si con ansia sin igualsolicitáis su desdén,por qué queréis que obren biensi las incitáis al mal?""Redondillas" (Fragmento)
Mi querido esposo estaba despertando, pero era más que evidente que no estaba plenamente consciente.Por supuesto que no estaba en sus cabales porque en realidad se había excedido en tragos, lo que parece una constante cultural de todos los señores, que no saben medirse cuando de libar se trata ¡ojalá así fueran en todos los aspectos placenteros de la vida!
Intuí que en la habitación de la cocina estaba el sinvergüenza del amigo de mi marido, quien tuvo a bien darse un gran gusto conmigo momentos antes, y que supongo que me esperaba ansioso para completar la tarea que había iniciado -debo admitirlo- con gran destreza.
Mentiría si dijera que en ese momento estaba avergonzada por lo ocurrido.En realidad lo único que me preocupaba era que no estaba siendo honesta con mi flaco, a quien hasta entonces le había prodigado una rigurosa fidelidad, no obstante la existencia de otras propuestas indecorosas de terceros, y en verdad muchas oportunidades para ejecutarlas, todas rechazadas y resistidas por mi formación e imagen que quería conservar.
Todos los límites que nos imponemos por la alta dosis de moralina de nuestra sociedad y familia, nos impiden expresarnos libremente y como quisiéramos. El honor, el decoro, la discreción, el respeto, se pierden cuando de piel y ganas se trata y nos dejamos invadir por el lado humano y salvaje de nuestra humana condición.Así es caballeros, las mujeres también podemos pecar con el pensamiento, palabra y acción.También nos gusta mirar nalgas, comparar cuerpos y juzgarlos a ustedes con el rigor con el que a nosotras nos miden en sus charlas de señores.Y el punto es que la gran dama era yo hasta ese momento, había sucumbido ante la tentación de lo prohibido.Sólo que por amor y el respeto que le debía a mi compañero debía confesarle mis protervas intenciones.
Sin entrar en detalles sobre lo que hasta ese momento había acaecido, le confesé ese oscuro objeto del deseo que era su colega, solo para evaluar su reacción, naturalmente omitiendo que ya había ocurrido un primer dañado ayuntamientoen nuestra propia alcoba.Ingenuamente y con toda la dulzura con la que las mujeres pretendemos manipular a los hombres, quise hacerle creer que había sido él quien en tal predicamento me puso, además adobe mi justificación con el argumento de que ya habíamos tenido suficientes fantasías, y que este era el momento propicio para hacerlas realidad.Pese a mi empeño y muy convincentes razones, lo único que obtuve de él fue una bofetada.¡Nunca hasta ese instante me había tocado uno solo de mis cabellos!
La excitante ola de calor que había inundado mi cuerpo desapareció por completo, y me sentí abrumada por un sentimiento de infinito bochorno.Una cosa es tener una imaginación prodiga y perversas intenciones, pero convertirlas en hechos era algo para lo cual nuestra relación de pareja no estaba preparada.Eso fue lo que supuse en ese instante, y me arrepentí mil veces de lo que ya había acontecido.Posiblemente me habría matado si se hubiera enterado de lo mucho que alcanzamos a hacer con mi amante improvisado, así que muy perturbada y a punto de soltar lágrima, le dije que me perdone por guardar tan malos pensamientos y censurables intenciones.
A pesar de su estado de embriaguez, y quizás por la funesta noticia el sopor de mi esposo se desvaneció, y con determinación salió de la habitación en busca de su otrora mejor amigo, para exigirle que se marche de inmediato de la casa.
Lo encontró en la habitación de servicio, desnudo y sorprendido, y con palabras obscenas y no pocos empujones, apenas lo dejó vestirse para luego echarlo a la calle.Fue la última vez que se vieron como amigos.Yo estaba anonadada y ahí si que me puse a llorar.Me sentí humillada y a la vez culpable por dejarme llevar tan fácilmente por el momento.Prometí ser fiel hasta el último momento y juré que no permitiría que las emociones del cuerpo vuelvan a afectar mi buen juicio.
Quise ser fiel a este compromiso personal, y estoy segura que lo habría cumplido hasta las últimas consecuencias, todos y cada uno de los restantes días de mi vida, hasta que casi un año después de mi desliz, me enteré por una feliz coincidencia, que mi amado esposo había estado saliendo con una empleada de la alcaldía, conocida mía, aparentemente muy escrupulosa y decente, casada y con hijos, y para mi mayor indignación ni siquiera la considero más bonita o lista que yo.
Para mi mayor enfado pude averiguar que su aventura comenzó mucho antes de la noche aquella, y aunque no voy a detallar el doloroso proceso de sanación al que ambos nos sometimos, lo que sí diré es que las cosas no volverían a ser iguales, y mi venganza no sería mesurada porque señores: ¡teman más al amor de la mujer que al odio del hombre!
¿Ocurrió algo después?:
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login Entrarfabuloso que mas se puede decir