Puedes llamarme Angelita Vicario. Felizmente casada y en términos generales muy satisfecha. Para todas aquellas que no pueden decir lo mismo, tal vez las cosas que me han sucedido pueden servir de ejemplo para imitar o rechazar. Al fin de cuentas cada quién está en su derecho de buscar la felicidad donde le parezca más conveniente.
“Pero, hoy en día, ¿qué entendemos por ramera? Si se trata de una mujer que obtiene dinero de un hombre en pago de acostarse con él, debe admitirse que muchas esposas se han vendido hasta el presente y, en cambio, más de una prostituta se entrega por nada cuando le place. LA MUJER QUE NO TIENE EN SÍ EL MENOR RASTRO DE RAMERA ES, POR LO GENERAL, TAN SOLO UN PLATO SECO.” D.H. Lawrence. Pornografía y obscenidad.
Me considero una mujer normal, de clase media, estable laboralmente, adulta aún joven, con fantasías y deseos, pero siempre dentro de la seguridad que ofrece el matrimonio. Sin embargo, no habíamos podido tener familia pese a nuestros esfuerzos. Un espermiograma reveló que mi marido tiene un bajo conteo, pero esto nunca nos impedió disfrutar de unas relaciones íntimas saludables y frecuentes. La dicha fue completa cuando adoptamos una niña de tres años quien trajo una agradable sensación de plenitud a la existencia. En resumen, alcanzamos un nivel de confort casi ideal. Nunca concebimos un plan para alterar nuestro tranquilo estilo de vida, y si estoy dando el paso de escribir un blog en internet, solo es porque me gusta un poco escribir y porque espero que lo que voy a compartir le interese a alguien más. No me sentía preparada para convertirme en una mujer liberal en todo el sentido de la palabra. Con mi marido teníamos muchas dudas, y aunque ambos queríamos salir de la rutina, de optar por llevar las fantasías a un plano más real tendría que ser paso a paso, con cuidado y observando las reacciones de ambos siempre dentro de un dialogo directo y sincero.
Estábamos de acuerdo que eso sí, en ningún caso buscaríamos un intercambio con amigos o parejas conocidas.
La historia, mejor, la nuestra, comienza la noche en que mi marido y su mejor amigo llegaron a casa con unos tragos encima. Habían estado bebido desde la mitad de la tarde sabrán ellos por qué, y yo estaba algo molesta porque era miércoles, al día siguiente tocaba levantarse temprano y alguien tenía que alistar a la niña para el colegio. Además ya estaba en mi cama descansando de un largo día y no tenía intención de levantarme para atender a dos borrachos.
Sin embargo, no tuve más remedio que ponerme la bata y bajar al menos un rato para cerciorarme de que no despertaran a las nena y sobre todo verificar qué tanto había tomado ese par.
Debajo de mi bata llevaba una piyama nada reveladora, blusita de manga larga y pantalones pues el frío me acobarda. Diré que era ropa de dormir normal. Rogué a Esteban, -que así llamaré al amigo de mi esposo-, que dispensara el atuendo pues no era la ropa apropiada para recibir visitas, pero que en serio tenía que madrugar.
No sabía lo que celebraban, o el plan que pergeñaban pero ante la insistencia de ambos terminé allí, en medio de los dos sirviendo unas copas y escuchando música esa velada que no olvidaré.
II.
¡Oh tiernas criaturas, obras divinas, creadas para los placeres del hombre! dejad de creer que no estáis hechas más que para el goce de uno solo; arrojad a vuestros pies, sin ningún temor, esos vínculos absurdos que, al encadenaros a los brazos de un esposo, ahogan la felicidad que esperáis del amante deseado! Pensad que al resistirle ultrajáis la naturaleza: al formaros el mas sensible, el más ardiente de los sexos, grababa en vuestros corazones el deseo de entregaros a todas vuestras pasiones. ¿Os indicaba acaso que cautivaseis a uno solo cuando os daba la fuerza de cansar a cuatro o cinco seguidos? Despreciad las vanas leyes que os tiranizan; sólo son obra de vuestros enemigos, desde el momento en que no habéis sido vosotras quienes las habéis hecho: desde el momento en que os abstendríais con toda seguridad de aprobarlas, ¿con qué derecho pretenden someteros a ellas? Pensad que sólo existe una edad para gustar, y que en vuestra vejez derramaréis amargas lágrimas si cuando fuisteis jóvenes no gozasteis: ¿y qué fruto obtendréis de esta prudencia, cuando la pérdida de vuestros encantos no os permita aspirar a ningún derecho La estimación de vuestro esposo ¡qué triste consuelo! ¡qué compensaciones por semejantes sacrificios!
Juliette. Marqués de Sade.
Estoy vacilante frente a este primer intento narrativo de lo que considero, y sin duda lo fue, mi primera experiencia extramarital. No quiero una crónica sosa o carente de gusto, pero creo que hasta cierto punto es una pretensión que en algún momento sucumbe ante lo inevitable, pues no soy escritora. Quien me lea sabrá dispensar un poco la falta de estilo, errores gramaticales o de sintaxis. También perdone si cambio algún nombre o detalle que luego pueda poner en evidencia la verdadera identidad de quien esto escribe, y de quienes participaron en estos sucesos. Es probable igualmente que describa algún pasaje de la historia de manera que supere ligeramente la forma como realmente ocurrió. Pero no mentiré. Todo sucedió tal y como lo voy a relatar. Sólo que recuerdo vívidamente las experiencias que me resultan más intensas y trato de vertirlas en el papel como testimonio. La vida es según como se tome. Cada situación en gran parte es como la veo, como la siento, como la vivo o decido experimentarla. El noventa y ocho por ciento de las andanzas son verídicas, y el porcentaje restante es producto de mi estado emocional y subjetividad que experimenté mientras las viví.
