Mi esposa Moni es muy reticente a tener encuentros con parejas nuevas, salvo cuando el “cansancio” de las acostumbradas aparece. Cuando ella me lo hace saber me pongo yo en la búsqueda de nuevos cómplices e iniciamos esa danza de complicidad, seducción y erotismo que culmina, cuando todo se da bien, en una sesión de sexo delicioso.
Hace unos pocos años quisimos pues variar el cotidiano y entramos en contacto con una parejita de Cartago que estaban en nuestras edades. Nos habían contado al teléfono que tenían muy poca experiencia en el tema, una experiencia anterior tan solo y les propusimos que charláramos para despejar toda nube y entrar en confianza. Por la cercanía obviamos los mensajes y las citas por cam y pasamos directamente a vernos en un gran centro comercial de Pereira. La cita fue para el sábado siguiente en una terraza del centro muy concurrida, porque siempre se debe tener la primera cita en un sitio muy público. Pocos minutos después de instalados a una mesa vi yo llegar una pareja con la damita que francamente me gustó, era pequeña de estatura y con un cuerpito de esos que nos gustan a los latinos, a los colombianos por lo menos, de pechos redonditos queriendo escapar de su blusa y un cuerpo que sin negarse a curvas deliciosas era agradable y daba ganas de acariciarlo. Me sorprendí cuando vi al caballero sacar su celular y cuando sonó el mío ya comencé yo a pensar que la suerte estaba con nosotros.
Eran efectivamente la pareja que esperábamos, nos hicimos señas y me agradó ver que tanto la cara de mi esposa como la de la otra damita se iluminaron de ese interés que se puede aprender a leer en la cara de una mujer cuando la otra, las otras personas le agradan. Ellos se dirigieron hacia nuestra mesa, el caballero con una mirada crítica para mí, como midiendo la calidad del plato que su esposa consumiría y una mirada mucho más interesada para mi Moni, retardándose discretamente en sus senos que son grandes y aun orgullosos. Sonreí al ver que la damita era menos discreta en su mirar, y avaluaba por igual mi tamaño, mi ausencia de panza demasiado protuberante al igual que las formas de mi esposa quien se puso de pie esperando que ellos llegaran a nosotros.
Nos saludamos de beso como obliga la cortesía swinger y se presentaron como Andrés y Diana, nombres ficticios para este relato y que guardaré a lo largo de este. Charlamos, dirigiendo él la conversación al principio y una vez tranquilizado sobre nuestras personalidades pasó él a contestar las preguntas que mi esposa le hacía a él personalmente mientras yo conversaba con su linda esposa. Ya liquidadas las preguntas de profesión (se piensa que personas diplomadas son más cultas que los obreros, lo que es completamente falso, lo digo por experiencia) y sobre los gustos sexuales de cada uno (en nuestro caso como en el de ellos, los caballeros éramos estrictamente heterosexuales y las damitas bi) Diana tuvo la amabilidad de hacerme algunas confidencias lo que probaba que a pesar de su timidez manifiesta no se sentía desinteresada por nosotros.
Para hacer inútiles tantas timideces comenté ligeramente burlón la timidez de Diana sin dejar de decirle que se le veía muy lindo el rubor que coloreó sus mejillas cuando al oírlo. Ella, que había bajado la mirada cuando le dije eso me miró con esa mezcla de desafío y de complicidad para confesarme que sí, que se sonrojaba muy fácilmente. Le dije entonces que sabría esperar y que si no le gustaba me lo dijera para que yo tome sobre mí la obligación de decirle a Moni que no pasaría nada entre nosotros. Ella sonrojándose aun más me dijo que si le gustábamos y mucho. Le contesté con una sonrisa y una caricia ligera a su brazo y me inmiscuí en la charla que sostenían Andrés, su esposo con mi adorada esposa Moni. Ellos se estaban contando la primera experiencia swinger de cada una de las parejas, en el caso de ellos la única que habían tenido. Diana contó lo que había sentido en ese momento y su timidez desaparecía a ojos vista a medida que compartía esos recuerdos con nosotros. Durante esta charla aproveché para dar la clave a Moni para hacerle saber que me interesaba la damita y Moni la interrogó sobre sus gustos bi antes de darme ella a su vez la clave positiva que denotaba, entre nosotros, la aceptación de esa pareja.
Como las damitas se pusieron a charlar sobre lo que le gustaba a cada una de las mujeres y accesoriamente de los hombres, Andrés y yo nos pusimos a charlar entre nosotros. Muy masculinos hablamos del trabajo de cada uno, de los planes de ahorro y otras tonterías, de los hijos que cada uno tenía sin olvidar dar a conocer, como accidentalmente, como gustaba cada uno que le trataran a su esposa. Coincidimos en este punto, quedando los dos satisfechos de saber que nuestras damitas serían tratadas con dulzura y mucho cariño. Moni la primera nos interrumpió para acapararse de nuevo a Andrés y yo pude regresar a charlar con Diana. Me permití entrar en detalles con la disculpa de que era mejor saber lo que le gustaba al otro y de esa manera no lastimar momentos muy frágiles e importantes después. Ella me dijo entonces que le gustaba el sexo anal pero “después” y que por el resto le gustaba todo. Yo le conté que solo aceptaba la vecindad extrema de otro caballero para hacerle una doble penetración a la damita, a lo que la linda mujer me dijo, enrojeciendo de nuevo que si bien no lo había hecho nunca, la idea no le parecía desagradable en absoluto.
Como si ese sonrojo la autorizara a perder toda timidez me preguntó mirándome fijamente a los ojos lo que me gustaba de ella y bromeando le contesté si deseaba una respuesta general o detallada. Sonriendo me respondió que comenzara por la general. Le dije que era bonita y que su personalidad me llenaba de ternura. Ante estas palabras tan generales ella me dijo que entonces siguiera con la detallada, lo que me permitió alabar tanto su cara como su cuerpo, sin olvidar sus senos que francamente daban ganas de besarlos y acariciarlos por horas. Esta vez el color que cubrió su cara no fue solo de timidez sino de excitación también, como lo fue la forma en que sus vellos de los brazos se erizaron, vellos que le acaricié con cierta discreción lo que le produjo un ligero escalofrío que nos hizo reír a los dos ya en franca complicidad. Pude después decirle que su traserito me había gustado mucho incluso si no había tenido la oportunidad de admirarlo y ella, sin comentar nada me puso la mano en mi brazo como pidiendo permiso para decirle a los dos otros que iba a pedir tinto, si alguien quería para saber cuántos ordenaba y una vez que dijimos todos que queríamos tinto se levantó, no sin antes mirarme con la misma complicidad mostrada instantes antes y se dirigió a la barra de uno de los negocios para pedir los tintos, contoneando sus nalgas que yo había dicho no haber podido observar a gusto.








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