apretaba y a él enloquecía el sabor de su redondo trasero.
Ella al final mas se drogó, su mirada se perdió, sus labios cambiaron de color, sus palabras más elevadas se volvían dentro de esa habitación.
Ella lo mordió... el se dejó, los dos se miraron, se sintieron y se besaron. Se tocaron tan sutilmente que se durmieron y terminaron la velada con sus labios en apareamiento, uno en encima del otro, sin sentido alguno.








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