Dicho esto, prosigo con mi historia.
III.
Admito que al inicio no estaba de humor para una farra de mitad de semana. El estrés de nuestros trabajos y la presión por la que ambos pasábamos esos días, nos condujeron a un periodo de abstinencia marital que me traía de los cabellos y bastante irritable. Así que supuse que una pausa improvisada podría ayudar a relajarnos, aunque sin anidar en mi mente intención erótica alguna en ese instante.
Además, siempre consideré a Esteban un sujeto encantador. Se destacaba por ser buen conversador, detallista y con un halago elegante y oportuno hacia esta servidora, nunca olvidaba felicitarme en mis cumpleaños y también era bueno con nuestros hijos. A decir verdad, era la primera vez que estábamos compartiendo unos tragos de esta manera. Creo que ni siquiera calificamos como buenos bebedores sociales, salvo muy contadas celebraciones, así que consideré dejar la rigidez y por esta vez ser buena anfitriona un rato, así que los atendí lo mejor que pude. Preparé algo para picar, y acepté solo un par de copas porque al día siguiente había que trabajar.
El tiempo voló y les dije que si quería estar lucida en la mañana necesitaba dormir un poco, que se atiendan y coman lo que gusten. Pedí que me dispensaran con la intención de marcharme a la alcoba. Bien que podían seguir en lo suyo sin que me exijan continuar con la parranda.
No lo permitirían de ninguna manera. Me imploraron que no me retirara todavía, que no fuera una aguafiestas.
Los bribones se habían medido en tragos, y aunque estaban bastante contentos no pude percibir que estuvieran lo suficientemente embriagados. ¡Qué remedio! A esas alturas yo tampoco podría pegar el ojo pues se me espantó por completo el sueño. Lo de ir a la cama era solo para cubrir la necesidad. Así que acepté otra ronda, a ver si luego cedían y me permitieran descansar. Que después se acomoden dónde y cuándo les plazca. Otra propuesta supuestamente racional pero con una intención subliminal. No era una invitación pero no debí permitir que la fiesta continuara.
Eso sí, demandé que la música permaneciera a volumen leve, me dejaran quedar hasta que diga ¡basta!. Cuando anuncie mi retiro me permitieran marcharme sin protestar.
A este pacto llegamos, y otra ronda me tomé, tal como acordamos. Sin embargo, la música, la bebida, hacían que el clima de la reunión mejorara. Al rato me sentía cada vez más disipada y alegre. Otra ronda. Decididamente había bebido mucho más de lo que me propuse y puedo tolerar, y los efectos no se hicieron esperar. Decidí moderarme un poco pues detesto el amago sabor de la resaca.
Buena compañía, buena bebida, la charla cada vez más animada, noté que mi esposo estaba pasándose de copas. Hay que admitir que bebe muy poco, casi nunca, así que sus palabras empezaron a tropezar y salir con dificultad, enredándose en la lengua, signo inequívoco que ya no controlaba el trago, el trago lo controlaba a él.
Esteban en cambio, a pesar de que estaba bebiendo tanto o quizás más que mi inocente marido, estaba casi tan lúcido como si consumiera agua mineral en lugar de alcohol. Era impresionante, tal vez por su buena condición física seguía tan elocuente y encantador como siempre, no pesado e insufrible como casi todos los beodos. Y debido a que mostraba la sed de un cosaco ruso sin que pareciera afectarle, llegué a sospechar que estaba haciendo trampa y quería embriagar a sus dos amigos otrora abstemios.
Pero no era así.
IV.
"Nuestras costumbres, nuestras religiones, nuestras leyes, todas esas viles consideraciones locales no merecen ninguna consideración en este examen: la cuestión no estriba en saber si el adulterio es un crimen a los ojos del lapón que lo permite, o del francés que lo prohíbe, sino en si la humanidad y la naturaleza se sienten ofendidas por esta acción. Para poder admitir semejante hipótesis, sería necesario desconocer la extensión de los deseos físicos con los que esta madre común de los hombres ha dotado a ambos sexos. Sin duda, si un hombre bastase a los deseos de una sola mujer, o que una mujer pudiese contentar los ardores de un solo hombre, entonces, en esta hipótesis, todo lo que violase la ley ultrajaría también a la naturaleza." SADE
La noche avanzaba. Continuamos hablamos tanto y de tantas cosas... en realidad era todo en conjunto, disfrutaba de la música, la compañía y recibía una buena dosis de linimento para mi alma y cuerpo que tanto lo necesitaban.
Todo marchaba muy bien, pero de temas triviales pasamos a otros más personales. Poco a poco surgió el tema de las fantasías, y por su puesto en charla de adultos tenían que ser de connotación sexual. Desinhibido, nuestro amigo describió con su ingenio alucinante y lúbrico la forma en que le gustaba el sexo y se propuso describir la forma en que lo había practicado, en situaciones que parecían inverosímiles pero no por eso menos divertidas y eso había que concederle.
Sin embargo, llegó un instante en que me sentí un poco intimidada cuando Esteban me pidió que participara de la conversación con una historia personal, sea real o imaginaria. El pudor me cohibió pues en ese momento no quería compartir mi imaginario íntimo. Así que nuestro interlocutor decidió continuar y con gozoso entusiasmo relataba otra anécdota de tipo sexual que me permitió visualizar de forma vívida la situación.
