Me enamoré en Guía
Hace solo unas semanas merodeaba por la página intentando distraerme, leyendo relatos y viendo perfiles, cuando uno de ellos llamó especialmente mi atención. Aunque su descripción no decía mucho, hubo algo que me cautivó desde el primer momento.
Al ver las fotografías que tenía publicadas entendí parte del porqué. Eran sugestivas; su rostro aparecía pixelado, pero su cuerpo… ese cuerpo.
Quiero describir lo que vi.
Unos senos de gran tamaño, como un par de sandías que colgaban de su pecho, y créanme que no exagero. Unas caderas generosas que harían sonreír a cualquier amante de las mujeres rellenitas, y unas nalgas tan exuberantes que, si apoyara una mano sobre una de ellas, necesitaría cuatro más para cubrirla por completo.
Pensé para mis adentros: qué maravilloso sería conocerla.
Así que me animé a escribirle por privado. Mi mensaje fue sencillo:
“Hola, espero que te encuentres bien. Me gustaría charlar contigo.”
Al final dejé mi número telefónico.
Pasaron los días y no obtuve respuesta. Debo confesar que revisé su perfil en un par de ocasiones para saber si se había conectado y si, al menos, había leído mi mensaje.
Transcurrió una semana cuando, de repente, llegó un mensaje a mi WhatsApp.
Lo resumiré para no poner en evidencia a mi amada.
“Hola, te saluda…”
Mencionó su nick y lo acompañó con dos emoticones: uno de un animal y otro de una llama ardiente.
No podía creerlo.
Era ella.
Antes de responder pensé cuidadosamente qué decir. No quería parecer necesitado, mucho menos grotesco. Sin embargo, mi instinto me traicionó.
“¡Holaaaa! ¿Cómo estás? Es un placer saludarte.”
Creo que en ese instante dejé muy en evidencia mis ganas de hablar con ella.
Después de intercambiar algunas palabras me envió un par de fotografías muy parecidas a las de su perfil de Guía, pero esta vez sin el pixelado.
Cuando vi su rostro quedé completamente perplejo.
Tenía unos ojos café oscuro, que ella describía como achinados; unos labios carnosos, delicados y perfectamente delineados; y una sonrisa tan cautivadora que por unos segundos sentí que me faltaba el aire.
Las conversaciones continuaron durante las siguientes dos semanas. Cada día me interesaba sinceramente por saber si había descansado bien, cómo había transcurrido su jornada laboral y cómo se sentía. No era una conversación por rutina: realmente quería conocerla.
Para mi fortuna, ella respondía siempre con la misma empatía.
Cada vez que sonaba mi celular y veía que el mensaje era suyo, mi rostro cambiaba por completo. Sonreía sin darme cuenta.
Comencé a experimentar una sensación de desasosiego… o, como muchos la llaman, mariposas en el estómago.
Era algo completamente nuevo para mí.
No lograba entender por qué sus mensajes, sus videos y nuestras videollamadas provocaban semejante efecto.
Hasta que un día lo comprendí.
Aquello no era simplemente deseo.
Era algo mucho más profundo.
Mi corazón comenzaba a abrirse a una persona con la que compartía muchas cosas en común y con quien podía ser completamente auténtico, incluso cuando mi lenguaje era irreverente u obsceno. Nunca sentí que tuviera que fingir ser alguien diferente.
Empecé a creer que, quizás, había encontrado a mi alma gemela en el lugar menos esperado.
Lo curioso es que primero conocí su cuerpo y solo después descubrí su alma.
Comenzamos la historia al revés.
Y precisamente por ser tan atípica, terminó siendo mucho más cautivadora.
Hoy me siento feliz. Me siento afortunado de llevar casi quince años formando parte de esta comunidad.
Y quiero dejar un mensaje para todos los hombres que, como yo, aún esperan encontrar a alguien especial:
A veces el amor aparece donde menos lo imaginamos.
Y sí… definitivamente, el que persevera alcanza.








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