Los movimientos pélvicos de Diana se hicieron poco a poco más precisos mostrando que recuperaba de sus placeres pasados y la damita despacio comenzó a besarme con suavidad, como agradeciendo mi paciencia. Si en ese reposo mi pene había perdido un poco su rigidez, la caricia de los músculos de su vientre contra él me puso de nuevo presentable para la ocasión. Andrés y Moni, nuestros respectivos esposos, se dieron cuenta de esta nueva actividad de la damita y mi Moni comenzó suavemente a besarle la nuca a Diana y por momentos a besarme en la boca.
Ellos, Andrés y Moni, aprovecharon no molestar a Diana para ir rápidos tomarse otra ducha y estando solos Diana me abrazó en la nuca para entrar los dos en un beso mucho más apasionado. Yo acariciaba su culito y de ella misma abrió sus piernas para que mis manos tuvieran acceso al valle de sus nalgas y poder acariciar suavemente su ano que lo sentí palpitar bajo mis dedos. Apasionada y tierna a la vez, ella me dijo que me quería sentir en todas partes y que incluso quería conocer mi gusto, inquieta de que yo pudiera esperar tanto tiempo sin sentirme frustrado. Sus movimientos fueron mucho más precisos y subiéndose un poco liberó mi miembro del peso de su vientre para acariciar su vagina con mi asta erguida que chocaba en la parte alta contra sus nalgas.
Cuando regresaron nuestros esposos Diana le pidió a mi esposa que me tomara en sus manos para guiarme hasta su vagina, lo que ella hizo luego de colocarme otro preservativo y entré de nuevo en su vagina que me recibió no sólo con un suspiro de placer sino que también con sus jugos lubricantes, tibios y acogedores. Con movimientos suaves de su talle me hizo entrar y salir suavemente de ella, siempre sobre mí y le dijo a su esposo, quien sentado a la cabecera de la cama, mi esposa entre sus brazos y sus manos acariciando los senos de mi Moni, la observaba con una mirada llena de cariño, que quería darme y hacerme de todo. Este sonriendo le contestó simplemente que se diera todo el gusto que quisiera y que yo ya había sido lo suficientemente generoso con ella para recibir el acceso de su cuerpo sin ambages.
Diana se sentó sobre mí para cabalgarme e incluso, apoyando sus manos en mis rodillas, se inclinó hacia atrás, para mostrarle a nuestros esposos como entraba yo en ella. Los labios de su vagina, brillantes por los líquidos que de ella salían, me recibían enmarcando mi pene cuando éste estaba fuera o desapareciendo casi al entrarme ella por completo, su sexo con el mío dentro de él y sus labios apoyados por entero contra mi entrepierna. Yo aprovechaba esta posición para cómodamente acariciar su clítoris a menudo, sin olvidar dejar la vista libre a nuestros esposos. Andrés y Moni debieron excitarse de nuevo viéndonos en ese exhibicionismo y sus besos se hacían cada vez más precisos con una de las manos de mi esposa acariciando la masculinidad del otro caballero. Mi Moni se deslizó para acostarse boca abajo y tomar en su boca el pene de Andrés que crecía de nuevo a pesar de haber eyaculado algunos minutos antes. Por momentos Diana se acercaba a mí lo que me permitía acariciar sus senos e incluso se reclinaba sobre mí para besarnos en la boca.
De ella misma Diana me sacó de su sexo y dándome la espalda me ofreció la vista de sus caderas y con movimientos suaves me acarició con sus nalgas, separándolas con las manos para que mi pene se alojara en su valle y cerrándolas hacerme una especie de rusa muy sensual. Por fin la damita me llevó a la entrada de su ano y poco a poco me introdujo en él, contándole a su esposo, es decir a todos nosotros, sus sensaciones con frases como: “Está tan grande que no sé si son las ganas de hacerlo entrar o el miedo las más fuertes”, o luego de yo lubricarme con saliva y entrar por sus movimientos un poco, solo la cabeza, ella dijo un “huyyy, qué rico, arde pero me siento poseída, Andrés, esto sí está muy rico”. Una vez yo dentro de ella su culito de nuevo contra mi vientre, la nena le dijo de nuevo a su esposo: “Andrés, ¡me están partiendo el culo tan rico!, después de esto sí te voy a dar chiquito más a menudo, para sentir lo mismo contigo y acordarme de Gerardo con tu pene dentro de mí.” Temiendo tal vez ofenderlo volteó la cabeza para mirarlo y con su miradita de niña mimada le preguntó un “¿puedo?” un poco tímido. Este sonriendo, mientras acariciaba la cabeza y los senos de mi esposa que le daba una mamada de esas que ella sabe dar y que son deliciosas, le contestó “claro mi amor que puedes pensar en él cuando te lo esté metiendo yo, y si me dices que estás pensando en él no olvides que me sentiré incluido en tu momento y que me excitaré mucho”.