Alguien dijo una vez, que "una imagen vale más que mil palabras" pero yo pregunto: Una foto de pareja besándose, retrata solamente un evento pero no compendia la complejidad que puede rodear esa situación. ¿Qué imagen puede describir por completo la palabra amor? ¿Puede una pintura condensar el significado de "incertidumbre"? "¿Intriga?" Mil palabras son muchas para describir un evento que la sola imagen no puede condensar. Por eso su relato me sedujo. Conforme hablaba podía imaginármelo todo, de repente soñé que yo podía ser la protagonista de la historia. A fuerza de hablar de temas lúbricos y fascinada por esa mente morbosa, comencé a sentir un interés indebido por Esteban. Esta droga legal que es el alcohol, estaba eliminando todas mis inhibiciones, convirtiéndome en un animal de instintos, una gata golosa, una ninfa impúdica.
En tales circunstancias ya no podía disimular mi excitación. Y creo que los caballeros se dieron cuenta. Aprovechando el efecto que en mí estaba causando, el narrador se estaba descarando. Miré a mi cónyuge en busca de una señal, algo que indique que la situación le incomodaba. Entramos en una zona por completo desconocida para ambos. Un escenario completamente distinto al esperado. Este hombre, quien con su labia galante y seductora se mostraba, era alguien de confianza, lo más parecido al hermano que mi marido nunca tuvo. Era además de un colega estimado, un igual, y un buen amigo. Además, y mi esposito lo sabe, el señor es bastante más apuesto, por lo tanto puede considerarse un verdadero rival. ¿Qué puedo decir? admito que el sujeto me gustaba.
V.
"En los orígenes la prohibición de desear o apoderarse de la mujer del prójimo tenía mucho que ver con la herencia y la transmisión de la propiedad. No creo que los adulterios hayan sido muy perseguidos, ni que tuvieran importancia entre los pobres que no tenían nada que dejar a sus hijos. Distinto era entre los ricos, entre personas pudientes, que necesitaban mantener clara la línea de descendencia para poder transmitir sus bienes."Savater
El sexo, tan idealizado, tan mitificado, no es en realidad algo tan difícil de dominar. Llegamos a comprender nuestro cuerpo, satisfacer otro, y practicar esa gimnasia placentera, ese eros de relajación, casi con cualquier otra persona. Podemos alcanzar el éxtasis sin que tenga necesariamente que implicar algo más. Alguien dijo una vez: "El sexo con amor es lo mejor de todo, pero el sexo sin amor es lo segundo mejor inmediatamente después de eso". Para los hombres es mucho más fácil que para nosotras. Me refiero a entregarse. Pero eso no quiere decir que no pueda pasarnos en un momento de debilidad. Podría resumir esto diciendo que mientras el hombre siempre está dispuesto y casi con cualquiera, la mujer necesita ambiente, oportunidad y un poquín más de simpatía que solo mera atracción. Pero igual podemos ceder al poderoso instinto de la carne.
Por otra parte, y sin que tuviera que reflexionar mucho o de manera consciente, aunque no hay reglas cuando se trata de idear fantasías, si de ejecutarlas se trata es casi una constante y hace parte del convenio entre esposos, que no es prudente tener relaciones íntimas con amistades. Si así ocurriere, es mejor alejarse de ellas puesto que puede generar compromisos, trayendo graves contingencias. Se corre el riesgo de caer en la trampa de los celos, con sus peligrosos abismos de hostilidad oculta que erosionan la integridad del matrimonio. Esteban era alguien por quien era fácil sentirse atraída, y quizás enamorarse. Mi flaquito lo sabía. Teníamos fantasías de un trío o un intercambio, pero jamás con personas cercanas. Sabíamos que era sencillo perder el control y luego no podríamos manejarlo. Además temíamos la censura de nuestro círculo social. Tampoco habíamos discutido llevar las fantasías a cabo. Por lo menos no en serio. Si nos compartiríamos con otras personas, era necesario antes pactar lo que se denomina "celebración de la infidelidad", que sea algo consentido mutuamente. Pero no era nuestro caso. Todo quedaba en juegos, empezar a escribir, visitar en la seguridad y privacidad de la casa algunas páginas en internet… nada era en serio, todos los planes se quedaba en el furor de un momento de pareja, algo así como una forma perversita de excitarnos. ¿Qué hacer entonces?
VI.
La energía sexual cargaba el ambiente, y frente al no tan sutil cambio en las vibraciones, se me ocurrió que podría intentar de claves verbales al lenguaje corporal. Este medio de comunicación indica de forma directa dónde estamos y qué queremos, sin tener que acudir a las palabras que en algunos momentos resultan incómodas, con la ventaja adicional que nos exponen de forma casi inconsciente. No tenía el coraje para preguntar directamente hasta donde me permitiría mi amado llegar con su colega, pues temía una reacción más que adversa, terminando un juego que en alguna medida él mismo había auspiciado. La solución que mi mente, consciente o no intuyó, fue dejar que hubiera más y más contacto físico, una clara insinuación para mi esposo de lo que quería en esos momentos. Alguna reacción de él esperaba.
Pues resulta y pasa que con cada roce, con cada insinuación cada vez menos velada, sentía una creciente excitación sexual que se estaba apoderando de mí, proporcionándome estimulantes sensaciones que se notaban de forma creciente. De repente se me antojó que todo había sido preparado desde el principio por los dos tunantes, pues todo parecía indicar que el escenario había sido previamente montado. Pero en un minuto, los roces discretos y las caricias elegantes, pasaron al siguiente nivel, cuando entre risitas y chistes subidos de tono Esteban me tomó de la mano y me sentó en sus rodillas para ofrecerme otro trago. Hasta ahí llegó todo. Si esperaba una señal, fue suficiente ver a mi consorte fruncir el ceño e inmediatamente oponerse, con aire disgustado. Luego sugirió cambiar el tema adulto, en un giro menos placentero y por su puesto más aburrido: cosas de trabajo. Comenzó a beber cada vez menos. También su entusiasmo por la charla descendió. Por último en tono serio me pidió le trajera agua. Me dirigí a la cocina a cumplir con su pedido. Quizás ya había sido suficiente flirteo.
