¡El Dilema Final!
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 9 min de lectura calendar_today Julio de 2012

¡El Dilema Final!

Luego de ser dominados por el indomable apetito de placeres deshonestos, a prisa nos vestimos y nos saltamos el desayuno ¡ya que importaba! Asistimos luego a las conferencias programadas para esa jornada, esperando ansiosos a que llegara la noche para continuar lo que habíamos empezado en la....

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Luego de ser dominados por el indomable apetito de placeres deshonestos, a prisa nos vestimos y nos saltamos el desayuno

¡ya que importaba! Asistimos luego a las conferencias programadas para esa jornada, esperando ansiosos a que llegara la noche para continuar lo que habíamos empezado en la mañana.

Sin perder más tiempo del estrictamente necesario, cenamos y rechazamos las invitaciones de amigos a dar un paseo por la ciudad o disfrutar de la clausura del evento, pretextando cansancio. Nos marcharnos a nuestras habitaciones supuestamente para preparar maletas y dormir temprano.

Cuando los moros se habían alejado de la costa, él llamó a la puerta. De nuevo, no tuve tiempo siquiera para prepararme un poco. Supuse que sería agradable tomar un baño antes, peinarme y esperar a aquel amante toda fresca y perfumada. Pero a éste no le importaba mi aspecto para nada. Al abrir me dijo con una sonrisa que estaba adorablemente desaliñada. Me gustó ver su con cara de lujuria y sonrisa de gozo anticipado, así que lo tomé de la mano y de un tirón lo hice entrar de inmediato. Al instante de cerrar la puerta, apasionadamente nos besamos, en medio de suspiros y forcejeos amorosos, levanté mis brazos para facilitar que me despojara de la blusa. Yo misma me quité luego el sostén y permití que libremente jugara con mis senos dejando que los disfrute con manos, lengua y labios ardorosos. Los escanciaba con el frenesí de un neonato hambriento, al tiempo que yo acariciaba su cabeza y despeinaba sus cabellos.

Con pasos torpes, sin perder un instante de abrazos y besos entrecortados, pasamos entonces a la cama, donde quise tener el placer de desvestirlo yo misma. Lo tumbé y botón por botón, adiós camisa, luego adiós camisilla, hasta dejar su torso desnudo. Más pronto que de prisa lo liberé de su cinturón, pantalones e interior dejando expuesta su hombría que se desplegó como un resorte.

Lo contemplé durante un rato, una inspección más cuidadosa que la de esa mañana me permitió verlo por vez primera muy de cerca: parecía un champiñón jugoso, largo y cabezón. Nunca me ha gustado el gusto ligeramente agrio que percibo en el miembro de mi marido, pero este tenía un sabor difícil de describir, con un toque agridulce jamás por mí probado antes. Quise ofrecerle la mejor fellatio de la que era capaz, y con la mediana destreza que tenía por la falta de práctica, lo que de técnica fallaba en entusiasmo me sobraba. Y sin timidez admito que esta vez lo disfruté con enfermiza satisfacción. Lamí lascivamente toda su extensión hasta la raíz y con mis labios acaricié sus testículos hasta dejar toda su hombría completamente húmeda de besos.

Me incorporé y luego busqué sus labios, para dejar el sabor de su propio sexo en su boca. Acto seguido me despojó de la falda, me tumbó boca arriba, y levanté mis caderas para facilitarle el trabajo de quitarme la tanga. Así estábamos, totalmente desnudos y ansiosos, estaba muy dispuesta a ser tomada sin requerir más juego previo. Con todo quiso devolverme el favor de la buena mamada (perdón por la expresión), pero insistí que no requería más preámbulos. Sentí un gran placer cuando nuestros cuerpos se estrecharon en un ardiente abrazo. Me acariciaba el rostro y entre besosy palabras entre cortadas me dijo que me quiso desde el primer momento en que por vez primera nos vimos. No podía contestarle lo mismo. La verdad yo no me sentí atraída por él desde el principio. Además su línea muy trillada parece un recurso al que echan mano casi todos los hombres. Sin embargo era innegable que estaba disfrutando plenamente ese excitante momento así que con mis manos acaricie primero su espalda y luego descendí hasta sus nalgas, apretándolas para darle la señal que estaba dispuesta para él.

Pese al no extenso preparativo, ya estaba lista para acogerlo desde antes que él tocara a la puerta. Todo el día había estado incómoda prestando poca atención a las charlas pues no podía evitar remembrar la ducha caliente que había disfrutado en la mañana. Aunque la disfruté, me dejó iniciada, por tanto me debía un buen orgasmo.

