A J* lo conocí en Twitter. Sus comentarios bajo mis publicaciones siempre tenían ese tono coqueto que tanto me gusta. Hacía tiempo que una curiosidad intensa y morbosa me rondaba: deseaba probar a un chico mucho más joven. Empezamos a escribirnos y, para mi sorpresa, vivíamos muy cerca. Le advertí desde el principio que estaba casada y con una vida complicada, por lo que nuestras citas tendrían que ser discretas y con poco chance de ser planteadas. Los chats se volvieron cada vez más calientes.
Me compartía fotos y vídeos que me dejaban la boca seca: un cuerpo delgado, no muy musculoso pero lo suficiente como para notar unos brazos marcados y esas marcas en la cintura, cercanas a su entrepierna que me parecen tan sexys, unos oblicuos deliciosos...apenas 21 años… y una verga de tamaño considerable, hermosa, dejaba ver unas erecciones potentes que me hacían fantasear más de lo que quería admitir. Era la primera vez que me atrevía a pasar de las palabras al deseo real con alguien tan joven. La diferencia de edad me excitaba hasta el punto de la locura; me sentía como una mujer perversa, una “vieja verde”, pero esa culpa solo avivaba más el fuego. Para mí, el placer solo requiere dos cosas: consentimiento y deseo mutuo.
Fue un martes, el día que al fin las fantasías que venía alimentando, se iban a llevar a cabo. Le escribí a eso de las diez de la mañana.
Le dije que tenía la tarde libre y que quería aprovecharla. Él también estaba disponible. No pensaba desperdiciar la oportunidad. Cuando me preguntó adónde quería ir, ya tenía la respuesta preparada. Quería sentirlo cerca, muy cerca, convertir en realidad todo lo que habíamos imaginado en los chats.
—¿Conoces algún cine XXX? —le pregunté.
—No —respondió.
Su inocencia me encendió todavía más. Le hablé del Teatro Sinfonía. Aunque noté cierta reticencia, terminó aceptando.Me recogió a unas cuadras de mi casa. Ese detalle formaba parte de mi fantasía: que mi joven amante pasara por mí frente a las miradas de los vecinos.
Me subí a su moto, había elegido un vestido corto que apenas cubría mis muslos y solo unas pequeñas tanguitas de encaje debajo, no llevaba brasier. El viento acariciaba mi piel mientras nos dirigíamos al lugar, levantaba mi vestido y podía notar como varios hombres desde otras motos y carros me lanzaban miradas lascivas. Mis pezones estaban erguidos, esa pequeña tanga ya daba muestras de lo que se estaba orquestando en mi cabecita, la adrenalina corría por mis venas.
El teatro estaba lleno tal como lo esperaba: la mayoría eran hombres maduros, algunos jóvenes, pero sin duda aún en la penumbra se podía notar que mi acompañante era el más joven allí presente... muchas, muchas miradas hambrientas. Él se veía nervioso, y esa vulnerabilidad me mojaba aún más. Elegimos un asiento en la mitad de la sala, al inicio del pasillo supuestamente discreto. Apenas se sentó, me acomodé sobre sus piernas. Sus manos recorrieron mis muslos con lentitud, subiendo con hambre. Lo besaba despacio, enredando mis dedos en su cabello mientras su respiración se agitaba contra mi cuello. Cuando notó lo empapada que estaba, deslizó sus dedos bajo la tela y empezó a acariciarme. Lo hacía tan bien… círculos perfectos sobre mi clítoris, penetrándome con los dedos justo como necesitaba. No puede evitar gemir, le decía lo delicioso que se sentía y lo bien lo hacía. Me quité las tanguitas y las guardé en mi bolso, abriéndome por completo a sus caricias. Sus dedos siguieron follándome despacio, entrando y saliendo, mientras su otra mano apretaba mi pecho y pellizcaba mis pezones duros. Mis jugos le corrían por la mano. Los besos se volvieron más húmedos, más urgentes. Podía sentir su polla palpitando contra mi culo, pero seguía sin dejarme tocarla del todo. Tuve que morderme los labios para no gemir fuerte mientras pequeños orgasmos me recorrían el cuerpo.Yo buscaba su verga, ansiosa por sentirla dura entre mis manos, pero él no me dejaba. Su atención estaba dividida: varios hombres se habían acercado sigilosamente, rodeándonos. Uno se colocó justo detrás de nuestro asiento, tan cerca que podía sentir su respiración cerca de J*.
La incomodidad de mi chico era evidente, y eso, paradójicamente, me excitaba todavía más. Saber que esos hombres lo deseaban, que ansiaban esa verga joven y firme que yo quería para mí, me ponía completamente loca. Intentamos cambiarnos de lugar varias veces, pero siempre terminábamos rodeados.
salimos de allí, J* nervioso, incómodo, yo con una mezcla nerviosa de excitación y con las piernas débiles, mi cuquita palpitante y empapada, y el cuerpo entero vibrando de deseo insatisfecho. El olor de mi excitación me acompañó todo el camino de regreso.
Aunque no llegamos a follar allí, la tensión sexual fue brutal. Sus dedos expertos, sus besos húmedos, la cercanía peligrosa de todos esos ojos… Disfruté cada segundo de su timidez, de su excitación contenida y de la mía.






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1 comentario
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login EntrarBuen relato.