Estaba llenando la jarra, cuando de pronto y quién sabe con qué pretexto Esteban entró y se puso justo detrás de mí. Me tomó por la cintura y acercándose a mi oído me dijo que quería decirme algo importante. Lo aparté de inmediato.
Le dije que era buen momento para que me contara lo que se traían entre manos. Contestó que nada, pero que quería ser honesto conmigo: no aguantaba las ganas de decirme la admiración que sentía por mí y por mi cuerpo, que en verdad me había desnudado con sus ojos y dejado volar su imaginación, y aguardaba la esperanza de que tan linda reunión al fin termine en una excitante fiesta de alcoba. No utilizó esas mimas palabras, pero era en suma lo que me dijo. Y añadió que a pesar de que quería mucho a su amigo, tal vez sería buena idea dejarlo descansar y aprovechar esta única oportunidad que se nos presentaba. Por su puesto que me negué, eran malas sus intenciones, dada la poca lealtad que implicaba la propuesta.
VII.
No hubo tiempo para más. Mi marido entró a la cocina y con aire solemne preguntó que por qué lo abandonamos. Estuve tentada a decirle lo que acontecía, pero su expresión severa y voz no menos seria me cortó de inmediato.
En lo personal no me gusta mezclar el alcohol, por lo menos no en exceso. Tampoco buscaba una experiencia dionisiaca, pues si a un desenlace sexual habríamos de llegar, tendría que ser algo consciente, producto de una decisión adulta y responsable. Y estaba de por medio el impedimento más importante: no habíamos hablado de esta posibilidad con mi pareja y estaba segura que con Esteban no habría consentido ningún desmán.
Tampoco me parecía buen ejemplo que la niña se despertara y vieran a su mamá bebiendo en un día de semana, y en nuestra propia casa. Moriría de vergüenza antes que eso. No había la menor posibilidad. He sido una mujer de costumbres austeras y comportamiento digno, más ahora me atormentaba pensar que me estaba sintiendo atraída por este amigo con el que tantas veces compartíamos asados los domingos y paseos en familia. Inclusive en navidad y fin de año habíamos pasado un rato así sea breve. Llegó al punto de celebrar con nosotros los cumpleaños de no pocos allegados. ¿Más compleja podía ser la situación? Por otra parte Esteban rara vez tenía pareja estable así que nunca nos presentó una verdadera "novia oficial", incrementando el riesgo de cruzar la frontera y confundir los roles, papeles y sentimientos.
Así las cosas, en este punto consideré que el conciliábulo había llegado a su fin. Les pedí que honraran el pacto que hicimos, y que si no les importaba chequearía a la pequeña, para cerciorarme que estuviera durmiendo bien y luego me dejaran retirarme a descansar. Abandonamos la cocina y los dejé instalados de nuevo en la sala suponiendo que era las más sabia decisión.
VIII.
Me ocupé de la sirenita, y estando allí consideré la posibilidad de quedarme en su cuarto. No me halagaba la idea de ver interrumpido mi sueño por un marido beodo. Aquella que ama el peligro en él perece. Pero luego se me ocurrió que no estaríamos cómodos y ni la niña ni yo dormiríamos bien, por tanto me limité tan solo a arroparla. Soñaba plácidamente.
En mi cuarto, tomé una cobija y una almohada del armario, baje de nuevo y se las ofrecí a nuestro huésped con el fin de que cuando terminen su reunión, se acomode en el sofá en la forma que mejor pueda. Esteban ocultó mal su decepción y esta vez no pudo convencerme de que me quedara. Sinceramente no me sentía capaz de pasarme de la raya con él y menos aprovechando la condición de mi flaco consentido. Tampoco estaba en condiciones de hablar franca y abiertamente sobre lo que estaba ocurriendo con él por eso decidí ser firme, y si bien a un nivel subliminal esperaba una experiencia como ésta, tenía que nacer por iniciativa o al menos con autorización de mi pareja, además preferiblemente sin exceso de licor. Y sobre todo, estaba segura que me habría concedido la posibilidad de diez encuentros con otros hombres, antes que tolerar un sólo desliz con su mejor amigo.
IX.
"Hay maridos tan injustos que exigen de sus mujeres una fidelidad que ellos mismos violan, se parecen a generales que huyen cobardemente del enemigo, quienes sin embargo quieren que sus soldados sostengan el puesto con valor." Plutarco
El huésped agradeció el gesto, y retomó la conversación con su compañero de tragos que había recuperado parte de la jovialidad, presumo que aliviado por la tensión sensual del ambiente, sin embargo ya empezaba a tener la mirada perdida que delataba que estaba al límite de perder la conciencia. No obstante se negaba a aceptarlo y prefería continuar la ingesta y perder el sentido. Estaba "entejado" según la expresión que usamos en nuestra tierra.
Mientras subía por las escaleras, rumbo al tercer piso que es donde queda nuestra alcoba matrimonial, pensaba si esto le sucede a muchas parejas con mente abierta, y me preguntaba cómo manejaban el problema de los celos. ¡Cómo podía compartir a su pareja sin sentir esa punzada en el pecho! Tal vez preguntárse si la otra personas es mejor en el lecho. O el riesgo de que todo lo que se daba por sentado podía venirse abajo por una mala decisión de cambiar de compañero.
