Luego de pagar la discoteca salimos a tomar un taxi que nos llevó hacia el oriente de la ciudad de Cartago donde se encontraba el apartamento que sería cómplice de nuestros ardores. El apartamento, que en realidad era una casa de dos plantas, tenía una sala amplia al lado de un garaje que una campero llenaba por completo. La sala con su típico diván, dos butacas y mesa central era igual a la de tantos apartamentos, solo una escalera la separaba del comedor y más al fondo se adivinaba la cocina. Tan pronto se cerró la puerta Diana me miró a los ojos y yo suavemente la besé en los labios a lo que la linda respondió con pasión apretando mi nuca con sus brazos. De reojo me di cuenta que mi esposa Moni hacia lo proprio con Andrés, el esposo de Diana. Después de ese beso, la damita que yo acababa de besar me dijo que la acompañara a prepararnos alguna bebida y dejamos que nuestros respectivos conyugues se besaran en toda tranquilidad.
Diana al entrar a la cocina se me apretó y me dijo que desde ahora ya sabía que lo pasaríamos delicioso y se dirigió a mostrarme los licores disponibles. Cuando vi que había ginebra le pregunté si había “ginger ale” y ella sacó de la nevera una botella de litro de esa bebida y un limón que partimos en tajaditas. Preparé un coctel adecuado para el calor reinante, ya que eran tan solo las 5 PM (tajada de limón al fondo de cada vaso, un cubo de hielo sobre el cítrico, cubrir el hielo con la ginebra y llenar el vaso, largo de preferencia, con la ginger) y los llevamos a la sala donde mi Moni ya estaba sentada a horcajadas en las piernas de Andrés, de frente a él, besándolo con pasión. Nos acomodamos más formales para tomar el trago, invitando yo al otro caballero a que ocupáramos las butacas para dejar a las damitas en el diván juntas.
Terminando el brebaje ellas comenzaron a besarse en la boca y a acariciarse con avidez. Se desnudaron y Andrés pidió que subiéramos a las habitaciones para no correr ningún riesgo de ser observados por el vecindario. Arriba, al frente de las escaleras había una habitación muy grande con una cama de dos metros de ancho mínimo por dos con veinte de largo imagino. Las damitas que no habían parado de besarse al subir las gradas y de desnudarse estaban completamente desnudas cuando se tumbaron en la cama, Diana por ser más pequeña que mi Moni se puso sobre ella y se siguieron besando mientras se frotaban los senos de la una contra la otra. Los caballeros nos desnudamos y nos sentamos a los bordes de la cama a observar nuestras damas darse placer.
Diana se deslizó sobre el cuerpo de mi esposa hasta llegar a su vagina que comenzó a lamer al tiempo que su culito se daba vuelta para que mi esposa pudiera responderle la caricia. No tardaron las dos a comenzar a suspirar y los besos y lamidas al sexo de la otra a ser más y más rápidos y profundos, al tiempo que sus manos acariciaban, abarcaban el cuerpo de la otra pasando de los globos de las nalgas a los senos entre los cuerpos o regresar a ingresar los dedos en la cuquita de la otra. Diana la primera tuvo su orgasmo apretando con las piernas la cabeza de mi esposa y luego con dulzura y paciencia se puso a besarla y a meterle los dedos hasta que también mi Moni llegó a su clímax. Al terminar las dos, Diana se enderezó un poco para pedirme que la besara y sintiera en su boca el gusto de mi esposa. Andrés sin esperar a ser invitado también vino a verificar el gusto nuevo que tenía la boca de mi amada. Diana me separó de ella, empujó a su esposo con suavidad y enderezándose regresó a besarse con mi esposa.
Luego de muchas caricias y cuando sintieron que la excitación de la otra se intensificaba de nuevo, Diana se puso en tijeras, con una pierna bajo la pierna derecha de mi esposa, mientras que su pierna derecha se puso sobre la izquierda de mi mujer y comenzaron las dos a frotarse las vaginas lo que por los suspiros y movimientos rápidos de cada una mostraba que lo disfrutaban enormemente. Si al comenzar esta nueva caricia las dos estaban acostadas, Diana se sentó a medias apoyada sobre su mano izquierda para de esa manera hacer más amplias las caricias que se prodigaban. En uno de los momentos en que su excitación estaba bien alta, Diana me llamó hacia ella para que subiéndome yo a la cama le permitiera, al tiempo que restregaba su vagina la de mi mujer, tomarme ella en la boca. En un momento que me tuvo fuera me dijo sonriendo que ya se lo había metido pero que aun no conocía el gusto que yo tenía. Paró de hablarme para engullirme de nuevo y deleitarme con el húmedo calor de su boca albergando mi pene y dejar su lengua acariciarme en todo su largo. Siempre me maravillará como una mujer puede hacer varias cosas a la vez, en este caso frotarse moviendo la cadera, de manera coordinada y satisfaciendo todo signo de preferencia de mi esposa, al tiempo que me efectuaba una maravillosa felación. Yo me entregué gustoso a esa caricia tan amable, distrayéndome sólo para acariciar los senos de Diana. No tardó mi esposa a dar signos de acercarse a su orgasmo y de ella misma llamó a Andrés, quien muy caballero primero la besó en la boca acariciando sus senos antes de permitirle engullir su masculinidad en su boca, hasta que mi mujer, en un quejido lo entró todo en su boca, donde lo guardó hasta terminar su orgasmo.
Cuando las dos estuvieron satisfechas nos alejaron y poniéndose de nuevo la más pequeña sobre la más grande se dieron interminables besos en los que una ternura nueva ocupaba el puesto que liberaba la pasión ya calmada. Los caballeros nos sentamos de nuevo en los bordes de la cama, al fondo de esta, para observarlas en silencio, embelesados los dos en esos culitos, esas piernas y esas cuquitas que se ofrecían sin reparo a nuestra vista. Ellas se murmuraron algo y se enderezaron para ponerse con nosotros, Diana levantándose y gateando hacia mí y Moni, mi esposa sentándose y llamando a Andrés hacia ella.
Fue de esta manera que terminó el prólogo lésbico a nuestra velada. Siempre comenzamos, mi esposa y yo, por el momento lésbico antes de atacarnos a la parte heterosexual de nuestros encuentros, digo lésbico para indicar que los hombres estamos casi excluidos de esos embates, aunque luego no duden la una o la otra, penetrada por su caballero de turno, acariciar ya sea un seno, ya sea una nalga de la otra damita, como lo veremos en un próximo relato.








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