Antes de ser penetrada, de nuevo caí en cuenta que no estaba planificando. Tener un marido incapaz de embarazarme me ahorraba la molestia de la píldora u otros métodos con sus consecuentes incomodidades. En contra de los consejos de otras parejas amigas, no nos afectaba la situación, ambos estábamos contentos con nuestra hija y nos parecía una ventaja que al ser ella única, tendría mayores posibilidades de disfrutar una educación privilegiada y toda la atención que en otras condiciones padres profesionales y atareados como nosotros no podríamos brindar.

Sin embargo debo admitir que al cruzar la barrera de los 30, cada cumpleaños por un momento me asaltaba la inquietud de tener un hijo o una hija biológica. Pero mi marido decía que nuestra familia era perfecta y completa así como estaba. Sería tarde para darle un hermano a mi sirenita? Nos habremos equivocado con mi pareja sobre las ventajas de una hija única?

¿Acaso somos seres egoístas por pensar así?

Un perverso pensamiento me perturbó durante todo ese día:

¿sería capaz de concebir un hijo a espaldas de mi marido?

No somos pareja de intercambios, y conociendo la reacción de mi esposo cuando hablamos del suceso que ya he contado con su amigo, de cambiar el estado de cosas ¡y de qué manera! fácil era predecir que me mataría o acabaríamos divorciados.

Pero su su traición con aquella empleada, durante tanto tiempo y prácticamente sin castigo, hacían que me excite de solo pensar en la despiadada retaliación que significaría para su orgullo masculino entregar mi fértil vientre de esa manera.

Reconozco que las mueres además de vengativas, podemos ser terriblemente crueles.

Pero un hijo jamás puede ser utilizado de esa forma.

Tenía que entrar en razón. Recuperar la cordura.En eso estaba cuando fue mi amante quien no me dejó espacio para la sensatez.

Me penetró con una acometida lenta, perfecta, exquisita y dolorosamente grande gracias a la maravillosa rigidez de su miembro y a la intensa humedad de mi sexo.Estuve a punto de pedirle que lo retire, exigirle que usáramos protección.Pero la sensación era tan impúdicamente gloriosa, que perdí la fuerza de voluntad.(Tal vez antes de que se desate el éxtasis final lo detenga… mejor disfrutemos un poco más de esta rendición incondicional) me mentí yo misma.

Bien acoplados como estábamos, y entregada por completo a la experiencia, empezó a embestirme con movimientos rítmicos y deliciosos.Lo que podía faltarle de grueso a su miembro, lo justificaba en lo largo, así que podía alcanzar las profundidades de mi vagina sin problema.Su punta me perforaba como una lanza, como un ariete hasta el fondo de mi cuerpo, como si quisiera romperme o atravesarme por completo.Me mordía los labios pues tenía miedo de gemir de placer por temor a otros huéspedes nos escucharan.Él respiraba con fuerza soltando algunos gruñiditos, mientras yo suspiraba de gozo.

Mi primer orgasmo de esa noche no se hizo esperar, y así como él se había corrido de manera prematura en la mañana, yo no tuve inconveniente en liberarmetres veces en un lapso de tiempo que consideré breve.El aceleró las embestidas, pasó sus manos detrás de mi espalda y apretó con fuerza mis nalgas, dejando caer todo su peso sobre mí.Sentir que me ahogaba un poco me perturbó aún más.Con mis manos tome su rostro, lo miré y le dije que quería que me lo dé todo.

¡No resisto, ya no puedo contenerme! Exclamó alargando la última e.

Al oír eso, sentí que yo llegaba al filo del cuarto orgasmo, era inminente el clímax para ambos. Así que cuando pasó dejé que eyaculara dentro de mi vientre.Su esperma golpeó mis entrañas y enloquecí de placer, quería que esa verga me llenara por completo.Necesitaba gozar totalmente del palpitar de ese falo al llegar al clímax, y al así suceder, al sentir sus espasmos pude finalmente estallar de nuevo de alegría.El cuarto fue el más intenso de los clímax que recuerdo haber experimentado en casi toda mi vida.Y debo decir que ansiaba ofrecerle una entrega completa e incondicional, un placer sin pudor ni remordimientos. Misión cumplida.