Por último, dejé la lámpara de pie encendida para cuando mi marido se digne acostarse, no se descalabre.
Me quité la bata, y cobija encima, me dispuse a sosegar el espíritu y reposar el cuerpo.
Eso fue todo. Así termina esta jornada y puede considerarse un final feliz para la mayoría. Un poco de flirteo y algo de emoción en la rutina puede ser maravilloso para cualquier pareja, siempre y cuando se tenga control de todo lo que pasa. Me entregué a los brazos de Morfeo. Y así acabaría la historia.
Por lo menos eso supuse. Mi último pensamiento fue precisamente "que tal si..." pero no me atreví a tan siquiera imaginar un escenario distinto.
X.
No puedo precisar cuánto estuve durmiendo, pudo ser una hora quizás más. Había perdido la noción del tiempo. Nada escuchaba. Nuestra alcoba queda en el tercer piso al final de un pequeño pasillo, lejos de la sala y otras habitaciones de la casa, en consecuencia es con mucho, el lugar más discreto de nuestro hogar.
Todo se desvaneció poco a poco. Estaba durmiendo. Pero era un sueño ligero. En medio de ese estado onírico todavía podía sentir esa inquietante sensación que hacía tiempo no tenía. Esa incertidumbre. Esa emoción de un gozo anticipado, que sabía perfectamente que no estaba bien, pero igual me perturbaba. Estaba en la fase de sueño leve, en el que todavía tenía algún control de mis pensamientos, me vi recreando cada instante de esa noche y empecé a fantasear sobre el desenlace si mi decisión hubiera sido distinta.
En eso estaba, cuando sentí a mi Flaquis entrar a la alcoba trastabillando, ayudado por su compinche.
"Encontré a este señor tirado en el piso del baño. Vengo a dejárselo señora, porque tiene un anillo con su nombre y creo que le perteneceee" - dijo Esteban haciéndose el gracioso- mientras mi marido musitaba palabras incomprensibles, y se desplomó en mi lado de la cama. Tuve que moverme o se me venía encima. Estaba pesado y con ayuda de su amigo a duras penas pudimos ponerle la piyama. Como se dice, cayó como una piedra.
Agradecí la ayuda, e invité a este coqueto invitado a que se fuera a descansar al sofá, que ya cobijas y almohada tenía.
"No seas malita, dejáme quedarme en el sillón de tu cuarto. En la sala está haciendo mucho frío" me dijo poniendo cara de Giordano.
Naturalmente mi primera reacción fue negativa, una pequeña y casi inaudible parte de mi estaba empezando a sentir curiosidad por ver lo que pasaría, pero otra más iluminada y sensata me hacía caer en cuenta de que estaba en el hogar, que frente a un invitado de la casa debía comportarme como se espera de una dama, y que era del todo inapropiado que nuestro visitante pasara al aposento conyugal luego de libar tragos tan generosamente y sobre todo cuando había hecho una declaración directa de sus intenciones eróticas.
Siempre he querido pensar que primero tomamos decisiones de forma racional y consciente, y luego las ponemos en práctica. Que actuamos pensando con conocimiento de lo que hacemos. Pero en muchos casos esas decisiones son el producto de múltiples circunstancias, motivaciones, condicionamientos, influencias, y en general, aquellas cosas determinan nuestras acciones futuras sin que intervenga en mayor medida lo que denominamos voluntad.Toda nuestra racionalidad posterior es solo la excusa que nos damos para estar un poco más a gusto con lo que de todas formas acabamos haciendo porque nos place. Supuse que podría tenerlo bajo control, así que acepté que se quedara en la habitación a condición de que durmiera en el sillón.
Volví a la cama. "El último apaga la luz" alcancé a decir mientras me acomodaba de nuevo, por enésima vez en el lecho.
Él estaba junto al sillón. Me miró y con parsimonia se quitó los calcetines, la camisa, camisilla, se desabrochó el cinturón, acto seguido se liberó de sus pantalones que enrolló como si los fuera a usar de almohada y puso todo allí, quedando en bóxers. Unos horribles bóxers de esos con estampados alocados. Se me escapó una sonrisa.
-"No duermo con piyama." Me dijo.
- "Allá tú querido." Contesté.
Se contoneó un poco exhibiendo su horrible y ajustada ropa interior, y casi sin darme cuenta, pero quizás queriendo, terminé admirando su bulto. Por su puesto que el inescrupuloso hombre lo notó, así que me ruboricé inmediatamente y quise dar por terminado el asunto. Antes de continuar avergonzandome, me tapé con las cobijas. Suficientes emociones para una jornada.
Cuando parecía que al fin se acomodaría en el mullido sillón, creo que ambos nos dimos cuenta que las cobijas se quedaron en la sala.
-Yo no bajo. – me dijo.
Clic. Apagó la lámpara. Abrí los ojos y tan pronto éstos se adaptaron por completo a la oscuridad, se dibujó la silueta de Esteban gracias a la pálida luz que se filtraba por las cortinas y que provenía del reflector de la calle.