Diana terminó por acostarse sobre mí, dándome la espalda, volteando a menudo su cabeza para besarme, yo ensartado en su culo hasta el fondo, sus piernas abiertas paralelas a las mías y mis manos acariciando ya sea sus senos, la parte interior de sus muslos o su gallito.Cuando nuestras bocas no se prodigaban besos yo besaba su nuca o sus hombros, y por momentos sus orejas. Poco a poco sus movimientos se hicieron más y más amplios y tomándome de oficio la mano que se encontraba en su vagina me hizo introducirle dos dedos y suspirando me dijo un “sí, siii Gerardo, que voy a venir contigo dándome por el culo”. No tardó la linda en temblar como con escalofrío, sus nalgas llevándome a lo más profundo de su ser, sus piernas cerrando las mías y su corazón bajo mi mano izquierda latir a todo galope, latidos que el espesor de su seno no lograba ocultar.
Nuestros esposo no estaban en estado de observar este orgasmo de Diana puesto que mi esposa acostada boca abajo recibía a su turno a Andrés por su ano al tiempo que este también besaba su nuca. Diana saboreó mi pene en su ano hasta que sus espasmos se calmaron completamente y luego me sacó de ella y con cierta prisa saltó de la cama y tomándome de la mano me llevó hasta la ducha. Retiró el preservativo que me cubría y una vez bajo el chorro de agua procedió a lavarse ella y luego a mí, sin olvidar de lavar con mucho cuidado y minucia el asta que la había penetrado momentos antes. Luego nos secamos, siempre dándonos muchos besos y yo acariciándola toda, sus senos, su espalda y sus nalgas, sin olvidar tomarle la cara para iniciar un beso tierno que rápido dejaba el paso a otro apasionado. Una vez secos me llevó de nuevo a la cama en donde mi Moni ensartada por detrás por Andrés emitía quejidos de placer y sus “qué rico, qué rico, eso, dame fuerte, fuerteee” que yo conozco tan bien, amoblaban el silencio de la casa. Diana me colocó en la cama boca arriba y después de murmurarme en el oído que viniera en su boca, que quería tomarme todo, sus rodillas cerca de mi ingle entre mis piernas, se sentó sobre sus talones y comenzó a darme una deliciosa mamadita. Yo, que estaba que estallaba, me sentí por fin liberado de toda obligación de espera y consciente que mi eyaculación no sería inconveniente, me entregué a mi placer, mirando por momentos la cara de la damita que sin sacarme de su boca me miraba a los ojos o bien la cara de mi esposa deformada por el placer. Una mano de mi Moni salió en busca de la mía para aferrarme al sentir ella también ese orgasmo anal que llegaba, y yo, con convulsiones fuertes, liberé mis chorros en la boca de Diana, quien los recibió gustosa sin tratar de esquivarlos.
Diana guardó mi líquido de vida en su boca saboreándolo, y como mi Moni, que había esperado después de su orgasmo al de Andrés, se enderezaba, Diana la tomó en un beso tierno pasándole un poco de mi semen a su boca mientras las dos se acariciaban los senos o se apretaban la una contra la otra. Por fin las nenas se fueron tomadas de la mano al baño de nuevo, para lavarse los dientes y el cuerpo, mi Moni con el preservativo de Andrés en su mano, pesado de sus líquidos espermáticos para botarlo. Andrés tomando de nuevo su respiración normal me dijo: “Francamente Gerardo, que tarde tan deliciosa, ¿no te parece?” y yo solo pude estar de acuerdo con él completamente.
Termino con esto mi relato, aunque el fin de semana solo comenzaba y lo pasamos juntos todo el tiempo salvo unos momentos, tanto ese sábado como el domingo, en que esta pareja de amigos fueron a su casa para “echarle una miradita a los hijos”. Recordaré siempre como Diana se adueñó de nosotros y aprovechó sin dudas esos días en que tuvo a dos maridos y una amante para ella. Su pudor del primer día se convirtió en decoro malicioso que, sin ser excesivo nunca, me recordaba como desde el primer día sentimos tanta complicidad. De nuestra parte, Moni y yo supimos deleitarnos de esta situación gracias a la complicidad que hemos desarrollado entre los dos e incluso, en momentos que estando solos hicimos el amor, mi esposa me pidió que me guardara para la nueva damita, dándome a entender de manera explícita que disfrutaba mucho viéndome venir en su interior, lo que siempre ha sido la fantasía que más la excita. Espero les haya gustado y gracias por leerme.








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