Hablamos no importa de qué. Al cabo de un rato largo, de nuevo caricias. Más besos. Se acostó sobre mí. Y tengo de nuevo ganas de sentirme poseída como él de poseerme, aunque su miembro no estaba tan erecto como la vez primera. Tal vez requería algo de ayuda. Así que abrí mis muslos lo más que pude y con mi mano tiré unas cuantas veces de su masculinidad, acaricié su glande unos breves instantes, con lo cual recuperó la inspiración con renovados bríos, así que ya no tengo problema en guiar su pene a la entrada de mi sexo.Una vez que su asta viril se introdujo nuevamente, invadiendo mí interior, levanté mis piernas y abrazo sus caderas con ellas.

El falo endurecido se sumerge en mis entrañas despacio y en perfecta sincronía con mis movimientos ¡qué bien nos habíamos compenetrado de nuevo!

Quería que eyacule nuevamente, mi útero lo exigían con desespero, estaba poderosamente unida a ese hombre y ambos nos estremecimos de placer en vaivén acompasado.

El sudor corrió por nuestros rostros y bañó nuestros cuerpos, y por su agitación pensé que sería necesario darle un descanso.Con palabras entrecortadas le invité a cambiar de posición.Sin desacoplarnos, giramos hasta que pude quedar sobre él.A horcajadas cabalgué sobre ese macho, con movimientos cada vez más violentos mientras él masajeaba ardientemente mis senos endurecidos por pura perturbación erótica.Entre jadeos y olvidando que alguien más podría escucharnos, esta vez dimos rienda suelta a nuestro éxtasis yo gritando más que gimiendo, él respirando intensamente, hasta que los músculos de mi semental se tensionaron, y de nuevo tuvo un orgasmo. Me ví tan al borde, que tenía que aprovechar los últimos momentos antes que su miembro se desentumeciera dentro de mí, así que intensifiqué mis vaivenes superando mis límites y conteniendo mi respiración, la salvaje cabalgata resultó, y cuando mi dicha de nuevo se desató como fuegos artificiales, me desplomé sobre él deseando que ese instante durara más tiempo.

Recuperado un poco el aliento nos quedamos quietos y preferí que el cíclope saliera de mis entrañas por su cuenta, arrugado ysatisfecho.Las sábanas estaban húmedas por el sudor, y por el semen que comenzó a salir desde mi gruta, rebotado.Eso no importaba.Así permanecimos casi sin decir palabra por un buen tiempo.Más, luego:

-¿Por qué no usamos condón? – me dijo.

-Porque yo así te quería – le contesté.

-Y si quedas embarazada ¿le dirás a tu esposo que es de él?

-No voy a quedar.No puedo quedar…él no puede preñarme.

El soltó una risita ahogada, supongo que no me había escuchado hablar así antes.Me cuesta mucho trabajo ser soez con las palabras.

-Pero y que tal que sí, ¿qué hacemos? Insistió.

-Estás matando el momento.Dejemos las cosas así aunque sea por esta noche.Hagámoslo denuevo, mañana sabremos lo que haremos.

Pero había sido suficiente para él por esa noche.Así que nos embriagamos de caricias y besos hasta quedar exhaustos.

Poco antes de que salga el sol, despertamos abrazados y completamente desnudos.¿A qué hora nos dormimos?No tengo idea.

Teníamos tiempo para repetir un polvo más antes del desayuno.Pero esta vez nuestro encuentro no fue ni la mitad de bueno que cualquiera de la noche anterior en cuanto a duración y calidad.No obstante, con su última eyaculación dentro de mí llegué al paroxismo, de solo pensar en la idea de que de tanto fornicar sin precaución, podía haber sido fecundada.

De camino al aeropuerto pregunté en una farmacia por la píldora del día después. Estaba a punto de tomarla de inmediato, pero la guardé y continué con mi camino.Antes de abordar mi vuelo, contemple la caja.Levonorgestrel. Tenía 72 horas para decidir si la tomaba o no.La mera posibilidad de estar fecundadame provocaba un morboso placer, que estaba dispuesta a disfrutar quizás hasta el último momento. La reacción de una mujer nunca deberá ser subestimada ¡En eso debiste pensar antes de ponerme los cuernos, querido!

— angelavicario

2 de julio de 2012

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angelavicario

Escrito por

1 seguidores ·Soy hombre heterosexual

Comentarios

1 comentario

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  • amaranta85
    amaranta85 · 3 de jul de 2012

    Qué buen relato, felicitaciones por tu manera de escribir y contarnos esta historia.

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