En un parpadeo o dos la silueta estaba justo a mí lado. ¿Y entonces? Con rapidez y antes de pudiera decir más o reaccionar, Esteban se metió a la cama. A mí cama. A la de mi marido. Por su puesto le dije que no lo permitiría, que por ninguna razón dormiría en medio de los dos, que así no estaría cómoda, que no señor. Además le recordé que estaba en nuestra casa, en la cama de su leal amigo, que no se vería bien, que era inadecuado desde cualquier punto de vista. Mis reclamos se apagaron cuando puso su mano sobre mi rostro, con una leve caricia y aproximándose a mí, con voz casi inaudible, me rogó que no fuera a así, que de esta manera estaríamos perfectamente, pues ni el sillón le parecía confortable, ni el sofá de la sala era opción, para esa hora en la sala estaría helando y se resfriaría. Menos acomodarse junto a otro hombre por mucha confianza que se tuvieran, no fuera a sentirse bizarro, todo pretextos, cosas masculinas. Por último juró quedarse quieto como un palo (mala elección de palabra), que ni notaría que estaba a mi lado. La cama matrimonial es grande, tanto que los domingos la niña se acuesta y explaya con nosotros sin ningún problema. Fácilmente cabríamos cuatro adultos, no exagero. Pero igual no era buena idea. Se me ocurrió que tal vez yo sería quien vaya a dormir al sofá. Pero nada más pensar en levantarme de nuevo y salir dormir en el sillón o en la sala me hicieron caer en cuenta que estaba haciendo frío y que en cualquier caso no tenía por qué salir de mi propia cama. Cedí.
Pero te portas bien. Dije. No muy convencida me moví entonces más al centro, quedando en medio de estos dos bandidos.
Estaba nerviosa. Lo admito. Le di las buenas noches y luego la espalda.
No habían pasado ni cinco minutos y mi esposito empezó a roncar. Detesto que ronque. ¡Qué nochecita tan larga! ¡Y no terminaría allí! Me aparté un poco para que el roncador se acomodara.
Mientras, Esteban muy pronto olvidó su juramento, y de repente empezó a jugar. Primero, puso su mano sobre mi cintura.Se la tomé con cuidado y la retiré gentilmente.
-No.- Le dije muy pasito.
Luego empezó a trazar círculos, y líneas en mi espalda con sus dedos.Me volví hacia él y le dije que se quedara quieto.
No se rendiría.
XI.
Sus pies fríos buscaban los míos.
- "Quieetoooooo". "Si no vas a dormir, mejor regresa a la sala".
- "Bueno, bueno, estoy quieto"
Silencio de nuevo. Recordé que él estaba en ropa interior. Perturbación. Un macho semidesnudo estaba detrás de mí y ya no tenía línea de defensa alguna a mi favor.
Sentí que se aproximó un poco. Luego otro más. Despacio. Mi corazón empezó a latir con fuerza, tanta que pensé que el tum tum que escapaba de mi pecho lo escucharía mi marido. Era como un redoble de tambores, la sangre se me subió a la cabeza y parecía que me palpitaba la sien.
Poco a poco fue acortando las distancias que nos separaban, casi tan imperceptiblemente como un navío que surca con calma las heladas aguas del atlántico en silencio, para estrellarse contra el iceberg que lo conducirá a su perdición. Pero yo no estaba fría. Todo lo contrario. Mejor sería pensar en la metáfora de la polilla que se acerca a la llama que la quema.
Cada vez eran menos los centímetros entre nosotros, e intentó una vez más posar su mano sobre mi cadera. Esta vez se resistió cuando quise apartarla con mis dedos. Lo intenté de nuevo con más empeño. Pero nada. Me sujetó con fuerza. Cuando finalmente la levantó, lo hizo solo para atrapar mi mano que de manera infructuosa intentaba zafarse. Traté de soltarlo pero era muy fuerte. Me asustó que el forcejeo fuera a despertar a mi esposo. ¿Ay… qué voy a hacer contigo?, musité. Y lo dejé así. Pausa. Finalmente me liberó, pero solo para tomar impulso. Acercó sus labios a mi oído y empezó a hablar con voz queda, diciendo lo mucho que me deseaba. Un cosquilleo en el cuerpo me recorría desde la punta de mis pies hasta el extremo superior de la cabeza. Con cada palabra suya me provocaba. Sentir tan próximo su cuerpo me hacía sentir algo parecido a una descarga eléctrica que recorría mi espalda. Me seducía con su verbo y mi carne estaba respondiendo.
Traté nuevamente de persuadirlo, que desistiera de su intento, y haciendo acopio de la poca fuerza de voluntad que me quedaba, me volví hacia él y tomando su rostro con mis manos le imploré que se quedara quieto una vez más.
"Ya no más". "Por favor ya no más". Por mi ansiedad creciente, tal vez mi susurro no solamente era poco convincente, sino que además sonó más a una invitación. Era un ejercicio inútil porque sabía que así se la pasaría hasta la madrugada, provocándome, logrando que me rindiera ante él.
Retrocedió. Aunque nada podía ver, los movimientos que percibí de Esteban indicaban que se estaba despojando de su ropa interior. Mi corazón perdió un latido. Mi fuerza de voluntad se había resquebrajado. Había bajado la guardia, yo finalmente había capitulado mentalmente, y estaba al borde del colapso. Mi castillo estaba asediado y estaba perdiendo las ganas de pelear. Por el contrario, estaba a punto de rendirme incondicionalmente y con gusto. Quería dejar de pensar los intrincados problemas morales, el punto de vista ético de la situación y le di la espalda al indiscreto Esteban tratando de ver en la silueta de mi amorcito un movimiento consciente, un despertar repentino, en suma, la posibilidad de que en el último momento se despertase rescatándome de la situación. Inclusive lo moví un poco para traerlo de regreso. Nada. Diría que dormía como un bebé: profundo, pero con el riesgo de que en cualquier instante pidiera atención. Dejé de insistir. Quería ver lo que seguía. Dejé de meditar la cuestión, trataba de poner la mente en blanco, cerré los ojos para ver el punto al que podía llegar el atrevido.
De nuevo, sentí una respiración profunda detrás de mí cuello. Ahora él estaba completamente desnudo en mi cama, sin que nadie se interponga a sus intenciones libidinosas, y justo cuando asimilé por completo el hecho supe que yo tampoco lo detendría. Si quería evitar convertirme en una libertina, entendí que a menos que haga algo éste era el instante en que eso pasaría. Era el hito que separaba el antes y el después. La mujer que antes era y en la que estaba a punto de convertirme. Pero ahora estaba dispuesta a entregarme por completo a la experiencia.
XII.
Con o sin consentimiento, estaba yo lista para ofrecerle a este hombre mi parte sagrada, la más completa intimidad estaba finalmente a punto de ser otorgada para el deleite de los dos, sin reconsiderarlo, sin angustia, esperando todo olvidando por un rato las consecuencias, así de liberador es el sexo cuando la química se desborda y todo se vuelve inevitable.
En un momento, él estaba rodeándome con su brazo y luego tomando mi vientre con su mano, con cuidado pero con firmeza, me atrajo hacia él. Podía sentir su erección tan fuerte, que si estuviera de pie de seguro podía colgar un cuadro de la sala en su miembro sin que se bajase un solo centímetro. No puedo describir fielmente lo que sentí en esos momentos, la mezcla entre turbada excitación, remordimiento, miedo a lo desconocido, inquietud por lo que esto significaba en mi vida, pero al tiempo una indescriptible delectación se unían en un coctel sensorial y mental que hacía la adrenalina fluir por todo mi ser intoxicándome por completo.
Bueno, pensé en quedarme quieta, muy quieta. Puesto que mi esposo roncaba, sabía que era improbable que estuviera despierto, así que esperé el desarrollo de la situación. Total, y como débil justificación, mi esposito prácticamente me había puesto en ese predicamento, y había creado un escenario perfecto. A ver qué cara podía poner, si él mismo había invitado a este sinvergüenza y permitido que todas las cosas se desarrollaran de la peor forma posible.
Así estuvo unos instantes Esteban, tal vez evaluando, sin duda disfrutando la ocasión, quizás también preguntándose lo que me estaba pasando por la mente. Él trataba de controlar su respiración pero nuestros pulsos estaban acelerados y era imposible que se quedara quieto más tiempo. A decir verdad yo ansiaba que hiciera su siguiente movimiento.
Creo que en esa posición permanecimos un buen rato, luego sentí que los dedos de este amante furtivo se metían en el elástico de los pantalones de mi piyama, y con dotes de prestidigitador los bajo despacio, casi sin hacer ruido. En el silencio de la noche apenas se oyó el susurro del roce de mi piel con la tela de la prenda, y fue así como me despojó de ellos hasta donde la mano le alcanzaba. Finalmente, ayudado con su pie envió mi piyama al fondo de las sábanas.
Luego de ese trabajo tan preciso y finamente ejecutado, sentí un estremecimiento que me descoco por completo. No quise ser desconsiderada, así que me desprendí yo misma de la tanga a fin de provocar el desenlace de ese deseo reprimido durante todo este tiempo. Ahora quedé desnuda por completo de la cintura para abajo, con las piernas y muslos tensos aguardando ansiosa la visita de la anaconda.
Con las pieles al descubierto y el camino sin obstáculo alguno, sin más preámbulos se acercó apegando su pecho en mi espalda, y pude sentir su enorme falo, tieso, invencible. El miembro se restregaba sutilmente entre mis nalgas acrecentando mi deseo. Nuestros muslos y piernas muy pegados me dieron una gran sensación de intimidad. Una extraña cercanía dada las circunstancias.
Era indudable que no sabía qué hacer ni qué esperar de ese delirio, pues sentía un calor intenso y mi cabeza, mi afiebrada cabeza, continuaba dándome vueltas. Ya estaba dispuesta, más que dispuesta, aún sin ser penetrada estaba tan húmeda y claramente perturbada, que apenas intuía la forma en que terminaría aquel momento de ensueño. Así es, mi sexo estaba mojado como pocas veces lo recuerdo. Los muslos y piernas de él estaban fríos, creo que temblaba un poco, muy posiblemente por los nervios, o la gran ansiedad que lo dominaba, yo no lo estaba menos. Pero solo me abrazó con más fuerza, y así estuvimos otro rato más.
La pequeña pausa, supongo que cautelosa, era porque aguardábamos una reacción del hombre que estaba al frente: mi marido. No podía ser más extravagante la situación, pues el que desde atrás me abrazaba, y estando por completo desnudo, no era otro que un amigo; el que esto hacía, era una persona que nos conoce de tiempo atrás; a este hombre la vemos seguido, en fiestas y reuniones de la casa; el atrevido galán conoce y lo conocen todos en mi familia, hágame el favor si no podía ser más bizarra la ocasión. Si de las fantasías de alcoba daríamos el gran salto a la realidad, estábamos rompiendo las reglas de las parejas liberadas, por tanto esta conducta sexual estaba absolutamente fuera de lugar y totalmente sin control.
Pero era demasiado tarde para retroceder, así que el furtivo amante aprovechó la desnudez que ahora le ofrecía y puso su mano entre mis piernas, recorrió el terreno un poco para luego acariciar mi vello púbico, que estaba cuidadosamente depilado formando un pequeño triángulo.
Cuando sus muslos y piernas se habían abrigado por completo por el calor de nuestros cuerpos, y su miembro que parecía palpitar, se apartó un poco. Transcurrieron dos o tres segundos que para mí parecieron horas. Y con la misma parsimonia con que se aproximó la primera vez hacia mí, sentí la presión de la punta de su glande justo entre mis nalgas. Se detuvo quizás preguntándose cuál orificio quería visitar.
Ya no podía aguantar más. Era el momento del coito, así que me acurruqué lo más que pude para franquearle la entrada, ofreciendo mi pequeña gruta vaginal completamente dispuesta para recibir esa verga ajena, todavía desconocida para mis entrañas. Luego sentí su introito con lentitud sorprendente. Me penetró con la máxima delicadeza imaginable. Mientras Esteban se perdía en lo más profundo de mí ser, pensaba en la gran destreza y la técnica de mi improvisado amante. Esa serpiente se deslizaba erguida y fuerte abriéndose camino entre labios ansiosos, pero con precaución, como si temiera que me fuera a romper. Además el tamaño de aquel miembro era grande, tanto o más de lo que me lo había esperado. Gracias a esa maniobra sigilosa y pausada, disfrutaba cada instante, cada centímetro de carne que entraba en mi cuevecita y traté de saborear el sublime momento lo más que pude. Me encanta la posición de la cuchara ¡y ahora sí que todo estaba consumado por completo! Di un profundo suspiro. ¡Había roto por completo la castidad de mi matrimonio!
Creo que no había sentido un sexo tan grande, tan duro, tan largo antes de ese momento. Esa verga dura y tiesa se regocijaba moviéndose adentro de mí de forma casi imperceptible pero exquisita.
No sé por qué me vino a la mente "Acurrucaditos, duermen los pollitos" dada la ternura del acoplamiento. Ahora arquee mi espalda hasta tocar su pecho. Deslizando su mano dentro de la blusa de mi piyama recorrió delicadamente mi cuerpo, pasando por mi vientre que hervía por dentro, para detenerse en mis senos, jugando con mis pezones que estaban duros por la emoción de la faena. Luego recogió mis cabellos e improvisó un beso lascivo en mi cuello seguido de un pequeño soplo en mi oreja que me puso la carne de gallina.
Me estaba dando un gran deleite, levanté un poco mi muslo y pierna para que pudiéramos entrelazarnos, facilitando aún más el acoplamiento, al tiempo que mi indiscreto compañero continuaba con el cariñoso masaje de mis senos. Esteban me encajó su miembro hasta lo más profundo de mis entrañas. Luego el amante furtivo deslizó su otro brazo por el cuello y tomando mi rostro me atrajo hacia el suyo para robarme lo que sería nuestro primer beso. Uno de verdad. Lo consentí. Fue un ósculo de lo más extraño dado el momento y circunstancias, pues lo describo casi que casto, sereno, como el primero que se dan dos novios. ¡Qué gran paradoja! ¡Empezamos todo al revés! Exactamente en el orden contrario al que debimos. ¡Desde el principio mismo de la noche!
Aquel hombre me proporcionaba un placer desconocido, misterioso, que apenas controlaba. Mantenía su virilidad dentro de mí concha, empujando suavemente su pelvis, despacio pero con firmeza, estrechándome con la ayuda de su brazo, resoplando levemente en mi cuello, mordisqueando el lóbulo de mi oreja. Eso me descontrola por completo. Continuó con el amoroso enviste estimulando la pared frontal de mi vagina durante un buen rato. Me entregué por completo a las mieles de la fornicación y quería que el placer se prolongara al infinito, podía continuar haciendo hacer esto hasta morir de puro gozo sensual. Trataba de contener lo mejor que podía mis gemidos, y ahogaba mis suspiros con desespero, pero imposible era ronronear como gata en celo, intentando disfrutar discretamente del momento, pues no pude evitar desahogarme un poco. Mi compañero de lecho también empezó a jadear y su respiración se tornó más agitada. Un orgasmo intenso y dulce estaba empezando a gestarme en mis entrañas.
Entonces, él súbitamente se detuvo. El secreto de un buen coito es prolongarlo todo el tiempo que sea posible. Con la voz entrecortada me dijo muy quedo al oído que bajáramos a la sala, o mejor al vacío cuarto de servicio que queda detrás de la cocina, para poder entregarnos a placer, con todo gusto, y dar rienda suelta a la pasión. También añadió que ya no se sentía cómodo haciendo el amor delante de su cuasi hermano. Que eso era ya muy raro e irrespetuoso. ¡Ja! Como si le importara tan siquiera un poco.
"Hacer el amor". Tuve entonces otro destello de lucidez. ¿Qué esto no era solo sexo?
Caí en la cuenta que Esteban no estaba usando preservativo. Me inquietaba que mi fértil útero concibiera el fruto de esta prohibida unión.
Nada estaba bien.
Además me aproximaba a un orgasmo delante de mi esposo, quien estaba frente a nosotros desconociendo lo que pasaba, a pocos centímetros, perdiéndose el concupiscente espectáculo mientras roncaba. No. Absolutamente nada de lo que sucedía era correcto. Accedía a seguir a Esteban hasta la habitación de servicio, supuestamente para terminar lo que empezamos. Tan pronto se levantó de la cama, yo había tomado la decisión de despertar a mi marido y contárselo todo. No podía continuar con esto sin su consentimiento, sin su apoyo. Le pedí a mi improvisado galán que bajara, que en un momento lo alcanzaba. Apenas cruzó la puerta me puse de nuevo la ropa interior y los pantalones de la piyama, encendí la luz y me senté junto a la cama. Entonces moví a mi esposo con firmeza y finalmente empezó a despertar. Estaba decidida a hablar de esto.
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